Capítulo 5
M artina no conseguía quitarse de la cabeza ni del sueño la sensación de que sus compañeros no la veían.
Por la noche, cuando llegó a su casa después de que Celso la recogiera, decidió hacer una prueba.
Otra más. Todos parecían verla con ropa de calle, era cuando se ponía el uniforme —como en el sueño— cuando su imagen desaparecía.
Sofía estaba esperándoles en el sofá, y le propuso, como cada noche, sentarse y tomar una infusión caliente y relajante y algún dulce antes de irse a la cama.
La noche era gélida y sabía lo friolera que era su hermana y también que en ese turno cenaba a las seis de la tarde y a esas horas estaba muerta de hambre.
—Gracias, sí. Ve preparándola y en seguida salgo.
Entró en su habitación y, sin pensarlo mucho, se puso el uniforme de repuesto. Se sentía bastante ridícula por lo que iba a hacer, por pensar siquiera que alguien podía no verla, pero necesitaba salir de dudas o iba a volverse loca.
Con el uniforme se miró al espejo. La imagen era clara y nítida. Se tocó la cara, las manos, y todos los movimientos se reflejaban al instante. Respirando hondo salió de la habitación para reunirse con su hermana y su cuñado. Se plantó ante ellos de pie y mirándolos con fijeza.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Sofía—. ¿Por qué llevas el uniforme? Creí que ibas a ponerte el pijama. ¡No pensarás ir a ningún sitio a estas horas!
Ignoró la pregunta que quemaba en sus labios: ¿me ves? Si la formulaba iban a tomarla por loca. Claro que la veían, Sofía se lo estaba diciendo. Inventó una excusa para su atuendo.
—Creo que el uniforme se me ha quedado algo estrecho. ¿No te parece?
Dio una vuelta sobre sí misma.
—Yo te lo veo como siempre. Por mucho que comas no engordas ni un gramo, tienes esa suerte. Pero si no te sientes cómoda puedo ensanchártelo un poco. No demasiado o parecerás un saco.
—No, solo quería saber tu opinión. Gracias, en seguida salgo con el pijama.
Regresó a su cuarto, pero la respuesta de su hermana no le causó alivio. Algo pasaba en el hotel, porque no se estaba inventando que allí la ignoraban y solo en determinadas circunstancias.
Se tomó la infusión caliente y se acostó, pero no consiguió descansar. Su mente se agitaba entre sueños y pesadillas en las que se desvanecía y desaparecía por completo, sin conseguir que nadie la viera.
***
Martina sentía aprensión cuando llegó al hotel al día siguiente. Antes de entrar al vestuario saludó al cocinero, que salía en aquel momento de su reino, y se animó a acercarse y preguntarle.
—Hola, Juan. ¿Qué tenemos de menú para cenar esta noche?
—Ensalada o sopa de primero, y tortilla de patatas o carne en salsa de segundo. De postre, como siempre, fruta o yogur.
—Gracias —respondió aliviada.
—¿Ya tienes hambre? ¿No has almorzado?
—Sí, en casa, pero me gusta saber de antemano lo que comeré para la cena. Por ir mentalizando al estómago —improvisó sintiéndose de nuevo un poco ridícula. En los últimos días no conseguía librarse de esa sensación.
—Eres un poquito rara, chica. En fin, yo me marcho en breve, en cuanto se quede libre el vestuario. Estoy de mañana y ya he terminado mi turno. Espero que tu estómago disfrute esta noche.
Martina entró en el vestuario y lo encontró vacío. Se cambió de ropa y aguardó a que llegara alguien, dispuesta a ponerlos a prueba una vez más.
Maya hizo su entrada poco después. Iba sola, su inseparable Elisa no la acompañaba aquella tarde. Se decidió a preguntarle por su habitual compañera.
—Hola, Maya. ¿Hoy no viene Elisa contigo?
La recién llegada ni siquiera le dirigió una mirada y mucho menos respondió a su pregunta.
—Tenemos tortilla de patatas para cenar esta noche —siguió comentando. Ninguna reacción. Decidió arriesgarse un poco más, aunque se ganara una enemiga para siempre.
—¡Eres una cabrona y una hija de puta!
La otra camarera tampoco reaccionó. Si con eso no había respondido, ni siquiera hecho un gesto de contrariedad, es que de verdad ni la veía ni la escuchaba.
Sintió un nudo en la garganta y unas tremendas ganas de llorar. Salió de forma precipitada del vestuario y se dirigió al baño, donde se encerró en uno de los cubículos para dar rienda suelta a su desazón. Aunque nadie pudiera verla, llorar en público no estaba en su código de conducta.
¡No entendía nada! ¿Qué demonios le estaba pasando?
Si no estuviera tan angustiada podía pensar que tenía patente de corso para hacer ciertas cosas que nunca se atrevería a realizar en su estado normal.
Tal vez para decir lo que pensaba, como acababa de hacer.
Nunca a los clientes, esos eran sagrados.
Tal vez su invisibilidad solo la sufrieran sus compañeros de trabajo.
¿Y su jefe? ¿La vería él o no? Tal vez se arriesgara a hacerle alguna pregunta o algún gesto para adivinar si también era invisible para él.
Era muy atractivo, alto y con una buena planta, nada que ver con Sixto, el hombre al que estaba sustituyendo. No obstante, no había escuchado ningún comentario al respecto de sus compañeras, pero no dudaba que más pronto que tarde alguna trataría de intimar con él, como hacían con Michel.
Cuando vio que era la hora de entrar en el comedor, se lavó la cara para borrar cualquier huella de llanto que pudiera tener —cosa que no consiguió del todo— y salió para enfrentarse a la tarde.
Y a la idea de que tal vez —solo tal vez— podría hacer alguna pequeña travesura como la de decirle a Maya aquello en el vestuario.
***
Juanjo se incorporó al trabajo con una sensación de euforia. Había solucionado el problema del alojamiento, ya tenía el contrato de alquiler y se mudaría a un sitio decente en cuanto se levantara por la mañana.
Solo tenía una maleta grande y le llevaría poco tiempo el traslado, pero cuando tuviera sus dos días libres iría a Toledo para traer más ropa, sobre todo de abrigo. En el armario que había visto en la habitación tenía espacio más que suficiente y el invierno prometía ser crudo.
Estaba contento, pero su felicidad se disipó en cuanto vio aparecer a Martina en la puerta del comedor.
La chica volvió a tocarse de forma compulsiva las manos y la cara, gesto que ya le había visto hacer con anterioridad.
En esta ocasión también se frotó los ojos, que parecían enrojecidos.
Se preguntó si se debía al consumo de alguna droga y sus compañeros la encubrían.
No toleraría algo así. En su tiempo libre podía tomar las sustancias que deseara, pero no acudir drogada a su puesto de trabajo. Descubriría qué ocultaba aquella chica y hablaría con ella muy seriamente. La vigilaría muy de cerca para evitar problemas.
Se dirigió al comedor y se encontró con Maya, que iba en la misma dirección. Decidió aprovechar la ocasión para indagar un poco más sobre la extraña Martina.
—Espera un momento. Eres Maya, ¿verdad?
—Sí, ese es mi nombre.
La detuvo y la hizo apartarse un poco para hablar con privacidad.
—Me gustaría hacerte unas preguntas sobre tu compañera Martina.
La chica se puso rígida y tensa.
—¡No soy ninguna chivata!
—No es eso lo que pretendo, solo quiero conocerla mejor para saber cómo tratarla. Me dijo tu compañero Fidel que tiene algún tipo de problema. ¿Se trata de drogas?
—No, que yo sepa.
—He visto que se toca de forma continua los brazos y la cara. ¿Alguna afección en la piel? Lo pregunto por si no debo mandarle determinadas tareas que la puedan empeorar.
—Lo hace mucho, sí, pero pienso que es más bien un gesto nervioso. Es algo excéntrica, no se relaciona con los compañeros, le gusta estar sola, pero eso no es malo, ¿no? Hace bien su trabajo.
—Ayer no tuve queja de ella en el cumplimiento de sus obligaciones, pero me choca su comportamiento.
—Solo es un poco rara, pero ¿quién no lo es?
—Unos más que otros. No sé si debería intervenir de alguna forma.
—Mejor déjala tranquila, tal vez esté un poco más nerviosa que de costumbre por la aparición de un nuevo jefe de sala.
—¿Yo tengo la culpa de su comportamiento? —preguntó incrédulo.
—Puede ser. Ignórala, no la mires demasiado y seguro que poco a poco se acostumbrará a tu presencia y tú a sus rarezas. Nosotros ya no les echamos cuenta, hacemos como si no la viéramos ni la oyéramos.
—Intentaré hacer lo mismo.
Pero no estaba seguro de conseguirlo. En cuanto entró en el comedor la buscó con la mirada; sin embargo, antes de que ella se percatara, la desvió hacia otro lado.
Si era su presencia lo que motivaba su nerviosismo no la miraría de forma directa, sino de soslayo, o paseando la vista por todo el comedor.
Como le había aconsejado Maya, como si no la viera.
***
Eran las seis de la tarde, y disponían de la media hora de cena antes de abrir el comedor a los clientes en el primer turno, a las siete. Era lo que menos le gustaba a Martina de ese turno, cenar tan temprano. Casi siempre tenía que comer algo al llegar a casa.
Se sentó como siempre sola en una mesa apartada y el jefe de sala lo hizo en otra justo al lado.
Ni una sola vez el hombre dirigió la mirada hacia ella, no sabía si porque no la veía o por deseos también de privacidad.
Tampoco él se sentaba con el resto de los compañeros, quizás quería marcar la diferencia de jerarquías o tal vez esperaba un tiempo prudencial a la hora de crear vínculos de amistad con sus subordinados.
Comió en abundancia la sopa caliente y un buen trozo de tortilla de patatas, una de sus comidas favoritas.
La presencia del hombre tan cerca y su indiferencia hacia su persona le permitió observar con tranquilidad sus atractivas facciones y sus intensos ojos verdes.
Siempre había tenido debilidad por ese color de ojos en los hombres y los de su jefe eran de los más bonitos que había visto nunca.
Él había preferido la carne como segundo plato y mojaba trozos de pan en la salsa, algo que también le gustó.
Disfrutaba de un buen apetito y le agradaba la gente que también lo tenía.
Trató de no mirarlo más que de reojo porque aún no estaba segura de si era invisible para él, a pesar de su indiferencia, pero le parecía uno de los hombres más atractivos que había visto nunca.
Si no la veía —si nadie lo hacía— podría mirarlo todo lo que quisiera.
El turno de comida terminó y todos comenzaron a abandonar el comedor de personal.
Martina apuró su yogur y se quedó sola en la habitación.
Juanjo había salido poco antes que ella y sus caminos se cruzaron y, puesto que no había nadie más cerca, armándose de valor se arriesgó a hacer algo para averiguar si él la veía o no.
Avanzó con paso decidido y, deteniéndose delante, extendió una pierna hacia atrás y le hizo una profunda reverencia.
Aguardó con el corazón en un puño una palabra de sorpresa por parte de su jefe, pero este siguió andando en dirección al comedor, sin decir nada.
Lo siguió con paso rápido y se dispuso a seguir con sus tareas.
¡Era invisible también para él! Podía recrearse en su persona todo lo que quisiera.
Juanjo la vio pasar a su lado tratando de que la incredulidad no se reflejara en su rostro. ¿De verdad le había hecho una reverencia? ¿Como si fuera un rey o alguien de la nobleza? Solo era el jefe de sala de un hotel de tres estrellas.
Quizás Maya tuviera razón y fuera él quien le provocaba esas actitudes tan extrañas. No había duda de que quería agradarle, tal vez para que pasara por alto sus extravagancias, pero… ¿una reverencia?
Le había costado conservar la impasibilidad ante su gesto, pero no quería incomodarla. Aunque, después de lo sucedido, trataría de mantenerse lo más alejado posible, no se le ocurriera besarle la mano como signo de sumisión. Eso ya no lo consentiría.