Capítulo 54
Octubre
—¿Qué pasa, Lola? Me has dejado en vilo con tu wasap. ¿Estás bien? —preguntó Cecilio sin rodeos tras darle un abrazo mientras la seguía hasta el sofá.
—Sí, sí, tranquilo —contestó, queriendo sonar despreocupada—. Solo floja, fatigada.
—Eso suena a regular más que a bien.
—Bueno, sí. Estoy más regular que bien. Eso es verdad —reconoció Lola.
Cecilio la escrutaba, inquieto, y Lola procuraba no detenerse mucho en la mirada de este.
—Tráeme un vaso de agua, anda, y te coges tú lo que quieras —pidió Lola a Cecilio.
—¡Marchando!
Una vez le trajo el agua y una servilleta, Lola bebió y habló, pausada y tranquila:
—Tengo una propuesta. Más bien una petición. —El rostro de Lola mostraba una dulce sonrisa en sus labios; no así en sus ojos. —Ya voy a necesitar que me cojas el testigo con los ensayos.
···
—¡Ay, Ester! Pasa, pasa, qué bien que hayas venido —exclamó Matías mientras la abrazaba—. Tengo que acercarme un momento a la farmacia. ¿Pensabas quedarte un ratito?
—Claro, sí, vete tranquilo, que yo me quedo —le dijo Ester, devolviéndole el abrazo.
—¿Hola? Que estoy aquí, ¿eh? No necesito que se quede nadie —se quejó Lola.
—¡Gracias, bonita! —le dijo Matías a Ester mientras ignoraba la queja de su tía. Le dio un rápido beso en la mejilla a su amiga y añadió por lo bajo—: No tardo.
Lola puso los ojos en blanco. Ester dejó sobre la mesa lo que llevaba en las manos y se acercó para abrazar a Lola, que estaba sentada en un sillón al lado de la ventana.
Hacerlo le rompió un poquito más el corazón.
Sentía que, cada vez que la veía de nuevo, el diámetro que ocupaba su cuerpo al abrazarla se estrechaba.
—¿Estás bien de temperatura? ¿Necesitas algo? —preguntó, viéndola más abrigada de lo que era razonable.
—Estoy muy bien, cariño. Muchas gracias —dijo sonriente ante su (para Lola, exagerada) preocupación—. Y más que voy a estar cuando abras eso que has dejado en la mesa, que lo huelo desde aquí.
—¿Hago algo para acompañar? ¿Café? ¿Infusión? —propuso Ester.
Noviembre
Olga:
Hola señora!
Ya te he regado todas las plantas, estate tranquila que por tu casa está todo en orden.
He tirado alguna comida a la basura que se te había echado a perder
Ah! Los sumideros estaban limpios, no ha hecho falta que los sacara.
Y le he pegado una barrida a la calle para que no te critiquen tus vecinas jaja
Lola:
Gracias Olga! Se puede tener más suerte que yo de tenerte??? ❤
Según lo que me alargue aquí igual te pido que vuelvas a dar otro repaso.
Olga:
Los que hagan falta! pero seguro que en un par de días te dan el alta
Lola:
Ay! Dios te oiga!
Olga:
Confiemos!
Ah! El cargador no lo he visto por ningún lado, te llevaré uno mío
Lola:
Olga!! Lo siento!! Se me había olvidado decirte que lo cogió Matías para traérmelo
Olga:
Ay perfecto! Todo controlado entonces
Lola:
Sí sí. Mil gracias linda
Olga volvió a abrir el cajón del escritorio en el que no estaba el cargador solo para terminar de procesar lo que había visto en apenas una milésima de segundo.
···
—Tía, venga, solo un poquito, el caldo aunque sea —la animó Matías.
—Mati, cariño, no quiero más. Igual más tarde —contestó Lola.
—Es que eso ya lo has dicho antes, tía —rebatió este, entre derrotado y enfadado. Frustrado, quizá.
—No queremos que vomite, ¿verdad? —Lola trató de bromear por no enfadarse.
Matías calló lo que estaba pensando: que para vomitar tenía uno que tener algo en el estómago.
Sin decir nada, se levantó y recogió los restos de la cena (o, lo que venía siendo lo mismo, la cena casi sin tocar).
Mientras metía los cacharros al lavavajillas, serio, en su mundo, escuchó a sus espaldas la silla arrastrarse hacia atrás y un lento caminar, unos pies que se arrastraban, en dirección al salón.
Las manos de Matías pararon de faenar por un momento mientras observaba a su tía, indeciso. Esta, al percatarse del cese del ruido, adivinando los pensamientos de su sobrino, dijo al aire:
— Tranquiiilo , que no me voy a caer en los diez pasos que hay de la cocina al salón.
Matías se ahorró apostillar «otra vez».
En ese momento, se escuchó un ruido de llaves, el timbre sonando, enérgico, y la puerta abrirse; todo seguido: señal inconfundible de que llegaba la hermana de Matías.
—¡Hola, hola! —dijo Inés al aparecer en el salón—. ¿Preparada para la fiesta de pijamas? —Le chocó la mano a Lola, como hacían desde que era niña, se inclinó sobre el sillón, sujetando con una mano su larguísimo pelo suelto para no echárselo a su tía en la cara, y le plantó un sonoro beso.
—Vente a la habitación que quiero enseñarte un outfit .
···
—Buenos días. ¿Cómo has pasado la noche?
… ¡No te llamo todas las mañanas! Solo las de los días que no te voy a ver…
Qué romancera eres. Venga, dime cómo estás…
Ay, me alegro. Menos dolores siempre son buenas noticias, Lola…
¿Yo? Pues poca cosa, me voy a caminar con el padre de Olga.
Es una lianta, esta mujer… Ya, ya… Es majo el hombre, la verdad.
No tan torbellino como la hija, gracias a Dios…
Sí, descuida…, si quieres me paso esta tarde y te cuento…
Vale, vale, no te preocupes, no pasa nada.
Yo te aviso de todas maneras, y si no tienes ganas nada, otro día…
Venga, un beso, que pases buen día. ¡Eh!
Y lo que necesites me llamas, ¿vale?… No, si yo no me preocupo. Pero tú me llamas… Venga, hablamos.
Diciembre
—¡Tía! Tienes visita —dijo Inés, anunciando a un grupete de amigas de Lola que asomaron, sonrientes, detrás de ella.
— ¡Holaaa! —dijeron las tres, haciendo cola para besar a su amiga.
—¡Sentaos, sentaos por aquí! —ofreció Lola, contenta.
—Voy a poner una cafetera, tía —dijo, solícita, Inés.
—Sí, cariño, muchas gracias —le contestó Lola. Y añadió, observando la maceta que llevaba una de ellas—: Pero ¿y esa preciosidad de poto? ¿Para mí?
···
—Lola, ya te lo dijo el médico: tómate la medicación que necesites, no tienes por qué padecer, ¡ni esto! —Olga remarcó sus palabras, pegando los dedos.
—Ya, ya lo sé, Olga. Pero es que si me tomo la medicación me voy a otro mundo… y para el poco tiempo que me queda en este quiero estar lúcida y poder disfrutaros —se explicó Lola.
—Si lo sé, amiga, lo sé… Estoy contigo. Ojalá pudiera quitarte algo de dolor, Lola.
—Qué suerte tengo de tenerte. Te quiero mucho, ¿sabes? —dijo, pacíficamente, Lola.
—Y yo, mucho —contestó Olga, sonriéndole. Y añadió—: ¿Por lo demás…?
—Por lo demás, todo bien. De verdad —contestó Lola.
—¿Paras ya de hacer eso? —dijo Olga, con una firmeza que pilló a Lola fuera de juego.
—¿De hacer qué?
—Lola. Se murió tu hermano. Y te repusiste.
¿Verdad? Después de casi morirte, vale, pero te repusiste.
¿No puedes confiar en que nosotros haremos igual?
No nos trates como a niños. No tienes todo el rato que mostrar entereza para que no nos vengamos abajo.
Tienes permiso para derrumbarte, para mostrar tu dolor, tu tristeza y tu miedo.
No tienes que cargar tú sola con todo eso.
Lola refrenó su primer instinto de contestar y se permitió reflexionar sobre qué parte de razón había en las palabras de Olga. Paseó la mirada por la habitación, cerró los ojos y respiró hondo mientras los abría.
—Cabrona. Si hurgaras tan profundo en ti como en los demás…
—A Olga se le escapó una sonrisa de medio lado, que sostuvo en silencio, por lo que Lola siguió hablando; primero mirándose a las manos y luego levantando la vista hacia ella—.
No voy a ver crecer a mis sobrinos; no sé en qué clase de jóvenes y adultos se convertirán.
—Tragó saliva y continuó—: No voy a vivir una jubilación dorada, viajando y haciendo las mil cosas que tenía pensadas.
No creo siquiera que llegue a veros representar la obra.
—Negaba con la cabeza mientras lo decía—.
No voy a poder disfrutaros más. No voy a estar, Olga. Y eso es triste.
Lola calló. Olga ladeó la cabeza, le cogió la mano y, con los ojos brillantes, se la llevó a su corazón.
—Vas a estar aquí. Siempre. Vas a vivir en el corazón de todas las personas a las que has cambiado la vida. Porque así has vivido tú: transformando vidas. Y eso, querida amiga, es imborrable.
Lola se recreó en las bonitas palabras de Olga, pensó un poquito más y, tras unos segundos, continuó:
—Igual lo que hay después de la muerte está mejor, ¿no?
—Es probable. «Morir será una aventura terriblemente grande» —recitó Olga.
—¿Y eso quién lo dijo?
—Y yo qué sé. Lo leí en una lápida —confesó Olga. Lola rio con la contestación—. ¡Por cierto! ¿Te apetece un cotilleo?
—Eso siempre…
···
—Ya voy, ya voy… —dijo Lola al aire tras escuchar el timbre.
Ya era casualidad que viniera alguien justo en uno de los pocos ratos en los que la dejaban sola. Se acababa de ir su sobrino, el hijo mayor de Matías, en esos momentos. Y a este no le quedaría mucho por llegar.
Andaba tan despacio que tardaba un siglo en cubrir el trayecto del sillón a la puerta. Por eso iba avisando, para que quien estuviera al otro lado supiera que sí que estaba en casa, solo que iba a su ritmo. Se estaba cabreando por dentro solo de pensar que fuera un comercial de placas solares.
Por fin, llegó a la puerta, la abrió y, como quien ve nevar en agosto, solo acertó a decir:
—¡La Virgen!
La persona al otro lado sonrió.
—Solo tú puedes darme esta bienvenida.
Enero de 2024
—Hola, Lolaaa —susurró Ester, como si estuviera despertando a un bebé. Lola entreabrió los ojos—. Te traigo estas flores para decorar un poco esto. Mira qué bonitas, ¿eh?
Ester hacía esfuerzos sobrehumanos por sonreír y le dolía la garganta y la mandíbula de aguantar el tipo. Acomodó las flores y se sentó al borde de la cama.
—Oye, qué buena cara tienes. ¡Mira qué cutis más terso! —dijo, forzándose a sonar optimista.
Cuando todos los músculos de tu cara quieren llorar y tú los obligas a sonreír duele. Duele, físicamente. Debe de ser algo así como meter marcha atrás yendo a 120. Duele. Y te destroza.
Lola medio sonrió y cerró los ojos. Ester acercó su rostro al de Lola y la besó, suave, en la mejilla; luego, en la frente, pasando los dedos por su pelo. Después, le cogió la mano y permaneció así, mirándola descansar.
—Lleva todo el día dormitando —le dijo Inés a Ester en un susurro.
—Al menos, así está tranquila —se conformó Ester. Inés asintió—. Oye —se dirigió a Lola sin esperar respuesta—, seguimos ensayando, ¿eh? Cecilio no es tú… pero tampoco está mal. A veces se explica fatal… ¡aunque tiene un montón de paciencia! Ahí donde lo ves, tú eres mucho más dura.