Me ves o no me ves Epílogo
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Epílogo

D os años después

Juanjo y Martina subieron de la mano hasta otro más de los pisos que llevaban viendo desde hacía días.

Había llegado el momento de dejar el que llevaban dos años compartiendo con Asier y buscar su propio nido.

Aquel también tenía ahora pareja y cuatro personas eran demasiadas para convivir en el pequeño piso.

Habían esperado hasta que ella terminara los estudios y dispusiera de un sueldo mejor.

Al fin había conseguido un trabajo como informática después del esfuerzo de trabajar duro en el hotel y estudiar a la vez, pero los chicos la habían ayudado mucho liberándola de las tareas domésticas, salvo de la cocina, que compartían: ella cocinaba y los dos se ocupaban de fregar platos y recoger, para que pudiera estudiar.

Ahora comprendía que Juanjo hubiera extrañado la convivencia con su amigo, también a ella le había resultado muy fácil integrarse en la vida de los dos amigos y echaría de menos a Asier.

Por eso buscaban un piso en la misma zona, para no distanciarse demasiado.

Para seguir jugando interminables partidas de videojuegos.

Mientras estudiaba en su habitación los escuchaba competir con la videoconsola y tenía que reprimir las ganas de cerrar los libros y unirse a ellos, pero se contenía.

Sacar adelante el módulo de informática para adultos era su prioridad, lo que les permitiría a Juanjo y a ella dar un paso más en su relación y en su vida.

Y eso estaban haciendo aquella tarde, viendo uno más de los pisos que la inmobiliaria les había propuesto para alquilar con opción a compra en el futuro.

Nada más el agente inmobiliario abrió la puerta una oleada de luz les recibió, iluminando un amplio salón que daba acceso a una gran cristalera por la que se filtraba el sol de la tarde.

Se miraron y sonrieron, asintiendo con la cabeza.

Algunos de los pisos desestimados tenían poca luz, y era uno de los requisitos que ambos deseaban para su nueva casa.

Se dejaron conducir a tres habitaciones más, todas igual de luminosas.

Martina necesitaría un despacho donde instalar un ordenador potente en el que trabajar, pues la empresa que la había contratado se hallaba en Madrid y le permitía teletrabajar desde Toledo.

Solo de vez en cuando debería ir a la capital de forma presencial.

Una cocina amplia y un baño con una bañera enorme terminaron de convencerlos.

—Me veo viviendo aquí —comentó Martina con seguridad—. ¿A ti también te gusta?

—Mucho.

—¿Decidido entonces? ¿Nos lo quedamos?

—Sí, nos lo quedamos.

Se cogieron de la mano para celebrar que habían encontrado, al fin, dónde empezar su nueva vida. Delante del agente no les apetecía dar más muestras de su alegría.

Habían visto más pisos, todos dentro del rango de precio y localización que habían solicitado a la inmobiliaria, pero ninguno había terminado de convencerles.

Siempre uno de los dos le encontraba alguna pega, hasta que vieron ese.

Solo habían tenido que mirarse para saberlo. Aquel sería su hogar en el futuro.

***

Por fin el piso era suyo, el papeleo, que se les antojó demasiado largo, había terminado y tenían las llaves en la mano.

Como dos furtivos, provistos de una botella de cava y dos copas, abrieron la puerta y entraron con la libertad que les daba saber que era suyo, y la intimidad de estar a solas.

Estaban impacientes por celebrar el acontecimiento y se habían escapado para disfrutar el momento, antes de quedar con Asier, que se había ofrecido a ayudarles al día siguiente a hacer una limpieza a fondo.

El piso no estaba sucio, la inmobiliaria lo había enseñado con un grado aceptable de limpieza, pero tenían la intención de hacer la suya propia.

No había sitio donde poner la botella y las copas salvo en el mueble del lavabo.

Todas las habitaciones estaban vacías, y se dirigieron al baño.

Juanjo abrió el cava con pericia y escanció el líquido dorado en las copas que Martina llevaba en el bolso, envueltas en papel de cocina para evitar que se rompieran.

—Por nosotros. Porque en este piso seamos tan felices o más de lo que somos ahora —propuso Juanjo.

—No creo que se pueda ser más feliz de lo que lo soy en este momento —respondió Martina chocando su copa con la de Juanjo y bebiendo un largo trago.

—¿Seguro?

—Seguro.

Y entonces él metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cajita, que le tendió. El corazón de Martina comenzó a latir con violencia y, mirando a los ojos verdes que la contemplaban con una chispa divertida, supo que sí, que se podía ser más feliz aún.

Abrió la caja y encontró un anillo, sencillo y discreto, en el que había engarzada una piedra verde.

—¿Esto es un anillo de pedida? —preguntó incrédula.

—Por supuesto que lo es: señorita Martina, ¿quieres casarte conmigo?

—Claro que quiero, pero esto… me has pillado por sorpresa —afirmó con la voz algo temblorosa por la emoción.

—¿En serio?

—Habíamos hablado de irnos a vivir solos ahora que también Asier tiene pareja, pero no me imaginaba que quisieras casarte conmigo. Al menos no todavía.

Juanjo cogió la sortija y se la colocó en el dedo. Después le cogió la mano y se la besó, sin dejar de mirarla.

—Tengo miedo de que ahora que vas a trabajar lejos de mí llegue otro jefe que tenga los ojos más bonitos que yo y te dé por soltarle insinuaciones. Pocos hombres pueden resistirse a eso.

—Voy a teletrabajar la mayor parte del tiempo y mi jefe es una jefa. No hay peligro. Porque nadie puede igualar tus ojos, ni tu cuerpo, ni tu boca. Me enamoraste desde el primer momento en que te vi y no te librarás tan fácilmente de mí.

—Esa es mi intención, la de retenerte a mi lado para siempre. Quiero casarme contigo y formar una familia en el futuro. Te quiero toda para mí, para verte, y verte bien, cada día de mi vida.

—Yo también lo deseo, Juanjo, con todas mis fuerzas.

Le agarró la cara entre las manos y la besó, sellando así el futuro que iban a compartir. Después volvieron a beber y a brindar hasta terminar la botella, sin dejar de hacer planes para el futuro.

Cuando ya casi ebrios se disponían a salir del piso, Juanjo hizo un último comentario sobre esa boda que habían decidido que no se demorara mucho.

—¿Y sabes dónde vamos a celebrar el convite de boda?

—No, ¿dónde?

—En el Imperial de Madrid, para que una serie de cabrones tengan que servirte y agasajarte.

—Y morirse de envidia, porque yo sé que alguna le había echado el ojo al nuevo y atractivo jefe de sala. Lo escuché en una ocasión, cuando era invisible.

—Pues que se jodan. Porque se lo llevó la mejor de las camareras, la más atrevida y la mejor de las mujeres.

—¡Que se jodan!

Exclamó eufórica y lo besó de nuevo. Se casarían y formarían su propia familia, y nunca más sería invisible para nadie.