Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 60
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Capítulo 60

—¡¿Dónde está la puta pulsera del sol?! —preguntó Matías, desquiciado.

—¡Ey, Mati! Tranquilo, hombre —lo trató de calmar Ester con el poco temple que le quedaba a ella—. La tengo yo.

—Vale, vale, vale, perdona. Vale, vale… —Se fue, rumiando para sí, entre bambalinas.

Ester se asomó por un lateral para ver el patio de butacas. El corazón le latía rapidísimo; tenía la boca más seca que en toda su vida. En ese momento, se le acercó Cecilio.

—Ester, deja de hacer eso —la riñó paternalmente—. Cuando salgas ahí con los focos no vas a ver a nadie, tranquila.

—¡No voy a poder, Cecilio! ¡No voy a poder! —se lamentó, desesperada.

—Es como si fuera un ensayo más. Claro que vas a poder —le contestó Cecilio con seguridad.

—¿En qué momento cambiamos el hacerlo delante de veinte viejos, perdón, ancianos, a hacerlo en el teatro? ¿Por qué razón? —preguntó, agobiada, enfadada, histérica y desbordada.

—¡Cosas de Lola! —le restó importancia Cecilio—. Ven, anda, ven —le dijo mientras le tendía los brazos.

Cuando Lola le había pasado el testigo a Cecilio, también le había informado, con orgullo y como si nada, de las magníficas gestiones que había realizado para poder representar la función en el teatro de allí del pueblo, que había sido remodelado hacía poco y se había quedado estupendo.

Era pequeño pero tenía su patio de butacas, sus palcos y su anfiteatro; en fin, que era un señor teatrito. No era grande pero era igualmente terrorífico si nunca te habías subido a un escenario.

Todo ese trabajo extra que había supuesto ese cambio para Cecilio a Lola pareció no importarle.

Buscar un técnico de luces; las gestiones con el ayuntamiento; ensayar cómo proyectar las voces en un espacio mucho mayor; ampliar algo más (algo más que solo dos sillas) el decorado para que el escenario no quedase vacío…

Cuantísimo jaleo para Cecilio. ¡Y cuánto lo había disfrutado!

Al hacerla en el teatro, la obra obtuvo mucha más publicidad, no solo por el propio programa y la cartelería, sino también porque se hicieron eco la radio y la tele locales.

Eso también fue en parte porque a Lola se le había ocurrido que se podría cobrar una pequeña entrada y donar lo recaudado a la residencia de ancianos.

Por eso, entre el público que acudió porque conocía a Lola o a los actores, el que fue por colaborar con la causa y el que fue porque, simplemente, quería ver la representación el resultado fue el teatro a reventar.

Para ilusión de Lola, si lo hubiera visto, pero para terror de Ester en ese momento.

Mientras estaban abrazados, se les acercó Olga.

—Cecilio, tenemos a Matías en crisis. Mira a ver si puedes hacer algo —le pidió.

—Intercambio —le respondió Cecilio mientras soltaba a Ester para ir a buscar a Matías.

Olga dirigió a Ester a un banco que había al fondo de bambalinas y la invitó a sentarse con ella, enfrentadas una a la otra. Ester estaba hiperventilando.

—Ester, ¿qué pasa? Está bien, está todo controlado.

—No sé… —respondió Ester.

—Anda, trae, respira a mi ritmo —le ordenó, con ternura pero sin dejar lugar a réplica.

Olga tomó la mano de Ester y la llevó a su pecho, cubriéndola con la suya. Al mismo tiempo, colocó su mano sobre el pecho de Ester que puso su mano sobre la de Olga. Cerró los ojos y respiró despacio, buscando calmar la respiración de Ester.

—No me fastidies, Olga. ¿Pretendes que me calme así?

El comentario hizo reír a Olga, pero no abrió los ojos y se limitó a decir:

— Shhh , venga, concentración. Cierra los ojos.

Cuando Olga logró que Ester bajara de revoluciones, habló:

—Relativiza, Ester. No estás en peligro, nada malo te va a pasar —le dijo con calma.

—¿Y si se me olvida el texto? —se lamentó Ester.

—Seamos realistas. Fuiste la primera en aprendértelo y nunca te has equivocado. ¿Es posible? Sí. ¿Es probable? No —determinó—. Es mucho más fácil que se me olvide a mí y aquí estoy.

—Ya, pero… —intervino Ester.

Olga la interrumpió:

—¡Y! En el improbable caso de que eso ocurra, hemos ensayado cómo salir del paso. Además, nadie sabe tus frases, nadie se va a dar cuenta —terminó de decir Olga.

—No sé si me convences —dudó Ester.

—Ester, que lo peor que te pase en esta vida sea hacer el ridículo —sentenció Olga. Tras unos segundos, le preguntó—: ¿Mejor?

—Visto así… —se conformó Ester. Y le respondió—: Algo mejor, sí. ¿Respiramos un poco más?

—Esto ya es vicio —bromeó Olga.

—Si es que me tienes a dos velas —la acusó Ester, sonriendo, mientras también ella volvía a concentrarse en la respiración.

—¿Yo a ti? Eres tú la que está a tope con el Tinder y no te acuerdas de tu amiga —se la devolvió Olga.

— Pfff … ahí no hay nada que merezca la pena —se quejó Ester.

—No jodas, que ahora soy una señora soltera. Pensaba pedirte consejo para hincharme a follar. Pero bueno… ¡siempre nos quedarán los viernes de pelipizza ! —dijo Olga mientras se levantó apresurada, dejando a Ester sin posibilidad de respuesta—. ¡Voy a mear rápido!

Al mismo tiempo que Olga volvía del baño apareció Cecilio con un Matías algo más calmado. Reunidos los cuatro de nuevo, se dispusieron a hacer una última italiana, pero, al poco de empezar, fueron interrumpidos.

—¿No me pensabas invitar?

Matías se tensó al escuchar a su madre. Se giró, pero no se movió del sitio.

—No pensaba que quisieras venir.

—¿Y dejar que me lo cuenten? Tendré que saber la vergüenza a la que me enfrento cuando luego me paren por el pueblo —dijo ella mientras daba un par de pasos hacia ellos como si el teatro fuera suyo.

—Mamá, para esto vete, de verdad —contestó Matías, cansado—. No quiero discutir.

Beatriz hizo caso omiso y siguió avanzando mientras hablaba:

—¡Me pensaba que al menos sería una obra de verdad! Algo medio digno de ver. Y voy y me entero de que la ha escrito Lola. ¡Ni más ni menos! ¿Es verdad?

Pero quien contestó no fue Matías.

Olga dio tres zancadas, casi militares, y se plantó a dos palmos de Beatriz.

—Tendrías que lavarte la boca para nombrar a Lola. Aquí no

pintas nada. Yo de ti me iría.

—¿Y tú eres? —preguntó Beatriz, sin hacer amago alguno de moverse del sitio, con una sonrisa de suficiencia. Sonrisa que se congeló en su rostro al contemplar la determinación en los ojos de enfrente y una mano que la agarraba del brazo.

—Ay, no, amiga. A mí con tonterías no. Venga, a tomar por culo, pero rapidito —dijo Olga mientras la giraba en dirección a la salida—. Fuera de aquí.

—¡¿Qué haces tocándome?! —le gritó Beatriz, sacudiendo el brazo para deshacerse de la mano de Olga.

—¡Como no te largues lo que te toco es la cara!

Beatriz buscó a Matías de lejos, pero Olga se interpuso entre los dos para intentar evitar el cruce de miradas. Cuando Beatriz finalmente logró hacer contacto visual le gritó:

—¡No sabía que tenía un hijo tan cobarde!

Matías se le acercó despacio, con las manos en los bolsillos y arrastrando los pies, con cansancio y decepción, negando con la cabeza. Conforme la alcanzó, Olga se alejó para darles algo de espacio.

—Grande, mamá. —Dejó escapar aire por la nariz—. Nunca dejarás de sorprenderme, tío. —Y suspiró antes de decir lo siguiente—: Te vas a ir. Pero te vas a ir de aquí y te vas a ir de mi vida. Y ya está.

No dijo más nada. Se giró, dejando a su madre con cualquier réplica que hubiera querido articular en la boca. Olga comenzó a caminar hacia ella, sin dejarle más opción que la de darse la vuelta e irse, y Beatriz lo hizo, mascullando entre dientes algo de una denuncia que le iba a poner.

Olga le dijo algo en voz baja a un trabajador del teatro que había aparecido por allí al escuchar los gritos y se volvió con los demás. Ester y Cecilio acompañaron a cierta distancia, y en silencio, a Matías, que caminaba hacia una butaca en la que se desplomó.

Con la cabeza apoyada en la pared, y mirando hacia el techo, hacia todo el entramado de focos, poleas y mecanismos internos, intentaba contenerse, pero le temblaba la barbilla tan fuerte que no podía disimularlo por más que mordiese fuerte con las muelas para controlarlo.

Cerró los ojos y dos gotones de lágrimas resbalaron por cada una de sus mejillas, siguiendo su recorrido por el cuello.

Olga, aún con la adrenalina por las nubes, farfullando para ella misma un «ya está bien con la mierda esta, hombre», cogió un taburete y lo puso con brío delante de Matías, entre sus piernas abiertas, muy cerca de él.

Supercerca. Entonces, hizo un esfuerzo por dejar su ira a un lado y pasó con delicadeza las palmas de sus manos por el rostro de Matías, llevándose con ellas las lágrimas, que se secó en su camiseta.

Cuando tomó de nuevo su cara entre las manos fue para obligarlo a que la mirase a los ojos.

Tomó aire y lo soltó, esperando a que las pulsaciones bajasen un poco más.

—No va a estar, ¿vale? Le he dicho al conserje que no la deje entrar a vernos —le dijo.

Matías solo asintió—. Matías, mi amor. Tu madre está rota.

No la odies si no quieres, pero trátala como a una enferma porque lo está.

No eres tú. Tú eres maravilloso, ¿me oyes?

Y haces nuestra vida maravillosa. Tu madre no tiene remedio.

No la necesitas en tu vida y, además, no te merece.

Tenerte, Matías, escúchame bien, tenerte es un privilegio.

Te quiero mucho. Todos te queremos mucho.

Y tu madre no va a poder con eso. Lo vas a conseguir, no tengo ninguna duda.

Quizá habría cabido un abrazo ahí. Pero no lo hubo.

Lo sustituyó una mirada intensa y sostenida por parte de ambos.

La de Olga escrutaba a Matías, queriendo asegurarse de que este entendía y asimilaba cada una de las palabras que ella le había dicho.

Y la de Matías intentaba descifrar algo.

Cuando lo logró, ladeó la cabeza, como un perro cuando escucha un sonido, y, sin dejar de mirarla, para su sorpresa, se le escapó una media sonrisa.

—Te has parecido terroríficamente a mi tía.