Capítulo 9
M artina entró en el vestuario como cada mañana.
En esta ocasión ni se molestó en saludar.
No tenía ganas de que en cuanto se pusiera el uniforme empezaran a ignorarla.
Prefería que lo hicieran desde el principio.
No obstante, no tuvo ocasión de comprobarlo porque, en cuanto entró, sus compañeras salieron del recinto, sin siquiera dedicarle una palabra de saludo a pesar de ir vestida de calle.
Se sintió molesta y ofendida. Tal vez Sofía tuviera razón y debiera buscar otro trabajo en que la trataran mejor.
Pero luego, en el comedor, se encontró con Juanjo, organizando las mesas y revisando que todo estuviera preparado para el bufé del desayuno.
Atractivo y sonriente como siempre. Quizás por él mereciera la pena seguir en el hotel.
Sin embargo, se sentía tan enfadada con Maya y Elisa que decidió expresar el desprecio que sentía por ellas. Estaba harta de contenerse.
Se cruzó con Maya detrás del mostrador que sostenía las bandejas del bufé.
Estas se vaciaban con rapidez y había que reponerlas continuamente.
Estaba tan enfadada que ni siquiera se percató de que Juanjo estaba cerca, y le soltó a su compañera, canturreando la melodía, una frase que siempre pensaba cuando la veía en el vestuario cambiándose de ropa:
—Tienes las patas de alambre porque pasas mucha hambre…
Y sin pararse a comprobar si la chica la había escuchado, volvió a entrar en la cocina para cargar otra bandeja.
Juanjo tuvo que contener una carcajada y volverse de espaldas para que Maya no fuera consciente de que lo había escuchado.
Estaba casi seguro de que la camarera apreciaba a Martina tan poco como sus compañeros varones, que se consideraba superior a ella: más guapa, más sexi e incluso más inteligente.
Pensó que tal vez debiera intervenir y recriminarle a Martína su comportamiento, pero al ver la cara de odio que Maya le dedicó, prefirió fingir que no había oído nada.
Estaba clarísimo que se trataba de algún pique entre las chicas, y no tuvo dudas de que Maya sabría defenderse.
Lo que ya no tenía tan claro era que Martina lo hiciera también.
Su forma de actuar, huyendo a continuación, indicaba poca valentía para afrontar las situaciones cara a cara.
Juanjo decidió estar pendiente de ambas mujeres durante la mañana, por si la cosa se desmadraba y alguna de ellas originaba un incidente que afectara al buen ambiente del comedor.
Solo vio que Maya se acercaba a Elisa y le susurraba algo al oído.
¿Le estaría contando lo sucedido? ¿Estarían planeando vengarse de Martina?
Reconocía que esta se había pasado un poco, pero aguardó hasta ver qué sucedía.
El desayuno se desarrolló como siempre, de forma natural y sin ningún incidente.
Comprendió lo que le habían repetido varias veces: que todos ignoraban a Martina, que nadie le echaba cuenta y ni siquiera se molestaban por su comportamiento.
Si ese era el caso, prefería no intervenir, mientras no influyera en el trabajo.
Continuó observando a Martina durante toda la mañana. Estaba tan pancha, como si un rato antes no hubiera soltado aquella frase lapidaria a su compañera. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué la impulsaba a actuar de una determinada forma y luego continuar como si tal cosa?
A la hora de almorzar notó cierta animación en la mesa de los camareros, mientras que Martina volvió a comer sola, como siempre.
Estuvo tentado de invitarla a sentarse a su mesa, pero no quiso demostrar ningún tipo de favoritismo.
Tampoco dar la impresión de que la chica le gustaba, como había insinuado Fidel el día anterior. No era eso, solo le intrigaba.
Sin embargo, estaba decidido a profundizar en sus secretos, incluso a preguntarle si tenía algún problema con sus compañeros, pero estaba convencido de que ella negaría cualquier tipo de roce con ellos.
Aunque pensaba que el comentario de Martina tenía muchos visos de ser verdad, que las curvas de Maya eran producto de las clínicas de estética más que de su propia naturaleza. Y que comía con mucha frugalidad.
Cuando terminó el almuerzo de los clientes, Martina entró con rapidez en el vestuario y se cambió de ropa en cuestión de segundos.
No quería encontrarse con nadie, solo deseaba salir cuanto antes del hotel.
Aunque Maya no había dado señales de haber escuchado su comentario, no quería correr riesgos.
Por mucho que pareciera ser verdad que con el uniforme nadie la veía ni la oía, su mente racional le decía que todo debía tratarse de un error, de que no le importaba a nadie ni lo que hiciera ni lo que dijera.
Porque la invisibilidad no existía. No en la vida real.
También Juanjo se cambió con rapidez y salió del hotel a toda prisa.
Esperaba encontrar a Martina en la puerta o camino de la estación.
Creía recordar que le había dicho que en el turno de noche no había trenes, por lo que intuía que sería este el medio de transporte que usaba para llegar a Fuenlabrada.
Sin embargo, no la vio, aunque recorrió con el coche, muy despacio, todo el trayecto. Tenía ganas de volver a charlar con ella, de saber un poco más de su vida para comprender mejor su comportamiento.
Aquel día no le había dicho nada a él, se había limitado a mirarlo, con esos ojos dulces y aterciopelados. También ella los tenía bonitos, cuando se los contemplaba de cerca. La noche que la acompañó a su casa comprobó que eran de un tono castaño muy claro, como la miel derretida.
Se sintió frustrado al no encontrarla y se dirigió a Getafe dispuesto a disfrutar del guiso que Patri hubiera preparado aquel día.
Tenía ganas de que cambiaran el turno, porque las esperanzas de encontrarse con Martina en la puerta del hotel, esperando a que la recogieran, aumentarían.
Entonces podría sondearla con tranquilidad y sin que ningún oído indiscreto los escuchara.
***
Durante un par de días Martina dedicó sus ataques a sus compañeros.
Aquella mañana fue Michel el objetivo de sus críticas.
Fue en la entrada del vestuario. El chico se encontraba esperando para cambiarse y atrajo la atención de varias compañeras que salían, a las que dedicó unas sonrisas cautivadoras y unas miradas apreciativas.
Martina se le acercó con una expresión decidida que ya Juanjo empezaba a conocer y se preparó para lo que pudiera soltar. Esperó que no le dirigiera a él ningún comentario subido de tono, pero ella se detuvo delante de Michel, sin tener en cuenta que no estaba solo.
—Te crees el gallo de este gallinero, pero eres como el de Morón: sin cresta, sin plumas y sin espolón.
Y de nuevo se marchó a toda prisa.
El chico se quedó algo perplejo, pero entró al vestuario sin hacer ningún comentario.
Juanjo lo siguió y, una vez dentro de la estancia, lo abordó.
—He escuchado lo que te ha dicho Martina.
—Bah, una tontería de las suyas.
—Si te ha molestado hablaré con ella para que contenga su lengua.
—No tiene importancia; está loca por mis huesos y yo no le hago ningún caso. Solo está despechada.
—¿Estás seguro?
—Por completo. Es una pobre desgraciada que necesita un polvo con urgencia, pero está loca si cree que se lo voy a echar yo.
—Si lo quisiera te haría un halago, ¿no? Yo más bien diría que ha sido una especie de insulto y que yo debería intervenir.
—Esa pobre ni siquiera sabe lo que es un halago.
«Los que me dedica a mí, por ejemplo».
—Está bien, lo dejaré estar. Pero si esto continúa tomaré cartas en el asunto. Aquí venimos a trabajar, y si hay alguna cuestión personal entre los trabajadores, deberá gestionarse fuera del comedor.
—No te preocupes. La frasecita generará unas risas en la mesa del almuerzo y nada más. La pobre está desesperada por unos pantalones.
No le gustó la idea de que se rieran de Martina.
Tampoco creía que la interpretación de Michel sobre el comportamiento de la chica fuera la correcta.
A él le había dedicado frases muy halagadoras, aunque hacía ya unos días que se había limitado a mirarlo.
Se peguntó si había dejado de interesarle y se sintió un poco decepcionado.
Aunque había provocado un par de encuentros frontales en el comedor, no había vuelto a hablarle de sus ojos ni a decirle nada más.
Prefería que le dedicara a él sus comentarios y no provocara a sus compañeros con sus frases lapidarias, aunque cargadas de razón.
Michel se consideraba el camarero más atractivo y no ocultaba el placer que le producía tener a todas las chicas revoloteando a su alrededor, pero dudaba que Martina fuera una de ellas.
Al menos esperaba que fuera lo bastante inteligente para no prendarse de semejante tipo creído y vanidoso.
Aquel mediodía decidió propiciar el encuentro que llevaba días deseando.
El comedor había terminado muy pronto y entró a cambiarse antes de que lo hicieran las chicas, y esperó dentro del coche a que estas salieran.
Tenía una buena vista de la puerta del hotel y, cuando vio salir a Martina, condujo muy despacio hasta ponerse a su lado. Bajó la ventanilla y la llamó.
—¡Martina!
Ella se detuvo en seco y lo miró con expresión horrorizada.
—¿Vas para tu casa?
—Sí…
—Sube, te llevo —Abrió la portezuela.
—¿Por qué?
—Porque vamos en la misma dirección.
—Yo vivo más lejos que tú.
—No me importa conducir unos kilómetros más.
—No te preocupes, no es necesario. El tren me deja cerca de casa.
—¿Tienes algún problema en subir al coche conmigo? Solo trato de ser amable.
—No tengo ningún problema, es solo que no estoy acostumbrada a que nadie lo sea.
—Vamos, sube —insistió abriendo la portezuela.
Tras unos segundos de vacilación, Martina entró en el vehículo. Se había arrepentido de lo dicho apenas terminó la frase. No quería que nadie supiera sus problemas, y Juanjo mucho menos. Se estaba acostumbrando a decir lo que pensaba y no era buena cosa. Debía controlarse mejor.
Se acomodó en el asiento con cierta rigidez.
—¿Estás seguro de que solo tratas de ser amable? ¿No quieres decirme nada?
Desde que detuvo el coche a su lado había temido que hubiera escuchado lo que le dijo a Michel y fuera a echarle la bronca.
—¿Qué crees que querría decirte?
—No sé. Algo.
—¿Algo como qué?
Se encogió de hombros.
—¿Tienes algún problema con tus compañeros?
Se tensó.
—¿Por qué lo dices?
—Por lo que acabas de comentar sobre que nadie es amable contigo. ¿Lo dices por ellos?
—No tengo ningún problema con nadie —afirmó con rotundidad. Demasiada rotundidad quizás.
—Son simpáticos.
—Sí.
—Pero veo que se sientan a comer juntos y tú nunca estás entre ellos.
«Porque me vuelvo invisible cuando me pongo el uniforme».
—Me traigo la comida de casa —improvisó—. Casi nunca entro en el comedor.
Juanjo parpadeó. Él siempre la veía comer en la mesa de al lado y del menú del hotel. Sin embargo, no dijo nada. No quería interrumpir la escasa conversación que estaba manteniendo con ella; temía que se cerrara y no continuara hablando y la chica le intrigaba más a cada momento.
—¿Y eso por qué? —Le siguió la corriente.
—Porque me gusta más.
—¿Y por qué no entras en el comedor? ¿Dónde comes? —trató de averiguar.
—Por ahí. Prefiero ir a mi aire, no me gusta llamar la atención.
«Pues quién lo diría, con las perlas que sueltas».
—Pasar desapercibido está bien. ¿Es eso lo que pretendes?
—Es eso lo que sucede. Y ya estoy hablando de más.
—No, no. Me parece una conversación muy interesante. ¿Por qué pasas desapercibida?
—No lo entenderías.
—Explícamelo.
—No, porque me considerarías una chiflada. Y no lo estoy.
—Claro que no. Nadie dice lo contrario… Solo eres un poquito peculiar.
—Tal vez.
—Pues trata de llevarte bien con tus compañeros, son muy majos.
—Lo intentaré.
—Porque te caen bien, ¿verdad?
—Sí, claro —afirmó con ningún convencimiento.
Juanjo desvió por un instante la vista de la carretera y la miró.
Estaba pálida y tenía los labios apretados con fuerza.
También las manos se aferraban al bolso como si se lo fueran a arrancar.
Tuvo claro que el problema de Martina radicaba en sus compañeros, que las frases que ella les dedicaba estaban motivadas por algún comportamiento de estos, pero no veía qué podía hacer para solucionarlo si ella no le daba más información.
—Si algún día tienes algún conflicto con alguien puedes decírmelo.
—Sí.
No había convicción en su asentimiento. Ya se había cerrado en banda y Juanjo supo que no le sacaría nada más. Se limitó a conducir en silencio hasta dejarla en la puerta de su casa. Antes de que se bajara del coche, le dijo:
—Dentro de poco cambiamos de turno. Puedo traerte a casa para que no tengan que ir a buscarte.
—Eres muy amable, pero no es necesario. A mi hermana y a mi cuñado no les importa hacerlo.
—¿Vives con ellos?
—Sí.
—Bien, como prefieras. Nos vemos mañana.
—Mañana descanso.
—Entonces, pasado.
—Adiós, Juanjo. Y gracias.
—No hay de qué.
La vio entrar en la casa y permaneció unos minutos tratando de asimilar la conversación.
Nada de lo que le había dicho tenía sentido, y si había tratado de aclarar algo sobre su subordinada, solo había conseguido intrigarse más.
¿Por qué negaba que se sentaba sola a comer en una mesa apartada?
¿Tal vez temía que él la instara a unirse a los demás?
¿Acaso creía que no la veía? ¿Que para él también pasaba desapercibida?
Tampoco entendía por qué había rechazado su propuesta a acompañarla a Fuenlabrada en el turno de tarde. Si le gustaba, como le había dado a entender, lo lógico era que aprovechara la ocasión de pasar tiempo con él fuera del trabajo.
No cejaría hasta desentrañar el misterio de Martina, porque todo debía tener un motivo, estaba seguro.