Me ves o no me ves Capítulo 15
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Capítulo 15

C ada día Martina se sentía un poco más segura de sí misma.

Dejó pasar varias jornadas sin encontrar la ocasión de perpetrar una nueva venganza, pero notaba que sus compañeros temían lo que pudiera hacer.

La miraban con recelo tanto en el comedor de huéspedes como en el de personal, en el que se seguía sentando a la mesa común, solo para incomodarlos.

El cambio de turno supuso un parón en sus encuentros con Juanjo, pues ambos evitaban mantener ningún tipo de conversación en el hotel para no generar suspicacias. Se veían de lejos y, aunque él seguía muy pendiente de su relación con los otros camareros, apenas tenían contacto directo.

Él había cumplido su palabra de postergar sus días libres, pero Martina disfrutó del suyo como siempre. Se encontraba en casa tomando un café con Sofía después del almuerzo cuando sonó el timbre del portero electrónico.

—¿Has pedido algún paquete? —preguntó su hermana, pues no esperaban ninguna visita.

—No.

—Es la hora en que suele venir el repartidor.

Sofía se levantó y acudió a responder. Regresó un minuto después con una sonrisa en la cara.

—Preguntan por ti.

—¿Por mí? ¿Quién?

—Creo que tu jefe.

Dio un salto del sofá y se apresuró a coger el teléfono del porterillo.

—¿Sí? —preguntó sin hacerse ilusiones.

—Martina, soy yo: Juanjo.

—¿Ocurre algo? Es mi día libre.

—Lo sé. Es solo que hace mucho que no hablamos y me gustaría saber cómo te va con los compañeros. Tal vez podíamos tomar un café y charlar un poco, si no estás ocupada, claro.

—Si me esperas unos minutos a que me cambie de ropa, bajo —se apresuró a aceptar.

—Por supuesto, no tengo prisa. Tómate el tiempo que necesites.

Al girarse encontró la mirada divertida de Sofía.

—Quiere que tomemos un café para charlar de cómo va todo.

—¿No está en el hotel para verlo?

—Sí, pero como no nos venimos juntos por la noche supongo que quiere que le dé mi impresión.

—Ya estás tomando un café —comentó señalando la taza.

La apuró de un trago.

—Tomaré otro.

—¿Qué vas a ponerte?

—Pues un vaquero y un jersey, ¿cómo quieres que me vista para un café? ¿Con lentejuelas?

—El jersey rosa te favorece mucho.

—Iba a ponerme el azul.

—Hazme caso: el rosa. Y suéltate el pelo.

—De acuerdo.

Diez minutos después se reunía con él en el portal.

Juanjo la vio aparecer con una sonrisa, que se esforzó en que llegara a sus ojos.

Cuando, cediendo a un impulso, puso rumbo a Fuenlabrada, recordó que siempre la había dejado en la calle y no sabía el piso.

Por suerte un vecino salía y se coló para mirar los buzones.

Una vez localizada la vivienda, dudó si subir directamente o llamar al portero electrónico.

Optó por esto último, porque no sabía si su presencia sería bienvenida o resultaría inoportuna.

Martina estaba en su día de descanso y temía invadir su intimidad, pero echaba de menos sus charlas nocturnas.

Buscó una excusa convincente que justificara su presencia allí y creyó encontrarla, pero él sabía la verdad: se moría por pasar un rato a solas con ella.

—¡Hola! —la saludó con jovialidad.

—Hola, Juanjo.

—Espero que no te haya molestado que viniera.

—No, solo me ha sorprendido un poco.

—Hace días que no hablamos de cómo va todo con tus compañeros —explicó sintiéndose un poco repetitivo, pero no se le ocurría otra excusa para estar allí.

—No ha habido grandes cambios.

—Mejor lo hablamos tomando algo, ¿no te parece? Aquí de pie en medio de la calle no me parece oportuno.

—Bien.

—¿Dónde vamos que podamos charlar con tranquilidad? Tú conoces el barrio mejor que yo.

—No creas que lo conozco tanto, apenas salgo. Pero aquí cerca hay una cafetería que suele tener público, así que supongo que tienen buen café. También algunos dulces.

—Vamos entonces.

Echaron a andar uno junto al otro.

—¿También tú has librado hoy? —preguntó Martina sin saber muy bien qué decir, extrañada y a la vez ilusionada de vivir con Juanjo algo no relacionado de forma directa con el trabajo.

—No, yo suelo coger dos días seguidos de descanso, pero ya te dije que no lo haré hasta que todo vaya bien contigo y el resto de los camareros.

—¿Vas a renunciar a ellos?

—No, he pedido que los acumulen con la excusa de que tengo en Toledo mi residencia permanente y a mi familia. Para hacer algo especial cuando vaya. No me lo han negado, saben que me hicieron una putada al trasladarme de un día para otro, sin previo aviso de las dos semanas pertinentes.

—¿Tu familia vive allí?

—Solo Asier, mi compañero de piso.

—Y tu chica.

—También Alma.

—¿Y qué ha dicho ella de que pospongas tu visita?

—No conoce mis turnos de descanso.

Juanjo no quería hablar de Alma ni de la extraña relación que mantenían. Tampoco de que sus sentimientos hacia ella se estaban enfriando, por lo que optó por cambiar de conversación y contar un poco de sí mismo.

—Yo nací en el Escorial y los míos siguen residiendo allí.

—¿Y cómo no te alojas con ellos, viviendo tan cerca de Madrid, si tu traslado es solo temporal?

—Soy ya muy mayor para seguir viviendo con papá y mamá. Además, uno de mis hermanos menores se adueñó de mi habitación en cuanto me marché. El Escorial está más o menos a la misma distancia de Toledo, para eso me hubiera quedado en casa y haría el trayecto cada día.

No quiso decir que no le gustaba conducir porque cada noche hacía kilómetros de más para acompañarla a casa.

—A mí me gusta vivir con Sofía y Celso. Me hubiera resultado muy difícil hacerlo sola en el pueblo cuando mis padres faltaron, pero ellos me propusieron mudarme a Madrid, a su casa.

—¿En qué pueblo vivías?

—En El rincón de la Victoria, en Málaga. Un sitio costero del que echo de menos el mar.

—¿No has vuelto?

—En vacaciones. Mantenemos la casa y procuramos coger los tres las vacaciones a la vez para pasarlas en el pueblo.

—Si necesitas librar algún puente para ir solo tienes que decírmelo.

—Son cinco horas en coche, no merece la pena para un puente de pocos días.

—Existe el tren de alta velocidad, seguro que acorta mucho el tiempo de viaje.

—Sí, supongo. Siempre hemos ido por carretera, Celso no se mueve a ningún sitio sin el coche.

Llegaron a la cafetería, un local espacioso en el que pudieron acomodarse en una mesa algo apartada.

—Sé lo que te gusta comer, pero ¿cómo tomas el café? ¿O prefieres otra cosa? ¿Una infusión, o una copa quizás?

—Un chocolate.

—¿Con churros? He visto que los toman en una mesa.

—No le diré que no a unos churros. Bueno, no le digo que no a casi nada, me encanta comer.

—Me ha quedado muy claro.

Por un momento sus miradas se encontraron y a la memoria de los dos acudieron las palabras que Martina le había dedicado con anterioridad. Los ojos verdes brillaron con malicia.

—Me refiero a comida, a alimentos… —aclaró ella admitiendo su insinuación.

—Yo no solo a eso.

—No es más que una frase, Juanjo, una forma de hablar. —Respiró hondo—. No me martirices con ella.

—No pretendo hacerlo, de verdad. Lo siento si te he incomodado, pero echo de menos a la Martina invisible.

—Esa no es la Martina real, la verdadera es la que ves ahora: tímida, reservada e incapaz de decir ciertas cosas.

—Yo no pienso lo mismo. La que mantienes oculta desea salir a flote; deja que lo haga, te sentirás muy liberada.

Por fortuna el camarero les llevó las consumiciones, un café, un chocolate y dos raciones de churros, y la libró de responder.

En cambio, se dedicó a mojar los churros en el chocolate y a comerlos con placer.

La sensación de ser observada la hizo alzar los ojos y encontrar los de Juanjo fijos en ella, con un brillo y una intensidad inusitada.

La respiración masculina se había acelerado.

Se fijó en el churro que goteaba chocolate y que acababa de meterse en la boca y se sintió muy abochornada.

Él no podía estar pensando en «eso», ¿verdad?

No pudo evitar que el sonrojo se apoderase de su cara y su cuello, las únicas partes visibles de su anatomía, pero estaba segura de que cada centímetro de piel presentaba el mismo tono rosado.

Maldijo su tendencia al sonrojo que, en aquella ocasión, indicaba claramente lo que estaba pensando, hubiera adivinado o no lo que imaginara él. Soltó el churro y dio un sorbo al chocolate.

Juanjo no hizo ningún comentario ni sobre el rubor ni sobre ninguna otra cosa, apartó la mirada y, cogiendo un churro del plato, lo hundió en su café, comiéndolo a su vez.

—Están muy buenos —dijo para relajar la tensión que por un momento se había creado entre ambos.

—Sí.

—Come —la insto al ver que no parecía tener intención de continuar—. Esto hay que terminarlo, no me decepciones. Come o se te pondrán las piernas de alambre de pasar mucha hambre.

Martina no pudo evitar reírse y con sus carcajadas recuperó la normalidad en la mesa.

—¿Qué sueles hacer en tus días libres? —preguntó Juanjo a continuación.

—No trabajar.

—¿Nada especial?

—Cuando coinciden con los de mi hermana y mi cuñado vamos al cine, o a comer fuera. Poco más. Para mí ya es estupendo no madrugar ni acudir al hotel a enfrentarme con mis compañeros.

—¿Qué edad tienes, Martina?

—Veintisiete. Y ahora vas a decirme que soy muy mayor para no tener experiencia con los hombres o algo parecido, ¿no? Eso ya lo sé.

—No he dicho nada, han sido tus circunstancias. Pero sí eres muy mayor para salir con tu hermana y tu cuñado, deberías abrir el círculo de tus amistades. ¿No te has planteado buscar un hombre, o simplemente amigos, en una página de contactos? Hoy día Internet lo pone muy fácil.

—¿Me ves citándome con un desconocido? ¿Entrando en un sitio y acercándome a alguien para decirle: «Soy Martina, ¿eres Manolo?». Ni hablar, me moriría de vergüenza si me dice que no es quien busco. O si lo es y no me gusta, o yo no le gusto a él. No, Juanjo, citarme con desconocidos no es para mí.

—¿Y conmigo? Yo no soy un desconocido.

—Estás hablando de quedar como amigos, ¿verdad? —preguntó con el corazón acelerado. Solo imaginar otra cosa le alteraba el pulso, pero él tenía a una chica esperándolo en Toledo y no debía siquiera imaginarlo.

—Por supuesto. Como hoy, para tomar algo, para ir al cine o dar un paseo. Tú no tienes con quién salir y yo me siento muy solo en Madrid.

—Eres mi jefe.

—Fuera del hotel, no. Y, que yo sepa, no existe ninguna regla por la que el personal del hotel no pueda socializar fuera del trabajo. Sé que tus compañeros quedan a menudo, pero imagino que nunca te han invitado a unirte a ellos.

—Imaginas bien. Tampoco yo hubiera aceptado.

—Lo supongo.

Una sospecha se apoderó de su mente.

—¿Haces esto por lástima?

—En absoluto. Ya te he dicho que yo tampoco tengo amigos en Madrid y vivo con dos ancianos a los que les gustan las películas románticas y las del oeste americano. Ninguno de los dos géneros son mis favoritos. ¿Te gusta el cine? Has dicho que ibas con tu hermana y tu cuñado.

—Sí, mucho, pero vamos pocas veces. Suelo ver películas en casa en las plataformas de streaming .

—A mí me encanta y prefiero ir a una sala. El ambiente, la gran pantalla, las palomitas… Mis películas favoritas son las de miedo, pero no se me ocurriría llevarte a ninguna de ese tipo. Escogeríamos otra.

—¿Porque soy una mujer?

—Porque no les gustan a nadie más que a mí. En casa somos cuatro chicos y solo las veo yo.

—A mí, sí. Pero no las sangrientas ni de extrema violencia en las que despanzurran a alguien y se ve todo. El terror psicológico, el suspense… es lo mío.

—¿En serio? ¿Me harías el inmenso favor de venir conmigo a ver alguna?

—Cuando quieras —aceptó con entusiasmo. Luego recordó a la mujer de Toledo—. ¿A tu chica no le importará?

—Mi relación con Alma no es tan profunda como para que se moleste si voy al cine con una amiga. Sobre todo, porque a ella no le gusta el cine, prefiere otro tipo de diversión. Alma y yo nos estábamos conociendo cuando me trasladaron a Madrid, no había nada muy serio entre nosotros —aclaró.

—Lo que se suele llamar follamigos , ¿no? —se atrevió a preguntar.

—Ni siquiera eso. Dejémoslo en amigos que se están conociendo para ver si llegan a algo más.

—En ese caso, vamos al cine cuando quieras.

—Busco una película apropiada y te digo. A ver si con suerte encontramos alguna antes de que cambiemos de turno, porque por la noche salimos muy tarde.

—Me parece bien.

Terminaron de merendar comentando películas que les habían encantado y advirtieron que tenían un gusto muy parecido. Después, regresaron caminando hasta el piso de Martina y se detuvieron en el portal.

—Hasta mañana.

—Intercambiemos los números de teléfono —sugirió Juanjo—, así podré avisarte si encuentro algo interesante que ver. Eso de presentarme de improviso como he hecho hoy no me gusta demasiado, pero no sabía cómo avisarte.

—De acuerdo.

Con los números respectivos registrados en los teléfonos, se despidieron.

—Hasta mañana.

—Adiós, Juanjo.

Martina entró en su casa y encontró a Sofía en la cocina, preparando la cena.

—Hacéis muy buena pareja —le dijo nada más verla.

—¿Nos has espiado?

—Por supuesto. Me fui corriendo a la ventana en cuanto saliste. Os vi alejaros por la calle.

—Solo hemos ido a merendar.

—No he preguntado.

—Olvida lo de parejas. Ni buena ni mala, es mi jefe.

—Entonces es cierto que quería hablar de trabajo.

—Sí, eso dijo.

—¿Y lo habéis hecho?

—La verdad es que no mucho. Hemos hablado de nosotros, de gustos y aficiones. Me ha invitado a ir al cine.

Sofía se giró hacia su hermana enarbolando una espumadera con aire amenazante.

—Dime que has aceptado o...

—Sí —respondió riendo—. Le he dicho que sí.

—¿Cuándo? ¿Qué vais a ver?

—Una película de miedo, cuando proyecten alguna.

—¿De miedo? ¿Te gusta ese género?

Martina se encogió de hombros.

—Las veo sin morir en el intento. Mientras no sean sangrientas ni del espacio, puedo ver cualquier cosa.

—¿Las del espacio por qué no?

—Porque me aburren sobremanera y me quedo dormida. Lo mismo ronco y lo abochorno.

—Con las de miedo siempre puedes asustarte mucho y echarle los brazos al cuello para que te proteja.

—No haré tal cosa.

Sofía esbozó una sonrisa ladina.

—Seguramente lo hará él.

—¿Qué hará?

—Protegerte. Estamos en el siglo XXI, ya no es necesario ir al cine para hacer otras cosas más íntimas. Si alguna vez quieres traértelo a casa, ni por parte de Celso ni por la mía habrá problemas.

—Sofía, vamos a ir al cine. No me metas ideas raras en la cabeza.

—No, mujer. Veréis una película y nada más. Es tu jefe, ya lo sé. Ahora cámbiate de ropa y ayúdame con la cena. Celso no tardará mucho y sabes que suele venir hambriento.

—En seguida.

Entró en su habitación tratando de no pensar en las palabras de su hermana.

Tampoco en la escena de los churros. Ni en que Juanjo había dicho que quería hablar de su relación con los compañeros, pero no lo habían hecho.

Solo podía pensar en que irían juntos al cine y en que aquel día de descanso anodino se había convertido en uno muy especial.