Me ves o no me ves Capítulo 1
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Me ves o no me ves

Me ves o no me ves

Por Ana Alvarez

© inepub.com

Capítulo 1

M artina llegó al hotel donde trabajaba, como cada mañana.

Formaba parte del personal de sala y su trabajo consistía en atender las mesas del comedor en desayuno, almuerzo y cena en dos turnos rotatorios, de mañana o de tarde.

La cena no se servía en modo bufé, sino mediante carta, y su labor consistía en tomar nota, servir las comandas y dejar el comedor preparado para la siguiente comida.

Prefería el turno de mañana, que incluía desayunos y almuerzos, en los que solo debía ocuparse de poner las mesas y retirar los platos después de que los clientes las abandonaran.

En el de tarde le correspondía atender el segundo turno del almuerzo y la cena, con atención más personalizada a los clientes en esta última.

También salía a una hora tardía en la que no había ya trenes hacia Fuenlabrada y su hermana o su cuñado, con los que convivía en esta localidad, se veían obligados a ir a recogerla a la salida.

No le entusiasmaba su trabajo, la atención al público no era lo suyo, pero mientras no encontrara otra cosa, formaría parte del personal de servicio del hotel Imperial.

Su carácter tímido y poco atrevido le había impedido conseguir otro empleo y se negaba a vivir con su hermana sin contribuir a la economía familiar.

A veces tenía la impresión de ser invisible tanto para los compañeros como para los clientes del hotel.

Saludaba —de acuerdo, lo hacía muy bajito, como si temiera molestar— y a veces no le respondía nadie.

Entraba en el vestuario a cambiarse y ni la miraban, seguían con la conversación que mantenían como si estuvieran solos.

No tenía amigos en el trabajo, solo compañeros que la ignoraban.

A veces escuchaba que quedaban después de salir o en el día libre para tomar algo, pero nunca la habían invitado a unirse a ellos. Sus salidas siempre eran con su hermana Sofía y su cuñado Celso, que jamás le hicieron sentir que molestaba en sus vidas.

Había doce años de diferencia entre Sofía y ella y la había acogido con agrado en su casa a la muerte de sus padres, cuando se quedó sola en el pueblo y con pocos recursos económicos. El único empleo que había conseguido en Madrid era en el hotel, y mientras no hallara otra cosa, allí seguiría.

Aquella semana tenía turno de mañana, entraba a las siete, por lo que no tenía problema con los trenes pues estos funcionaban desde temprano.

Llegó al vestuario de las primeras, el espacio era unisex y había dos turnos para cambiarse.

La primera media hora les correspondía a las mujeres y, a continuación, a los hombres.

Martina nunca había llegado tarde, no quería arriesgarse a tener que desnudarse delante de sus compañeros varones, y se cambió el vaquero y el jersey negro de cuello vuelto que llevaba por el uniforme, consistente en pantalón negro, camisa blanca y chaleco de rayas blanco y negro.

A pesar de la calefacción, siempre estaba helada, pues era muy friolera y el clima de Madrid era muy diferente al del pueblo malagueño donde había residido hasta hacía dos años.

Al principio de trabajar en el hotel, en invierno, había llevado debajo de la blusa del uniforme una camiseta térmica, pero en seguida notó las risas de sus compañeras al verla y decidió suprimirla. Mejor un poco de frío que las burlas generalizadas. Llevaba mal las burlas de los demás.

Había terminado de cambiarse cuando entraron Elisa y Maya, que casi siempre iban juntas porque compartían vehículo, y como tenía por costumbre, saludó. Tal vez algún día la vieran, o la oyeran, y respondieran a su saludo. Pocas veces lo hacían.

—Buenos días.

Nadie contestó. Resignada, abandonó el vestuario y se dirigió al comedor. Era un poco pronto para incorporarse, pero prefería trabajar a unirse, como un convidado de piedra, al corrillo de compañeros que intercambiaban confidencias antes de entrar al comedor.

Conocía su trabajo a la perfección y se dedicó a ello.

Desde hacía dos días el jefe de sala se había dado de baja por enfermedad y, mientras se reponía, cubría su puesto uno de los camareros de mayor antigüedad y experiencia, Michel, un tipo engreído y que siempre había sido muy desagradable con ella, uno de los que más se burlaban, por lo que se esforzó en no cometer ningún fallo.

Si la pillaba en uno, no tendría piedad y la humillaría incluso delante de los clientes.

Realizó su tarea como cada día durante el desayuno, y a las doce, antes de que abriera el comedor a la una para los huéspedes y clientes, se dirigió al del personal para almorzar.

El trabajo incluía una comida al día para los empleados, almuerzo o cena según el turno, que se realizaba antes de la de los huéspedes.

En el comedor había mesas con capacidad para seis personas, y los asistentes solían sentarse en grupos, pero después de que las primeras veces se hubiera incorporado a algunas de las reuniones y nadie le dirigiera la palabra, había optado por sentarse sola.

Se acomodó en una mesa y se sirvió la comida.

En general el menú de los empleados consistía en dos primeros, dos segundos y dos postres a elegir, y era completo y de buena calidad.

Martina se sirvió unas raciones generosas.

Era bastante delgada, y disfrutaba de la comida donde algunas de sus compañeras se limitaban a contar calorías.

Era normal, le decía el espejo, como normales eran su pelo castaño y lacio y sus ojos marrones.

Nada destacaba en su físico, por lo que no le extrañaba que nadie reparara en ella cuando estaba cerca.

El turno terminó a las tres y media, y de nuevo se dirigió al vestuario para cambiarse. Nadie se hizo eco de su presencia cuando entró, todas estaban muy ocupadas hablando de las noticias que corrían sobre el jefe de sala. Se limitó a escuchar.

—Al parecer, la enfermedad de Sixto va para largo.

—¿Y eso?

—Depresión. Le van a dar una baja muy prolongada.

—¿Crees que le darán el cargo a Michel?

—¡Ojalá! Con él tenemos manga ancha, nos cubrirá cualquier retraso que podamos sufrir.

A menudo Elisa y Maya llegaban con la hora muy justa y en alguna ocasión habían tenido que compartir vestuario con el personal masculino. Martina pensaba que lo hacían a propósito, pues Michel era bien parecido y a ambas amigas parecía caerles muy bien. Y ellas a él.

Mientras esperaba el tren de cercanías en la estación de Atocha, la más cercana al hotel, deseó con todas sus fuerzas que no fuera Michel el elegido para sustituir al anterior jefe de sala, mientras durase su enfermedad, porque ella no saldría beneficiada con el cambio.

Llegó a casa y encontró a su hermana leyendo, sentada en el sofá.

Nunca le había comentado los problemas que tenía con los compañeros de trabajo, pues Sofía insistiría en que lo dejase y buscase otra cosa.

Era para ella la hija que no había tenido más que una hermana pequeña.

Continuaba protegiéndola como había hecho de niña, pero ya no lo era.

Era una mujer y se sentía muy capaz de soportar unas burlas o un poco de indiferencia.

—Hola, cariño —la saludó al verla llegar—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Como siempre. Ya sabes que mi trabajo no es muy interesante —respondió sin dar muestra del desánimo que solía acompañar a su jornada laboral.

—¡Quién sabe si algún día llegará al hotel un actor famoso o algún cantante!

—Esos se alojan en otros sitios con más estrellas. El Imperial solo tiene tres.

—O algún chico guapo.

—Que se enamorará de mí locamente mientras le sirvo los espaguetis, ¿no? Eso no sucederá, Sofía. Me temo que me vas a tener que soportar en tu casa por muchos años.

—Ningún inconveniente por mi parte ni por la de Celso, ya lo sabes. Pero ya te llegará tu príncipe azul.

—Lo preferiría de color carne humana, ya sea blanca, negra o de cualquier otro tono. El azul, para los extraterrestres.

Ambas rieron.

—Enseguida me cambio y preparo el café —propuso.

Tenían la costumbre de tomar esa infusión cuando Martina llegaba del trabajo, y compartir un rato de charla o la visión de alguna serie o película, mientras esperaban que llegara Celso, cosa que sucedía sobre las siete y media o las ocho de la tarde, hora en que prepararían la cena.

Sofía era funcionaria y tenía horario de siete a tres, igual que Martina en el turno de mañana.

En su casa Martina se sentía feliz, arropada por los suyos, y la tarde transcurrió relajada una vez más.

Tal vez su hermana tuviera razón y algún día llegaría a su vida ese hombre para el que no sería invisible, que la descubriría y se enamoraría de ella locamente.

Bueno, con que se enamorara le bastaba, tampoco pedía imposibles.

A sus veintisiete años solo había vivido amores platónicos en la distancia hacia un compañero del instituto y después por un vecino con el que solo compartió unas pocas semanas y menos besos.

A menudo se preguntaba si habría en el mundo un hombre para ella, lo que solían llamar la media naranja. ¡Mientras no fuera medio limón!

***

Martina se encontraba en el hotel de nuevo.

En esta ocasión sus compañeras la saludaron al entrar en el vestuario y se sorprendió, porque su llegada no solía provocar ninguna reacción, pero a ella le habían enseñado a saludar al llegar y marcharse de los sitios y se negaba a ser tan maleducada como sus compañeras, y siempre lo hacía al entrar.

—Buenos días, Martina —dijo Maya al verla.

—Buenos días —respondió con la esperanza de que las cosas cambiaran. Era la primera vez que el saludo provenía de ellas.

Se despojó del pantalón y el jersey y, tiritando a causa del frío, se puso el uniforme con premura.

Desde ese momento sus compañeras parecieron ignorarla.

Miraron a su alrededor como si no la vieran, continuando con la conversación sobre la enfermedad del jefe de sala.

Y de pronto, una pregunta que la desconcertó.

—¿Ya se ha marchado Martina? —preguntó Maya—. No me he dado cuenta.

—No me he marchado, sigo aquí —dijo en voz alta.