Me ves o no me ves Capítulo 4
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Capítulo 4

J uanjo llegó a la habitación del hotel agotado. Eran las doce de la noche y llevaba levantado desde las seis y media de la mañana. Por suerte disponía de otra noche de alojamiento gratis en el hotel y no debería madrugar al día siguiente.

En el correo electrónico tenía un mensaje de la inmobiliaria que había contratado con varias opciones posibles, todas ellas en la periferia o pueblos de los alrededores de Madrid.

Ninguna de ellas en solitario, tendría que compartir piso sí o sí, y no le apetecía cambiar a Asier por nadie más, ni renunciar a sus partidas nocturnas de videoconsola.

Ya lo estaba echando de menos y decidió llamarle, a pesar del cansancio, para contarle cómo le había ido la jornada. Su amigo también tenía turno de tarde aquella semana y respondió al instante.

—¡Hola! ¿Cómo te ha ido la incorporación? —le preguntó nada más descolgar.

—Sin problema. Estoy agotado porque he hecho los dos turnos, pero el personal conoce su trabajo y, salvo algunos detalles que me gusta que se hagan a mi manera, todo va a ir bien, al menos eso espero.

—¿Por qué dices que lo esperas?

—Porque hay una camarera un poco peculiar, por decirlo de alguna manera, a la que no estoy dispuesto a dar manga ancha.

—¡Vaya! ¿Qué pasa con ella?

—No lo sé. Me han advertido que es un poco excéntrica. Mucho, diría yo, porque juraría que ha estado a punto de clavar unos tenedores en la cara de un compañero, delante de todos.

—Eso excede la excentricidad y roza la peligrosidad. ¿Se lo has permitido?

—Estaba dispuesto a intervenir, pero el propio agredido me ha asegurado que no tenía intención de hacer tal cosa. De hecho, estaba impávido ante el ataque. Todos la protegen. Parece que es la enchufada o algo similar del director del hotel.

—Menudo marrón te ha tocado.

—¡Y que lo digas! Pero, por muy enchufada que sea, no pienso consentir ciertas actitudes en mi turno. Si otros jefes de sala se lo permiten, allá ellos. Si a la dirección del hotel no le parece bien, que me manden de nuevo a Toledo.

—Que es lo que deseas, ¿no?

—¡Cómo lo sabes! Estaré deseando regresar, porque encontrar alojamiento a corto plazo también se presenta complicado.

La inmobiliaria que he contratado me ha pasado unas ofertas muy poco atrayentes, la verdad: dos pisos de estudiantes con una habitación libre y una pareja de ancianos que alquilan otra.

Mañana iré a ver, porque ya hoy se me acaba el alojamiento gratis en el hotel. Cada noche más me cuesta el dinero.

—Una putada lo que te han hecho.

—De las gordas. Y ahora te dejo, me voy a la cama que estoy muerto.

—Descansa y mantente todo lo alejado que puedas de la psicópata y sus tenedores.

—Buenas noches, Asier. Te llamo mañana a ver cómo se me da la búsqueda de techo.

—Ánimo y hasta mañana.

Cortó la comunicación y se metió en la cama.

No le apetecía adaptarse a otros compañeros de piso y mucho menos si eran estudiantes.

Los asociaba a fiestas hasta altas horas de la noche y él era un trabajador que madrugaba en un turno y trasnochaba en el otro, y en ambos trabajaba duro.

Tampoco convivir con ancianos, con sus dolencias y su afición a contar batallitas del pasado.

A su mente acudió la escena protagonizada por Martina y Fidel.

La chica era rara, eso no se podía dudar.

Durante la cena, en el comedor de personal, se había sentado sola en una mesa apartada, lo que le produjo cierto alivio.

No la quería cerca de sus compañeros con tenedores y cuchillos a su alcance.

También él se acomodó en una mesa solitaria, el resto del personal parecía tener una rutina y grupos formados, y no deseaba meterse en ellos. Ya vería más adelante.

Poco a poco el sueño lo fue venciendo y se durmió. No sabía dónde lo haría la noche siguiente.

***

Juanjo se levantó y acudió al comedor a desayunar.

La noche de hotel incluía la primera comida del día y, tras disfrutar de la misma, llamó a la inmobiliaria para gestionar la visita a los posibles alojamientos que le habían ofrecido.

El tiempo era primordial, pues no deseaba gastar ni un euro más de la cuenta en alojamiento.

Decidió acudir primero a los pisos de estudiantes, situados en la periferia de la ciudad y más cercanos al hotel.

En el primero al que acudió le abrió la puerta un chico joven, que vestía un pantalón ajado y una camiseta llena de manchas. El olor corporal que emanaba ofendió sus fosas nasales desde el primer momento en que lo tuvo cerca.

—Hola, soy Juanjo y me envían de la inmobiliaria para el alquiler de una habitación que tenéis libre.

—Pasa —lo invitó a entrar—. Te la mostraré enseguida.

Una simple mirada a su alrededor le hizo comprender que no se alojaría en aquella casa por nada del mundo.

El salón no presentada mejor aspecto que su habitante: sobre la mesa había platos llenos de restos de comida reseca.

El sofá estaba revuelto y cubierto de mantas y ropa desperdigada, y el suelo necesitaba con urgencia una buena limpieza.

Un olor a rancio impregnaba el ambiente y estuvo tentado de salir corriendo sin siquiera ver la habitación, pero ya el chico se adentraba por un pasillo que desembocaba en tres puertas. Una de ellas daba a una cocina en la que se apilaban más platos sucios.

Abrió la última y mostró una habitación espartana, con una cama sobre la que reposaba un colchón mugriento y lleno de manchas de todo tipo. Juanjo se estremeció de asco.

—La ropa de cama deberás ponerla tú. Y encargarte de la limpieza tanto de la habitación como de tu propia ropa. Aquí cada uno se ocupa de lo suyo. Las zonas comunes las limpiamos entre todos cuando tenemos tiempo.

«Una vez al año más o menos, ¿no? Y un cuerno voy a acostarme en ese colchón que debe tener hasta bisontes, como poco».

—¿Quieres ver la cocina y el baño?

—No, gracias, con la habitación es suficiente.

—Si te decides, avisa a la inmobiliaria y ya ellos nos lo comunicarán.

—De acuerdo.

Salió de allí como alma que lleva el diablo. Tenía impregnado el olor a rancio de la vivienda mezclado con el de sudor y humanidad del chico que lo había recibido. Suspiró hondo. Primera opción descartada.

Se dirigió a la segunda, pensando que no todos los estudiantes eran unos desaseados; en su época de juventud había tenido amigos que compartían piso y sus casas eran acogedoras y limpias. Cruzó los dedos mientras se dirigía a la nueva dirección.

Esta lo llevó hasta una casa oscura provista de una escalera empinada y que le pareció poco segura. Los cuatro pisos que subió con precaución lo condujeron a un rellano con dos puertas. Llamó a la de la derecha y le abrió una chica muy joven, limpia y aseada. Respiró hondo con alivio y se presentó.

—Buenos días. Soy Juanjo y estoy interesado en la habitación que alquiláis.

—Pasa, te estaba esperando. El agente de la inmobiliaria nos dijo que vendrías hoy. Yo soy Desireé.

La casa era tan oscura como la escalera. La luz eléctrica estaba encendida a pesar de ser solo las once de la mañana. Pero estaba limpia y ordenada.

—La habitación es un poco pequeña —informó la chica antes de abrir una de las puertas que daba al salón.

¿Pequeña? Ni siquiera podía calificársela de habitación, más bien parecía un túnel.

Sobre una pared se alineaba una cama estrecha; a los pies de la misma, un armario de no más de cincuenta centímetros, en el que cabrían apenas los dos uniformes y una muda de ropa.

Junto al cabecero de la cama, una pequeña repisa, sobre la cual había una lámpara, hacía las funciones de mesilla de noche.

No había nada más. Una tabla en la pared opuesta con unas bisagras hacía las veces de mesa, pero entre esta y la cama, una vez abierta, no cabía una silla.

Debería sentarse en la cama para usarla, y lo peor de todo, no tenía ventana.

—¿Llamáis a esto habitación? —preguntó indignado—. Ni siquiera tiene ventana.

—Nosotras no, la dueña. Ha partido en dos una de las más grandes y esto es lo que ha quedado. Tampoco es que la ventana deje pasar mucha luz, lo que hay al otro lado es una pared de ladrillo a menos de un metro de distancia.

—¿Cómo podéis vivir aquí? ¿Cuántos sois?

—Porque no podemos pagar otra cosa. Y somos cuatro, cinco si conseguimos alquilar esta. Pero ya veo que tú no serás uno de nosotros.

—Me temo que no, que me ahogaría.

—En ese caso, no te enseño el resto. Entre tú y yo, es igual de deprimente.

—Pues me marcho y no te robo más tiempo.

Salió del piso con una sensación de claustrofobia que le costó dominar al salir a la calle. Ya sabía que no iba a encontrar una bicoca en Madrid en dos días, pero la cosa estaba más difícil de lo que pensaba.

Había dejado para el final la opción de los dos ancianos, prefería alojarse con gente joven, y además la vivienda estaba situada en Getafe, un pueblo a catorce kilómetros de Madrid, y no se libraría del todo de conducir, pero al final enfiló la autovía con la esperanza de encontrar algo que le conviniera, aunque fuera por poco tiempo.

Ya buscaría otra cosa con más calma una vez estuviera instalado.

Se llevó una sorpresa cuando llegó a una urbanización de casas adosadas, con un pequeño jardín en la parte delantera. Incluso había bastante espacio para aparcar en las dos aceras.

Después de lo que había visto aquella mañana, comprobó la dirección y vio que no se equivocaba. Bajó del coche preguntándose dónde estaba la trampa. En los caseros, seguro.

Le abrió la puerta una mujer de unos setenta años, con el cabello gris lleno de rizos y vestida con un chándal oscuro sobre el que anudaba un delantal impoluto.

—Buenos días. Me mandan de la inmobiliaria para ver una habitación en alquiler —comentó por tercera vez en pocas horas. Sus ojos recorrieron el recibidor y la escalera que se elevaba a su derecha.

—Le estábamos esperando. Pase.

Un hombre de la misma edad salió de una habitación situada a la izquierda.

—¿Quién es, Patri?

—Un señor que viene a ver la habitación —informó la mujer.

La casa olía a flores y a limpio. Pudo ver en un jarrón un ramo de claveles que esparcía un agradable perfume. No había una mota de polvo en el mueble del recibidor y el suelo de mármol brillaba como un espejo.

—La habitación está arriba, supongo que no le importa la escalera, es joven y tiene buenas piernas. Nosotros hace unos años que trasladamos la nuestra a la planta baja, subir nos cuesta un poco.

Se agarró al pasamanos para ascender hasta un distribuidor con cuatro puertas cerradas. Abrió la primera.

—Es el dormitorio principal y tiene baño propio. Nosotros usamos el de abajo.

Juanjo apenas pudo creer lo que veía. Una amplia habitación con cama de matrimonio, dos mesillas, una cómoda y un gran armario se repartían el espacio.

Un amplio ventanal cubierto por cortinas blancas inundaba de luz la estancia.

Una puerta abierta dejaba ver un cuarto de baño reluciente.

El mobiliario no era moderno, se asemejaba mucho al que tenía su abuela en su casa, y eso le hizo sentir a gusto de inmediato. Con la sensación de algo conocido.

—¿De verdad el alquiler es el que me han dicho en la inmobiliaria? —preguntó incrédulo. Era superior al de los dos que había visto en Madrid, pero lo podía asumir, y la diferencia era considerable.

—Sí, ese es el precio.

—No es muy alto para todo lo que ofrece.

—Lo hemos rebajado en varias ocasiones, a casi nadie le gusta vivir con dos ancianos.

Piensan que tendrán que cuidarnos, pero le aseguro que no es así.

Somos perfectamente independientes. El precio incluye la limpieza de la habitación, pero si quiere incluir las comidas tendrá que pagar un extra.

Si está interesado en alquilarla, claro.

—Por supuesto que lo estoy —afirmó deseando cerrar el trato—. ¿Cuándo podría mudarme?

—Cuando quiera. Como puede ver, la habitación está limpia, solo tengo que poner las sábanas.

—Hoy va a ser muy precipitado, porque trabajo hasta tarde, pero ¿podría ser mañana por la mañana?

—Sin problema. ¿Sería muy indiscreta si le pregunto dónde trabaja?

—Soy jefe de sala en un hotel de Madrid.

Me han trasladado de forma urgente para cubrir una baja y necesito un alojamiento cuanto antes.

De ahí las prisas, no me puedo permitir pagar muchas noches de hotel —explicó deseando tranquilizar a su futura casera, que parecía inquieta al escuchar que llegaría tarde a la casa.

Por suerte la escalera estaba justo al lado de la puerta de la calle y no importunaría a nadie cuando llegara del turno de noche—.

No trabajo en ningún sitio poco recomendable y no les molestaré cuando llegue.

Ya vendré cenado y me iré derecho a la cama.

—No tiene aspecto de indeseable —dijo la mujer con una sonrisa—. Yo me llamo Patrocinio, pero todos me llaman Patri, y mi marido es Luis.

—Yo, Juanjo.

—¿Quiere tomar algo? ¿Un café o un aperitivo? Cortesía de la casa, desde luego.

—Muchas gracias, pero entro a trabajar a las tres y me gustaría pasar por la inmobiliaria para formalizar el contrato.

Mañana vendré a instalarme y aceptaré gustoso su ofrecimiento, y les responderé a cualquier pregunta que deseen hacerme.

Imagino que querrán saber más detalles de la persona que meten en su casa.

—Le esperamos mañana.

—¿A qué hora les parece bien?

—Nos levantamos a las ocho, a nuestra edad no dormimos mucho, pero si quiere venir antes, tampoco hay problema.

—Vendré sobre las diez.

Al bajar la escalera encontró al hombre aguardando.

—Luis, él es Juanjo y se queda la habitación. Se instalará mañana.

—Bienvenido —dijo el casero con una amplia sonrisa.

—Gracias.

Salió de la casa sintiéndose muy satisfecho. Pagaría una noche más de hotel y acudiría a la inmobiliaria para formalizar el contrato de alquiler antes de entrar al trabajo. Tendría que conducir un poco para llegar al hotel cada día, pero merecía la pena.