Me ves o no me ves Capítulo 3
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Capítulo 3

M artina llegó al hotel después de su día de descanso.

Cambiaba el turno, tanto para ella como para el resto de sus compañeros.

Por la noche, su hermana o Celso irían a recogerla, y la temperatura, que prometía ser gélida, le resultaría más llevadera.

La sensación en Madrid era de frío: frío en el cuerpo y frío en el alma.

En el vestuario se encontraban ya Maya, Elisa y Reyes, una ayudante de cocina. Como era su costumbre, saludó.

—Buenas tardes.

—Buenas y frías —respondió Maya.

—Hola —contestó también Reyes—. En la cocina se está caliente, lo malo será al salir por la noche.

Se extrañó de los comentarios y dudó si decir que a ella la recogerían a la salida, nunca le habían dado pie a que contara algo personal.

—Sí, habrá que abrigarse bien —dijo sin comprometerse demasiado.

Se apresuró a desnudarse y ponerse el uniforme. Sus compañeras se lo tomaban con calma, pues aún tenían tiempo antes de que entraran los hombres a cambiarse. Se demoraban charlando unos minutos.

Antes de salir, un comentario la hizo detenerse y la piel se le erizó, tornándose más helada de lo que solía tenerla.

—Hay que ver qué rara es esta chica —comentó Elisa—. Saluda al entrar, luego se cambia como si le fuera la vida en ello y se marcha sin decir ni pío. ¿La habéis visto irse?

—No —respondió Maya—. Pero siempre hace lo mismo. Ya se ha largado, como si la persiguiera alguien.

Martina se sintió temblar. ¿Estaba soñando de nuevo? Se pellizcó el antebrazo para asegurarse y el dolor le confirmó que estaba muy despierta. Con voz que intentó que sonara fuerte, comentó:

—No me he ido, estoy aquí.

—¿Creéis que no le caemos bien?

—No lo sé, pero nunca se relaciona con nosotros. No sé cómo se las apaña para realizar su trabajo en el comedor, porque yo nunca la veo. Es como si fuera una sombra.

—Debe tener enchufe con Sixto, porque se escaquea de lo lindo.

—No tengo ningún problema con vosotras, es al contrario. Y no me escaqueo, cumplo con mis tareas de forma rigurosa —explicó ofendida.

—¡A ver cómo le va con el nuevo jefe de sala!

Pero las mujeres continuaban hablando como si no estuviera presente.

Todo estaba sucediendo de forma muy parecida a su sueño y comenzó a sentir un miedo cerval a estar volviéndose loca.

¡Porque ni los sueños se cumplían ni la gente se volvía invisible!

Eso solo sucedía en las películas o las novelas de fantasía.

La invisibilidad no existía. Ella era real, muy real.

Salió del vestuario dispuesta a hacerse ver por quien estuviera en el comedor. Se acercó a un par de compañeros que esperaban para cambiarse.

—¡Hola! —saludó.

Nadie le respondió. Se situó delante de ellos y alzó las manos ante sus caras, cruzándolas y descruzándolas con movimiento rápidos. Ni siquiera pestañearon.

—¡Por favor! Decidme algo —suplicó con voz trémula.

Nada.

«Esto no me puede estar sucediendo a mí. No es real».

Sus compañeras salieron del vestuario y los chicos entraron a cambiarse.

Para que el sueño se cumpliera en su totalidad debería entrar, pero ni se le ocurría.

No tenía ningún interés en verlos medio desnudos, ni siquiera a Michel, el guaperas del hotel, por el que algunas compañeras suspiraban y al que otras le lanzaban la caña sin ningún disimulo.

Él se limitaba a sonreírles a todas —menos a ella— y, si quedaba con alguna, lo hacía fuera del horario del trabajo y del hotel.

Aquella tarde tenían prevista la incorporación del nuevo jefe de sala, que por una única vez haría los turnos desde el desayuno hasta la cena, para conocer todos los horarios y costumbres del hotel. Después alternaría turnos de mañana o de tarde como el resto de los camareros.

Martina aplazó su desazón y se situó junto a sus compañeros para recibir instrucciones de su nuevo jefe.

Con Sixto no había tenido problemas, el hombre impartía órdenes generales y nunca personales, por lo que ella se limitaba a seguirlas y nunca había sufrido ninguna recriminación por su parte.

Temía un poco al nuevo jefe de sala, porque aquel día dudaba de muchas cosas. Incluso de sí misma.

***

Juanjo llevaba en el hotel desde la noche anterior. Había llegado tarde, cansado y se había ido a la cama de inmediato, pero a las siete de la mañana estaba en su puesto para incorporarse al primer turno de los desayunos.

Aunque un compañero cubría ese turno, pues él se incorporaría al de tarde aquella semana, se presentó al equipo de camareros y observó cómo se preparaba el bufé, de forma muy similar a la que se empleaba en el hotel de Toledo.

También el almuerzo se desarrolló sin problemas y al fin los camareros del turno de tarde se incorporaron a sus puestos.

Pensaba dedicarles unas instrucciones generales sobre cómo deseaba que se atendiera el comedor en su turno y, si era necesario corregir a alguien, lo haría de forma personal y privada.

No era partidario de correcciones en público ni deseaba crearse la imagen de jefe duro desde el primer momento.

Pero sus normas eran sencillas y no creía que nadie tuviera problemas para llevarlas a cabo.

Esperó en el comedor a que todos se reunieran para dar comienzo a su presentación.

—Buenas tardes. Soy Juan José Arias y voy a sustituir al jefe de sala con el que soléis trabajar mientras dure su enfermedad.

Podéis llamarme Juanjo y tutearme porque me gusta mantener una relación cercana con el personal.

Supongo que todos conocéis vuestro trabajo y que lo desarrolláis a la perfección, no obstante, os daré algunas directrices de cómo me gusta que se hagan las cosas.

Quiero que cada empleado se ocupe de una tarea específica, no que todos vayáis de acá para allá realizando el mismo trabajo.

Empezaré por las tareas de la cena, que será el primer encargo de hoy.

Imagino que esta se servirá a la carta y no en modo bufé.

—En efecto —respondió Michel.

Paseó la mirada por el grupo que permanecía atento a sus palabras.

—Supongo también que cada uno de vosotros tiene asignado un número determinado de mesas.

—No. En general vamos acudiendo a las que vemos desatendidas.

—Bien, conmigo será diferente. ¿Cuántas mesas tiene el comedor?

—Treinta —comentó Maya—. De la uno a la veinte de cuatro comensales, y de la veintiuna a la treinta de seis.

—Me han notificado que sois cinco camareros en cada turno.

Cada uno de vosotros se ocupará de cuatro mesas de cuatro comensales y dos de las de seis, para igualar la tarea.

Y esas mesas serán de total responsabilidad de cada cual, desde ponerlas, hasta atender a los clientes y quitarlas al terminar el turno.

Cualquier problema que encontréis, ya sea con los clientes o con los compañeros, acudid a mí directamente; yo estaré supervisando el trabajo de todos.

Si algún cliente no está contento con la atención que le dispensáis, también deberá acudir a mí.

Un leve murmullo se extendió entre los presentes, pero nadie dijo nada.

—Respecto a los bufés, todos os encargaréis de montarlos y reponerlos por igual. No quiero ver ninguna bandeja vacía, y también haré responsable a cada uno de vosotros de una parte de la vajilla: platos, vasos, copas, cubiertos, tazas, deberán estar siempre a disposición de los clientes.

—Eso sí lo tenemos asignado cada uno —informó Michel—. Yo me ocupo de reponer los platos, Maya de los vasos, Elisa de las copas o tazas en el desayuno, Martina de los cubiertos y Fidel de saleros, pimenteros y material de condimentos.

—Me parece perfecto, seguimos así. ¿Alguna duda?

Nadie comentó nada.

—Bien, en ese caso, comencemos el trabajo. Ahora pasaréis a desmontar el bufé del último turno del almuerzo, que supongo habrán dejado vuestros compañeros de la mañana, y las mesas del mismo.

—¿De qué mesas debemos ocuparnos cada uno? —preguntó Fidel.

—Pues tú mismo de la uno a la cuatro, Maya hasta la ocho, Martina hasta la doce, Elisa hasta la dieciséis y el otro chico el resto hasta la veinte. En el mismo orden, de dos en dos las grandes. ¿Algún problema?

—Ninguno. Yo me llamo Michel, y mi compañero, Fidel.

—Ya me iré aprendiendo vuestros nombres. Ahora a trabajar, ¡No quiero ver a nadie parado hasta que todo esté listo!

La reunión se disolvió en medio de murmullos y todos se dirigieron a sus respectivas tareas.

Martina empezó a retirar bandejas de comida, así como los cubiertos, y después a limpiar las mesas que le habían asignado de forma arbitraria.

Hubiera preferido que el jefe de sala se dirigiera a ella de forma personal, pero al parecer había memorizado los nombres, pero sin ponerles cara.

Por lo tanto, no podría saber si la veía o no.

¡Pues claro que la veía! ¿Cómo se le había ocurrido pensar, ni por un momento, que se había vuelto invisible de repente? Lo del vestuario había sido un malentendido, nada más.

No obstante, al pasar por delante de Fidel le habló.

—Ha quedado todo claro, ¿verdad?

Su compañero ignoró su comentario. Para cerciorarse, miró por encima del hombro para averiguar si el jefe de sala les observaba y agitó las manos delante de su compañero. Los cubiertos pasaron muy cerca de su cara, pero él ni se inmutó, y continuó alejándose de ella.

Juanjo trataba de vigilar a todos los camareros, cuando un movimiento extraño le sobresaltó. Una chica castaña y delgada parecía amenazar con los cubiertos a uno de sus compañeros.

«¿Qué hace esa mujer? ¿Va a agredirlo?».

Se disponía a intervenir cuando, para su sorpresa, el camarero continuó su camino sin hacer el menor gesto de defenderse. Aquello era muy raro. ¿Serían pareja acaso y él pensaba que se merecía el ataque? De cualquier forma, no estaba dispuesto a consentir ese tipo de comportamiento en el comedor.

La mujer continuó desmantelando las mesas que le correspondían y se dirigió al amenazado para averiguar lo sucedido.

—¿Qué acaba de ocurrir hace un momento con esa camarera?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Iba a clavarte los cubiertos en la cara.

—No… es Martina. Es un poco rara, pero inofensiva.

—¿Rara por qué?

—Va por ahí haciendo aspavientos y otras excentricidades.

—¿Con los clientes también? —preguntó suspicaz.

—Con ellos suele comportarse. Es más bien con los compañeros.

—Pues tendré que llamarle la atención. No pienso tolerar ciertas actitudes.

—No merece la pena. Es una enchufada del director del hotel y se le permiten ciertas cosas. Nosotros no le echamos cuenta. De verdad que no es peligrosa ni tenía intención de pegarme ni nada parecido.

—Pero ¿qué le sucede?

—No estamos muy seguros, pero hace cosas muy raras.

—¿Tiene algún tipo de trastorno mental?

—No, en absoluto. Solo es un poco excéntrica y no se relaciona con los compañeros, prefiere estar sola. Ya se acostumbrará a sus cosas, como hemos hecho todos.

—¿Cumple con su trabajo?

—Sí.

—Trataré de hablar con ella.

—Mejor ignórela. Es el consejo que nos dieron de arriba —insinuó refiriéndose a las altas jerarquías del hotel—. Como si no la viéramos. Como si fuera invisible, nos dijeron.

—Eso será mientras no haga nada reprobable o moleste a algún cliente.

—No lo hará; nunca lo hace.

—En ese caso, me limitaré a tenerla vigilada. Continúa con tu trabajo.

Fidel se alejó y él buscó a Martina con la vista. La chica tenía una expresión entre compungida y preocupada. Se pellizcaba los brazos de forma continua y miraba en derredor una y otra vez.

«Por si ya me apetecía poco el traslado, me toca bregar con una zumbada».

Suspiró, dispuesto a vigilarla de cerca, y por muy enchufada que fuera, no le iba a permitir ningún desliz.