Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 55
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Capítulo 55

—Qué dura es —dijo Lucía, tras observar a Lola ahí, postrada, sin apenas signos de vida, pero, sin embargo, viviendo.

Matías miraba a su tía, dormida en la cama del hospital.

Bueno, a su «tía». Más bien, a la sombra de lo que esta había sido.

A una señora de treinta años más y veinte kilos menos.

Se le rompía el alma. No quería más que tumbarse a su lado y abrazarla para protegerla, para que nada malo le pasara.

Si él se aferraba a ella, nadie ni nada se la podría llevar de allí.

Para no ser Matías el que se estaba muriendo, parecía haberse consumido él también a la misma velocidad que su tía.

—Mati, vete a casa, dúchate, descansa, come algo —le dijo su hermana—. Tranquilo, yo me quedo. Está bien, está estable, no va a pasar nada.

—No. ¿Dónde me voy a ir yo? ¿A qué? —contestó, entre enfadado y derrotado.

Inés miró a su cuñada. Esta intervino:

—Mati, vamos a casa, cari. Te prometo que volvemos pronto. Tu hermana también va a necesitar descansar y tienes que estar repuesto para hacerle el relevo. Venga, vamos —dijo Lucía a Matías mientras lo cogía de la mano. Este se dejó llevar como un niño.

Nadie ni nada te prepara para ver morir a un ser querido. Ni, incluso, haber perdido ya a otro. Es una mierda nueva cada vez.

Matías obedeció de aquella manera. Se fue a casa solo porque su mujer lo condujo hasta allí.

Más que ducharse, se sentó en el suelo y dejó que el agua hirviendo le quemara la piel y se llevase la orina, las lágrimas y los mocos que efluían de su cuerpo.

Comió algo, sí: un paracetamol. Y descansar lo que se dice descansar…

Se metió en la cama, se quedó dormido casi al instante, se despertó cuarenta minutos después con una pesadilla angustiosa y le dijo a su mujer que lo dejara de nuevo en el hospital.

Despegarte del ser querido que se está yendo causa una desazón terrible. Tienes unas ganas irrefrenables de estar con él porque, quizá, es lo único que puedes hacer. Estar.

Saliendo del piso, ocurrió algo que para Matías fue esperpéntico.

—¿Qué quieres? —contestó por teléfono.

—Matías, mañana cuando vengas recuérdame que llame al tío ese que vino la semana pasada, al calvo de gafas, que no nos ha dicho nada del presupuesto —dijo Beatriz con toda naturalidad.

Matías calló unos segundos, y se llevó los dedos índice y pulgar al puente de la nariz, por debajo de las gafas.

—Mamá. —El cerebro de Matías, al límite, no le daba para medir sus palabras—. Pero ¿tú estás mal de la cabeza? O sea… ¿estás, de verdad, loca?

Algo pasó, porque Beatriz no contestó de inmediato.

—¿Por qué? ¿Por Lola? No va a dejar de morirse porque tú no estés allí. ¿Y, si tarda una semana más en morirse, qué piensas hacer: estar una semana entera sin venir? Que aquí tenemos cosas pendientes… —preguntó Beatriz, no entendiendo genuinamente lo que pretendía Matías.

—Pues claro que no voy a ir. Como si es un mes —dijo él, valiente y derrotado a la vez.

Y esa sensación de derrota no la sintió, sin embargo, amarga. En la vida, no siempre uno toma todas las decisiones: hay veces en las que la decisión se toma sola.

—Mira. Cuando todo esto pase, hablaremos mejor. Pero me voy a ir de la fábrica; ve buscando a alguien. No quiero seguir trabajando contigo.

— Bueeeno , bueeeno —lo interrumpió Beatriz condescendiente—. No te pongas así.

—No, escucha. Te lo digo de verdad. No me insistas, no voy a cambiar de opinión. Ciao.

Así fue. Así de simple. Sin pensarlo ni planearlo. Sin grandes discusiones, reproches ni dramas. Sin espectáculo alguno. Sin nervios, siquiera. Ridículamente sencillo. Con la valentía del que no tiene nada que perder.

Cuando sientes que has tocado fondo cualquier movimiento es mucho más fácil porque, total, ya estás en un pozo; no hay tanta diferencia entre estar con el agua hasta las cejas que hasta la coronilla.

Lucía abrazó a Matías. Por ella, habría sido un abrazo de celebración. Pero no quería expresar el orgullo que llevaba por dentro, así que se lo ofreció como un abrazo de consuelo.

Matías no reaccionó a la decisión que la vida acababa de tomar por él y siguió su camino al hospital, como si en esa llamada su madre le hubiera hablado de un calvo con gafas. No pudo siquiera notar alivio; no había, en él, hueco para victorias.

Cuando estaban entrando al parking del hospital, Lucía se atrevió a romper el silencio.

—Cari, mándale un wasap a tu hermana para que vaya bajando, que, si no, no llego a recoger a los niños.

Matías así lo hizo y se quedó mirando su móvil. Pensó lo que pensó, torció el gesto y miró a su mujer.

—¿Te parece bien? —Y matizó—: Lo que le he dicho a mi madre.

—Más que bien. No pienses en eso ahora. Nos apañaremos—. Y le dio un leve beso de despedida.

Matías entró al hospital y pensó que ese dolor de cabeza que no se iba podía ser falta de cafeína, así que fue directo a la cafetería. Siendo la hora de la cena, tuvo que hacer toda la cola y aprovechó para comprarse algo por si en algún momento le entraba hambre.

Veinte minutos más tarde, con un cortado en una mano y una bolsa con un bocadillo de tortilla de patatas, un plátano, un batido de chocolate y una bolsa de Ruffles en la otra, como si fuera un niño que se va de excursión, encaró la ruta que tantas veces había tomado durante esa semana.

Línea morada hasta los ascensores, planta tercera, al salir a la izquierda, luego a la derecha y, en el control de enfermería, pasillo de la derecha.

Luego, quinta habitación a mano derecha.

Pero de la quinta habitación a mano derecha acababa de salir alguien. Un hombre de estatura media tirando a baja, con barba semicanosa, pelo ondulado, gafas y vestimenta básica.

Matías lo miró; luego, a la habitación de la que acababa de salir, como queriendo asegurarse de que efectivamente era la de su tía y no otra; lo miró de nuevo y se cruzó con él.

Caminaba deprisa y con paso firme. Su rostro estaba serio.

¿Afligido? El desconcierto dejó a Matías parado a mitad camino.

Giró la cabeza y lo contempló irse. Sacudió la cabeza y terminó de recorrer el tramo hasta la habitación de Lola.

Cuando la vio, Matías se olvidó de todo lo demás y se dijo a sí mismo que ahí es donde debía estar.

Se tumbó al lado de su tía, pasándole un brazo por encima de la cintura.

Diferentes profesionales iban entrando. Matías les dejaba hacer lo suyo y volvía a su puesto a la menor oportunidad.

Una de ellas, una enfermera un poco más joven que él, cuya cara olvidaría pero cuyo gesto nunca lo hizo, se le acercó con los brazos tendidos sin mediar palabra.

Matías se deshizo en ellos y se quedó, por un rato, pensando en cuántos de esos abrazos que traspasan lo profesional no habría dado su tía en toda su carrera.

Una de las veces que salió del baño se sentó en la cama, miró a Lola, le acarició el pelo y, para sorpresa y susto de Matías, acostumbrado ya al silencio y al sueño de su tía, esta abrió los ojos y habló, despacio y sin fuerzas:

—Mati, cielo.

Matías pensó que no era momento de que su tía viera lágrimas en sus ojos.

—Buenos días, tía —dijo, sonriéndole—. ¿Cómo estás?

—¿Qué hora es?

—Es de noche. Hace frío fuera, aquí estamos muy bien —dijo Matías.

Lola calló, miró hacia la ventana y luego de nuevo a su sobrino.

—Sí, estamos muy bien.

—¿Quieres que ponga la tele?

Matías no sabía muy bien qué decir ni qué hacer.

—No, cielo —le contestó Lola. Al cabo de poco le preguntó—: ¿Vas a quedarte a dormir?

—Claro que sí, tía. Yo, contigo. Donde tú estés, yo contigo —le contestó, afectuoso.

—Qué lindo eres. Te quiero mucho.

Todas estas palabras eran lentas pero lúcidas.

—Yo también te quiero, tía. A la que más —apostilló, lisonjero.

Matías pensó que, para eso, justo para eso, tenía que estar.

Por esos regalos inesperados. Se levantó y fue a por un vaso de agua, que acercó a los labios de su tía.

Esta puso su mano temblorosa en el vaso para beber más cómodamente, pero Matías no lo soltó.

Lo dejó en la mesilla, le tendió una servilleta y volvió a sentarse junto a ella.

—¿Qué día es? —siguió preguntando Lola.

—Hoy… mmm , miércoles —le contestó.

—¿Y qué has hecho hoy?

—Estar aquí, contigo. No tengo un plan mejor.

—¿No has ido a trabajar? —preguntó Lola—. No tienes que enfadar a tu madre por mí—. La longitud de esa frase ya la cansó.

—No, no he ido —contestó.

Matías se quedó pensativo. Se levantó para recolocar la sábana que cubría el sillón del acompañante y para acomodar la almohada de su tía, así como la altura del respaldo de su cama.

Esto es lo que se le ocurrió hacer para ganar tiempo de reflexión.

No sabía si contarle o no contarle. No quería preocuparla, no quería darle sobresaltos.

No quería otra cosa más que paz y serenidad para su tía en esos momentos.

Aun así, pensando en que ella lo recibiría como buenas noticias, no se pudo o no se quiso aguantar.

—¿Sabes qué le he dicho hoy a mi madre? —Matías hablaba bajito y aguardaba, como si el paso del tiempo fuese una ficción, las contestaciones de su tía.

—Sorpréndeme —dijo Lola.

—Que ya no voy a trabajar con ella. Que ya hablaremos pero que vaya buscándose a alguien —le explicó Matías.

—¿Eso le has dicho? —Los labios de Lola mostraron una buena sonrisa, una sonrisa más grande que fuerzas tenía—. Ese es mi Mati, sí Señor. Va a intentar convencerte —lo previno.

—Lo sé, lo tengo claro. Creo que ni se lo habrá creído del todo. Pero le he dicho que no voy a cambiar de opinión —le aclaró.

—¿Y no lo harás? —preguntó, casi desafió, Lola.

—No. Te prometo que no. Hasta aquí ha llegado mi aventura con mi madre. Y ya está bien —sentenció.

—Amén —añadió Lola—. Dame un abrazo, anda.

Matías se volvió a tumbar, abrazado a su tía, que volvió a dormirse.

Al rato, Lucía apareció por la puerta, para sorpresa de Matías, con el pretexto de querer acompañarlos a él y a Lola.

Si bien eso era cierto, la razón principal era que Inés y ella habían quedado en turnarse para que Matías no estuviera solo cuando falleciese Lola.

Lucía, a pesar de la poca diferencia de edad, siempre había sentido a Lola como a su suegra mucho más que a su suegra real (lo cual no era raro porque esta había sido más madre para Matías que su verdadera madre y, dicho sea de paso, más abuela para sus hijos que su verdadera abuela).

Y también la había tenido por una amiga.

De modo que su muerte la iba a lamentar no solo por Matías y sus hijos, sino por ella, porque iba a perder a una persona maravillosa en su vida.

Pero ahora no podía pensar en todo eso. Estaba enfocada en Matías. Y menos mal.

Unas pocas horas después, esa misma madrugada, Lola murió. Sin más.

Hizo unos pequeños sonidos que los sacaron de su letargo.

Matías, a su lado y agarrado de sus manos como estaba, se incorporó para mirarla y Lucía se acercó desde el sofá.

Solo unos sonidos y dejó de respirar. Y así, por segunda vez en el mismo día, algo descomunal, algo inmenso, trascendental, había ocurrido de la forma más simple, sin gran alboroto, sin dramatismo ni estridencias.

Matías le besó las manos incansablemente, sin dejar de mirarla.

Solo soltó a su tía para abrazarse a su mujer.

Y lloró y lloró y lloró. No con un llanto quedo y sereno sino con uno que explotaba desde el pecho y lo sacudía con violencia; uno que se oía; uno del que brotaban tantas lágrimas que no le permitían ver y tantos mocos que le impedían respirar.

Uno de esos llantos que te dejan luego derrotado, con la cabeza a punto de reventar, los ojos hinchados y rojos, y la mirada perdida.

Pero eso era una vez que remitía. De momento, el llanto de Matías no cesaba.