Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 60 #3
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Capítulo 60 #3

En el vestíbulo del teatro, los padres de Ester, su hermano (que había venido al pueblo solo para la ocasión) y sus amigas; los suegros de Matías y su cuñada; un montón de amigos y familiares de Olga y también de Cecilio.

Muchísimas personas queridas para todos ellos se fueron acercando para felicitar a los actores, que se encontraban en una nube.

Cuando Olga creyó haber despedido a todos los que habían ido por ella, todavía quedaba una persona más.

Al verla, abrió mucho los ojos, con sorpresa, y anduvo hacia ella.

Era su suegra. «Exsuegra», se corrigió mentalmente.

Se abrazaron con profundo cariño. La señora le habló a Olga, poniéndole una mano en la mejilla.

Olga tomó esa mano y la rodeó con las suyas antes de volver a besarla y dejarla ir.

Se tomó un par de segundos para recomponerse, plantar una supersonrisa en su rostro y volver a unirse a los demás.

También Matías vio una cara conocida e inesperada, que le sonreía entre la multitud de cabezas.

—¡Ostras, qué sorpresa, Diana! —dijo Matías, dándole dos besos y un abrazo a la chica.

—¡Enhorabuena! Ha estado chulísimo —le felicitó la chica.

—¡Muchas gracias! ¡He pasado unos nervios terribles! —confesó Matías.

—No se te notaba nada, aunque me lo imagino —le dijo ella, sonriente—. Hay que ser muy valiente para subirse ahí.

—Y, ¡ey! ¿Cómo estás? —Matías la miró con una mirada que, para ella, tenía todo un significado. No era un «cómo estás» de cortesía.

—Matías. Estoy feliz, de verdad —le contestó ella, tranquilizándolo.

—¿De verdad? —le preguntó él, como asegurándose de que podía sentir alivio.

—De verdad. No te guardo rencor, si eso te preocupa.

Por toda respuesta, Matías abrazó a su extrabajadora; aquella a la que su madre había obligado a echar. Y se alegró de poder decir lo siguiente:

—Ya no estoy allí yo tampoco, ¿sabes? En parte, lo tuyo fue un detonante —confesó. Ella abrió mucho los ojos—. Escucha, ¿nos tomamos un café un día de estos?

—¡Sí, por favor! —le contestó.

Se despidieron, y Matías se quedó flotando aún más, si es que eso se podía.

Cuando, finalmente, todos se dispersaron, el ambiente quedó dominado por un intercambio de miradas entre Vicente, con una ceja levantada, y Cecilio, ilusionado y expectante por ver su reacción.

Cecilio invitó a Vicente a cenar con ellos y este, si ya de normal habría aceptado, lo hizo con más razón, vista la cantidad de preguntas que se agolpaban en su cabeza.

—Me tenéis que explicar todo esto, ¿eh?

—¿Nosotros? Nos lo tendrás que explicar tú, Santiago —le contestó Cecilio.

De modo que se fueron los cinco caminando al restaurante, comentando lo llenísimo que había estado el teatro, lo mucho que los habían felicitado o explicando cómo de bien o mal lo habían pasado. Era una noche fría y húmeda, pero no parecía importarles porque iban borrachos de éxito.

En un momento dado, Olga frenó a Vicente y le dio el bolso para que se lo sujetara mientras se ataba el cordón.

Al girarse Matías para esperarlos, Olga le hizo un gesto con la mano para que fuesen tirando.

Cuando ya se encontraban a una distancia prudencial, se levantó, recuperó el bolso y retomó la marcha.

—Hace un frío que pela —dijo Vicente, ajustándose la capucha. Olga contestó con un sonido de asentimiento ininteligible—. ¿Un plátano ahora? No vas a cenar.

—¿Y qué hago si tengo hambre?

Caminaron un poco más en silencio. Cuesta abajo. Vicente, con las manos en los bolsillos. Olga, zampando.

—Cuando nos vimos en el cementerio… el día que nos conocimos… —tanteó Olga.

—¿Sí?

—¿Tú qué sabes? —le preguntó sin más rodeos.

—¿Yo? Nada —contestó enseguida Vicente—. ¿Tú qué sabes?

—¿Qué sé de qué?

—De lo que tú quieres saber si yo sé algo…

—Ya… Yo no sé nada —lo imitó Olga. Se paró para lanzar la cáscara a una papelera. Encanastó. Y volvió a la carga—. Pero si supieras algo, ¿qué sabrías?

—Eso te pregunto yo a ti.

—Eso me preguntas tú a mí… —Olga se quedó pensativa—. Si yo supiera algo… en el remoto caso de que supiera algo, ¿no? —dijo, y Vicente asintió con la cabeza—, sabría algo sobre una maniobra que ni los GEOS, un plan digno del Equipo A, una emboscada sin parangón.

—Hala, hala, una emboscada tampoco, mujer.

—¿Y tú para qué me dices que no sabes nada cuando los dos sabemos que lo sabes todo?

—Ya… —reconoció Vicente—. No fue una emboscada. ¿Un plan? Puede ser, supongo que sí. Pero sobre todo fue un acto de amor.

Noviembre 2023

Olga volvió a abrir el cajón del escritorio en el que no estaba el cargador solo para terminar de procesar lo que había visto en apenas una milésima de segundo.

Cogió el folleto y se sentó a ojearlo mientras se movía de un lado a otro con la silla giratoria.

Volvía una y otra vez al quinto punto, a ese «teatro» rodeado que descartaba otras opciones, cerciorándose, cada una de las veces, de que su mente no estaba deduciendo de más y que solo había una explicación posible a eso.

«La madre que la parió, qué jefaza».

Después del teatro. Febrero de 2024

—No nos juntó para hacer la obra; hizo la obra para juntarnos. Por supuesto que sé que fue un acto de amor. Y fíjate lo que te digo: si fue una encerrona, se la perdonamos.