Me ves o no me ves Capítulo 11
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Capítulo 11

D urante el trayecto hasta Fuenlabrada Sofía respetó el mutismo de Martina, que miraba por la ventanilla sin decir palabra, solo asimilando lo ocurrido. Pero, al llegar a su casa, su hermana no le permitió seguir callando.

—Ya has tenido tiempo suficiente para rumiar lo que te haya ocurrido, ahora vas a contármelo.

—Tengo que dejar el trabajo.

—Eso no es un problema, ya te he dicho varias veces que si no estás a gusto busques otra cosa. Siempre te has negado, por lo que intuyo que ha pasado algo grave para que cambies de opinión de forma tan repentina y tan tajante. ¿Qué es? ¿Tiene que ver con tu jefe?

—Sí y no.

—Aclárate, porque tu respuesta es contradictoria.

Martina sabía que no tenía escapatoria, y necesitaba hablar, aunque le causara a su hermana una preocupación.

—¿Te acuerdas de la noche que me puse el uniforme al llegar?

—Porque querías saber si te estaba estrecho.

—No era por eso. En realidad, quería saber si me veías o no.

—¿Si te veía? ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Porque en el trabajo nadie parecía verme cuando me ponía el uniforme. Incluido mi jefe. Llegué a pensar que era invisible.

—Querrás decir que nadie te echaba cuentas.

—No, que era invisible de verdad. No me mires así, ya sé que eso no es posible y me siento muy idiota por haber llegado siquiera a dudarlo, pero todo parecía confirmar que era así.

—No entiendo por qué pensabas eso.

—Tuve un sueño en el que me volvía invisible cuando estaba con el uniforme y lo escribí en mi libreta de pedidos.

Mis compañeros debieron leerlo y me han gastado una broma fingiendo que no me veían cuando lo llevaba.

Llegué a pensar que era cierto. El caso es que empecé a ganar confianza en mí misma y a decir cosas que pensaba de la gente a diestro y siniestro.

—Bueno, si te ha servido para desahogarte, no es tan malo. Guardarse las cosas no es bueno, Martina.

—Sí que lo es, porque también se las he dicho a Juanjo.

—A tu jefe.

Asintió, notando de nuevo la vergüenza de su comportamiento.

Una leve sonrisa curvó la boca de Sofía.

—¿Se puede saber qué es eso tan terrible que le has dicho?

—Al principio, que tenía los ojos muy bonitos. Y como no reaccionó, seguí subiendo el tono de mis comentarios hasta límites vergonzosos. Hoy le he dicho que me lo comería.

—Mis más sinceras felicitaciones por tu atrevimiento, pero supongo que se ha molestado y te lo ha recriminado antes de que yo llegara, que por eso lloraste.

—No es así, no se ha molestado. Lloré porque lo de hacer que me creyera invisible ha sido una broma cruel de mis compañeros para reírse de mí.

Él me encontró llorando en la puerta del hotel mientras te esperaba y me hizo subir al coche para que le explicara el motivo.

Ya sabes lo tímida que soy, pero fue como si descorchara una botella de champán y la presión acumulada se desbordara.

Se lo conté todo, y por supuesto le pedí disculpas por mi atrevimiento hacia él.

—¿Y qué te dijo?

—Que yo también tenía unos ojos y una boca muy bonitos.

—Pues bien está lo que bien acaba. No ha sido tan grave, si no se ha enfadado contigo.

—No lo entiendes. Va a pensar que me gusta.

—Es que te gusta, Martina. Jamás le habrías dicho algo semejante si no fuera así.

—Pero él no debe saberlo.

—¿Por qué no? ¿Acaso piensas como en los tiempos de nuestros padres que es el hombre el que debe dar el primer paso? Estamos en el siglo XXI y las mujeres estamos en igualdad de condiciones en todos los sentidos. Yo seguiría soltera si hubiera esperado a que Celso se me declarara.

Marina miró a su hermana con asombro y admiración.

—¿Te declaraste tú?

—Fui más directa: le comí la boca para que no tuviera dudas de mis intenciones hacia él. Imagino que tú no has llegado tan lejos con Juanjo… ¿o sí?

—¡Claro que no! —exclamó horrorizada.

—Pues entonces. Pero no creo que debas dejar el trabajo si no se lo ha tomado mal. Ignóralo a partir de ahora si no quieres mostrarle que te gusta y ya está. Olvidará lo sucedido muy pronto.

—Eso no va a ser tan fácil. No consideró que la conversación hubiera terminado porque llegaste, y me aseguró que vendría a buscarme para ir juntos al trabajo y terminar de aclarar las cosas.

Y que te dijera que no me recojáis por las noches, que él me traería a casa, porque le pilla de camino.

Y yo no sé cómo afrontarlo, ni de qué quiere hablar que no dijéramos anoche.

—A lo mejor no quiere hablar, sino pasar tiempo contigo.

—Eso no es posible, Sofía. ¿Cómo va a querer pasar tiempo conmigo? Soy una simple camarera poco atractiva e interesante.

—Que tiene unos ojos y una boca muy bonitos. Estoy de acuerdo con él.

—Solo lo dijo para hacerme sentir mejor, por quitar hierro a mi comportamiento y a la burla de mis compañeros. Para que pareciera que también él me hacía un cumplido, no porque lo pensara de verdad.

—Deja que te lleve mañana al trabajo y que te traiga después a casa. Hablad y aclarad las cosas.

—Preferiría ignorarlo hasta que todo esto se olvide. O mejor aún, irme del hotel y no verlo nunca más. Ni a él ni a los demás.

—Si quieres abandonar el hotel por culpa de ellos, te apoyaré, pero no tomes ninguna decisión precipitada. Dale una oportunidad a Juanjo. A lo mejor te equivocas con él.

—Supongo que no tengo más remedio, va a venir a buscarme y no se le puede dar plantón a un jefe.

—Ni a un hombre. Ahora vete a la cama y descansa. Mañana lo verás todo menos terrible.

—Buenas noches, Sofía. Gracias por animarme.

—De nada.

Se acostó, pero permaneció mucho rato pensando en lo sucedido y tratando de encontrar la forma de enmendarlo.

***

Martina vio desde la ventana el coche de Juanjo detenerse y estacionar frente al portal.

Por suerte, en su barrio todavía se podía aparcar cerca de las casas a ciertas horas del día.

Era muy temprano, faltaba mucho rato para entrar en el hotel, pero no quiso dejarlo esperando tanto tiempo y, con un hondo suspiro de resignación, bajó a reunirse con él.

Juanjo estaba fuera del coche, esperándola, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Hola —la saludó.

—Hola. ¿No has venido un poco pronto?

—Temía que te escabulleras para irte en tren y no he querido arriesgarme.

—Me dijiste que vendrías y no suelo dar plantón a nadie. Aclaremos esto de una vez y ya está. Aunque no sé de qué quieres hablar, ya te pedí perdón anoche. Pero lo haré de nuevo, por supuesto, todas las veces que haga falta.

Abrió el coche y entraron en él. Juanjo arrancó.

—No quiero que te disculpes otra vez, ese tema ya está zanjado. De lo que tenemos que hablar es de tu comportamiento en el hotel a partir de ahora. Porque lo que dijiste ayer de dejar el puesto, no te lo voy a consentir. No permitiré que una panda de cabrones te haga renunciar a tu trabajo.

—¿Has llamado cabrones al personal? —preguntó asombrada. Juanjo siempre había sido muy educado y correcto en su trato con todos.

—Y me quedo corto. —Desvió la mirada de la carretera y la fijó en Martina—. No te vayas, véngate de ellos; dales su merecido.

—¿Cómo?

—¿No te han hecho creer que eres invisible?

Sigue siéndolo, pero no te limites a decir unas pocas frases más o menos hirientes, haz algo más.

Putéales. Te prometo que yo no te veré, hagas lo que hagas.

Eso sí, sin que afecte a los clientes. Hazlo en el comedor de personal, en el vestuario o el bufé antes de que se abra al público.

—No sé… preferiría irme.

—Yo no. Eres la única que me cae bien de todo el personal que tengo a mi cargo. Han tratado de convencerme de que eres una especie de chiflada y también me siento engañado, y muy muy cabreado. Pero como superior suyo tengo las manos atadas. Véngate por los dos, Martina.

—¿Lo estás diciendo en serio?

—Muy en serio. Nos reiremos juntos de todos ellos.

—Lo intentaré, pero no te prometo nada —dijo para complacerlo y no porque estuviera segura de poder llevarlo a cabo.

—Aunque todo esto tiene un lado bueno.

—Yo no se lo veo. ¿Cuál?

—Que desde anoche has hablado conmigo mucho más que la otra vez que te llevé a casa. Antes te limitabas a responder a mis preguntas con monosílabos o encogimientos de hombros.

—Tenía miedo de hablar más de la cuenta y que pensaras que estaba loca. A veces he llegado a creerlo yo misma.

—Nunca lo he pensado. Solo que eras un poquito peculiar, sobre todo cuando me hiciste la reverencia.

—No sé cómo se me pudo ocurrir. Soy un poco tímida, también.

—Espero que dejes de serlo conmigo. No me consideres tu jefe; de ahora en adelante seré tu cómplice.

—Suena raro eso. Tanto como lo de ser invisible.

Estaban llegando a Madrid. Juanjo desvió el coche hacia una calle relativamente cercana al hotel, en la que estacionó.

—¿Quieres que vayamos por separado desde aquí para que no nos vean juntos? —preguntó Martina abriendo la portezuela, dispuesta a bajar.

—No sería mala idea, pero lo que pretendo es comer algo. Me he ido temprano y sin almorzar de casa para no correr el riesgo de que te fueras sin mí. Tenemos tiempo antes de entrar al hotel. ¿Tú has comido?

—Algo. —No quiso decirle que estaba tan nerviosa por reunirse con él que apenas había podido probar bocado.

—Aquí solía comer yo antes de que me apuntara a las comidas de mi casera, que es una cocinera excelente —dijo entrando en un bar bastante concurrido—. ¿Tú cocinas?

—Sí. Cuando tengo turno de tarde preparo yo el almuerzo de mi hermana, que trabaja media jornada. La cena, si estoy en casa, la hacemos entre las dos.

—Yo apenas cocino. Antes de venir a Madrid compartía piso con un amigo y compañero de trabajo en Toledo, pero nuestra cocina era poco elaborada. Fritos, comida precocinada que calentar en el microondas, y siempre estaba la opción de pedir a domicilio.

Encargaron unas raciones y unas cervezas. Martina se sentía tan extraña como cuando se creía invisible. Apenas podía creerse que estuviera sentada con Juanjo en un bar, compartiendo un almuerzo. Con su jefe. Con aquel hombre tan atractivo que parecía sentirse a gusto en su compañía.

—Le has dicho a tu hermana que no venga a recogerte por las noches, ¿verdad?

—Sí, pero no es necesario que me lleves. Eso te obliga a desplazarte más kilómetros y de verdad que a ellos no les importa.

—Me haces un favor. No me gusta conducir, y menos de noche. Así, si vamos charlando, se me hace más corto el camino.

—En realidad, más largo.

—Pero en buena compañía.

—¿Por qué lo haces? No tienes que compensarme por nada, tú no tienes la culpa de lo que han hecho mis compañeros.

—Ya te he dicho que me caes bien.

—¿Lo dices en serio o es otra burla?

—Yo no soy como el resto de los camareros, jamás me burlaría de ti, ni de nadie, salvo que se lo merezca. Te confieso que me intrigas, que lo has hecho desde el principio. Me prometí a mí mismo que descubriría tu secreto, y ahora que lo sé, me gustaría que fuéramos amigos.

—No quiero que en el hotel piensen que tienes un trato de favor conmigo.

—No tienen por qué saberlo. Allí te trataré como siempre, solo que haré la vista gorda si dices o haces algo inconveniente.

Simplemente fingiré que no lo he visto ni oído, como he hecho hasta ahora.

El acompañarte a casa es fuera del hotel y también del horario de trabajo.

Nadie me va a decir lo que hago ni con quién en esos casos.

—Solo aceptaré que me lleves a casa en el turno de noche, porque me sabe mal que Celso o Sofía tengan que salir de casa tan tarde y con tanto frío. El resto de los traslados los haré en tren.

—Como prefieras. Pero que sepas que la invitación es extensiva a todos los días y todas las horas.

—Gracias, pero no.

Habían terminado de comer. Pagaron la cuenta entre los dos. Juanjo deseaba invitarla, pero ni lo mencionó. Sabía que lo rechazaría de plano, igual que su ofrecimiento de transporte.

—El hotel está cerca. Me iré andando —afirmó Martina con rotundidad sin entrar en el coche.

—De acuerdo. Pero nos vemos esta noche a la salida.

Espérame dentro del hotel hace mucho frío para que lo hagas fuera.

Ya sabes que salgo el último porque debo comprobar que el comedor se queda recogido.

Cuando yo salga me sigues y nos vemos delante del coche.

Aunque a mí me importa un bledo que nos vean salir juntos, vamos en la misma dirección.

—Mejor no. Hasta luego.

Juanjo la vio alejarse caminando y maldijo a los que se habían burlado de ella. Era una mujer adorable con la autoestima muy baja. Desde el día anterior estaba empezando a abrirse y conseguiría que lo hiciera mucho más. Y, sobre todo, que confiara en él.