Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 58
91%

Capítulo 58

—Gracias a todos por venir —comenzó diciendo el sacerdote— a este último adiós de nuestra queridísima amiga Lola. El que se atreva a llamarla Dolores que suba, yo ya vengo advertido. —Había un poco de experiencia en esa broma.

Matías, Cecilio, Olga y Ester miraban al cura con atención plena a todos sus gestos y palabras. No por la obvia razón de que estuviese oficiando la misa del entierro de Lola. Había algo más.

Cuando tomaron asiento en la capilla, minutos antes de empezar la misa, el sacerdote apareció por un lateral.

Un hombre de estatura media tirando a baja, con barba semicanosa, pelo ondulado y gafas.

Se acercó a Matías y su hermana para preguntarles si iban a querer leer.

Los dos, así como Lucía, negaron rotundamente.

Matías se giró hacia el banco de detrás, donde estaban Ester, Olga y Cecilio.

—¿Queréis leer?

Olga y Ester negaron con la cabeza, pero Cecilio pensó que, ya que no había tenido fuerzas de leer en el entierro de Ana, lo intentaría con Lola.

—Si os parece bien, yo sí quiero leer.

Matías dijo que «por supuesto», y el cura afirmó con la cabeza y se acercó unos segundos a Cecilio para concretar la lectura.

En cuanto el sacerdote desapareció, Matías se giró hacia el banco de detrás. Sus hijos, a su lado, prestaban atención a todo. Olga, Cecilio y Ester echaron el culo para delante, al borde del banco, y se inclinaron para escuchar bien a Matías.

—Me sabe mal cotillear aquí —musitó.

—Que no te sepa mal —respondió Olga—. A tu tía le encantaría.

—¡El cura! —gritó en un susurro Matías—. Es el de la toña de esta mañana, ¿a que sí?

—Yo no lo he visto bien —se disculpó Ester.

—Es él, seguro —dijo Cecilio—. Cien por cien.

—Sí, sí lo es. ¿Sigues pensando que es el mismo que viste en el hospital? —preguntó Olga.

—Sí. Yo diría que sí —admitió Matías.

—¿Y no sabes quién es? —preguntó Ester.

—Ni idea… —dijo Matías negando con la cabeza.

—Yo sí —dijo una voz que provenía del lado de Matías.

Todas las cabezas se giraron hacia él.

—Es un amigo de la tía —continuó diciendo el hijo de Matías.

—¿Cómo que un amigo de la tía? —dijo Matías—. Pero no lo conoces.

—No. Pero me crucé con él un día, cuando me quedé con tía Lola porque tía Inés y tú no podíais. Cuando me fui, estaba en la acera, y me preguntó si era la casa de la tía, o sea, de Lola.

— Ahhh , pues no me habías dicho nada. —Matías escondía su impaciencia; no quería que aquello pareciera un interrogatorio y que su hijo se cerrara en banda—. Y le dijiste que sí, claro —afirmó Matías.

—Claro —dijo el chico.

—¡Fíjate! Nos has aclarado tú la duda —lo animó. Su hijo sonrió, sintiéndose importante—. ¿Y te dijo algo más? —inquirió Matías. El chico hizo memoria.

—Me dijo que era un amigo suyo que quería hacerle una visita sorpresa pero que hacía mucho tiempo que no la veía y que no se acordaba de qué casa era.

En ese momento, se abrieron las puertas de la capilla, para darle paso al féretro de Lola, y se hizo el silencio.

Cuando echaron la vista hacia atrás, se percataron de cuán a reventar estaba la sala: todos los asientos llenos, gente de pie en los laterales y, al fondo, las puertas abiertas para que las personas que no habían podido acceder vieran algo desde fuera.

Entre el mar de gente, Matías creyó reconocer incluso a su tío, ese hermano de Lola al que ella había mandado a tomar por culo de bien jovencita y con el que él nunca había tenido relación.

Fue una misa preciosa porque estaba hecha a medida de la difunta. Justo por la misma razón, les resultó rarísima. Todos los que formaban parte de la vida de Lola de una forma tan cercana se conocían o al menos sabían de su existencia. O eso pensaban.

El cura habló sobre la vida de Lola, desde su juventud.

Habló de sus muchas aficiones. De todas las que había tenido recientemente y las que una vez hubo tenido y abandonó.

De sus manías, de sus peculiaridades. De su humor afilado.

De toda la gente a la que había enredado en sus locuras por el camino.

Cada tanto, tenía que parar de hablar, coger el pañuelo que se guardaba en la manga de la sotana y enjugarse con él las lágrimas o secarse la nariz. Estaba hablando con un cariño tan grande como intenso era su dolor.

—No me cabe la menor duda de que a todos y cada uno de los que hoy estáis aquí Lola os ha dejado huella.

Grande o pequeña, pero imborrable. Y eso es lo que hace que cuando alguien se va no lo haga del todo, porque sigue viva en cada uno de nosotros.

—Dejó de mirar a los asistentes para fijar la vista en el féretro y terminar sus palabras diciendo—: Lola, querida Lola: iluminaste nuestras vidas. Gracias.

Apagó el micro, y volvió a su asiento, echando mano de nuevo del pañuelo.

Terminada la misa, una buena parte del gentío se fue a su casa. No pocos acompañaron al féretro a pie, en comitiva fúnebre, hasta el cementerio, pues se encontraba a pocos minutos caminando.

Lola fue enterrada. En cuanto la caja se estampó contra el suelo, entre el silencio de todos los presentes, una señora de la familia se asomó para decirle unas últimas palabras:

—Nena, ensima de ti voy yo.

Ester miró de reojo a Olga, estupefacta, y esta, dentro de su tristeza, tuvo que aguantarse la risa al ver su expresión. Cuando ya los sepultureros terminaron y la gente se empezó a dispersar, Olga se acercó a su oído:

—¿Qué? ¿No te ha gustado la despedida?

—Ay, por favor, qué cosa más macabra —dijo Ester.

—¡Bueno! Pero es verdad. Es la mayor de las tías de Lola, así que…

Matías las interrumpió al acercarse a ellas.

—Chicas, gracias por todo. Os quiero mucho —dijo, abrazándolas—. Me voy a casa, no puedo más. Estoy reventado. —Y luego, bajando la voz, añadió—: Y estoy hasta la polla de la gente, con perdón.

Matías miró a su alrededor y vio a Cecilio sentado en su banco. Fue a abrazarlo también.

—Aquí me quedo un rato —le dijo Cecilio—. A darle uso al banco.

Enero de 2024

Y, cómo no, aquí está Cecilio, dándole uso al banco. Ya sabía yo que este no se iba de aquí a su casa. En honor a la verdad, no es mérito mío cien por cien. Quizá, hoy sí se quede para acompañarme a mí, pero lo cierto es que yo ya lo conocí en este banco.