Me ves o no me ves Capítulo 10
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Capítulo 10

D espués de su día de descanso Martina regresó a su trabajo. Estar ausente veinticuatro horas le había permitido relajarse un poco y volver más animada.

Había repasado en su mente una y otra vez su conversación con Juanjo, el hecho de que se hubiera ofrecido a llevarla a casa por las noches y su amabilidad con ella.

Era la primera persona que la trataba bien desde que empezó a trabajar en el hotel, pero no se hacía ilusiones de que se tratara de algo más que cortesía.

No pensaba caer en la suposición de Sofía de que fuera algo más que eso, ella no interesaba a los hombres y menos a uno tan guapo como su jefe.

El regreso fue ya en el turno de noche. No había comentado en su casa el ofrecimiento recibido, por lo que su hermana la recogería después del trabajo.

Hacía mucho frío y Celso estaba muy acatarrado.

Por un momento estuvo tentada de decir que no fueran y pedirle a Juanjo que la acompañase, pero si lo hacía él insistiría en llevarla cada noche y no se sentía capaz de sentarse a su lado a diario en un espacio tan reducido y mantener una conversación sin que saliera a relucir su problema con el resto del personal.

Tampoco quería que nadie se percatara de ese trato de favor que él le daba.

Estuvo mirándolo toda la tarde, y en algunas ocasiones le pareció que también él la miraba a ella, pero eso era imposible, llevaba el uniforme. Nadie más le había prestado atención en toda la jornada.

A la hora de cenar dudó si entrar en el comedor o no.

Le había dicho a Juanjo que no lo hacía y él no había comentado lo contrario, de modo que decidió hacerlo.

Se moría de hambre y, contra lo que había afirmado días atrás, no llevaba nada de su casa.

No aguantaría tantas horas sin comer nada, ya le costaba estar sin alimento desde la temprana cena hasta que llegaba a altas horas.

Juanjo se demoró con la cena y salió del comedor justo detrás de ella. Temió que le hablara, que le preguntara por su presencia en la zona común. Se volvió por un instante para mirarlo, pero él no dio muestras de verla y de nuevo su subconsciente tomó el mando y susurró:

—La comida está buena, pero yo preferiría comerte a ti.

Y apresuró el paso. Si se hubiera vuelto habría visto la sonrisa satisfecha en la boca del hombre, que no tenía intención de recriminarle nada.

Juanjo pasó la tarde observándola en silencio, contento de que ella hubiera retomado las atenciones hacia él.

Se dijo que lo prefería a que se indispusiera con sus compañeros, pero la verdad era que se sentía halagado.

Tendría que buscar de nuevo la ocasión de llevarla a su casa, necesitaba desentrañar la misteriosa personalidad de la chica, averiguar a qué se debían sus cambios de comportamiento.

Si de verdad se sentía atraída por él, ¿por qué en el coche se mostraba tímida y apenas respondía con monosílabos a sus intentos de entablar conversación?

Se preguntó qué haría si ella se le insinuara en esos momentos igual que hacía en el comedor rodeados de gente.

La rechazaría de forma educada, por supuesto, era una subordinada suya y sería muy mala idea darle alas, pero recordó sus bonitos ojos color miel y también que tenía una boca de labios finos y rosados, sin rastros de carmín. Una boca que sabría solo a boca.

Sacudió la cabeza alejando esos pensamientos poco apropiados y trató de concentrarse en su tarea, pero aquella tarde le costaba.

***

Como siempre que cometía algún desliz, Martina pasó el resto de la tarde tratando de pasar más desapercibida de lo habitual.

Recogió sus mesas del comedor con rapidez y entró a cambiarse antes de que lo hicieran los demás.

No quería que Juanjo la sorprendiera en la puerta, aquella tarde se había pasado más de lo habitual con sus comentarios y se moría de vergüenza ante la idea de encontrárselo, aunque no la hubiera escuchado.

Salió a toda prisa del hotel, pero era aún temprano y Sofía no había llegado todavía.

Llevaba unos minutos esperándola cuando el frío intenso la hizo buscar los guantes en su bolso.

No halló uno de ellos, debía habérsele caído en su apresuramiento por salir.

Regresó al vestuario, mirando a su alrededor.

Por suerte Juanjo aún estaba revisando el comedor y no se encontraba esperando para cambiarse.

Entreabrió la puerta y se detuvo de inmediato al comprender que sus compañeras hablaban de ella.

Conteniendo la respiración, escuchó sin delatar su presencia.

—La tonta de Martina está haciendo cada vez más idioteces. Solo es cuestión de tiempo que meta la pata hasta el fondo.

—¿De verdad se cree la mema que es invisible? ¿Que ni la vemos ni la oímos?

—Fue una idea genial la de hacerle creer que ese sueño que leí en la libreta de pedidos se volvía real. Pero solo alguien como ella podía creérselo.

—Deberíamos decirle la verdad antes de que se busque un problema.

—¡Ni hablar! ¡Con lo que nos estamos riendo!

—Eso lo dices porque te ha molestado lo que dijo de tus piernas.

—Mis piernas son perfectas. Pero seguirá siendo invisible para mí un tiempo más. Hasta que diga algo muy inconveniente y Juanjo le eche una buena bronca. ¡Cómo voy a disfrutarlo!

—O hasta que la despidan por chiflada. ¿Te imaginas que Juanjo la regañe y ella le diga con esos ojos de cordero degollado: soy invisible?

El coro de risas le llegó con nitidez. Desistió de entrar en el vestuario y enfrentarse a las burlas de aquellas arpías. Perdería el guante, sería capaz de salir incluso desnuda a la gélida noche para no verlas.

Corrió como alma que lleva el diablo en dirección a la salida mientras gruesas lágrimas le corrían por las mejillas. Ahora sí que tendría que buscar otro empleo, se sentía incapaz de continuar trabajando allí.

Se escabulló lo mejor que pudo hasta la puerta y rogó que Sofía la recogiera lo antes posible. Necesitaba toda una noche para digerir sus sentimientos, para asimilar todo el ridículo que había hecho durante semanas.

Se medio escondió entre las sombras hasta que llegara su hermana, rogando porque nadie la viera.

Cuando pensaba las cosas que había hecho y dicho, suponiendo que nadie la veía, se moría de vergüenza.

Lo que más le importaba era lo que le había dicho a Juanjo en las últimas semanas, pero sobre todo aquella tarde.

¿Qué pensaría de ella? ¿Que estaba loca por él?

No podía negar que le gustaba, que era muy atractivo, pero se había envalentonado demasiado en sus acercamientos.

Jamás podría volver a mirarlo a los ojos y mucho menos trabajar de nuevo bajo sus órdenes.

Lágrimas de frustración y vergüenza seguían corriendo por sus mejillas.

No consiguió pasar desapercibida, Juanjo la había visto salir del vestuario como alma que lleva el diablo y, sin terminar de revisar el comedor, salió tras ella.

Se detuvo a su lado y la miró con detenimiento.

Ella agachó la cabeza para que no viera su estado de ánimo ni sus lágrimas, deseando que la tierra se la tragara y hacerse pequeñita e invisible de verdad.

—¿Martina? —preguntó él—. ¿Qué sucede? ¿Estás llorando?

—No es nada, se me ha metido algo en el ojo.

Sabía que le debía una explicación, que debería pedirle perdón por su comportamiento hacia él, pero no se encontraba capaz en aquel momento.

—¿En los dos ojos?

—Debe ser el frío.

Temblaba de pies a cabeza y no solo por efecto de la temperatura.

—¿De nuevo se retrasan en recogerte?

Asintió con la cabeza, incapaz de seguir hablando.

—Entra en mi coche hasta que lleguen. Vas a pillar una pulmonía aquí fuera, está a punto de nevar.

—No… no puedo.

Pero él no aceptó su excusa. La agarró por el brazo y la condujo hacia el vehículo aparcado a poca distancia.

—Desde aquí verás cuando lleguen a buscarte.

Abrió la portezuela y la hizo sentarse en el asiento del copiloto, acomodándose a su lado. Encendió la calefacción y, abriendo la guantera, le ofreció un paquete de pañuelos.

—Ahora vas a decirme qué te pasa. No me trago lo del frío ni lo de la mota en el ojo.

—No puedo, de verdad que no puedo.

Él alargó la mano y le agarró la barbilla, obligándola a alzar los ojos y mirarlo.

—No te dejaré salir del coche hasta que me digas algo que pueda creerme.

Ella trató de tranquilizarse.

—Está bien; de todas formas, supongo que te debo una explicación, y muchas excusas.

—¿Me has hecho algo?

—¿Y lo preguntas? Por Dios, llevo semanas diciéndote… cosas. No puedo imaginar lo que pensarás de mí.

—¿Que eres una chica atrevida, que no se corta un pelo al decir lo que piensa?

—Es que yo no soy así.

El llanto se intensificó.

—Yo no suelo decirles a los hombres esas barbaridades.

—Yo los consideraría piropos más que barbaridades.

—Tampoco piropeo a los hombres, y menos a mi jefe.

—Pues lo has disimulado muy bien, la verdad.

La risa franca de Juanjo la hizo enterrar la cara entre las manos y sollozar más fuerte.

—No era yo, te juro que no era yo. Te dije…

—Que tengo unos ojos bonitos, que estoy para comerme y que tú lo harías. ¿Me olvido de algo?

—Creo que no.

—Tampoco tus compañeros se han librado de tus comentarios, aunque creo que los de ellos han sido más desagradables.

—Así es, pero se lo merecen.

—Vamos a ver, Martina, deja de llorar y explícate de una vez. Si no eras tú, si no sueles hacer esas cosas, dime el motivo por el que lo has hecho. ¿Estabas bajo el efecto de alguna medicación, o de alguna droga? Si es así olvidaré todo lo que has dicho.

—Es que, si te lo cuento, si te digo la verdad, me vas a considerar imbécil. Tan imbécil como en realidad soy.

—Prueba a ver.

—Me creía invisible.

Juanjo apretó los labios tratando de no reírse.

—¿Invisible? —preguntó—. ¿Por qué motivo? ¿Algún tipo de alucinación?

—Tuve un sueño en el que me volví invisible cuando me ponía el uniforme.

Tiene su fundamento porque siempre me he sentido así con respecto a los compañeros.

Desde el primer momento en que empecé a trabajar aquí me han ignorado, como si no existiera.

A veces saludaba al llegar y nadie me respondía, y supongo que mi subconsciente generó ese sueño.

De alguna forma mis compañeros se enteraron, imagino que porque lo escribí en mi libreta de anotar los pedidos y esta se me cayó del bolsillo.

Alguien debó leerla y decidieron gastarme una broma por la cual me ignoraban, todavía más, cuando tenía puesto el uniforme.

—Pero tú sabes que la gente no se vuelve invisible, ¿verdad?

—Claro que lo sé, me he estado volviendo loca dándole vueltas a la cabeza. Hice varias pruebas, pero todo parecía corroborar que era cierto. Incluso te hice una reverencia un día para comprobar si tú tampoco me veías, y no reaccionaste en absoluto. ¿Te hacen reverencias todos los días?

—No, solo tú. Me quedé tan asombrado que no supe qué hacer.

—Entonces me envalentoné. Soy bastante tímida y pensé que mi invisibilidad, que no me terminaba de creer, me permitiría hacer cosas a las que nunca me había atrevido.

—Como decirles a tus compañeros lo que de verdad piensas de ellos. Y también a tu jefe.

—No lo pienso —trató de excusarse.

—¿Seguro?

—No negaré que eres atractivo, que me gustan los hombres con los ojos verdes… pero el resto…

—¿No me comerías?

—¿Tú también te estás burlando de mí?

Volvió la cabeza hacia la ventanilla para evitar su mirada y su sonrisa.

—En absoluto. Me he sentido halagado de que a tus compañeros los insultaras y a mí me piropearas.

Juanjo alargó la mano y le acarició la mejilla.

—Nunca has sido invisible para mí, siempre me has parecido muy interesante. Un poco peculiar, pero interesante.

—Chiflada, querrás decir.

—En absoluto. —Seguía acariciándole la cara, limpiándole con los dedos el resto de las lágrimas secas—. Ahora voy a decirte yo lo que pienso de ti. Me he ganado el derecho, ¿no crees? Tú también tienes unos ojos muy bonitos, y una boca digna de ser besada.

—Te estás burlando de mí tú también. Ahí llega mi hermana, mejor olvidemos esta conversación.

—No pienso hacerlo. Es la primera vez que consigo que me digas más de dos palabras seguidas y espero que no sea la última. Te recojo mañana para venir juntos al trabajo, esta conversación no se acaba aquí. Tenemos que decidir cómo afrontar tu situación en el trabajo a partir de ahora.

—Voy a dejar el hotel, no puedo seguir allí.

—Claro que puedes. Y dile a tu hermana que no hace falta que venga a recogerte en el futuro, que yo te llevaré por la noche a casa.

—No…

—Soy tu jefe; es una orden. Hablamos mañana.

Salió del coche temblando como una hoja. Se refugió en el vehículo de Sofía, que la miró preocupada.

—¿Qué te pasa? Lamento el retraso, había un accidente en la carretera y he tenido que esperar un poco hasta que me han dejado pasar.

—Es algo muy surrealista que no te creerías.

—¿Has llorado? Martina, me estás preocupando.

—Quiero morirme.

—¿Estabas en el coche de tu jefe? ¿Ha intentado propasarse contigo? Mira que lo capo.

—Soy yo la que se ha propasado con él, aunque solo de palabra.

—Vamos a casa y me lo cuentas.

—Sí, es largo.

Arrancaron y el coche se perdió en la carretera.

Juanjo regresó al hotel a terminar de revisar el comedor, enfadado con el personal.

Tendría que pensar en algo para castigarlos y también para evitar que Martina dejara el trabajo.

Quería conocerla mejor, llegar al fondo de aquella chica tímida que había necesitado creerse invisible para ser ella misma.

Y que tenía unos ojos y una boca preciosos.