Capítulo 12 #2
—Seguro que sí, solo tienes que estar atenta y aprovechar la ocasión cuando se presente.
—Lo haré.
La carretera estaba bastante solitaria a aquella hora de la noche, y el vehículo se deslizaba con fluidez, sin las retenciones que se producía durante el día.
Martina había dejado de sentirse intimidada por la cercanía de Juanjo.
Para ella había sido un alivio que supiera su secreto y empezaba a apreciar aquellos trayectos nocturnos que les proporcionaban un rato de mutua compañía.
Al principio los había temido, pero ahora los disfrutaría.
No se hacía ilusiones, solo era amabilidad por parte de un jefe hacia una empleada que vivía en la misma dirección que él, pero le bastaba.
Juanjo, por su parte, conducía despacio, más de lo que permitía la velocidad de la vía.
No tenía ganas de llegar a Fuenlabrada, le gustaba la compañía de Martina a su lado, la conversación que mantenían que poco a poco iba dejando atrás los simples monosílabos o las escuetas respuestas de la chica a sus preguntas.
De repente ella se había quedado silenciosa y temió que se retrajera de nuevo.
—Cincuenta euros por tus pensamientos —dijo para sacarla de su repentino mutismo.
—No valen tanto.
—Deja que yo decida eso. ¿O acaso son secretos?
—No tengo secretos. —Tampoco podía decirle que pensaba en él y en el motivo por el que la acompañaba a casa—. Soñaba con el trozo de bizcocho que voy a tomar cuando llegue. Me muero de hambre a pesar de las croquetas.
—Me gusta verte comer. Lo haces con deleite.
—No le hago ascos a la comida, para mí es el gran placer de la vida.
—No es el único.
—No he tenido ocasión de disfrutar de otros.
—¿En serio? ¿No tienes novio?
—No.
—Eres una mujer muy especial, no me puedo creer que nadie lo haya descubierto aún.
—Hubo un chico en mi pueblo, pero salió corriendo al saber mis circunstancias. No llegamos a muchos «placeres», se largó antes.
—¿Cuáles eran tus circunstancias?
—Un padre enfermo y una madre impedida que tuve que cuidar desde los catorce años. Sofía se había casado y venido a vivir a Madrid y yo pasé toda mi adolescencia y juventud cuidando a mis progenitores. Eso ha forjado mi carácter tímido y retraído, no tenía apenas contacto con nadie más.
—¿Tu hermana no te ha ayudado?
—Ella venía siempre en vacaciones para que yo descansara, y me proponía que hiciera algún viaje, pero nunca lo realicé. Pensaba que nadie los entendía mejor que yo, y aunque mis tareas se aliviaban un poco, seguía en la casa.
—¿Y ese chico?
—Trabajaba en el supermercado, siempre me decía cosas agradables, hasta que un día me propuso ir al cine y a tomar algo después.
Yo no podía dejar sola a mi madre tanto tiempo y le expliqué la situación.
Al principio pareció entenderlo, y comenzó a pasar por casa algún rato.
Yo salía para hablar con él a la puerta, pero al verse solos mis padres me llamaban en seguida.
—¿Un noviazgo en la puerta, como hacían nuestros abuelos?
—Ni siquiera llegó a noviazgo. Un día me dijo que, si no cambiaba mi actitud, no vendría más.
Me planteé contratar a una vecina para que se quedara con ellos mientras yo salía, pero el primer intento fue un desastre.
Mis padres estaban acostumbrados a que fuera yo quien los cuidara y se comportaron como niños malcriados.
Mi vecina se negó a quedarse con ellos de nuevo y yo me sentí mal, como una madre que abandona a sus hijos.
—A veces los mayores se vuelven egoístas y abusan.
—Yo no lo sentía así. Los cuidé hasta que murieron hace casi dos años sin ningún pesar. A su fallecimiento me quedé sin recursos económicos y Sofía y Celso me propusieron que viniera a vivir con ellos. Y aquí estoy desde entonces, trabajando en el Imperial.
—Ese chico era un tonto.
—Yo no lo creo así. Yo tenía tanta dependencia de mis padres como ellos de mí.
—Pero ahora estás aquí, y debes buscar amigos con los que salir y divertirte.
—Me cuesta mucho. Mi timidez se acentuó y no soy capaz de superarla. Salgo con Sofía y con Celso los días que libro.
—Ninguna mujer que le diga a su jefe que se lo comería es incapaz de superar su timidez. No importa las circunstancias en que lo dijera.
—¡No me lo recuerdes, por favor!
—¿Por qué no? A mí me divertía. Y echo de menos tus piropos.
—Porque creía que no me escuchabas. No se van a repetir.
—Pues es una lástima. Me gustaría ver la cara de tus compañeros si te oyeran decirme algo subido de tono.
—Ni hablar. Pensarían que hay algo entre nosotros.
—Eso es verdad.
Tras unos minutos de silencio Martina se atrevió a peguntar:
—¿Tú tienes novia o pareja?
—No exactamente. Hay alguien en Toledo, pero de momento nos estamos conociendo. Mi traslado a Madrid ha frenado un poco nuestra relación, y no sé cómo evolucionará. Vuelvo a casa en mis días libres y espero que todo vaya bien.
Habían llegado a Fuenlabrada. Juanjo no tenía ganas de terminar la conversación, pero Martina abrió la portezuela para bajar del coche.
—¿De verdad no quieres que te recoja mañana para ir al trabajo?
Ella dudó unos segundos. Estuvo tentada de aceptar, pero luego recordó que alguien lo esperaba en Toledo. Mientras menos se vieran a solas, mejor.
—Me iré en tren.
—Pero por la noche te traigo.
—De acuerdo. Hasta mañana.
—Adiós, Martina.