Capítulo 12
M artina entró en el vestuario con más aplomo del que había imaginado.
Sentirse apoyada por Juanjo le daba un coraje del que siempre había carecido.
No se podía creer lo que le estaba pasando, lo mucho que había cambiado todo en solo veinticuatro horas.
El enfado y el apoyo de Juanjo le estaban dando un valor inusitado en ella.
En la estancia ya había varias compañeras, pero ni se molestó en saludarlas. No le importó, por primera vez, que ellas tampoco lo hicieran. Se limitó a cambiarse de ropa y a salir muy rápido, sin apenas mirar a nadie.
Michel y otros compañeros, incluido Juanjo, esperaban para entrar a ponerse el uniforme, charlando entre ellos, tan tranquilos.
Tan felices, como si no le hubieran hecho una broma cruel que la había llevado incluso a dudar de su propia cordura.
No se lo pensó. Como si fuera un ariete se abalanzó sobre ellos y le dio a Michel un fuerte empujón que lo hizo trastabillar.
—¡Vaya! La invisibilidad no me permite atravesar los cuerpos —masculló alejándose de la puerta del vestuario a toda prisa. Había clavado el codo con todas las fuerzas que le daba la rabia que sentía.
—¿Has visto eso? —preguntó el chico presionándose el estómago donde el codo de Martina había ido a incrustarse—. Casi me tira.
—Pobre chica, ha tropezado —respondió Juanjo con condescendencia.
—Yo diría que lo ha hecho a propósito. Venía directa hacia mí.
—No me ha dado esa impresión.
—Ha dicho algo sobre invisibilidad y atravesar cuerpos —la acusó Fidel.
—A mí me ha parecido oír inestabilidad. ¿Cómo va a hablar de invisibilidad? Has debido oír mal.
Juanjo observó cómo los dos camareros se miraban uno al otro, con disimulo. Si mencionaban algo sobre la broma, intervendría imponiéndoles un correctivo por utilizar el lugar de trabajo para burlarse de una compañera. Pero mientras no lo hicieran, se limitaría a cubrirla
—No le echéis cuenta, ni os molestéis si no ha pedido disculpas, ya sabéis que es un poco rara. Vosotros mismos me lo habéis repetido varias veces. Seguid como hasta ahora, ignorándola.
Juanjo tenía que hacer esfuerzos para contener la risa.
Martina se había tomado en serio la venganza y había comenzado a ejecutarla.
Se preparó para una tarde muy divertida, porque estaba seguro de que la chica no se limitaría solo a aquel encontronazo.
Estaría pendiente para que los agraviados no se revolvieran contra ella, porque no tenía dudas de que serían despiadados.
Salió del vestuario y se dirigió al comedor.
Martina preparaba las mesas con calma, tratando de pensar qué podía hacer para molestar a sus compañeros. La cara de incredulidad y dolor de Michel cuando arremetió contra él le alegraría la tarde.
Se dedicó a su trabajo, sintiendo la mirada de Juanjo sobre ella de forma casi continua.
Ahora estaba segura de que la veía y se esforzaba en realizar sus tareas con más profesionalidad que nunca.
Notar sus ojos verdes clavados en ella le producía a la vez desasosiego y seguridad.
Saber que contaba con un aliado, por primera vez en más de un año, era muy gratificante, y que ese aliado fuera él, todavía más.
Cuando llegó el momento de la cena coincidieron camino del comedor del personal. No se hablaron, pero Juanjo le rozó la mano en un gesto de ánimo antes de separarse, lo que la hizo entrar al comedor con la cabeza bien alta.
Se acercó a recoger la comida, la ensalada y el pollo asado, ignorando las croquetas que había como opción alternativa.
Elisa había optado por ellas y tuvo una idea.
Contra su costumbre, no se sentó en su mesa habitual, sino que se dirigió hacia la que ocupaban sus compañeros y se sentó en una silla entre Elisa y Maya.
Tenía enfrente a Juanjo, que le hizo un leve gesto de asentimiento
Todos se pusieron tensos y se miraron entre sí.
Nadie la saludó ni le preguntó el motivo de su presencia, y tampoco ella dio ninguna explicación.
Se limitó a comer su ensalada y a trocear el pollo.
La incomodidad en los presentes se hizo notar.
Y de repente alargó la mano hacia el plato de Elisa, cogió una croqueta y se la comió.
Vio brillar los ojos verdes de su jefe con risa contenida, aunque su rostro permanecía serio y sin pizca de asombro.
Continuó comiendo de su plato y poco después fue el de Fidel el que sufrió el robo de una croqueta.
—Pero qué… —protestó este, pero Maya le hizo un leve movimiento de negación señalando a su jefe, que no los perdía de vista.
Todos los que tenían croquetas en sus respectivos platos se apresuraron a comérselas, incluso corriendo el riesgo de atragantarse. No obstante, Martina pudo hacerse con otra del plato de Elisa antes de que esta terminara con ellas.
Cuando se acabaron las croquetas, Martina se levantó, tomó su plato y se sentó en su mesa de siempre a terminar de comer con tranquilidad. La presencia de sus compañeros la incomodaba tanto como a ellos la suya.
De inmediato se produjo un murmullo de conversaciones en la que acababa de abandonar, en voz baja.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Maya.
—Que se ha puesto ciega a costa de nuestras croquetas —masculló Fidel—. Se ha comido sus dos platos y ha arramplado con los nuestros.
—A ti solo te ha quitado una, pero se ha zampado la mitad de las mías.
—La muy tonta se sigue creyendo invisible y que sus actos no tienen consecuencias. Piensa que no la vemos y que actúa con impunidad —aclaró Maya, tratando de dar una explicación lógica a lo sucedido.
—Tendríamos que haberle dicho algo —protestó Michel—. No habérselo permitido.
—Juanjo estaba mirando —respondió Maya de nuevo—. Lo más probable es que piense que se las hemos ofrecido. ¡A nadie se le ocurriría pensar que nos las ha birlado por la cara!
—Pero no ha sido así, no le hemos ofrecido nada. Ni siquiera sentarse a nuestra mesa. A mí esta mañana me ha dado un codazo en el estómago que todavía me duele.
—Delante de Juanjo no podemos hacer ni recriminarle nada. Si sale a relucir la broma de la invisibilidad se nos puede caer el pelo. No creo que él lo tolere.
—Esperemos que esto de robarnos la comida no se convierta en una costumbre —se lamentó Fidel.
—Yo, por mi parte, no pienso coger otra comida que me pueda quitar del plato. A partir de ahora sopas y comidas de cuchara. ¡Con lo buenas que estaban las croquetas y las pocas veces que las ponen en el menú!
Martina terminó de comer y abandonó el comedor, sintiéndose muy satisfecha consigo misma. Había sido toda una prueba de superación, porque le había costado vencer su timidez, pero estaba segura de que Juanjo se sentiría orgulloso de ella.
Él permaneció en la sala un poco más, dándole un margen para que se incorporase a su puesto de trabajo y controlando al resto de camareros, que todavía permanecían en la mesa, estupefactos y cuchicheando.
***
Juanjo estaba deseando salir aquella noche para reunirse con Martina y se apresuró en inspeccionar el comedor.
Se cambió de ropa cuando ya estaba el vestuario vacío y se dirigió al coche.
Pocos segundos después ella lo siguió. Entraron en el vehículo y la miró con una sonrisa de complicidad antes de ponerlo en marcha.
—¿Estaban buenas las croquetas?
—Deliciosas. Mucho más que si las hubiera cogido yo.
—Eso seguro. Las croquetas vengativas deben ser muy sabrosas. ¿Cómo se te ocurrió?
—Iba a cogerlas cuando vi que lo hacía Elisa. Fue como un flash y opté por la ensalada.
—Me costó aguantar la risa el ver las caras de estupefacción de todos cuando metiste la mano en su plato y te zampaste la primera con toda naturalidad.
—No con naturalidad. Me intimidaron un poco cuando me miraron asombrados al sentarme a su mesa, pero me dio ánimos el saber que tú estabas pendiente. No quería parecerte una cobarde.
—No os quité ojo en todo el almuerzo, y no me pareces una cobarde en absoluto.
—¿Crees que me he pasado?
—Para nada. ¡Si hasta dejaste que las probaran! Yo me las hubiera comido todas.
—No me dieron tiempo.
—¿Por qué te fuiste de la mesa después?
—Para comer tranquila. No soportaba la presión de todos mirándome con malas caras. Temía que me dijeran algo y me derrumbara, musitando alguna excusa.
Juanjo se volvió hacia ella y le agarró la cara entre las manos. La miró a los ojos desde muy cerca. Se puso nerviosa por el contacto y por la intensidad de su mirada. Nunca nadie la había mirado así.
—Prohibido derrumbarte, y mucho menos pedir perdón. Se merecen tu venganza y mucho más. Podría intervenir yo y aplicarles un correctivo por su conducta, pero la única forma de que te dejen tranquila es que te defiendas tú. Yo me iré y, si no te haces valer, siempre van a joderte.
—¿Te vas a ir? —preguntó abatida.
—Cuando Sixto se recupere. Lo mío solo es una sustitución; mi puesto oficial está en Toledo.
—Vaya…
—Pero espero que cuando deba regresar tú ya estés integrada en la plantilla.
—No estoy yo muy segura de eso.
Él acercó aún más la cara, hasta casi rozarla con el aliento.
—Prométeme que lo vas a conseguir, que no vas a permitir que sigan ninguneándote. No te rindas.
«Si me lo pides así te prometeré cualquier cosa, pero lo más probable es que cuando te vayas lo haga yo también».
—Lo haré. Seguiré con mi venganza.
—Bien. Ahora, vamos a casa; es tarde y debes estar cansada.
—Un poco. Ha sido una tarde muy rara.
Y la noche anterior apenas había dormido pensando en que él había descubierto su secreto.
Juanjo se separó y soltó su rostro para arrancar el coche.
—A medida que sigas te resultará más fácil enfrentarte a ellos, y lo disfrutarás más.
—¡Ojalá! Aunque ya lo he disfrutado hoy.
—¡Esa es mi chica!
Martina se estremeció. ¿Había dicho su chica? Solo era una más de las camareras que estaban a su cargo. Seguramente lo había dicho para animarla, pero le había sonado muy bien. Contar con un aliado era importante para ella.
—¿Tienes alguna otra idea para vengarte?
—Ahora mismo no. Espero que me pase como con las croquetas, que me surja alguna en el momento.