Me ves o no me ves Capítulo 2
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Capítulo 2

J uanjo recibió la noticia de su traslado a Madrid capital con un bufido interior.

Llevaba años siendo jefe de sala en un hotel de Toledo, una ciudad más pequeña y tranquila que la capital, y se encontraba muy a gusto en él.

No deseaba un cambio, pero no podía negarse, pues en su contrato estaba estipulado que podían trasladarle a cualquier otro hotel de la cadena, si fuera necesario.

Cuando comenzó a trabajar no le importó, era muy joven y la idea de moverse de una ciudad a otra le resultó incluso atrayente. Pero se había habituado a la tranquila Toledo, a vivir con su compañero y amigo Asier, con el que compartía, además de lugar de trabajo, gustos y aficiones.

El traslado sería solo temporal, le habían asegurado, para cubrir una baja por enfermedad del jefe de sala del hotel que tenía la cadena en la capital, lo cual le agradó aún menos.

No le gustaba demasiado conducir, y el trayecto de una hora en coche para ir y volver a Toledo cada día le parecía muy pesado.

Tendría que buscarse un alojamiento en el centro, o cerca, porque los alquileres en Madrid no resultaban baratos. Tampoco la opción del ferrocarril, que reducía el tiempo de traslado, le pareció aceptable, pues cuando tuviera turno de tarde saldría a una hora en la que ya no funcionaban los trenes.

De pésimo humor, se dirigió al aparcamiento, en el que ya lo esperaba Asier para irse a casa. Solían tener el mismo turno —de hecho, los organizaba Juanjo— y cada semana, de forma alternativa, utilizaban el vehículo de uno de los dos.

—¿Qué te pasa? —le preguntó su amigo cuando lo vio subir al coche con gesto malhumorado. Había tardado un poco más de lo habitual en salir, pues lo habían convocado al despacho del director después de terminar su turno.

—Me acaban de amargar la noche —masculló ocupando el asiento del copiloto.

—¿Por qué? ¿Qué quería el director?

—Anunciarme que me trasladan a Madrid para cubrir una baja por enfermedad.

—¿Pueden hacerlo?

—Me temo que sí. Cuando firmé el contrato, estaba tan desesperado por encontrar un empleo que acepté una cláusula por la que podrían trasladarme a otro hotel de la cadena dentro de un radio de ciento cincuenta kilómetros.

En su momento no me importó demasiado, pero ahora la idea de marcharme a otra ciudad no me apetece en absoluto, y menos aún a Madrid.

Demasiado grande y bulliciosa, y el hotel debe de tener muchísimo más movimiento que este de aquí. Es enorme.

—Eso es cierto, a Toledo la gente suele venir por turismo, y con un humor mucho más agradable que el que va por trabajo a la capital.

—He pedido que le hagan la propuesta a otro, pero me comunican que es mi perfil el que necesitan en el Imperial y que es un hecho el traslado. No hay discusión posible.

—De modo que no puedes librarte.

—Me temo que no.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Ir y venir cada día?

—¡Ni hablar! Después de un turno de tarde, que el jefe de sala nunca termina antes de las once y media de la noche, por mucho que el horario sea hasta las once, meterme la paliza de una hora de carretera me resulta agobiante.

Buscaré un alojamiento que me pueda permitir lo más cerca posible de Madrid, imagino que en alguno de los pueblos de los alrededores.

Vivir en la capital se llevaría gran parte de mi sueldo, y además tendría que seguir pagando mi parte aquí, porque no voy a dejarte tirado a ti solo con el alquiler.

—No me gustaría buscar otro compañero de piso, la verdad, pero me resultaría muy gravoso costear el alquiler yo solo.

—Me han asegurado que el traslado es solo temporal y que, cuando la persona que voy a sustituir se reincorpore a su puesto, volveré aquí.

—En ese caso, no te cobraré la mitad del alquiler, solo una parte, lo justo para que yo pueda asumir el resto.

—Gracias.

—¿Y qué vas a hacer con Alma?

Hacía un mes que había empezado a salir, de forma esporádica, con una chica que había conocido en una web de contactos.

Por el momento no era nada serio, solo estaban conociéndose y quedaban cuando sus respectivos turnos lo permitían.

Ninguno tenía prisa ni deseaba por el momento mantener una relación estable, pero no le gustaría que los encuentros cesaran por su traslado.

La chica le gustaba y parecía que la atracción era mutua.

—Los días de descanso regresaré aquí, a pasarlos contigo, y seguiré quedando con ella. Habrá que cuadrar un poco más los horarios, pero no tenemos por qué dejarlo. Si además de cambiar de ciudad tengo que dejar de verla, la estancia en Madrid se me hará insoportable.

El trayecto hasta el piso que ambos amigos compartían era corto y llegaron en seguida. Ambos habían cenado en el hotel y solo ansiaban una buena ducha para relajarse. Asier era camarero, y Juanjo su jefe de sala, lo que implicaba muchas horas de pie para ambos, incluso en un día tranquilo.

Media hora después ambos amigos se sentaban en el sofá, con una copa, dispuestos a echar una partida en la videoconsola.

Lo bueno que tenía el turno de tarde era que no debían madrugar al día siguiente, por lo que podían permitirse acostarse tarde y relajarse un rato antes de dormir.

***

Juanjo hubiera deseado quedar con Alma antes de marcharse, pero el traslado se aceleró más de lo que pensaba y deseaba.

En el hotel querían que se incorporase de forma inmediata y se hiciera cargo del nuevo puesto antes del fin de semana, en que se esperaba una mayor afluencia de clientes.

Le ofrecieron dos noches de alojamiento gratis en el mismo hotel mientras buscaba otro sitio donde vivir, pero debía partir de inmediato hacia Madrid.

No le parecía adecuado comentarle a Alma por teléfono su traslado, no quería que pensara que se trataba de una excusa para dejar de verla. Por lo tanto, se presentó en el centro comercial donde trabajaba en una tienda de ropa, para decírselo en persona.

Nunca había acudido a su lugar de trabajo, pero no le quedaba más remedio.

Al verlo entrar, Alma no pudo evitar una expresión de sorpresa. Terminó de atender a una clienta y se acercó a él, que deambuló por la tienda mirando algunos artículos.

—¡Hola! —exclamó la chica con una sonrisa—. ¡Qué sorpresa! ¿O vienes a comprar?

—Me temo que no, que vengo a comentarte una cosa que no me apetecía decirte por teléfono.

—Ufff, eso no suena bien. ¿Debo preocuparme?

Juanjo sonrió.

—No, si lo que piensas es que quiero que dejemos de vernos. Se trata de que debo trasladarme a Madrid durante una temporada. Me obligan a incorporarme a un hotel de la capital durante un periodo de tiempo indeterminado.

—¡Vaya! ¿Eso qué significa exactamente? ¿Cómo nos afecta a nosotros?

—Pues que será un poco más complicado quedar, porque me alojaré en Madrid y solo vendré a Toledo cuando tenga un par de días libres, que a veces coincidirán con los tuyos y a veces no. Si estás dispuesta a aceptarlo, claro.

—Más o menos como ahora, ¿no? Tampoco nos vemos a diario. Siempre podemos hablar por teléfono o hacer videollamadas

—Eso por supuesto. Me hubiera gustado quedar antes de mi marcha y comentarte esto con tranquilidad, pero me temo que debo incorporarme mañana al nuevo hotel.

La encargada de la tienda no les quitaba la vista de encima desde su lugar en la caja, y Juanjo se sentía muy incómodo.

—Lamento haber venido aquí a informarte, espero que mi visita no te cause problemas, pero no quería hablarte de esto por teléfono. Temía que pensaras que deseaba dejar de verte, y no es así.

—No te preocupes. Mi jefa es un poco estricta, pero no suelo recibir visitas a menudo por lo que, por una vez, no pasa nada. Eso sí, si entra un cliente deberé atenderlo de inmediato y tú tendrás que marcharte.

—De todas formas, no puedo quedarme mucho más, debo salir esta tarde para incorporarme mañana.

—Te han dado muy poco tiempo. ¿Tienes ya dónde alojarte?

—¡Qué va! De momento dispongo de un par de noches en el hotel por cuenta de la empresa, pero debo buscar otro sitio cuanto antes.

—Tengo entendido que los alquileres en Madrid no son baratos.

—No me puedo permitir un alquiler para mí solo, de modo que buscaré alguna habitación en un piso compartido, o algo así.

He contactado ya con una inmobiliaria para que me busque algo que pueda pagar, y donde pueda mudarme de inmediato.

Mi economía no me permite vivir en un hotel durante mucho tiempo.

Un cliente entró en la tienda y la encargada dirigió a Alma una mirada intensa apremiándola a que lo atendiese.

—Tengo que dejarte, llámame cuando estés en Madrid.

—Descuida. Estaremos en contacto.

Juanjo se marchó sin haberle podido dar siquiera un beso de despedida. No habían ido mucho más lejos en su relación, los dos deseaban estar seguros de sus sentimientos antes de dar ningún otro paso, pero aquella despedida tan apresurada le dejó un mal sabor de boca.

Regresó a su piso y preparó un equipaje de supervivencia, lo suficiente para ir tirando hasta que pudiera volver durante los días de descanso por el resto de sus cosas. Hizo un almuerzo ligero y emprendió el trayecto a Madrid.

Jamás había tenido menos ganas de hacer un viaje. Mientras conducía se dijo que debía cambiar su talante hacia el nuevo puesto si no quería transmitir su descontento a los empleados que formarían parte de su equipo. No se lo merecían.