Capítulo 13
J uanjo llegó a la casa más tarde de lo habitual. Luis lo saludó como cada día.
—Buenas noches, Juanjo.
—Hola, Luis. ¿Con insomnio otra vez?
—Me gusta quedarme solo por la noche para ver lo que me apetece en la televisión. A Patri no le gustan las películas del oeste, con indios y vaqueros, solo las de amoríos, pero a mí me encantan.
—Deberíais negociar para ver lo que os gusta a ambos sin tener que quedarte hasta las tantas. Es lo que hago yo con mi compañero de piso en Toledo.
—Patri no es mi compañera de piso, sino mi compañera de vida, y no me cuesta nada dejarle ver lo que quiera. Cuando se acuesta pongo lo que me apetece y ya está. No tengo problema por trasnochar, soy bastante noctámbulo. El silencio de la madrugada me da paz.
—¡Eso es amor! —bromeó—. En casa de mis padres se libraban verdaderas batallas por el mando de la tele: el futbol de mi padre, las telenovelas de mi madre y las películas de diferentes géneros para el resto de nosotros.
A mí me encantan las de terror, pero como a nadie más les gustaban, me quedaba siempre en minoría.
—¿Y cómo lo solucionabas?
—Me iba al cine a verlas. Solo, porque nadie quería acompañarme.
—Yo no tengo problema con ellas, si alguna noche te apetece podemos buscar alguna y verla juntos.
—Te tomo la palabra. Pero no hoy, he quedado en hacer una videollamada con mi compañero de piso en Toledo y ya voy un poco tarde. Me he entretenido más de lo habitual.
—Patri te ha dejado unos rosquitos para matar el gusanillo nocturno; están en la cocina.
—Me mimáis demasiado.
—Ella necesita tener alguien a quien cuidar desde que se fueron los chicos. El nido vacío y todo eso.
—En ese caso, me dejo mimar todo lo que ella quiera. Me voy a la cama, Luis. Disfruta de tus indios y vaqueros.
Subió a su habitación tras pasar por la cocina para recoger el plato con rosquitos. Patri siempre le dejaba algo dulce para tomar cuando regresaba por la noche.
Era casi media hora más tarde de lo que solía llegar y Asier debía estar impaciente, si no se había acostado ya.
Llevar a Martina hasta su casa y el breve rato de charla con ella antes de emprender el camino le había llevado más de treinta minutos.
Aunque a él le habían parecido muchos menos.
El tiempo se le pasaba muy rápido en compañía de la camarera.
Asier estaba esperándolo, pero ya mostraba un poco de impaciencia.
—¡Buenas noches! —lo saludó—. Ya pensaba que me ibas a dar plantón.
—Lo siento. Me he retrasado un poco porque he llevado a una compañera a su casa. A estas horas no funciona el tren de cercanías que suele coger, y a mí me pilla casi de camino.
—Una compañera, ¿eh? —preguntó su amigo con curiosidad mal disimulada—. ¿Guapa?
—Se trata de Martina, ya te he hablado de ella.
—¿La chiflada?
—¡No la llames así! —exclamó molesto—. Está tan cuerda como tú y como yo.
—Vaya… No te alteres, hombre. Digamos que solo es un poco rara, ¿no?
—Digamos que solo es víctima de una broma muy pesada por parte de sus compañeros.
—¿Por eso los ataca con tenedores?
—No intentaba atacar a nadie, solo me lo pareció a mí.
—¿Qué broma le han gastado?
—Le han hecho creer que es invisible y se comportaba como si lo fuera. Lo del tenedor era accidental, solo intentaba comprobar si su compañero la veía.
—Tío, reconoce que no es muy normal creerse invisible, aunque se trate de una broma. Rarita es. O cortita de mente.
—Ninguna de las dos cosas. Si vieras cómo lloraba cuando descubrió la broma… Pobrecita.
—Y tú estabas allí para consolarla, imagino.
—Por supuesto. Es una de mis subordinadas y se sentía muy avergonzada por su comportamiento conmigo.
—¿Por decirte lo de los ojos bonitos? Te ha ganado con el piropo, ¿eh?
—Me ha dicho más cosas… —insinuó, sin estar seguro de querer que Asier supiera el resto.
—¿Cómo cuáles? —Había curiosidad en las palabras de su amigo y nunca le había ocultado nada.
—Pues que estaba para comerme y que me comería —respondió con cautela. No quería dar una impresión errónea de Martina, pero Asier no pararía hasta que lo supiera todo.
—A eso lo llamo yo lanzarse al ruedo, sin estoque y sin muleta.
—Creía que no la escuchaba.
—Eso dice ella.
—Es verdad, estaba muy avergonzada cuando supo que yo la había oído. No sabía cómo pedirme perdón.
—Y tú la has perdonado, claro.
—Por supuesto.
—Hablando de mujeres. ¿qué tal con Alma?
Por una parte le molestó que sacara a la chica en la conversación, pero por otra deseaba que no fuera Martina el objeto de la misma.
—No la he llamado. He estado muy ocupado.
—Con Martina.
—Y con mi trabajo. Este hotel es más grande que el de Toledo. También Alma tiene ocupaciones y no siempre es buena hora para telefonear, salvo a ti, que tienes los mismos horarios que yo.
—Ya. Olvidemos a Alma y dime la verdad: ¿te dejarías comer por tu camarera?
—No es «mi camarera» en el sentido que tú le das, sino mi subordinada, y ni se me pasa por la cabeza tener con ella un trato más allá del laboral y, como mucho, amistoso. Solo quiero consolarla y ayudarla a vengarse de quienes la han tratado tan mal.
—¿Ayudarla cómo? ¿Dejándote comer?
—No seas pesado con eso. No tendría que haberte dicho nada. No, dándole ánimos e impidiendo que deje el trabajo para no encontrarse con los cabrones que se han reído, y se siguen riendo, de ella. Tiene la autoestima muy baja, y yo trato de subírsela un poco.
—Las personas con la autoestima baja no van por la vida diciéndoles a sus jefes que se los comerían.
—¡Olvida eso! No la conoces.
—De acuerdo, de acuerdo, veo que me meto contracorriente. Hablemos de lo importante. ¿Cuándo descansas? Trataré de coincidir contigo en tu próxima venida para hacer algo juntos.
—De momento no va a ser posible, Asier. Debo descansar en dos o tres días, pero no puedo dejar de acudir al trabajo en este momento. Postergaré mis días libres hasta que las cosas se asienten con Martina.
—¡No me jodas!
—Se está vengando de sus compañeros y los está cabreando mucho.
No quiero dejarla sola frente a ellos. Yo estoy ojo avizor para que no se vuelvan en su contra; hasta el momento, con mi presencia lo estoy consiguiendo, pero si me ausento la cosa se puede complicar y Martina se derrumbaría.
Esta tarde durante la cena se ha comido las croquetas del plato de unos compañeros en el comedor de personal.
Si yo no hubiera estado pendiente hubieran arremetido contra ella.
—Lógico, ¿no? Si a mí alguien me mete la mano en el plato para comerse mi comida me hubiera cabreado mucho.
—No puedo permitirlo, es muy frágil.
—Juanjo, ¿no ves que te está manipulando?
—No lo hace.
—Bueno, ya veo que no estás siendo razonable, pero eres mayorcito para saber en qué berenjenales te metes. Espero que al menos consigas un par de buenos polvos.
—Ya te he dicho que no tengo intención de acostarme con Martina.
—Entonces es peor de lo que me imaginaba, pero ya te lo he dicho: allá tú.
—Te prometo que cuando todo esto pase cogeré los días acumulados y me iré a pasarlos contigo.
—¿Y con Alma? —preguntó socarrón.
—No lo sé. No me apetece mucho repetir la experiencia de la última vez.
—Si no piensas seguir viéndola tendrás que darle alguna explicación. Ella te espera.
—Claro. Pero no he dicho que no piense seguir viéndola, solo que ahora no me apetece demasiado. ¿Tú qué tal? —-preguntó cambiando de tema—. ¿Tienes algo que contarme?
—Lo de siempre. Nuestro hotel, normalito, sigue con su rutina habitual de trabajo, tanto de huéspedes como de personal. Nada raro que reseñar.
—¿Noto cierto cachondeo por tu parte?
—Lo notas, lo notas.
—En ese caso lo mejor es que nos vayamos a dormir. Es tarde y estoy un poco cansado.
—Pero nada de escurrir el bulto. Quiero informes detallados de todo lo que se relacione con Martina y sus actuaciones.
—De acuerdo, pero solo si prometes no burlarte de ella.
—No te equivoques, macho, no me burlo de ella, sino de ti. Pareces el caballero de la brillante armadura defendiendo a su dama.
—Hoy estás imposible, mejor nos vamos a la cama. Buenas noches, Asier.
—Buenas noches, colega. Que tengas dulces sueños.
Cortó la videollamada y se preparó para acostarse, no sin antes dar buena cuenta de los rosquitos que le había dejado Patri y de su vaso de leche vespertino.
Pensándolo bien, a Asier no le faltaba razón, todo lo que le había dicho parecía indicar que Martina trataba de impulsarlo a que actuara en su defensa, a que la protegiera, pero él sabía que no era así.
Asier no había visto sus ojos húmedos de lágrimas y llenos de congoja y de vergüenza.
Su amigo se equivocaba con ella, no era una manipuladora, sino una chica dulce, víctima de la maldad de sus compañeros.
Y él iba a defenderla a capa y espada, aunque no tuviera una brillante armadura, pero sí una posición privilegiada en el escalafón que le permitía ayudarla.
No se había acordado de que se acercaban sus días libres hasta que Asier se lo mencionó, pero rápidamente había comprendido que no podía ausentarse del hotel en aquel momento, que ella necesitaba la protección que le brindaba su presencia.
Ya regresaría a Toledo más adelante, cuando la situación de los camareros se hubiera normalizado.
Entonces quedaría con Alma y comprobaría si lo sucedido en su última cita se repetía, y si era así, pondría fin a sus encuentros.
Debía reconocer que ni siquiera se había acordado de ella durante los últimos días, sumido en los problemas de Martina.
Se acostó y trató de dormir, pero le costó trabajo conciliar el sueño. La cara dulce de la camarera se le aparecía a cada momento.