Me ves o no me ves Capítulo 8
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Capítulo 8

J uanjo regresó al trabajo después de sus dos días de descanso. Entraba de turno de mañana y se alegró de ver a su personal salir del vestuario dispuesto a comenzar la jornada. Todo parecía en orden, el comedor intacto y el personal sano y dispuesto para el trabajo.

—Hola, Juanjo —lo saludó Michel.

—Hola. ¿Todo bien por aquí?

—Todo perfecto.

—¿No ha habido ningún problema? ¿Nada que deba saber?

—¿Por qué tendría que haberlo?

«Porque hay una mujer imprevisible en la plantilla». Su primer pensamiento fue zumbada, pero lo cambió. Martina ya no se lo parecía. Debía tener algún motivo para su comportamiento y estaba dispuesto a averiguarlo, pero dudaba que tuviera ningún tipo de desequilibrio.

—Solo preguntaba.

—Nada que reseñar.

Contuvo las ganas de indagar en concreto sobre Martina, si se había comportado o si había generado algún tipo de problema, sobre todo cuando la vio dedicarle una amplia sonrisa en un momento en que se cruzaron.

La ignoró, de ninguna forma quería alentar cualquier fantasía o deseo que la camarera tuviera hacia él.

Pero se sintió halagado, porque esa chica lo miraba como Alma no lo había hecho nunca.

Desechó el recuerdo de esta y la aburrida cita que había tenido con ella el sábado anterior y siguió con la mirada a la camarera mientras realizaba su trabajo, preparando el bufé y las mesas que le correspondían para el desayuno con energía y eficiencia.

Nunca había percibido en ella ningún gesto de desgana o hastío hacia el trabajo, a pesar de que le había confesado que no le gustaba demasiado.

Martina vio con agrado que Juanjo se incorporaba de nuevo aquella mañana.

Lo había echado de menos, su aislamiento y la indiferencia de sus compañeros se le habían hecho más penosas en su ausencia.

Por lo menos podía mirarlo y alegrarse la vista con su cuerpo esbelto cuando se cruzaban, y con sus chispeantes ojos verdes, aunque estos no la vieran.

Había sido muy amable con ella la noche que la llevó hasta su casa, no como los idiotas de sus compañeros que, cuando la veían fuera del hotel y sin el uniforme, la seguían tratando como si fuera una paria o algo peor.

Nunca sintió que formara parte de la plantilla y mucho menos del grupo que a veces quedaba para salir juntos.

Aquella mañana Juanjo estaba —o a ella se lo parecía— más guapo que de costumbre. No había podido evitar que sus ojos reflejaran la alegría que le produjo verlo, pero, como siempre, él no se había percatado. Mejor, podía mirarlo a placer.

Se cruzaron de nuevo cuando terminaron con los desayunos. Él se dirigía a la cocina para departir con los cocineros y se encontraron delante del mostrador del bufé, que ella retiraba en aquel momento.

Se sintió valiente y deseosa de probar con él su capacidad de no ser vista ni oída, y su boca susurró un espontáneo:

—Estás para comerte.

Al instante se aterrorizó por su atrevimiento, Si la oía podía darse por despedida de inmediato.

Tal vez podría excusarse aduciendo que se refería a la bandeja de huevos revueltos que portaba en aquel momento, pero su jefe continuó su camino hacia la cocina sin que pareciera haberse percatado de su desfachatez.

Tal vez no fuera tan mala su invisibilidad y le permitiera hacer o decir cosas a las que nunca habría osado por su timidez.

De todas formas, trató de evitar a su jefe durante el resto de la mañana, por si las moscas.

Juanjo debería estar enfadado por el atrevimiento de Martina, pero, en cambio, tuvo que hacer grandes esfuerzos por contener la risa.

¿De verdad le había dicho aquello? ¿Podía considerarse algún tipo de acoso?

No lo veía así, ella en ningún momento había tratado de tocarlo ni le había hecho proposición alguna.

Se limitaba a dejar caer alguna frase explosiva y a marcharse a toda prisa, como temerosa de una reacción por su parte.

Se preguntaba hasta dónde sería capaz de llegar en su audacia.

Esperaba que no demasiado lejos, que esta no superara la barrera de las palabras para no tener que tomar medidas drásticas.

De momento se limitaría a ignorar sus comentarios, como si no los hubiera oído.

Sin embargo, se preguntó si eso se extendía a otros compañeros, porque en ese caso debería intervenir de inmediato.

Abordó a sus subordinados en el vestuario, mientras se cambiaban de ropa para salir. Martina se había mantenido seria y alejada de todos durante el resto de la mañana, limitándose a cumplir con su tarea en silencio.

—¿Cómo os lleváis con Martina? —preguntó sin querer entrar en el tema de inmediato.

—Bien —respondió Fidel sin dar más detalles.

—Es un poco rara la chica, ¿no? —comentó lo obvio, pero deseaba saber la opinión del resto sobre su compañera.

—Tiene sus cosas —dijo Michel—, pero ya te dije que es inofensiva.

—Aunque no sea peligrosa, puede hacer o decir cosas que molesten a los demás. ¿Lo hace?

—No sé a qué te refieres. Apenas habla —comentó Fidel.

—No habla por no ofender —confirmó Juan, el cocinero—. Le gusta estar sola, eso es evidente, pero a nadie le molesta. Incluso lo agradecemos.

—Entonces, ¿no tenéis ningún problema con ella?

—No. La ignoramos. Haz lo mismo —le recomendó Michel.

—Sí, eso haré. Pero si en algún momento os dice algo que no os agrade o que consideréis molesto u ofensivo, me lo comentáis e intervendré para llamarle la atención.

—¿Algo como qué? —preguntó el cocinero.

—Algo íntimo o sexual…

—¿Sexual? Pero si no tiene sexo —masculló Michel jocoso, sin importarle que su jefe inmediato estuviera presente.

Juanjo se sintió molesto por la observación de su subordinado.

—No toleraré en mi presencia ningún comentario ofensivo hacia una compañera, sea quien sea.

—Ahora no eres nuestro jefe, estamos ya fuera del horario laboral. No le faltamos al respeto, solo decimos lo que opinamos de ella.

—Pero ¿la has visto? —continuó Michel —. La pobre no puede ser más anodina e insignificante.

—Ni chicha ni limoná, diría mi abuela —añadió Fidel.

—¿Eso qué significa? —inquirió Juanjo, dispuesto a defender a su subordinada contra viento y marea.

—Que ni tiene un cuerpo bonito ni una personalidad atrayente que lo compense.

—¿Os habéis molestado en conocerla, acaso?

—Ningún interés por mi parte.

—Ni por la mía —confesó Juan.

—Como si fuera invisible, para mí.

Unas leves risitas llenaron el silencio del vestuario.

––No te negaré que hace bien su trabajo, que como camarera es eficaz —añadió Michel—, pero como mujer… deja mucho que desear.

—¿No te interesará a ti? —bromeó Fidel.

—No es eso, pero es mi subordinada, igual que vosotros, y quiero que le mostréis respeto.

—Si la respetamos… apenas le dirigimos la palabra y todos felices. Ella la primera.

Juanjo no continuó con sus reproches, sabía que si lo hacía acabaría aborreciendo a aquellos tipos y debía tenerlos bajo su mando durante un tiempo indeterminado. Sin embargo, no les permitiría ningún desprecio público a su compañera. Acabó de cambiarse de ropa y salió del vestuario.

Mientras conducía hasta su casa, analizó la conversación mantenida minutos antes.

De modo que era eso, que la admiración —o lo que fuera— que Martina sentía hacia él se debía al rechazo y ostracismo de sus compañeros.

Y a que él siempre había sido amable con ella cuando se encontraban fuera del comedor.

Pensaba seguir siéndolo, demostrarle su aprecio.

Dentro, se limitaría a tratarla como a los demás, para no suscitar chismorreos ni críticas de favoritismo, pero no la ignoraría fuera.

Era cierto que no tenía un cuerpo como el de Maya, lleno de curvas que amenazaban con estallar el uniforme cuando se agachaba, que Martina siempre llevaba el suyo holgado, algo que veía muy lógico para facilitar el trabajo y no llamar la atención ni del personal ni de la clientela.

Pero estaba seguro de que cuando se lo quitara y vistiera ropa de calle tendría su atractivo.

Atractivo que no se apreciaba en aquel momento bajo la ropa de abrigo que el invierno madrileño obligaba a llevar.

Cuando salió del hotel la buscó con la mirada, por si podía ofrecerse a llevarla a casa, pero no la encontró por los alrededores.

Seguramente estaría ya camino de la estación de tren o metro.

Lo que tenía claro era que deseaba conocerla mejor, para rebatir la teoría de su insignificancia que sostenían sus compañeros.

***

Martina llegó a casa de muy buen humor. Durante el trayecto en tren hasta Fuenlabrada no dejó de pensar en Juanjo, en cómo había notado su ausencia los días anteriores y en la alegría que le produjo su regreso aquella mañana.

Todavía se asombraba de su audacia, le había dicho aquella frase casi sin pensar, pero le estaba pillando el gusto a decir lo que pensaba y lo que sentía.

Tendría que hacerlo también con sus compañeros, a los que estaba empezando a aborrecer por su comportamiento hacia ella.

Comentarle a Maya que, por mucho pecho operado que mostrara y mucha curva que exhibiera con sus ajustadísimos pantalones del uniforme, no podía hacer nada con aquellas piernas como palillos que ella veía en el vestuario cada día.

O a Michel, que se creía el gallo del gallinero, que ella no lo consideraba en absoluto atractivo.

Como siempre, al llegar a casa se sentó con su hermana a tomar el café de sobremesa y a esta no le pasó desapercibido su jovial estado de ánimo.

—Te veo contenta hoy —le comentó Sofía.

—Ha sido un buen día —afirmó.

—¿Y eso?

«Me he atrevido a decirle a mi jefe lo que pienso de él».

—Tenemos un buen jefe de sala ahora y eso hace el trabajo más agradable. No es que Sixto fuera malo, pero este es mucho más guapo y simpático.

—¿Es el que te trajo a casa cuando falló la batería del coche?

—El mismo.

Sofía miró con atención a su hermana. Esta no solía hablar de sus compañeros de trabajo, y menos en esos términos.

—¿Te gusta?

—Ya te he dicho que es muy guapo, y tiene unos ojos verdes que quitan el hipo.

—Y es amable contigo.

—Eso no significa nada, lo es con todo el mundo.

—Pero te gusta.

—A nadie le amarga un dulce, aunque sea solo para mirarlo. Otra cosa sería impensable; es mi jefe.

—No lo harás de forma descarada.

«Si tú supieras…».

—No te preocupes, no se da cuenta de nada. Soy muy discreta.

—Mejor así. No hay que ser lanzada con los hombres, y menos con los jefes. Pueden pensar que quieres algo con él.

—Claro que no, no le doy pie para que piense eso. Hay chicas muy atractivas en el hotel, jamás de fijaría en mí. Yo me limito a mirarlo de lejos y con total discreción.

—¿Y a soñar?

—No llego a tanto, soy realista. Solo a mirarlo cuando no me ve.

«Y a decirle cuánto me gusta cuando no me oye».

—Nunca me has hablado de ningún chico que te guste hasta ahora.

—Hemos vivido lejos muchos años. Tú eres mucho mayor y te casaste y te viniste a vivir a Madrid cuando yo apenas entraba en la adolescencia; eso ha impedido una relación de confidencias fraternales.

—Pero nunca es tarde para ello, ¿verdad?

—Supongo que no, pero lo de mi jefe no es nada serio. Es algo así como un actor que ves en la pantalla y con el que ni siquiera te atreves a soñar. Apenas hablamos en el trabajo.

—¡No digas eso! Te trajo a casa, a lo mejor le gustas también.

—No caerá esa breva. Me conformo con que sea amable conmigo y no me dificulte el trabajo.

—¿Alguien lo hace?

—No, pero tampoco soy la más popular entre la plantilla.

Se lamentó de las cosas que le estaba contando a su hermana. Nunca había hecho alusión a la forma en que la trataba el resto del personal ni sus compañeros del comedor. Sabía que Sofía le daría una serie de consejos para mejorar su situación, consejos que ella se encontraba incapaz de seguir.

—¿Tienes problemas en el trabajo? Sabes que no es necesario que tengas un empleo que te hace infeliz, que puedes dejarlo y buscar otra cosa.

Había tardado meses en encontrar el del hotel, su timidez le pasaba factura en las entrevistas. No lo dejaría sin tener otro mejor a la vista.

—No tengo problemas. Nadie me molesta, ni me hacen mobbing ni nada parecido. Pero ya me conoces, no tengo facilidad para integrarme en un grupo que ya está formado. Voy a mi rollo y ellos al suyo.

—Sí no te sientes a gusto, dilo y buscaremos otra cosa.

—No es necesario, de verdad. Y ahora que está Juanjo, mucho menos.

—Si es así…

Se apresuró a retirar el servicio de café y se dispuso a ver la serie de media tarde que seguían las dos.

Debía tener cuidado con lo que decía a su hermana.

Que en el trabajo pudiera decir todo lo que se le ocurriera sin consecuencias no significaba que con Sofía fuera igual.

Esta se había convertido en una madre protectora cuando la suya falleció, y la trataba como si aún fuera una niña incapaz de enfrentarse a los problemas de la vida.

Era muy pequeña cuando se separaron y la seguía viendo como la cría que dejó en su pueblo de Málaga.

Le agradecía que la hubiera acogido en su casa al fallecimiento de sus padres.

Se había dedicado a cuidarlos, motivo por el cual no había desempeñado ningún trabajo hasta entonces.

Pero ya era una mujer capaz de enfrentarse a la vida y a los problemas de una adulta, y no aceptaría que nadie siguiera manteniéndola ni cubriendo sus gastos. Por mucha bilis que tuviera que tragar en el hotel.