Capítulo 59
—Recuerdo el día en el que conocí a tu tía en este banco —narraba Cecilio a Matías—. Yo llorando más amargo que el acíbar delante de una desconocida y ella confesándole a un desconocido que tenía cáncer y que, probablemente, acabaría en esta lápida. —Calló un par de segundos—. Y mira…
—Qué gran primer encuentro —respondió Matías.
—Parece que haya pasado una vida… y ha pasado solo un año —pensaba Cecilio en voz alta—. ¿En qué momento me iba yo a imaginar que esa mujer iba a poner mi vida patas arriba?
—Y menos mal. Estabas hecho una buena mierda —recordó Matías—. Qué suerte haberla conocido.
—Ya ves. La verdad es que el Padre Karras —este sobrenombre había ganado al de Padre Apeles por cuatro votos a dos— tenía razón en eso: no es una mujer que deje indiferente.
—No era… —lo corrigió Matías con una sonrisa triste en la cara.
—No era… —repitió Cecilio, chocando el hombro de Matías con el suyo—. Tenía un punto de puñetera, pero qué buena era, ¿eh? —Sonrió.
—Superbuena… Por eso se ha muerto joven. No falla —sentenció Matías.
En ese momento, llegó Ester, que se sentó junto a ellos en el banco y se unió a la conversación, que se prolongó hasta que, al rato, llegó Olga.
—Perdón por el retraso. Me he entretenido. —El tono de su voz tenía algo, era frío… o apático.
—¿Todo bien? —preguntó Matías.
Olga negó con la cabeza, como restándole importancia a la pregunta.
—Jaime.
Cecilio les había mandado un wasap al grupo para avisarlos de que iba a estar en el banco a tal hora, para todo el que se quisiera unir. Y todos se habían unido.
—No hay prisa, mujer. No tenemos que ir a ningún sitio —dijo Cecilio.
—¿Cómo estás, cariño? —le dijo Olga a Matías, besándole la cabeza antes de sentarse ella también en el banco—. Haceos para allá.
—Mal. Fatal. Con pesadillas y dolor de barriga —contestó—. ¿Y vosotros?
—Mal —contestaron al unísono los demás.
—No me puedo creer que ya no esté aquí. Parece mentira… una puta pesadilla —se desahogó Olga.
—Sí… —añadió Ester.
—No sé cómo lo voy a hacer —se sinceró Matías.
—Con paciencia y vaselina —replicó, enseguida, Olga—. No hay otra.
—Lo que se traduce —intervino Cecilio al ver a Matías levantar las cejas— en que te des tiempo y te cuides. Y en que te dejes cuidar también. Y podrás, créeme. Y, cuando no puedas, tiraremos de ti. Igual que Lola tiró de mí.
—E igual que Lola también tuvo quien tirara de ella cuando murió tu padre —apuntó Olga.
—Ese creo que fui yo —dijo una voz templada a sus espaldas que sobresaltó a todos.
Ninguno de los cuatro se había percatado de que alguien se había acercado y los escuchaba.
—¡Hombre! ¡El Padre Karras! —exclamó Olga.
El desconocido rio ante ese apelativo.
—¿No había otro cura, Olga?
La aludida dio un respingo exagerado, llevándose una mano al pecho, como si en vez de nombrarla le hubiera echado algo en cara.
—Está feo que sepas mi nombre y yo el tuyo no —le contestó Olga en tono entre acusatorio y despreocupado.
—Lo siento mucho, pero no me culpes a mí. Eso es cosa de tu amiga —contestó.
—¿Y tienes nombre, o prefieres Padre Karras? —inquirió ella. El hombre sonrió.
—Soy Vicente. Encantado de conoceros en persona por fin. ¿Me puedo sentar? —preguntó mientras se acomodaba con agilidad en el suelo, con las piernas cruzadas, sin esperar respuesta.
—¡Siéntese aquí! —dijo Ester, levantándose apresuradamente. Pero Vicente rechazó su ofrecimiento con un movimiento de la mano.
—Tranquila. Y tutéame, por favor, Ester. —Su mirada y su voz destilaban amabilidad.
Los cuatro estaban expectantes. No así Vicente, que se mostraba calmado y a gusto en el silencio.
—Qué quietud. Puedo entender por qué a Lola le gustaba tanto su lápida —comentó Vicente para romper el hielo. Pero el hielo se quedó intacto, porque nadie dijo nada. Todos lo escrutaban—. Gracias, Cecilio, por leer ayer. Fue muy bonito. ¿Os gustó la misa?
A esas palabras, Cecilio solo asintió con la cabeza y fue Matías quien contestó:
—Fue muy bonita… Sospechosamente personalizada —dejó caer Matías.
—No te acuerdas de mí, ¿no, Matías? —preguntó Vicente. Los otros tres miraron a Matías, quien frunció el ceño en dirección al cura—. Es normal. Eras muy joven cuando nos vimos y acababa de morir tu padre.
Lola, 32 años. 2000
—Eso es. Aunque tú hayas sobrevivido, aunque tú conducías, incluso aunque hubiera sido culpa tuya, que no lo fue, merecerías vivir.
— Chsss . Pues no veo por qué.
—Pues no lo veas. Yo sí lo veo. Y todas las personas que te quieren, a las que ayudas y alegras la vida, también. Así que, venga, come un poco, anda.
—Como un poco, lo que tú digas. —Lola cogió una cucharada con cansancio, se la llevó a la boca y volvió a hablar—: ¿Y cuándo dices que te vas?
—Cualquiera diría que tienes prisa —bromeó Vicente—. No lo sé aún. Pero no me pienso ir hasta que no estés del todo bien, Lola.
—Estoy bien —replicó esta.
—Vale. Rectifico. No me pienso ir hasta que yo considere que estás del todo bien —aclaró. Lola fue a contestar, pero Vicente la cortó—: No hay discusión, Lola.
Lola comió en silencio. La cuchara parecía de plomo de lo que le costaba levantarla del plato, como si alimentarse para seguir viva fuera una traición. Y volvió a tomar la palabra:
—¿Y ya sabes a dónde te vas al final?
—A Guatemala, si no pasa nada. A trabajar con comunidades indígenas y rurales, dando atención sanitaria, impulsando proyectos… en fin, ayudando en lo que se pueda. Ya veré qué panorama tenemos allí cuando llegue.
—Eso está a tomar por culo —reflexionó Lola—. ¿Tendrás internet?
—No cuentes con ello… —se lamentó—. Te escribiré en cuanto esté allí.
—¿Una carta? —Lola lanzó un sonido a medio camino entre la risa amarga y la despreciativa.
—¡Y siempre podrás venir alguna vez!
—Sí, claro…
Cementerio. Enero de 2024. Día siguiente al entierro
—Y sí que vino una vez —recordó con melancolía.
En silencio, todos encajaban esa información.
—Habría sido un detalle que te presentases ayer por la mañana cuando llevaste la toña. —Ni el propio Cecilio tenía claro si había reproche en su voz o no.
—Tienes toda la razón. Lo siento. Pero no estaba para nadie ayer. Y me costó mantener la compostura, como supongo que veríais.
Cecilio asintió, aceptando la disculpa, y Matías habló, entonces:
—Ya sé quién eres. Recuerdo ese viaje. Y me acuerdo de ti. No de ti. Pero me acuerdo de alguien en aquella época que no dejaba a mi tía ni a sol ni a sombra.
—Ese era yo. Sí. Estuve encima de ella todo lo que pude —recordó Vicente.
—¿Cómo «encima»? ¡Qué escándalo! —exclamó Olga—. ¿No te quitan de cura por eso? —preguntó mientras Ester se tapaba la boca con la mano para soportar la incomodidad.
—Estuve encima, esto es, pendiente —recalcó la aclaración, mirando a Olga con una sonrisa— porque éramos muy amigos. Estudié con ella Enfermería, pero luego me fui de misiones. Cuando murió tu padre, Matías, yo acababa de volver para estar aquí unos meses antes de marcharme hacia otro destino.
—¿Y cuándo has vuelto? —preguntó Cecilio.
—Vine hace unas semanas para poder ver a Lola. Confiaba en que llegase al dos de febrero… pero no ha podido ser.
—¿Al dos de febrero? —preguntó Cecilio.
—Su cumpleaños —contestaron Matías y Vicente al unísono. Y se sonrieron uno al otro.
Fue un rato muy bonito porque eso es lo que hay que hacer con los muertos: hablarlos, llorarlos, recordarlos, nombrarlos tanto como haga falta. En un momento dado de silencio, Vicente se levantó para estirar las piernas y se acercó a la lápida. Reparó, entonces, en la de al lado.
—Esta es tu mujer, ¿verdad? —dijo, dirigiéndose a Cecilio—. Me acuerdo de cuando os conocisteis Lola y tú.
Cecilio había dejado de sentirse a la defensiva, pero, tras contestar a Vicente con un asentimiento de cabeza, no pudo evitar preguntar:
—Vicente. ¿Por qué Lola nunca nos habló de ti? No lo entiendo.
—¿No? ¿Nada?
Los demás negaron.
Vicente se giró hacia la lápida y la riñó directamente:
—Eres la leche tú, ¿eh? —Y volviéndose de nuevo hacia ellos les dijo—: Qué tía, de verdad.
No creo que fuera algo intencionado. —Dejó pasar unos segundos—.
Supongo que yo ya estaba en su vida y vosotros fuisteis llegando.
Y me iba contando de vosotros como de cualquier otra cosa.
No sabía, cuando os conoció, lo que ibais a terminar significando para ella.
—Ya —intervino Olga, reforzando la idea de Cecilio—. Pero ¿ni nombrarte?, ¿por qué?
—Bueno, no puedo responder por ella. Yo me imagino que sí os contaría cosas mías, quizá, sin decir que era yo —intuyó. Nadie respondió a eso, de modo que Vicente continuó—: De todas maneras, Lola también tenía sus cosas, sus manías. Creo que sé un poco por dónde pudieron haber ido los tiros.
1987. Lola, 19 años. Universidad
—¡Vicente! ¿Qué tal? ¿Qué ha pasado? —preguntó Lola, preocupada, en cuanto lo vio aparecer por la biblioteca.
—¿Qué va a pasar? Nada —contestó Vicente, tratando de restarle importancia.
—Por «nada» no te llama tu rector para hablar contigo —insistió ella.
—Lola… que está todo bien —respondió Vicente con una expresión que no la convenció. Esta levantó las cejas y frunció los labios en señal de escepticismo. Vicente suspiró y habló—: Solo hemos estado hablando.
—¿De qué? —preguntó ella directa.
—De ti —admitió Vicente. Lola se puso en tensión.
—Lo sabía. ¿Y?
—Y nada. Ya te lo he dicho. Les he explicado que solo somos amigos, que sigo teniéndolo todo claro, que también tú lo tienes claro y que son habladurías de cuatro imbéciles para hacer daño.
—¿Y? —Lola quería llegar a algún sitio.
—Y nada. Te lo estoy diciendo —contestó, paciente.
—¿Te han creído? Porque si tengo que ir yo a hablar…
Vicente cortó a Lola:
—Claro que me han creído. No hay problema. Podemos tener amigas; de hecho, nos animan a tener amigas. Solo me han aconsejado que tenga cuidado con forjar un vínculo demasiado estrecho con una sola persona. Eso es todo.
—¿Seguro?
—Seguro —la tranquilizó Vicente. Entonces, Lola también se tranquilizó—. Y que se atrevan a hacerme elegir… —añadió por lo bajini.
—¡Vicente! —lo riñó. Este se sonrió porque Lola siempre entraba al trapo con ese tema—. Tú ya has elegido.
—Que sííí , que era broma.
—Cómo te gusta hacerme rabiar, puñeta.
—Venga —dijo este, ignorándola deliberadamente—. ¿Qué estamos estudiando? —Cambió de tema mientras abría su mochila.
Cementerio. Enero de 2024. Día siguiente al entierro
—Yo no le di importancia pero ella, por sus narices, quiso protegerme; por eso, por lo que veo, no sabíais de mi existencia ni vosotros ni, quizá, nadie.
—Muy de Lola eso —intervino Cecilio—. Mirar por el otro aunque se resista…
—Mucho. —Vicente se sonrió, recordándola—. Cómo la voy a echar de menos, joder —se lamentó—. No me puedo creer que no vaya a escuchar ningún audio suyo más.
—¡Ay, cojones! ¿Eras tú el de los audios? ¡Y pretende hacernos creer que no hubo tema! —La acusación de Olga le sacó una sonrisa a Vicente.
—Te conteste lo que te conteste, tú vas a pensar lo que quieras, así que… —replicó. Olga asintió, divertida—. Bendito WhatsApp. Después de una década de cartas…
Todas las conversaciones volvían siempre a Lola, y por ella habrían brindado si hubieran tenido algo de beber.
—Qué mal me sabe que no vaya a poder ver la obra, con la ilusión que le hacía y el empeño que le puso —se lamentó Ester en un momento dado—. Me reconcome pensarlo.
Vicente hizo el amago de hablar, pero, cuando estaban todos atentos a lo que estaba por decir, optó por no hacerlo. Desvió la mirada unos segundos y, al cabo de un poco, dijo:
—Tampoco sufras mucho por eso, Ester.
Esta se quedó mirando a Vicente.
—Pues sí que sufro, sí. Y tanto que sufro. Es en lo que más pienso desde que se fue.
—A ver. —Vicente se tomó un par de segundos para pensar, lo cual incrementó el interés de los demás—. La obra de teatro tenía importancia, sí, pero… pero no tanta.
—¿Cómo que no tanta? —insistió Ester—. ¡Ella quería dejar algo que le sobreviviera cuando ya no estuviera! Nos lo dijo con esas palabras.
—Bueno, sí, pero… me refiero… q-que no le preocupaba.
Olga reparó en ese balbuceo. Algo estaba pasando.
Lo escudriñó. Vicente, inquieto, cambió de postura mientras buscaba las palabras.
Al moverse, la foto de Lola en la lápida, a su espalda, quedó a la vista.
Los ojos de su amiga le salieron al encuentro, casi como si la estuviera mirando a ella.
Echó un vistazo, entonces, a su alrededor, a la estampa de todos ellos, reunidos, y en su cabeza algo hizo clic.
Y volvió a la urgencia en la voz de Vicente.
—Para ella lo imp- lo importante ya está pasando: la obra está escrita, la estáis ensayando, se va a representar.
¿Que habría sido precioso que lo viera? Claro que sí.
Pero ella murió sabiendo que la obra iba a ver la luz.
—Mientras decía estas últimas palabras comenzó a levantarse del suelo—.
En fin, chicos. —Miró su reloj—. Me encantaría quedarme, pero me tengo que ir.
Gracias por este rato —les dijo, juntando las palmas de las manos.
Los otros cuatro le despidieron y contemplaron cómo se alejaba.
—Un poco personaje, ¿no? —pensó Matías en voz alta.
—En la línea de tu tía —añadió Cecilio con sorna.
—Sí… —admitió Matías—, pero me ha caído bien, no puedo decir otra cosa.
En ese momento, Olga se hizo para delante y buscó la mirada de Ester, que estaba en la otra punta del banco.
—¡Ey, tú, señorita! —llamó su atención. Ester salió de su ensimismamiento y la miró—. Estás un poco callada. ¿Todo bien?
—Sí, sí. Todo bien. Solo estaba pensando… Habréis visto lo que llevaba en la muñeca, ¿no?
Todos negaron con la cabeza.
—Estáis cegatos. ¿No habéis visto que llevaba una pulsera con un sol?