Capítulo 1 #2
—Estaba ahí hace un momento. Ni siquiera me he percatado de que se haya abierto la puerta del vestuario.
Las miradas de sus compañeras se pasearon por la estancia y la atravesaron sin detenerse. Alzó los brazos y los agitó delante de las caras desconcertadas de las chicas, pero estas permanecieron impasibles. Se sentía ridícula, pero no encontraba otra forma de hacerse notar.
—Es muy rara —afirmó Elisa, hablando de ella como si no estuviera allí—. Aparece y desaparece como si fuera una sombra.
—No soy una sombra, estoy aquí. ¿No me veis?
—Bueno, démonos prisa o llegarán los chicos a cambiarse y nos encontrarán a medio vestir. Martina no merece que le dediquemos más tiempo.
—Yo, si el que llega es Michel, no me importa, es un regalo para la vista, pero Juan…
Juan era uno de los cocineros y estaba claro que probaba todos los platos que preparaba a juzgar por su barriga, que a duras penas contenía el pantalón.
Las dos amigas se apresuraron a terminar de cambiarse, pero Martina permaneció incapaz de moverse. Ya tenía puesto el uniforme, pero su desconcierto era tan grande que se sentía incapaz de dar un paso.
Permaneció allí mirándose las manos. Se tocó y no encontró rastro de su cuerpo físico, sus dedos atravesaban la carne como si esta no existiera, como si ella no existiera. Respiró hondo sin comprender el extraño suceso que acababa de vivir.
La puerta se abrió y dos hombres hicieron su aparición en el vestuario y, o no la vieron o fingieron no hacerlo.
Empezaron a desnudarse sin ningún recato.
Martina no se atrevió a moverse, como si por el hecho de hacerlo pudieran descubrir su presencia.
Otros compañeros entraron a continuación y empezaron a comentar el frío que hacía en la calle, pero a ella no le dirigieron ni una sola mirada.
Como si no estuviera. Como si fuera invisible.
Retrocedió hasta un rincón y allí permaneció quieta, temiendo que se dieran cuenta de su presencia y la acusaran de ser una mirona, hasta que la estancia quedó vacía.
Solo entonces decidió salir para incorporarse a su puesto de trabajo.
Pero ni siquiera el jefe de sala le encargó aquel día una tarea concreta.
La ignoró por completo y su sensación de invisibilidad se volvió abrumadora y agobiante. Le costaba respirar.
El sonido del despertador la sacó de su angustia. Se sentó en la cama empapada en sudor y con el corazón a punto de salírsele del pecho. Todo había sido un sueño, uno de los más angustiosos de toda su vida. Se palpó con cuidado, y se encontró, con un suspiro de alivio.
Se dio una ducha rápida a pesar de la temprana hora y se enfrentó al frío de la madrugada de Madrid, deseando ir forrada de ropa, pero solo con un jersey grueso y un anorak para evitar las burlas.
Llegó al vestuario con mucha antelación, no quería correr el riesgo de verse de nuevo atrapada en medio de un montón de hombres en distintos grados de semidesnudez.
Se cambió de ropa a solas y, sin saber qué hacer para matar el tiempo, comenzó a escribir el inquietante sueño que había tenido esa noche.
No deseaba olvidarlo, lo que le solía ocurrir cuando llevaba unas horas despierta.
Le gustaba dejar constancia de las cosas que la inquietaban para analizarlas con calma después, y estaba claro que el tema de la forma en que sus compañeros la ignoraban le afectaba tanto que había trascendido a su subconsciente.
Cogió la libreta de las comandas y escribió brevemente el sueño, sin entrar en detalles como la visión de sus compañeros en paños menores.
No era la falta de un hombre en su vida lo que había ocasionado el sueño.
¿O sí? Solo escribió lo indispensable para recordarlo y buscar en internet el posible significado del mismo, aunque tenía una idea bastante concreta al respecto: era invisible para el resto del mundo.
Cuando llegó la hora de comenzar su turno y sus compañeros empezaron a acercarse, guardó la libreta en el bolsillo de forma apresurada sin que le diera tiempo a arrancar la página y entró al comedor para preparar el bufé del desayuno.
No se dio cuenta de que esta caía al suelo y Maya la recogía en seguida.
Su compañera no pudo evitar leer el contenido de la primera página y una idea muy divertida se le cruzó por la cabeza, antes de dejarla caer al suelo de nuevo.
Martina se dio cuenta de la pérdida poco después y regresó sobre sus pasos, encontrando la pequeña libreta. Se apresuró a cogerla con rapidez antes de que nadie se percatara y regresó a su trabajo.
A la hora del almuerzo detectó risas y miradas cómplices entre sus compañeros, y una sensación de incomodidad más grande de lo habitual se apoderó de ella.
Fingió ignorarlo, deseando que por fin terminara la jornada y marcharse a casa.
Era el último día de turno de mañana, la semana siguiente Sofía o Celso irían a recogerla a la salida y pasaría menos frío.
No había nadie en el vestuario cuando entró a cambiarse, algo extraño. Por algún motivo sus compañeros se habían entretenido. Se apresuró a desnudarse y ponerse su ropa para irse a casa antes de que llegaran. No deseaba ver a nadie más aquel día.