Capítulo 56
El llanto de Matías no cesaba, pero es que tampoco se le podía reprochar.
No lo dejaban, al pobre, levantar cabeza.
Cada pésame era peor que el anterior. Olga se lamentaba de que Lola ya no estuviera con ellos porque habría sido la compañera perfecta para comentar los disparates y sinsentidos que se iban sucediendo en su velatorio.
Desde media mañana, estaban en el tanatorio.
Olga y Cecilio aparecieron tan pronto como Lucía los avisó, y Ester fue directa en cuanto salió del instituto.
Pensó que ya comería en algún momento, sin saber que el protocolo en el pueblo, no siempre, pero sí cuando se moría alguien joven y se preveía que la familia no iba a moverse del tanatorio en un día y pico, incluía llevar comida porque, por supuesto, las penas con pan son menos.
Así que Ester tenía para elegir entre cruasanes de hojaldre rellenos de chocolate o crema que había comprado una vecina de la confitería; un bizcocho casero de manzana que había cocinado una amiga de Matías; una caja de fruta que les había arreglado el frutero del puesto del mercado que era amigo de Lola; y una bandeja de tortas saladas, cortesía del propio Cecilio.
Cualquiera de estas cosas las podría acompañar de café de un termo enorme que alguien, no sabían quién, había preparado en su casa y había dejado allí, junto con botecitos de leche, sobres de azúcar, vasos de plástico y cucharillas.
A la hermana de Lucía se le había ocurrido llevar mantas porque, a pesar de la calefacción, por la noche, cuando todo el mundo se iba, refrescaba si pretendías dormir o medio dormir en los sofás.
Este tipo de cosas solo se le ocurría al que ya había tenido que pasar por eso.
También, varias garrafas de agua y chicles.
En los últimos tiempos, el tanatorio se había modernizado, y en la puerta de la sala donde se velaba al difunto había una pantalla con un QR que permitía subir fotografías suyas desde el móvil.
Estuvieron un rato entretenidos, seleccionando sus fotos favoritas de Lola.
Toda esa vida desfilando por la pantalla contrastaba con la imagen de Lola, pétrea en el féretro, rodeada de un millón de flores.
Había, por supuesto, una corona de parte de Matías e Inés; una de Lucía y los niños; y otra, cómo no, del grupo de teatro.
También le habían mandado flores sus compañeros del centro de salud, las vecinas de su barrio y su grupo de aquagym.
Y, por último, había un precioso centro, a los pies del féretro, que no tenía firma, solo la inscripción: «Iluminaste nuestras vidas».
— Mmm … —dijo, pensativa, Ester a Olga mientras estaban hombro con hombro, contemplando a Lola en ese jardín—. Me quiere sonar eso de «iluminaste nuestras vidas».
—Ni idea… pero son preciosas —contestó—. Escucha —añadió girando la cabeza y viendo a Matías sobrepasado por la aglomeración de gente que lo rodeaba—, voy a ver si puedo rescatar a este, que le va a dar algo en breve.
—Voy contigo.
Olga se abrió paso con decisión entre la marea de gente, acordándose de tantos años atrás cuando hacía un recorrido similar, avanzando a empujones y codazos, para poder atravesar la discoteca y llegar al baño.
—Qué barbaridad de gente, tía. Qué burrada.
Ester solo asintió, dándole la razón.
Llegaron hasta Matías a tiempo para escuchar a una señora que le decía:
—Hala, nene, pues ya te has quedado sin tía.
A lo que Matías se aguantó la cara de oler a mierda.
—Perdón, disculpe —dijo, interponiéndose entre Matías y la señora—. Matías, necesitan que firmes unos papeles, me han dicho. —Lo agarró del brazo y estiró de él—. Perdón —volvió a repetirle a la señora, impostando un gesto de disculpa.
Olga no le soltó el brazo hasta que salieron por una de las puertas laterales, cruzaron una zona de coches, pasaron por encima de unos pequeños parterres y se sentaron en un césped sin iluminar, alejado de todo y de todos.
—Mil gracias —dijo Matías.
—Nada. Si te dejábamos ahí diez minutos más, te teníamos que enterrar a ti mañana —le contestó Olga.
Matías se palpó los bolsillos y puso cara de decepción. Ester sacó el tabaco del bolso y le ofreció un cigarro, que él aceptó con un «ay, menos mal», antes de encenderse otro ella. Tras unas caladas, Matías habló:
—Como vuelva a escuchar a alguien decir que «Era tan buena que el Señor la quería para él» me pego un tiro. Os lo juro.
—La gente es horrible dando pésames.
—Horrible, coincido —respondió Matías—. ¡Mira, menos mi amigo Quini! Ha venido casi sin poder hablar y lo único que ha acertado a decir es «con la de hijos de puta que hay por ahí». No he podido estar más de acuerdo.
—Me uno a ese pésame. No lo podría haber descrito mejor —dijo Olga.
—Y, si no, pues, jolín, un «te acompaño en el sentimiento» y ya está —dijo Ester.
Al cabo de unos segundos de silencio, Olga intervino:
—Tía. Yo una vez, queriendo decir eso, dije «que la fuerza te acompañe». Qué mal. Me lo acabas de recordar —confesó.
Matías se medio sonrió y añadió:
—Lo mío es peor. Una vez, al irme del velatorio de la abuela de una amiga, mi amiga me dijo «gracias por venir» y yo, sin pensar, le contesté «gracias a ti».
—Dios, qué cagada —reconoció Olga, mientras ella también «fumaba» con el vaho.
—¡Me salió solo! «Gracias», pues «gracias a ti» —recordó.
—Yo es que no he ido a muchos velatorios, pero esto es dantesco. Yo no sé si todos son así —se preguntó Ester.
—«Dantesco», dice. ¿Sabéis lo primero que me ha dicho la vecina de mi tía al llegar? Una de las dos de enfrente, Maribel —preguntó Matías.
—Sorpréndenos —contestó Olga por las dos.
—Me ha dicho, y cito textualmente: «Nene, igual no es buen momento, pero le tenía apartada la lotería a tu tía, dos décimos que me había encargado» —recitó Matías.
—Júralo —contestó Ester, entre indignada e incrédula.
—Como lo oyes —le aseguró Matías.
—Son la hostia las señoras mayores, de verdad —dijo Olga.
Y, entre toda su angustia y tristeza, los tres se sonrieron. Y esa sonrisa fue para ellos como el oasis en medio del desierto o como la brisa en una asfixiante noche de verano: inesperada, efímera y agradablemente extraña.
Una vez que Matías hubo tomado aire, del tabaco y del fresco, y descansado un poco la espalda, volvieron adentro a seguir enfrentándose al medio pueblo que esperaba allí.
Se sucedieron las visitas hasta que, hacia la una y media de la madrugada, se quedaron solos Matías, Lucía, Inés, Ester, Olga y Cecilio.
Cecilio y Ester miraban a Lola a través del cristal. Él la rodeaba con su brazo, en un gesto paternal. Ella tenía los suyos cruzados sobre el regazo y apoyaba su cabeza en el hombro de él. Inés se acercó a ellos:
—¿Qué os parece el outfit ? Lo eligió ella.
—¿Cómo que lo eligió ella? —se alarmó Ester.
—¡Claro! —contestó Inés, como si fuera lo más obvio—. Me dejó lista la ropa con la que se quería amortajar.
—Ay, qué barbaridad —susurró Ester.
Lucía las escuchaba, sentada en un sofá cercano, mientras destapaba uno de los Pictolín que, junto a paquetitos de pañuelos, estaban repartidos en pequeños cuencos por todo el tanatorio.
Se acordó, sonriendo, de que Lola siempre llevaba.
Olga estaba en la misma sala, algo apartada, sentada en una silla mientras tecleaba en el móvil con rapidez y concentración.
Y Matías entró en ese momento; acababa de despedir a la última persona.
—Estoy molido —dijo, al aire, a quien lo oyera—. Joder, mi espalda… —exclamó, mientras estiraba con mucho empeño pero sin ningún criterio.
—¡Anda, anda! Espera, voy —le dijo Olga mientras dejaba el móvil en la silla y se encaminaba hacia él.
Con manos expertas, Olga estiró y masajeó el cuello de Matías, sus cervicales, trapecios, escápulas y toda la espalda hasta los riñones. Con cariño, concentrada, y durante un buen rato, que a Matías le supo a gloria.
—Joder, qué manos —dijo él a modo de agradecimiento.
—¿A que sí? —Fue el «de nada» de Olga satisfecha.
—Es que es una exageración de gente la que ha venido —intervino Cecilio—. Y no quiero ni pensar en la que vendrá mañana.
—¿A qué hora habíamos dicho que es el entierro? —preguntó Inés.
—A la una —contestó Lucía—. Solo nos queda mañana por la mañana y c’est fini .
—Qué ganas… —Es lo único que pudo decir Matías. Tras unos segundos de silencio, siguió hablando—: ¿No tenéis casa?
—No querrás que me vaya y te deje solo con cuatro mujeres. Bueno, cinco, contando a Lola, que por algún lado de aquí andará —bromeó Cecilio. Matías sonrió.
—Pues sí que debe de andar por aquí, sí. Creo que me está ayudando un poco a aguantar el tipo —reflexionó Matías—. O eso, o que ahora estamos en una nube y el bajón de verdad vendrá luego; como bien se ha empeñado la gente en recordarnos. ¿Cuántas veces te lo han dicho, Inés?
—He perdido la cuenta. En un momento dado, yo creo que al «no somos nadie» número veinticinco, he dejado de escuchar a la peña. —Calló, pero enseguida habló de nuevo—: ¡Por cierto! Le debemos dos décimos de lotería a Maribel.
Y con esa frase, Inés logró la primera carcajada de Matías sin Lola en ese mundo.
Cecilio, viéndolo, se sintió inundado de cariño hacía Matías, y pensó en cómo de bueno era eso para él porque el propio Cecilio había tardado meses en poder medio sonreír.
Reparó, entonces, en que Olga no estaba en la salita, de modo que salió él también para ver si ella estaba tomando el aire y podía unírsele.
Pero, camino de la salida, al pasar por delante de los baños, escuchó su llanto.
Extrañado, tocó la puerta entreabierta y la empujó para terminar de abrirla.
La encontró de espaldas, apoyada contra la repisa del lavabo, llorando a lágrima viva.
La llamó por su nombre, ella se giró y, lejos de disimular su llanto, dio unos pasos hacia Cecilio y se abrazó a él para seguir llorando.
Cuando se calmó, cogió papel, se secó, se sonó la nariz y respiró hondo varias veces.
—Es que, tío —comenzó a hablar como si tuviera que excusar su tristeza—, tengo un marido imbécil.
—Definitivamente, Cecilio no se esperaba eso—.
Y yo tenía una amiga a la que le podía contar eso…
—Las lágrimas de Olga acudieron de nuevo a sus ojos, y Cecilio pensó « ahhh , ahora sí»—.
Tenía una amiga que me escuchaba y que me aconsejaba y que me reñía y que me decía lo que me tenía que decir, aunque yo no quisiera oírlo —continuó Olga—.
Y ahora… ahora ya no la tengo. ¡Ya no está!
Olga apoyó su espalda contra la pared y la deslizó, dejándose caer, derrotada, hasta dar con el culo en el suelo. Cecilio se sentó a su lado.
—Y mi marido es imbécil. Joder. Y yo… —De repente, pareció rendirse—. Y yo no sé si quiero seguir así… con él. Y no tengo a mi amiga para contárselo.
—Te entiendo tanto… pero no solo tenías a Lola —dijo Cecilio. Olga apoyó todo el peso de su cabeza en el hombro de él.
—Ya lo sé, ya. Pero mis amigos… nadie entendería lo de Jaime. Nunca les he contado…
Cecilio la interrumpió:
—Olga. Me refería a mí. A nosotros, a todos.
Ella lo miró, agradecida, entre la penumbra. Hacía rato que se había apagado la luz del baño. Luego, volvió a apoyar su espalda en la pared.
—Te quedas hoy, ¿no? No sabía si quedarme, pero he pensado que sí —preguntó Olga.
—Claro que me quedo. Y claro que te quedas tú también. En tu casa ibas a estar sin pegar ojo, pensando en que te gustaría estar con Lola una última noche —argumentó Cecilio—. Tu sitio hoy es aquí.
—Exacto, Cecilio, exacto. Pues justo eso es lo que estábamos hablando —explicó Olga—. Esto lo sabes tú, que me conoces no hace ni un año, y no lo sabe Jaime, que me conoce casi treinta, por Dios. Ridículo. Ridículo y triste.
—¿Tan grave ha sido? Quizá explicándole… —sugirió Cecilio.
Olga lo cortó al darle el móvil con la conversación de WhatsApp abierta.
La expresión de Cecilio, iluminada por la luz de la pantalla mientras leía, se fue endureciendo, pasando de la curiosidad a la incredulidad y, por último, a la indignación.
Frases superhirientes se sucedían una tras otra: «siempre tienes que ser el centro de atención», «te encanta sentirte protagonista», «no pintas nada ahí».
No solo no había ni pizca de compasión ni entendimiento por la enorme tristeza que Olga sentía por la muerte de su amiga, sino que, por algún siniestro motivo, se percibía una intención de hacer daño con sus palabras.
—¿Y todo esto solo por quedarte a dormir aquí? —preguntó Cecilio, sorprendido, una vez que hubo terminado.
—Bueno —dijo Olga mientras recuperaba su móvil—, esta es la excusa, supongo.
Nunca ha estado muy conforme con lo de la obra.
—Dejó vagar sus pensamientos unos segundos, y añadió con una ironía amarga—: Supongo que no quería que lo dejara en ridículo.
Que le jodan. No sabes la de veces que me ha reprochado el tiempo que he pasado con Lola estas últimas semanas…
—la voz le empezó a temblar, hasta quebrarse— sabiendo que se iba a morir.
¡Se puede ser más rastrero! —se lamentó con rabia.
Cecilio no añadió nada. Olga, con la cabeza apoyada en la pared, miró al techo, inspiró profundo y, soltando todo el aire de golpe, se levantó con ímpetu, y le ofreció su mano para ayudarlo.
—Pero, ¡bueno! —exclamó, repuesta—. No es el momento ni el lugar. Vamos para adentro.
—Olga. —Cecilio la retuvo antes de que se le escapara—. Conocías muy bien a Lola; creo que sabes lo que pensaría, aunque ya no puedas escuchar sus palabras.
Dicho lo cual, Cecilio se giró y se fue de nuevo a la salita, dejando tras él a una Olga pensativa, que se mordía el labio inferior.
La noche pasó como se pasan las noches en el tanatorio: a ratos llorando, a ratos charlando, recordando al muerto, contando anécdotas…
A ratos tratando de dormir, estirando las piernas, acercándose al cristal, rezando algunos.
Y vuelta a empezar. Así hasta que salen los primeros rayos de sol y, con ellos, los madrugadores.
El primero llegó tan temprano y sigiloso que sorprendió a todos.
Y más sorprendente fue su actuación: entró, dijo «buenos días», dejó algo en la mesa y se fue, antes de que nadie pudiera reaccionar, diciendo «hasta luego».
Los seis se miraron entre ellos e Inés se levantó para curiosear el contenido de la bolsa.
—Una toña —dictaminó.
—Pero ¿esto es cosa del tanatorio? —preguntó Lucía.
—No, no. En el entierro de mi madre no trajeron nada —aclaró Olga.
—Ni en el de mi mujer —añadió Cecilio.
—Olvidaos de la toña. —La frase de Matías provocó que todas las caras se girasen hacia él—. ¿Alguien sabe quién es este tío? Porque yo no lo había visto en mi vida… hasta ayer. En el hospital. Saliendo de la habitación de mi tía.
Las caras de los demás eran un poema.