Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 60 #2
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Capítulo 60 #2

En ese momento, se sobresaltaron porque alguien volvía a entrar por un lateral. Por suerte, solo era Vicente, que se unió a ellos con la ilusión pintada en la cara. Al ver la estampa, se le borró.

—Pero, bueno, qué caras… chicos, no os preocupéis.

¡Seguro que os sale increíble! —los quiso animar.

Nadie le aclaró nada—. Yo solo quería desearos mucha mierda.

Venga, no os entretengo —añadió. Todos se lo agradecieron y Vicente comenzó a irse dirección al patio de butacas exclamando—: ¡Estoy deseando verla!

Con este secretismo que os habéis traído, me habéis creado muchísima expectación.

Cuando, en su día, Vicente les había mencionado que no sabía realmente en qué consistía la obra, Cecilio había decidido guardar el secreto. Vicente había pensado que esa decisión había sido una divertida excentricidad del nuevo director, sin más.

Justo antes de que se fuese, Cecilio llamó su atención:

—¡Vicente! Tu cumpleaños, ¿puede ser que sea el veinticinco de julio? —le preguntó. El aludido entornó los ojos.

—Sí. ¿Por? ¿Cómo…?

Cecilio lo cortó:

—Nada, nada. Cosas mías. Luego te cuento.

Cuando se fue, los otros tres lo miraron, inquisitivos.

—¿Os acordáis de cuando mencionasteis la fecha del cumpleaños de Lola; el dos de febrero? Yo no lo sabía. Resulta que mi madre cumplía años el día uno y siempre decía que cumplía la víspera de la Candelaria. Por eso sé que el día dos de febrero es el día de la Candelaria. —Y concluyó—: ¿Casualidad?

Matías miraba a Cecilio, tratando de hilar. Olga y Ester lo hicieron de inmediato, y fue esta última la que habló:

—¿Deduzco entonces que el veinticinco de julio es «San Santiago»?

—Premio para la señorita —dijo Cecilio, sonriente.

Los ojos de Matías ahora sí se abrieron.

—Pero ¿por qué no le has dicho nada?

—Se tenía que enterar así. —Dibujó una sonrisa tierna—. Si Lola no se lo contó, no lo íbamos a hacer nosotros.

De repente, una voz clara y potente interrumpió su conversación: «Señoras y señores, en diez minutos dará comienzo la representación. Les rogamos que vayan tomando asiento y que apaguen sus teléfonos móviles. Muchas gracias».

Cecilio, Olga, Ester y Matías ultimaron lo poco que faltaba, susurraron sus ánimos entre ellos, recibieron las últimas indicaciones de Cecilio, tomaron posiciones y aguardaron.

Ante la señal del regidor, Cecilio salió al escenario, justo antes de que comenzara la función.

—Muy buenas tardes a todos. Y muchísimas gracias por venir. La obra que vais a ver hoy es el sueño hecho realidad de una mente inquieta y un corazón enorme.

»Una mente tan inquieta como dispersa, que escribió una obra pero no la tituló. No íbamos a hacerlo nosotros en su lugar, así que hemos querido llamarla La obra de Lola porque… ¡bueno!… es una obra y es de Lola.

»Esperamos, de corazón, que la disfrutéis y que tengáis consideración por estos pobres actores que en la vida pensaron pisar un escenario y a quienes Lola arrastró en su locura.

»Lola, allá donde estés, va por ti.

Cecilio desapareció y se abrió el telón.

Todos aparecieron en escena, pero solo Ester/Candelaria-joven y Matías/Santiago-joven estaban iluminados. Con la primera frase de Matías, los nervios de ambos se transformaron en otra cosa. En una cosa maravillosa que solo se experimenta encima de un escenario.

En el público, un montón de rostros queridos y familiares; muchos otros desconocidos. Entremezclado entre todos ellos, tan contento y despreocupado, y también algo emocionado, Vicente.

Atendía a la actuación, pensando en que Lola estaría orgullosa, pues no lo hacían nada mal.

Disfrutaba pensando en que esas palabras habían salido de la pluma de su amiga.

Pero este hilo de pensamientos se paró en seco en cuanto escuchó el nombre de los personajes.

Y cuando apareció en escena la pulsera del sol directamente cortocircuitó.

La función transcurrió sin grandes contratiempos.

Cecilio llamó a Olga por su nombre real, pero esta lo solucionó, como una vez en los ensayos, preguntando, celosa, quién era esa tal Olga.

Luego, a Ester se le atascó el cierre de la pulsera y se puso nerviosa, pero Matías lo consiguió quitar finalmente.

Por su parte, el técnico de luces iluminó por un momento a la pareja que no tocaba, Matías y Ester, que se quedaron inmóviles, solo mirándose de reojo, hasta que se solucionó el error.

Nada grave. Y terminó con Olga/Candelaria-adulta y su «las almas que están destinadas a estar juntas, encuentran la forma de reencontrarse».

Telón y aplauso. Cogidos de la mano y saludando, felices y sonrientes, los actores salieron y recibieron una ovación que no cesaba.

Desaparecieron del escenario e hicieron un bis al continuar los vítores.

Saludaron de nuevo. Ester apenas podía contener la emoción y a Matías le dolían las mejillas de tanto sonreír.

Al fin, cesaron los aplausos, volvieron los actores a bambalinas y el telón se cerró para no volver a abrirse.

Y, con eso, terminó también ese hilo que les unía a Lola y, en cierto modo, a ellos.

Desde luego, había muchos otros; pero ese, en concreto, la obra de Lola que los había unido, ese, terminó ahí, con ese telón.

Así que, al subidón de adrenalina que acababan de experimentar, se les unió una sensación que en cierto modo les oprimió el pecho, como una nostalgia del presente.

No es que ninguno de ellos echara de menos algo feliz del pasado; lo que anhelaban era la ilusión de que algo del presente fuera diferente.

En definitiva: echar de menos no lo que fue, sino lo que tendría que estar siendo.

Y lo que tendría que estar siendo era Lola detrás del telón con ellos.

Abrazándolos, ilusionada. Con los ojos radiantes de felicidad.

Con una sonrisa en la cara, más bien carcajada, con toda la tensión ya liberada.

Saliendo a saludar con ellos. Matías la alzaría, Cecilio la estrujaría, Ester se dejaría achuchar por ella y Olga le pasaría el brazo por encima. Pero no. Ni fue así ni iba a ser.

Sin embargo, esa sensación se desvaneció para ser sustituida por lo que sí, realmente, tenían. Porque quienes entraron en ese preciso instante fueron la mujer, los hijos y la hermana de Matías. Los niños se lanzaron a los brazos de su padre, y Lucía e Inés felicitaron a todos con besos y abrazos.

Otro rostro que solo uno de ellos conocía asomó, sin atreverse a entrar, como si no estuviera seguro de poder estar ahí. Cecilio levantó las cejas y sonrió al ver a su sobrino. Desde aquel día en que se abrazara a él junto al cuerpo sin vida de Ana no se habían visto tanto como le habría gustado.

—Pero ¡qué haces aquí! —le dijo, abrazándolo.

—No me lo iba a perder por nada del mundo —le contestó—. Tío, ¡has estado impresionante!

—¡Gracias! —dijo Cecilio—. No sé yo si tanto como «impresionante», pero estoy contento.

—Tía Ana habría estado orgullosa, ¡y lo sabes! —le dijo tiernamente. Y se corrigió a sí mismo—: Bueno, mejor dicho, ¡lo está!

—Eso quiero pensar.

—Seguro que sí —dijo su sobrino.

—No me la he quitado de la cabeza en todo el rato… —confesó Cecilio.

Su sobrino lo abrazó de nuevo y, tras separarse de él, le dijo:

—¡Te veo fuera!