Capítulo 6
J uanjo se instaló en su nueva vivienda y se adaptó a sus otros moradores sin ningún problema. Luis y Patri eran una pareja tranquila que no interferían en su vida para nada.
Cuando llegaba por la noche solía encontrar a Luis en el salón, viendo la televisión, mientras que su mujer se había ido a la cama la mayoría de las veces.
Lo saludaba un momento y se refugiaba en su habitación para darse una ducha y, si coincidían en el turno, hablar un rato con Asier por videollamada o por teléfono. Era su momento de relax del día.
Había hecho una compra básica para desayunar: su café preferido, el pan de hogaza que solía tomar y una tarrina de mantequilla y se preparaba su propio desayuno en la cocina, que estaba a su disposición.
Los almuerzos, en el turno de tarde, los solventaba tomando algo rápido antes de entrar en el hotel en algún bar de los alrededores.
Pero aquella mañana la cocina desprendía un delicioso olor a comida casera que despertó su apetito.
—¿Qué estás preparando? —le preguntó a Patri. Los ancianos le habían pedido desde el principio que les tuteara y se sentía más cómodo así.
—Cocido madrileño. ¿Te apetece un plato?
—No quisiera abusar ni comerme vuestro almuerzo.
—¡No digas tonterías! Hay de sobra para los tres. No me acostumbro a preparar comida solo para nosotros, en el pasado fuimos familia numerosa. Ahora nuestros hijos tienen la suya propia y ninguno reside en Madrid.
—Pues te lo agradezco mucho. Te lo pagaré, por supuesto.
—Hoy te invito yo. Pero si quieres puedes unirte a nuestras comidas por un pequeño aumento en el alquiler.
—De todas formas, tengo que comer fuera alguna de las comidas del día, el hotel solo cubre la del turno en que trabajo. Si no supone una molestia, me gustaría que llegáramos a un acuerdo. Los aromas que salen de tu cocina me recuerdan a los guisos de mi abuela.
—Solo añadiría un poco más de cantidad a lo que preparo para nosotros. Eso sí, no esperes nada sofisticado, solo guisos de toda la vida.
—Me parece perfecto. Cuando quiera algo sofisticado me iré a un restaurante, pero hace mucho que no tomo comida casera.
––¿No cocinas? ––preguntó la mujer.
––Fritos, cosas a la plancha y comida preparada que caliento en el microondas. Poco más.
—Te puedo dejar algo preparado también para cuando vuelvas luego.
—Suelo llegar cenado, y si tengo hambre me prepararé un vaso de leche y una tostada; por las noches no te preocupes.
—Pues almorzamos en media hora. ¿Te viene bien? ––preguntó destapando la olla y volviendo a liberar el delicioso aroma.
—Sí, perfecto. Así me dará tiempo a llegar al trabajo sin prisas. Y a digerir la comida para cenar a las seis, que es la hora en que lo hacemos el personal en el hotel.
—¿A las seis? A esa hora yo me tomo el cafelito con mi dulce.
—El comedor para los clientes abre a las siete en el primer turno y el personal debe cenar antes, porque luego terminamos después de las once.
—¿Y no tienes hambre cuando vuelves por la noche? A veces pasa de las doce.
—Estoy acostumbrado. Dicen los expertos que ayunar muchas horas seguidas es bueno para la salud.
––Tonterías. Eso es pasar hambre.
Se sentó a comer con sus caseros y le gustó la experiencia. La cantidad que Patri le había pedido por compartir sus comidas era menor que la que gastaría en los bares donde solía comer, y desde luego la comida sería mucho más apetecible.
Llegó al hotel de muy buen humor aquella tarde.
Era el primer fin de semana que trabajaba allí y se esperaba una gran afluencia de huéspedes.
Sin embargo, cuando se incorporó al comedor no encontró a parte de los camareros que solían formar su turno.
Entre ellos echó en falta a Michel y a Martina.
Sin la chica sería una tarde relajante, pues no conseguía dejar de observarla tratando de descubrir alguna inconveniencia por su parte.
Lo hacía con disimulo, porque ella no se cortaba un pelo a la hora de mirarlo a él.
Era muy frecuente topar con sus ojos y su sonrisa, una sonrisa franca y abierta que le producía un ligero cosquilleo.
Sin embargo, no le desagradaba la sensación.
La chica ignoraba al resto de sus compañeros y era muy respetuosa con los clientes, pero a él parecía dedicarle una atención especial.
Estaba seguro de que quería congraciarse con el jefe de alguna forma.
¡Mientras no volviera a hacerle reverencias ni se le acercara con cuchillos o tenedores!
Pasó la tarde menos relajado de lo que esperaba. Cuando se dirigía al comedor le preguntó a Elisa por los dos ausentes.
—Faltan hoy Michel y Martina, que han sido sustituidos por otros compañeros. ¿Sabes el motivo? ¿Están enfermos?
—No que yo sepa. Tienen establecidos los turnos de forma diferente al resto. Nunca hacen dos días de descanso seguidos, a cambio trabajan menos del tirón que el resto.
—Bien, trataré de informarme de todos los turnos. Gracias.
Contra lo que esperaba, en vez de sentirse aliviado por la ausencia de la camarera, la echó de menos.
Pronto él también tendría dos días libres y se marcharía a Toledo a ver a Asier y a Alma.
Hablaba con su amigo a menudo, pero a la chica solo la había llamado una vez desde que estaba en Madrid.
Debía reconocer que extrañaba más a su amigo que a la mujer con la que había empezado a salir, tal vez porque a ella no la veía a diario.
La tarde se le hizo aburrida, monótona, y larga, muy larga. Pero dos días después tendría su merecido viaje a Toledo y no pensaba desperdiciar ni un minuto del mismo.
Cuando llegó a casa por la noche, encontró a Luis, esta vez acompañado de Patri, viendo la televisión.
—Buenas noches —les saludó.
—Buenas noches, Juanjo —respondió su casera—. En la cocina he dejado un trozo de bizcocho que he hecho esta tarde. Seguro que tienes hambre.
—Ya te he dicho que no suelo comer nada a esta hora —aseguró, aunque de repente descubrió que sí le apetecía tomar algo—. Pero le haré los honores a tu bizcocho.
Se dirigió a la cocina y se preparó un vaso de leche para acompañar el dulce.
Lo llevó todo a su habitación y se dispuso a disfrutar de su tentempié nocturno.
Asier trabajaba de mañana por lo que se habría acostado ya.
Dudó si llamar a Alma, pero era tarde y no quería incomodarla. Ya la vería cuando fuera a Toledo.
Puso una película en el ordenador para relajarse mientras comía, pero no la terminó. Se sintió somnoliento poco antes de la mitad y se acostó a descansar.
***
Martina se incorporó al trabajo después de un día de descanso.
Se había relajado lo suficiente como para cargar las pilas, pero se estaba agobiando otra vez ante la perspectiva del comportamiento de sus compañeros.
Era el último día del turno de noche, la semana siguiente no necesitaría ayuda para regresar a casa, lo que le suponía un alivio.
Le desagradaba mucho tener que molestar a su hermana o a Celso para que vinieran hasta Madrid a recogerla, y más con el frío reinante.
Aunque sabía que ellos lo hacían con agrado, prefería valerse por sí misma.
En la puerta del hotel coincidió con Juanjo y se arriesgó a saludarlo.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió él, sin añadir nada más.
Dudó si la había reconocido, si sabía que trabajaba en su equipo de camareros o si solo se había limitado a contestar a su saludo. Por lo menos la había visto; claro, que iba vestida de calle. Otra cosa sería cuando se pusiera el uniforme y entrara en el hotel.
Se contuvo al mirarlo, aunque estaba guapísimo aquella tarde. Los ojos verdes parecían brillar con luz propia y sintió mariposas en el estómago al estar tan cerca.
Entró al vestuario y, como siempre, deseó las buenas tardes a las compañeras presentes, Maya, Elisa y Reyes.
—Buenas tardes.
—Hola, Martina.
—Ayer Juanjo preguntó por qué había dos camareras nuevas en el turno ––le comentó Maya––. Le explicamos que Michel y tú estabais de descanso. No parecía saberlo.
—¿Dijo algo más?
—No, nada; solo pareció sorprendido. Creo que no sabía quién eras.
Se sintió mortificada, pero no lo confesó. Que la hubiera saludado al entrar no significaba que la identificara con una de sus camareras, si no la veía en el comedor. Se cambió de ropa y nadie volvió a dirigirle la palabra.
Salió del vestuario y se encontró con Juanjo, que esperaba para entrar al mismo. Inclinó la cabeza con exageración, en una media reverencia y, ante la impasibilidad de su jefe, se atrevió a decirle lo que le rondaba por la cabeza.
—Tienes unos ojos preciosos.
Y sin darle ocasión a responder, se alejó temiendo escuchar a su espalda alguna palabra de recriminación.
O de cualquier otro tipo. Cuando ya se encontraba a cierta distancia volvió la cabeza, pero él se dirigía al interior del vestuario sin dar muestras de haberla escuchado.
El corazón se le expandió de alivio. ¿Cómo se había atrevido?
Jamás le había dicho a un hombre lo que pensaba de él y, para colmo, Juanjo era su jefe.
¿Y si la hubiera oído? Por suerte no parecía que lo hubiese hecho, porque se moriría de vergüenza. ¿Cómo se estaba volviendo tan osada?
***
Juanjo entró a cambiarse lleno de incredulidad.
¿Martina había alabado sus ojos o había oído mal?
No parecía la misma que lo había saludado con timidez en la puerta, pero el halago no le molestó.
Lo más probable era que la chica tratara de caerle bien, porque no le cuadraba que se sintiera atraída y le estuviera lanzando indirectas —en realidad muy directas— para llamar su atención hacia un posible escarceo amoroso.
No iba a entrar al trapo, por supuesto, liarse con una empleada no entraba ni en sus planes ni en su código de conducta.
La estuvo observando toda la tarde de forma disimulada, como hacía siempre, pero no se encontró con su mirada de forma directa, ni siquiera en el comedor, cuando volvió a sentarse en la mesa de al lado.
La chica se dedicó a realizar su trabajo con eficiencia y pareció ignorarle.
¡Nunca le había intrigado tanto el comportamiento de una mujer!
Cuando salió por la noche, después de terminar su turno, ya pasadas las once y media, la encontró tiritando en la puerta del hotel, con el cuello del abrigo subido y las manos en los bolsillos.
Debía hacer más de media hora que había salido, pues él siempre se quedaba hasta comprobar que todo estaba en orden para el día siguiente.
Ella lo miró al pasar por su lado y pareció encogerse todavía más.
—Buenas noches —la saludó—. ¿Qué haces aquí con tanto frío?
—Esperando que vengan a recogerme, pero se retrasan.
En aquel momento el teléfono móvil de Martina sonó. Se alejó un poco no queriendo invadir su privacidad, pero la expresión agobiada de la camarera le impidió marcharse. Cuando ella colgó se le acercó de nuevo.
—¿Algún problema?
Ella asintió.
—Mi cuñado debía venir a recogerme, pero al parecer el coche se ha quedado sin batería y no consigue arrancarlo. Tendré que pedir un taxi para ir a casa, cueste lo que cueste.
—¿Vives muy lejos?
—En Fuenlabrada.
—Yo voy en esa dirección, puedo llevarte, si quieres.
—¿También vives en Fuenlabrada?
—En Getafe, pero te acerco. Me da igual unos kilómetros más o menos.
Martina evitó mirarlo de forma directa.
—No quisiera molestar.
—No es molestia. ¡Vamos, o te vas a congelar aquí!
—Gracias.
Lo siguió hasta el lugar donde tenía aparcado el coche y, en cuanto él desbloqueó las puertas, hizo amago de abrir una de las traseras.
—¿Ahí piensas sentarte? No soy un taxista ni tampoco me como a nadie, mujer.
Martina se acomodó a su lado, tratando de pegarse a la puerta para mantener las distancias.
Juanjo enarcó las cejas. ¿De verdad esa mujer era la misma que había alabado sus ojos unas horas antes con total descaro?
¿Acaso temía que se lo recriminara? ¿O que le preguntara sobre la reverencia de días antes?
No pensaba hacer ninguna de las dos cosas.
Se limitó a conectar la calefacción y arrancar el coche.
—¿Siempre vienen a recogerte al trabajo? —preguntó tratando de mantener una conversación que no lo llevara al terreno personal ni a su extraño comportamiento.
—Solo en el turno de tarde, porque ya no hay trenes. El resto del tiempo me muevo sin ayuda.
—Ayer estuviste de descanso, ¿no?
—¿Sabes quién soy? ¿Y que ayer no vine al trabajo?
—Creo que sí. —¿Pensaba que era ese tipo de jefes que no conoce a su personal?
—. Te llamas Martina y te ocupas de las mesas de la doce a la dieciséis y también de las veinticuatro y veinticinco, ¿no?
Y sé que ayer estuviste de descanso porque había otra chica sirviendo esas mesas.
Pregunté a una de tus compañeras y me lo dijo.
Ella lanzó un hondo suspiro, como si se sintiera aliviada. Juanjo la miró de soslayo y continuó con la conversación intrascendente.
—¿Hace mucho que eres camarera en el hotel?
—Casi un año.
—¿Y te gusta el trabajo?
Ella se encogió de hombros.
—No tengo otro.
—Eso significa que no te agrada demasiado.
—Es fácil y no requiere ninguna cualificación.
Estuvo a punto de preguntarle por qué siempre se sentaba sola a comer, pero intuyó que su curiosidad no sería bien recibida.
Si antes pensaba que Martina era rara, esa noche lo estaba confirmando con creces.
La chica que se encogía en el asiento rehuyendo su mirada y que respondía con poco más que monosílabos a sus preguntas no se parecía en nada a la que vislumbraba en el hotel, la que no le quitaba la vista de encima y le decía piropos a sus ojos.
¿Se sentiría atraída por él y estaba tratando de disimularlo?
Decidió guardar silencio en vista de que parecía incómoda por su compañía.
Llegaron a Fuenlabrada sin que la conversación hubiera fluido mucho más. Ante la puerta de Martina, él se ofreció:
—Si alguna otra noche tienes problemas para volver, no dudes en decírmelo.
—Mañana cambiamos el turno, y me las apaño con el tren, pero gracias.
—No hay de qué. Somos compañeros.
—Eres mi jefe.
—Para mí eres una compañera más.
—Gracias otra vez.
Ella entró en el portal y Juanjo arrancó el coche y dio la vuelta para regresar a Getafe. No podía dejar de pensar en el extraño comportamiento de Martina, la chica le intrigaba muchísimo, y sabía que no pararía hasta llegar a comprender sus cambios de actitud.