Capítulo 14
M artina llegó al trabajo con antelación. Había tomado un tren anterior para evitar encontrarse con sus compañeras en el vestuario porque estaba segura de que, si coincidían, sacarían a relucir el episodio de las croquetas de la tarde anterior.
Se sintió segura al comprobar que estaba vacío y pudo cambiarse con tranquilidad y sin ningún tipo de enfrentamiento.
Se alegró al ver a Juanjo, que también había llegado al trabajo antes de lo que solía.
Cruzaron una mirada cómplice, incluso le pareció ver que le dedicaba un leve guiño, casi imperceptible para quien no estuviera pendiente de ambos.
No había camareros por los alrededores, por lo que supuso que nadie se había percatado del gesto.
Sin embargo, a ella se le ensanchó el corazón al descubrirlo.
Se dispuso a pasear por el comedor hasta que el resto de la plantilla se incorporara, pero cuidando de mantenerse fuera de la zona por donde entrarían los demás. Respiró hondo cuando vio que Juanjo se incorporaba a su puesto y se mantenía ojo avizor.
Aún quedaban clientes del último turno de comedor, y todos se dedicaron a retirar los platos de las mesas que tenían asignadas y dejarlas libres para la cena.
Vio que Michel había arreglado ya las suyas y una nueva idea se le cruzó por la mente.
Cogió los platos de una de sus mesas y los trasladó con disimulo hasta las del chico, repartiéndolos con poco cuidado, lo que hizo que se salpicara el mantel con un resto de salsa.
De inmediato buscó la mirada de Juanjo. Este le sonrió con disimulo y se apresuró a buscar al camarero que había salido ya del comedor.
—¡Michel!
—¿Sí, Juanjo?
—¿Qué haces aquí de cháchara? Ve de inmediato a recoger tus mesas.
—Ya están vacías, jefe, y listas para la cena.
—Yo acabo de comprobar que no lo están. En dos de ellas quedan platos e incluso hay un mantel manchado.
—¡No puede ser! Te aseguro que las he dejado limpias y en orden.
—Ven conmigo a comprobarlo.
Ambos hombres se detuvieron delante de las dos mesas.
—¡No lo entiendo! Te aseguro que las he recogido.
—Te habrás despistado. Venga, haz tu trabajo.
Maya se acercó.
—Yo vi cómo las recogía, Juanjo, te lo aseguro.
—Maya, no importa lo que hayas visto, el caso es que hay platos en las mesas de Michel y que le corresponde a él quitarlos.
—Ha debido ser Martina. Una de sus mesas grandes seguía ocupada cuando salí del comedor.
—¿Por qué iba vuestra compañera a hacer algo semejante?
—Porque últimamente está más rara que nunca.
—¿La has visto hacerlo? —preguntó a Maya con seriedad fingida.
—No, pero era la última camarera que quedaba con una mesa ocupada. No ha podido ser nadie más.
—No puedo regañar a alguien por una cosa que no le he visto hacer, pero, de todas formas, Maya, ve a llamarla y le preguntamos. Michel, por favor, limpia las mesas mientras llega.
—Mejor que no, seguro que no la ha visto nadie. Estaba sola en el comedor cuando yo salí.
El camarero comenzó a quitar los platos en silencio, pero con el gesto desabrido.
—¡Hay que joderse con la niñata! —masculló—. Se le está subiendo la invisibilidad a la cabeza. ¡Deja que la pille cuando Juanjo esté de descanso!
—No hagas tonterías, Michel —le recomendó Maya—. Si le haces algo te puedes buscar un problema. A todos, en realidad, por la broma que le gastamos.
—Pero no podemos seguir así, cada vez está más desatada. ¡A saber qué será lo próximo que se le ocurra!
—Seguro que se le pasa pronto, es cuestión de seguir sin hacerle caso. Es como los niños que quieren llamar la atención: montan una pataleta, pero, cuando no consiguen lo que quieren, dejan de hacerlo.
—A ti no te ha hecho nada todavía.
—¿Cómo que no? Me dijo lo de las piernas de alambre.
—Pero ni te ha robado la comida ni te ha buscado una regañina de tu jefe por algo que no has hecho.
—En realidad no son más que chiquilladas. De ahora en adelante debemos estar ojo avizor, no elegir alimentos que pueda coger de los platos ni dejarla sola en el comedor. Avisemos a los demás y pronto todo quedará en nada.
—De acuerdo. Evitémosle la ocasión de hacer nada más.
Salieron del comedor asegurándose de que todo quedaba limpio y ordenado.
***
A la hora de la cena Martina volvió a sentarse en la mesa de sus compañeros. No pretendía hacer nada, solo incomodarlos. Viéndola acercarse, Michel expresó su disgusto.
—¡Ahí viene otra vez! —dijo cubriendo con las manos su cuenco de sopa.
Martina ignoró el gesto, se sentó en la única silla que quedaba libre, en un extremo de la mesa.
y empezó a comer su plato de pasta. Todos los demás habían optado por la sopa —algo más difícil de sustraer— y de forma casi unánime colocaron las manos sobre los mismos y los apartaron en dirección opuesta a la chica.
Desde su mesa, Juanjo sonreía sin perder de vista la actitud de sus subordinados.
Notaba el descontento que la presencia de la camarera generaba en los demás, pues las charlas habituales habían cesado.
Todos comían en un tenso silencio acompañado de miradas de soslayo a la nueva incorporación a la mesa.
Esta se limitaba a comer su pasta fingiendo ignorar el comportamiento de sus compañeros hacia ella. En un momento determinado alzó la vista y recorrió los platos de los demás, que se apresuraron a terminar sus cuencos de sopa lo antes posible.
Tuvo que hacer un esfuerzo para contener la risa.
En aquella ocasión no se sentía tan intimidada como la tarde anterior, sino un poco poderosa de que su actitud provocara recelo y un cierto temor entre los que antes se habían cebado con ella.
De vez en cuando alzaba la mirada hacia Juanjo y se tranquilizaba al comprobar que él no los perdía de vista.
Se fue relajando poco a poco hasta el punto de disfrutar la cena. En esta ocasión todo se apresuraron a terminar sus platos y abandonar el comedor antes que ella, que permaneció en la mesa hasta que terminó el postre.
Juanjo se hizo el encontradizo cuando ya ambos se dirigían hacia la salida, dispuestos a incorporarse de nuevo a su tarea.
—Veo que hoy has aguantado el tipo hasta el final de la cena —le susurró acoplándose a su paso.
—He disfrutado viendo cómo todos parecían temer lo que pudiera estar maquinando. Han cenado en un tiempo récord y sin ningún tipo de conversación entre ellos, como solían hacer. Parecían muy deseosos de salir del comedor y librarse de mi presencia.
—Este mediodía Michel estaba muy cabreado cuando volviste a llenar su mesa de platos por retirar.
—Me lo imagino. Me hubiera gustado quedarme para ver su reacción, pero creo que lo más prudente fue marcharme.
—Él es el que está menos dispuesto a aceptar tu comportamiento, y creo que Maya la que más.
—La idea de la broma debió ser de ella, es lo bastante retorcida para hacerlo. Los demás se limitan a seguirla.
Se separaron antes de incorporarse al comedor de los huéspedes.
Martina notó cierta tensión entre sus compañeros, vigilando sus movimientos como halcones cuando pasaba entre las mesas que ellos tenían asignadas. Se dirigió a las suyas dispuesta a dejarlas preparadas. Juanjo se mantenía vigilante para que todo transcurriera con normalidad.
***
Aquella noche de nuevo Martina corrió hacia los vestuarios para evitar encontrarse con sus compañeras.
Sabía que en cuanto la pillaran a solas, sin la presencia cercana de Juanjo, iban a arremeter contra ella sin piedad.
No obstante, empezaba a sentir menos temor por lo que pudieran decirle o hacerle.
No creía que la fueran a agredir físicamente, pero si lo hacían le bastaría con gritar para que alguien entrase en el vestuario a averiguar qué pasaba.
Casi la pillan, tuvo que salir a toda prisa y sin terminar de vestirse cuando escuchó abrirse la puerta. Se precipitó hacia afuera agarrando el bolso y el abrigo y sin llegar a ponérselos del todo. Pero estaba segura de que llegaría el día en que no temería a ninguno de ellos.
Se mantuvo, como la noche anterior, semiescondida hasta que vio a todos marcharse del hotel. Solo entonces se decidió a salir y buscar el coche de Juanjo en el aparcamiento. Lo esperó junto al vehículo, con una sonrisa satisfecha de quien ha hecho un buen trabajo y espera un reconocimiento.
Él le dedicó una de sus luminosas sonrisas, de esas que se extendían también a los ojos, a esos ojos verdes que le gustaban cada día más. En los que desearía perderse hasta llegar al fondo de su alma.
—¿Todo bien? —le preguntó él cuando estuvieron acomodados en el coche, sin encender el motor todavía.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Te he visto salir muy deprisa del vestuario. ¿Te han dicho algo?
—No les he dado tiempo, en cuanto se abrió la puerta salí disparada. Pero sé que no siempre podré evitarlos, más tarde o más temprano me pillarán a solas y me recriminarán todo lo que les estoy haciendo.
—Supongo que será inevitable, pero no te dejes amilanar, defiéndete. En realidad, es lo que estás haciendo con tu actitud, los primeros que actuaron mal fueron ellos al gastarte la broma.
—Lo sé. Creo que empiezan a temerme.
—Lo siguiente será que te respeten. Hasta entonces yo estaré ahí como una figura protectora, pero lo que pretendo es que te hagas respetar por ti misma, sin necesidad de mi ayuda.
—¿Crees que lo conseguiré?
—No tengo ninguna duda de eso. De hecho, esta tarde en el comedor de personal tu expresión era mucho más relajada que ayer, más segura de ti misma.
—Me sentía más cómoda, desde luego, menos intimidada.
—¿Tan cómoda como para decirle un piropo a tu jefe, sabiendo que lo oye?
Martina enrojeció, pero, por suerte, se encontraban en el coche en penumbra y dudó que él pudiera apreciarlo.
—Necesitaría mucho tiempo para eso —confesó con voz tenue.
—¿Por qué no pruebas? Empiezo a sentirme un poco discriminado de que dediques toda tu atención a los demás y me ignores, cuando antes gocé de tu interés.
No quiero que me hagas ninguna putada y tampoco que me digas nada que te haga sentir vergüenza.
¿Tal vez unas palabras sobre mis ojos? Mis ojos son algo poco comprometido y ahora solo te puedo escuchar yo.
Suspiró, pero la voz de él era tan cálida, tan susurrante, y la atmósfera en el coche tan íntima, que le dijo, mirando hacia el frente:
—Hace un momento, cuando me has sonreído al llegar, la sonrisa te iluminaba los ojos también. Estos cobran vida cuando sonríes.
—¿Por qué no me miras mientras me lo dices?
—Ya sabes por qué, Juanjo.
—Tal vez, pero me gustaría que me lo dijeras y me miraras. ¿Temes algo de mí?
—Eres una de las pocas personas a las que no temo.
—En ese caso…
Él alargó la mano y le agarró la barbilla, haciéndole girar la cabeza hasta encontrarse con sus ojos. Le dedicó una sonrisa luminosa, como esa que ella había calificado segundos antes.
—Así está mejor. Repítelo, por favor.
—Tus ojos cobran vida cuando sonríes.
—Y los tuyos son preciosos en todo momento: cuando sonríes, cuando trabajas, incluso cuando expresan temor o inseguridad.
—No hace falta que me digas nada ni de mis ojos ni de ninguna otra cosa.
—No sería justo qué tú puedas decir lo que piensas de mí y yo no hacer lo mismo contigo.
—¿A quién pretendes engañar? Sé que no valgo gran cosa como mujer. Soy prácticamente invisible para los hombres, y no me refiero a la broma de mis compañeros. Para todos los hombres.
—No para mí; yo siempre te he visto y me pareces una gran mujer tanto en lo físico como en el resto.
La mano de Juanjo se deslizó del mentón hacia la mejilla y el cuello, dejando un reguero de sensaciones a su paso. Los ojos verdes brillaron con intensidad en la penumbra.
—Gracias, pero no es necesario que me hagas cumplidos —musitó nerviosa.
—Quiero que te quede claro que lo que te estoy diciendo no es para compensar lo que tú puedas decirme, sino lo que realmente pienso de ti. No miento a las mujeres sobre lo que opino de ellas. Y cuando le digo algo a una, me gusta mirarla y que me mire, ¿comprendido?
Martina asintió. La mano que él mantenía sobre su rostro no cesaba de acariciarla con suavidad.
Las mariposas en el estómago se le hicieron gigantes y las ganas de alargar sus dedos hacia la cara de él se volvieron difíciles de contener.
Pero no debía hacerlo, una cosa era alabar su mirada y otra muy distinta acariciarlo.
Era su jefe y, si en el hotel lo había olvidado en alguna ocasión, ahora no debía hacerlo.
Por muy amable que fuera con ella. Ni por muy suaves que fueran sus dedos sobre su cara.
—Será mejor que arranques el coche y nos vayamos a casa —dijo tratando de romper el momento—; se hace tarde.
—Como desees.
Solo entonces él soltó su barbilla y la dejó girar la cabeza hacia el frente.
Arrancó el coche y emprendieron el camino hacia Fuenlabrada, retomando una conversación sobre el hotel, en la que Martina no se sintió más segura.
Porque en el vehículo seguía habiendo una atmósfera de intimidad que no se desvanecía, restos de palabras no pronunciadas y, tal vez, de caricias no prodigadas.
—Dentro de poco me tocan mis días libres —comentó Juanjo con la mirada fija en la carretera—. Pero no temas, voy a postergarlos hasta que todo esto se normalice. No voy a dejarte sola ahora. Ya volveré a Toledo más adelante.
Martina sintió que el corazón se le aceleraba de nuevo.
—¿Y la chica que te espera?
—Puede seguir esperando un poco más.
—Gracias.
—No hay de qué.
El resto del camino lo hicieron en silencio, ambos sumidos en pensamientos que necesitaban analizar.
Al llegar ante la puerta de Martina, Juanjo alargó la mano y le sujetó el brazo antes de que abriera la portezuela.
—No hago ningún sacrificio al quedarme. En verdad me estoy divirtiendo mucho con tu venganza.
—Vale.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Salió del coche con el corazón aleteando desbocado por las intensas sensaciones que los leves contactos masculinos le habían producido.
Juanjo la vio entrar en el portal con pesar. Le gustaría que el trayecto nocturno fuera mucho más largo, porque ese rato se estaba convirtiendo para él en lo mejor del día.
Mientras conducía de vuelta maldijo a los compañeros que le habían robado la autoestima y a las circunstancias que la habían mantenido apartada del mundo y de los hombres.
Según le había confesado días atrás, apenas había tenido unos escarceos amorosos con aquel tipo de su pueblo que no había sabido comprender sus circunstancias ni su compromiso con sus padres.
Era posible que incluso fuera virgen, a juzgar por cómo se había estremecido cuando sus dedos le rozaron el cuello.
No había pretendido hacerlo, solo que girara la cabeza para que lo mirase, pero no pudo evitarlo. Sus dedos se deslizaron con voluntad propia, sin casi ser consciente de ello.
Debía tener cuidado, era su empleada y por nada del mundo quería que pensase que deseaba cobrarse su ayuda de alguna forma.
En el futuro evitaría esas charlas en la penumbra del aparcamiento antes de emprender el camino.
Eran demasiado peligrosas, porque su estancia en Madrid era temporal y en Toledo le esperaba su vida, y tal vez, una mujer.