Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 57
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Capítulo 57

La cara de Ester era un poema. Ella, tan prudente, no iba a dejar traslucir su incomodidad o lo fuera de lugar que le estaba pareciendo algo.

Pero si uno la conocía, podía ver la realidad detrás de su sonrisa cortés; en ese caso, lo inconcebible que le parecía la gente que iba a los velatorios a hacer vida social sin guardar la menor compostura.

Olga, viéndola de lejos, le preguntó a Lucía, a quien tenía al lado, con curiosidad:

—¿Quién es esa señora? La que le está comiendo la oreja a Ester desde hace media hora.

Lucía sonrió y contestó:

—¡Buf! Y después de Ester enganchará a otro infeliz para contarle exactamente lo mismo. Mati y yo la llamamos «la oversharer ¹ ». Huye de ella —advirtió, medio en broma medio en serio.

—¿La oversharer ? —inquirió. Lucía asintió—. Me flipa el mote.

—Es un caso, una amiga íntima de mis suegros desde que Matías era pequeño.

En ese momento, la mirada de Ester se cruzó con la de Olga y, fruto de la desesperación, no tuvo otra que fingir que su amiga la llamaba. Le hizo una señal con la mano, gesticulando un «ya voy» con los labios. Se disculpó con la señora y fue casi corriendo hacia Olga y Lucía, visiblemente agobiada.

—¡Qué señora más terrible! —se lamentó—. ¡No me dejaba irme! Me ha contado todo su viaje a Tenerife con el Imserso, que llegó justo ayer.

—Bueno, date por dichosa si no te ha contado que de joven podría haber sido bailarina profesional… —relató Lucía de memoria.

—¡Calla! ¡Claro que me lo ha contado! ¡Y que por eso ha ganado el primer premio del concurso de baile que hicieron en el viaje! —Ester tomó aire—. Mira, mira, mira. Yo no sé a qué viene a la gente aquí; ¡a pasar la mañana!

A Olga le hizo gracia su indignación. Luego, tuvo la inercia, esa inercia que te acompaña tanto pero tanto tiempo después de perder a alguien cercano, de querer contárselo a Lola, cotillear sobre esa señora, reírse del apuro de Ester…

así que volvió a sumirse en la tristeza ante la certeza de su muerte, que le cayó como un bofetón que te da la realidad cuando te atreves a distraerte de ella.

Mientras hablaban de esto, la señora ya se había enganchado a la siguiente víctima, solo que, en ese caso, era amiga suya: una horita antes del entierro (tampoco iba a perder tanto tiempo de trabajo) hizo su aparición estelar la madre de Matías.

—Joder, ha venido ya Beatriz. Voy a buscar a Matías —dijo Lucía.

Lo encontró frente al féretro de su tía, junto con un tío mayor de Lola, que ya se estaba despidiendo. El señor abrazó a Matías, le besó la mejilla, se giró hacia el cuerpo sin vida de Lola y le dijo:

—Ale, ya nos veremos, cariño.

Esa breve frase demolió a Matías. Más que una despedida, había sido una promesa de reencuentro hecha por quien ve la muerte no como una distancia larga, sino como apenas una separación; más un «hasta pronto» que un «adiós».

Lucía quiso respetar sus lágrimas, y eso le impidió decirle que su madre había llegado. De modo que, sin darse cuenta, aparecieron a su lado Beatriz y la oversharer .

Beatriz le dio dos besos a su hijo y un breve y aséptico abrazo. Luego, le dio dos besos a Lucía. Miró a Lola durante un rato y apartó su mirada, diciendo:

—Bueno, pues ya ha descansado la mujer. Y habéis descansado todos. Lo que le quedaba ya era padecer.

La oversharer asentía a su lado.

«Habéis descansado todos».

En el plano práctico, Beatriz no dejaba de tener razón: se terminaron las noches de hospital, el verla sufrir, la vigilancia continua.

Pero a Matías le dolía que alguien pudiera pensar que estaba mejor ahora que su tía había muerto solo porque ya no tendría que acompañarla en su enfermedad, como si ese tiempo compartido hubiera sido algo de lo que él hubiera estado deseando librarse.

Le parecía insultante. De todas maneras, con todo el repertorio de barbaridades que podría haber soltado por su boca, bien estaba lo que había dicho.

Lucía cruzaba los dedos porque se quedase ahí la cosa.

Y ahí se quedó. Tan tonta tan tonta no era su suegra.

—Pues sí —contestó Matías sin dejar de llorar.

—Venga, ya está —le dijo Beatriz, pasándole un pañuelo—. Ayyy , qué lloronico que es —dijo a su amiga, que seguía allí plantada, en tono cómplice y condescendiente—. Venga, venga. Te traigo un poco de agua. Va, va… —se fue diciendo.

Y hasta ahí la magistral intervención de la madre de Matías. En el fondo, este lo agradeció. De la última persona de quien necesitaba consuelo era de su madre. Y, además, había llegado a pensar que le podría haber sacado el tema de la renuncia, por lo que al menos así se quedaba tranquilo.

Llegaron también al poco rato los hijos de Matías, que habían dormido en casa de una amiga de ellos.

Había más gente que en la guerra. Matías había tenido la esperanza de que haciendo el entierro allí y no en la Iglesia del pueblo no acudiera tanta gente porque, total, no iban a caber en la pequeña capilla del tanatorio.

Pero a la gente eso le daba igual; tenían que hacer su acto de presencia y allí estaban.

Más tarde Matías lo agradecería. O al menos le parecería bonito.

Más tarde podría ver cuántas personas apreciaban a su tía y la marca que debía de haberles dejado para que tantos quisieran ir a despedirla.

Más tarde lo recordaría con cariño. Pero, en ese momento, sentía que se asfixiaba.

De modo que se sentó en un sofá con cada uno de sus hijos a un lado, abrazándolos, a modo de escudo social.

Llegó el momento de despedirse de Lola. De besar por última vez su piel helada antes de que taparan el féretro. Inés, Lucía y Matías entraron a la sala refrigerada, junto a un par de amigos y familiares muy allegados. Prudentemente, Cecilio, Olga y Ester se quedaron fuera.

—¿Queréis entrar? —les ofreció Matías.

Uno por uno, se fueron acercando a besarla, el que se atrevía más, o a acariciarla el que se atrevía menos.

—Adiós, tía. Te queremos mucho —se despidió Inés.

—Lola, cuida de nosotros desde ahí arriba —le pidió Lucía.

—Ay, Lola —apenas pudo balbucear Cecilio—. Dale un abrazo a Ana de mi parte —dijo entre llantos.

—Lola… te echaremos de menos —es lo único que acertó a decir Ester.

—Buen viaje, amiga. Vete tranquila, que aquí está todo controlado —le dijo Olga.

—Adiós, tía. Te quiero —exclamó Matías, roto de dolor. Y antes de girarse añadió—: Y gracias.

¹ Del inglés, oversharing : compartir en exceso información personal sin filtro.