Capítulo 7
J uanjo disfrutó del camino a Toledo. Se sentía libre y eufórico, listo para relajarse y divertirse durante sus dos días de descanso.
Asier estaba libre aquella mañana, por lo que almorzarían juntos, y por la noche había quedado con Alma para cenar. Retomaría por cuarenta y ocho horas su antigua vida, la que tanto deseaba y echaba de menos.
Su amigo lo recibió con un fuerte abrazo y una cerveza fría.
El almuerzo no era nada especial, ninguno de los dos era un gran cocinero, y se limitaban a comida de supervivencia.
Aquel día se trataba de una pizza pedida a domicilio.
No obstante, se sentía feliz por el reencuentro, por estar en su casa y olvidarse de los problemas que le generaba el trabajo.
Y de aquella chica estrambótica que parecía tener dos personalidades bien diferenciadas.
Sentados en el sofá, se dispusieron a ponerse al día.
—¿Cómo te va en tu nuevo hogar? —preguntó Asier con curiosidad.
—Bastante bien. No es como estar en casa, pero al menos como de lujo porque mi casera es una cocinera estupenda. Si sigo allí mucho tiempo, voy a engordar, porque hace hasta dulces.
—¿Llevas bien vivir con dos ancianos? Dijiste que no te atraía mucho la idea.
—Lo de ancianos es un decir. Son personas modernas, que utilizan el ordenador y hacen videollamadas a sus hijos y nietos, nada que ver con lo que esa palabra implica.
Sí es cierto que la decoración de la casa es muy clásica, pero también cómoda.
¡Y limpia! Tengo una buena cama y un baño para mí solo dentro de la habitación.
He tenido mucha suerte. ¡Ni te imaginas los sitios que visité antes!
Uno era un zulo sin siquiera ventana y el otro una cochiquera que no había visto el agua y el detergente en meses.
—¿Y el hotel? ¿Es lo que esperabas?
—El hotel no está mal, muy parecido al de aquí, aunque con más movimiento. Muchos huéspedes de turismo los fines de semana, y el resto es muy usado para congresos y reuniones de trabajo.
—¿Y la chica rara?
Juanjo dio un largo trago a su botellín.
—Muy rara —admitió con un hondo suspiro—. Cada día más.
—¿Sigue amenazando con tenedores a sus compañeros?
—No ha vuelto a hacerlo, al menos que yo haya visto. El problema ahora es conmigo. Creo que le gusto.
—¿Que le gustas como jefe o como hombre?
—Sí te dice que tienes unos ojos muy bonitos, ¿tú qué crees?
—Pues que le gustan tus ojos eso está claro. Y por ende, tú. ¿Te lo dijo abiertamente?
—Sin cortarse un pelo. Sin embargo, cuando me dirijo a ella de forma directa parece mostrarse tímida e incluso avergonzada.
—Ten cuidado con ella, tío, a ver si está un poco chiflada y te vas a buscar un problema. Porque a ti no te gusta ella ¿verdad?
—A mí me gusta Alma. Y la voy a ver esta noche, así que a Martina me limito a ignorarla, aunque me genera un poco de lástima. Hace unas noches tuve que llevarla a su casa porque se quedó tirada en el turno de tarde y no tenía forma de regresar. Me pareció muy desvalida.
—Las desvalidas son peligrosas, estimulan al macho protector que todos los hombres llevamos dentro. ¿Tú crees que lo hizo a propósito para que te vieras obligado a hacerlo?
—No lo creo. Parecía realmente agobiada de que no pudieran venir a recogerla. Vive en Fuenlabrada y ya no funcionan los trenes cuando salimos por la noche. Viene un cuñado a buscarla, pero parece ser que le falló el coche.
—¿Estás seguro? ¿No sería una treta?
—Podría ser, aunque no me dio esa sensación cuando entró en el coche.
Parecía incómoda e incluso un poco asustada por mi presencia.
De todas formas, yo ignoro sus comentarios, sus reverencias y las continuas miradas que me dirige.
Es una más de las camareras que tengo a mi cargo y la trato como a las demás, por mucho que le gusten mis ojos.
—¿Es guapa o fea?
—No es fea, pero tampoco podría calificarla de guapa. Más bien poquita cosa, tímida, delgada. De esas personas que pasan desapercibidas en su entorno.
—Para ti no ha sido así, ha conseguido interesarte.
—Intrigarme, que no es lo mismo. No le hubiera dedicado ninguna atención si no hubiera creído que iba a atacar a un compañero. La mayoría del personal del hotel la ignora.
—Pero tú no.
—Trato de hacerlo, aunque no es fácil. Soy responsable del comedor y del comportamiento del personal a mi servicio.
Pero hoy lo que suceda no es responsabilidad mía, voy a relajarme y disfrutar de mi vuelta a la vida que me apetece.
Saldré esta noche con Alma y, si estás despierto a mi vuelta, te daré una paliza con los videojuegos.
—¿Piensas volver? ¿No existe la posibilidad de que pases la noche con ella?
—No estoy seguro de querer dar ese paso tan rápido.
—¿Tan rápido? Hace semanas que salís juntos. Hoy día las parejas se van a la cama mucho antes.
—Las parejas, pero nosotros no lo somos todavía. No quiero precipitarme.
—¿No te gusta lo suficiente?
—Me gusta, pero no sé cuánto. Si te digo la verdad, no la he echado de menos en Madrid. Te he extrañado más a ti que a ella.
—¡No irás a decirme que te gusto yo! Porque ya sabes que soy hetero desde la punta del pie hasta la coronilla.
—No hay riesgo de que te haga proposiciones sexuales, a mí también me gustan las mujeres. Y Alma..., pero prefiero ir con cautela, no quisiera hacerle daño si no llego a sentir por ella lo que se espera.
—Lo vuestro no ha sido un flechazo.
—No creo en los flechazos. Me agrada su forma de ser, es bonita, pero no estoy enamorado de ella, al menos no todavía.
—Bueno, pues sal esta noche y, si vuelves a tiempo, echaremos esa partida que yo también deseo. Y si no vuelves, entenderé que al verla has dado ese paso que consolidará lo vuestro.
Terminaron de almorzar y Asier se marchó al hotel. Juanjo se sentó en el sofá dispuesto a relajarse y olvidarse de todo durante dos días. Dos días sin responsabilidades, sin trabajo y sin Martina y sus continuas miradas.
***
Recogió a Alma a las ocho para ir a cenar. Al verla no sintió la alegría que había experimentado al encontrarse con Asier. Hacía casi un mes que no la veía y su pulso no se aceleró al contemplarla, como había esperado. Estaba guapa, se había arreglado para el encuentro, era evidente.
Se le acercó y la besó en la mejilla, como solía hacer antes de su traslado.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
—Bien; como siempre —respondió ella—. ¿Y tú? Eres el que ha cambiado de vida.
—Solo de ciudad —comentó.
—Y de amigos.
—No tengo amigos en Madrid. Trabajo muchas horas, el hotel es mucho más grande y con más movimiento que el de Toledo y acabo rendido al terminar la jornada.
Se dirigieron caminando a uno de los restaurantes que solían frecuentar en sus encuentros.
—Cuéntame cosas de tu vida en la capital —pidió Alma.
—He encontrado alojamiento en Getafe, en casa de unos ancianos que viven solos. Creo que ya te lo dije por teléfono.
—No has sido muy explícito ni tampoco has llamado mucho.
—Ya te he dicho que el trabajo es más estresante que el de aquí —afirmó tratando de excusarse—.
Salgo bastante tarde y no son horas de telefonear a nadie.
Cuando trabajo de mañana madrugo mucho y tengo la necesidad de dormir una siesta, que a veces se me va de las manos y se prolonga más de la cuenta.
No dijo que a veces llegaba la noche sin que se hubiera acordado de llamarla, y cuando lo hacía era demasiado tarde para hacerlo.
—¿No te gusta el hotel?
—Ni me gusta ni me deja de gustar. Es diferente, aunque el trabajo es muy similar. Tengo más personal a mi cargo.
—¿Y cómo es el personal?
—Buenos profesionales que saben hacer su tarea —comentó. Ni se le ocurría hablarle de Martina y de su extraño comportamiento, y mucho menos de la atracción que parecía sentir por él—. Pero tengo que cuadrar muchos turnos y estar pendiente de muchas cosas. Todos tenemos que adaptarnos unos a otros.
—¿Qué haces en tus días libres?
—En mis primeros días de descanso he cogido el coche y me he venido a Toledo. Allí, para tener dos días libres hay que trabajar bastantes seguidos, los turnos son diferentes.
—¿No has tenido días sin trabajo hasta ahora? Hace casi un mes que te fuiste.
—Los primeros los dediqué a buscar alojamiento y a instalarme.
Ella sonrió, satisfecha. Juanjo sintió que le acababan de hacer un interrogatorio y se molestó. No obstante, no hizo ningún comentario. Habían llegado al restaurante y la conversación giró en torno a la comida.
La cena transcurrió en la tónica habitual de sus encuentros.
Alma habló de la tienda donde trabajaba, de sus clientes habituales, de su jefa que la vigilaba como un halcón para que no estuviera parada ni cinco segundos, inventando trabajo cuando no tenía que atender a nadie.
Juanjo evitó dar detalles del hotel y de su personal.
A mitad de la cena, comenzó a aburrirse y a tratar de que su mente no divagara hacia otros temas.
Hacia lo que podría suceder en el Imperial de Madrid en su ausencia.
Cuando terminaron de comer, Alma parecía esperar alguna propuesta para alargar la velada.
Por primera vez se planteó tener en cuenta la sugerencia de Asier, pero la desechó al instante.
Tal vez, si le proponía pasar la noche juntos, ella aceptara, pero reconoció que no le apetecían las implicaciones que eso tendría en su relación.
Lo que de verdad deseaba era marcharse a casa y esperar a Asier para jugar a la videoconsola hasta la madrugada. No obstante, le concedió a la chica un poco más de tiempo.
—¿Te apetece ir a tomar una copa? —propuso. Tal vez ella consiguiera interesarle lo bastante como para dar ese paso.
—Claro —aceptó Alma con una sonrisa.
Pagó la cuenta y salieron a la fría noche. Se arrebujaron en la ropa de abrigo para trasladarse hasta uno de los locales más de moda. No había asientos libres y se acomodaron en una de las mesas altas. Pidieron sendos cócteles y se dispusieron a disfrutar del ocio nocturno de la ciudad.
La música sonaba muy alta, por lo que la conversación quedaba excluida. Se limitaron a tomar sus bebidas a pequeños sorbos, mirando a su alrededor y, de vez en cuando, uno al otro.
Juanjo observó a su acompañante, tratando de averiguar si ella esperaba algo más de esa noche, pero cada vez se sentía menos tentado a proponerlo.
Era un hombre, le gustaban las mujeres y llevaba bastante tiempo sin estar con una.
Alma era bonita y poseía un cuerpo atractivo, pero no era ningún cabrón que se aprovechara de las féminas.
Si una noche otra se le acercara con alguna proposición, la secundaría, pero Alma esperaba de él algo más que sexo sin compromiso.
Y aquella noche no tenía ganas de comprometerse con ella.
El esperado encuentro que había imaginado estando en Madrid no se había producido para él. No había sentido mariposas en el estómago al verla ni el deseo sexual que provoca la distancia con alguien por quien se siente algo y a quien no se ha visto en bastantes días.
Se limitó a beber de su copa y evitó una segunda, por si el alcohol le nublaba la mente y le hacía cometer un desliz que no deseaba.
La segunda ronda tomó un refresco, aunque Alma pidió otro cóctel como el que acababa de tomar.
Bebió evitando la tentación de mirar el reloj, ella no se merecía eso, pero la verdad era que se estaba aburriendo como una ostra y se moría de ganas de llegar a casa y pasar el resto de la velada con su amigo, ya fuera jugando a la videoconsola o charlando.
Cuando terminaron la segunda copa, propuso:
—¿Nos vamos ya? He madrugado mucho y estoy cansado.
—Claro —aceptó ella.
En la puerta del local había taxis libres y cogieron uno. Juanjo dio la dirección de Alma e ignoró la mano femenina que reposaba muy cerca de la suya. Cuando el vehículo se detuvo, besó a su acompañante en la mejilla para despedirla. No se bajó para acompañarla al portal.
—Buenas noches —le deseó.
Ella lo miró por un momento con intensidad, pero de inmediato apartó los ojos y respondió.
—Buenas noches, Juanjo. Que descanses.
—Gracias.
—Mañana trabajo hasta las seis —comentó algo pesarosa.
—No te preocupes. Yo me iré después de almorzar para evitar la caravana de entrada a Madrid de la tarde noche.
—Bien. Pues nos vemos la próxima vez que vengas a Toledo, ¿no?
—Sí. Te llamaré.
Ella entró en el portal y, a continuación, le dio al taxista la dirección de su casa.
Recostó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.
Tal vez en la próxima visita la hubiera echado de menos más que en esta.
Si no era así, hablaría con ella claramente, no pensaba tenerla engañada si los sentimientos que deberían aparecer no lo hacían.
Asier estaba viendo una película cuando entró en el piso.
—Imaginaba que vendrías a dormir —dijo—. ¿Cómo ha ido la noche? ¿Alma sigue reticente a dar un paso más?
—Soy yo el que lo está. Intuyo que, si le hubiera propuesto pasar la noche juntos, habría aceptado, pero ni siquiera tenía ganas de besarla.
—¿Quieres una copa? Supongo que deseas hablar de ello.
—Sí. Voy a ponerme cómodo.
Cuando salió con el pantalón de pijama y una de las sudaderas que había dejado en Toledo, Asier ya había servido dos copas del selecto ron que reservaban para las ocasiones especiales.
—Cuéntame.
—No sé qué me pasa. No la he echado de menos en Madrid, apenas la he llamado. Lo que sentía por ella se ha enfriado al estar lejos. La noche, para mí, ha sido de total aburrimiento. Solo tenía ganas de volver a casa.
—¿Y qué vas a hacer?
—Esperar un poco más, hasta la próxima visita; pero si sigo sintiendo lo mismo, se lo diré con sinceridad. No voy a tenerla esperando unos sentimientos que lo más probable es que no lleguen. Al menos por mi parte.
—Haces bien. Lo contrario sería una crueldad. Pero ¿estás seguro de que no llegarán?
—Seguro no, pero esta noche lo que más me apetecía era venir a jugar contigo una partida. No soy ningún cabrón, pero no quiero pasar otra velada deseando estar en otro lado.
—En ese caso, conecta la consola.
—¿Y la película que estás viendo?
—Al diablo con ella. Tengo un par de semanas para verla antes de tu próxima visita.
Ambos amigos se olvidaron del mundo, explorando, buscando tesoros y salvando obstáculos hasta la madrugada. Juanjo se sintió relajado y libre por primera vez esa noche.