Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 53
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Capítulo 53

—¿El secreto? Encontrarse en paz con la vida —le respondió Lola a Ester.

—¿En paz?

—Sí. Satisfecha con lo que has vivido. Me he rodeado de gente maravillosa, me he sentido muy muy querida, he recibido cariño todos los días de mi vida, ¡y lo he dado! ¿Tú sabes cuánta gente no puede decir lo mismo? —le contestó Lola.

Ester, y también todos los demás, la miraban, atentos, absorbiendo cada palabra; conscientes de que broma, receta de cocina o enseñanza que se perdiesen, broma, receta de cocina o enseñanza que ya no tendrían ocasión de atesorar.

—He tenido un trabajo que me encantaba, que me conectaba con las personas, que me permitía ayudarlas y aliviarlas.

He tenido aficiones. Hasta que vino el cáncer, he tenido salud y me he cuidado.

He disfrutado. He tenido conversaciones maravillosas, he reído, he besado y abrazado y otras cosas que mi sobrino no quiere escuchar —dijo mientras sonreía y le guiñaba un ojo a Matías.

Los demás también sonrieron—. He corrido aventuras.

Una lágrima cayó por la mejilla de Ester; cosa que tampoco era difícil porque ocurría cada vez que salía el tema de vivir la vida, de afrontar la muerte y todas esas vainas.

—Por supuesto que querría vivir más, pero, créeme, estoy tranquila y satisfecha porque en mis cincuenta y seis años he vivido mucho y muy bonito. Ester, cielo, morir de viejo solo significa haber sumado más años, no haberlos aprovechado mejor —concluyó Lola.

Ese día, como tantos otros, el ensayo se había convertido en charla.

Desde septiembre que los habían retomado, todo había vuelto a una extraña normalidad.

Que Lola se moría lo sabían todos, pero de momento no ocurría.

No es que albergaran la esperanza de que tuviera alguna oportunidad de salir de esa.

Más bien le daban la espalda a la noticia, como el niño chiquitín que se tapa los ojos pensando que si tú no me ves yo a ti tampoco.

Y como pasaban los días y seguía todo igual, fueron volviendo cada uno a su rutina: el comienzo del curso en el instituto para Ester; Olga atareadísima y viajando a menudo con una formación que estaba impartiendo; Matías con la vuelta al cole de los peques y con el inicio de la temporada fuerte en su empresa.

Y Cecilio… Cecilio estaba jubilado, y a los jubilados parece ser que se les puede encomendar cualquier sinsentido porque ¡qué otra cosa tienen que hacer!

Casa de Cecilio. Septiembre de 2023

—¡ Perlaaa ! Necesito un favor —le dijo Olga a Cecilio mientras le pellizcaba el moflete, ante la mirada resignada de este.

—Dime, mi-vi-da —contestó Cecilio con retintín—. Ya te llevas uno de mis aloes, ¿qué más quieres?

—Tengo que viajar bastante este mes y me sabe mal por mi padre. ¿Por qué no le echas un ojo? —pidió Olga.

—Define «echarle un ojo» —le contestó Cecilio—. Pero, vaya, que no lo conozco de nada. Ya sería raro.

—¡Pues eso! Yo te lo presento. Es muy majo. Y podéis… hacer cosas —dijo Olga, como si fuera lo más natural.

—Hacer cosas.

—¡Sí! Cosas de jubilados. Jugar a la petanca o al dominó o a lo que sea que esté de moda entre los hombres de este pueblo. Ir a misa. ¡Cosas!

—¿A misa? Olga, no puedes hacer que dos señores se hagan amigos así sin más. Es raro —expuso Cecilio—. Aparte de que tu padre ya tiene un montón de amigos y vida social.

—¿Cómo que no puedo? Dejaré de poder… —contestó Olga—. Tiene amigos, sí. Pero yo no los conozco mucho ni me…

—Ni te pueden dar el parte —dijo Cecilio por Olga—. Tú lo que quieres es un espía.

—¿Yo? Líbreme Dios. Solo quiero asegurarme de que está bien —se excusó Olga.

—¿Y si me cae mal? —preguntó Cecilio. Y Olga supo que ya había triunfado.

—¿Cómo te va a caer mal mi padre, si a mí me adoras? —zanjó sin posibilidad de réplica—. Te mandaré un wasap para que nos vayamos a tomar algo los tres —añadió. Cecilio resopló.

—Qué pereza, Olga, de verdad. En menudos fregaos me metes —refunfuñó Cecilio.

—¡Yo también te quiero!

Sótano de Lola. Octubre de 2023

La nueva rutina de ensayos daba una sensación extraña porque cuando un ser querido tiene tan cerca el final no te imaginas haciendo otra cosa más que estando con él 24/7; todo el rato afligido y ojeroso.

Pero no. Se sigue viviendo. No igual, claro está: con el móvil siempre cerca y con sonido; preocupado de más si esa persona tarda en responder, con pensamientos intrusivos chungos de vez en cuando…

esas cosas. Pero viviendo, al fin y al cabo, con todo lo que ello implica.

Así que allí estaban, medio ensayando, medio filosofando sobre la vida hasta que Lola los trajo de nuevo a la realidad.

—¿Vamos o qué? ¡Ensayamos la escena final! ¡Olga! ¡Cecilio! Vamos, vamos —los apremió.

Los aludidos obedecieron y tomaron posiciones.

—A partir de «Candelaria, nunca te olvidé, ¿me crees?» — indicó Lola. Y se retiró para dejar a los actores solos en escena.

ESCENA XII

Santiago y Candelaria de pie el uno

frente al otro, en el centro del escenario.

SANTIAGO .— (Cabizbajo.) En todo este tiempo, nunca, Candelaria… ¿me oyes?, nunca te olvidé. Tienes que creerme.

CANDELARIA .— (Con seguridad.) Te creo, te creo; claro que te creo, ¡por Dios! Yo… tampoco te olvidé.

SANTIAGO. —No. Lo dices por cumplir. No es necesario. No a estas alturas.

Santiago se aleja, pensativo.

CANDELARIA . — Viví una vida porque no me quedó más remedio.

Pero fuiste el amor de mi vida. De esa vida.

No hubo un día en el que no pensara en ti, ni hombre con el que no te comparase.

No me quejo, fui feliz, encontré buenas personas en el camino.

Pero mi recuerdo siempre regresó a ti, todas las veces.

Santiago, emocionado, la mira desde la distancia.

CANDELARIA . —Puedo demostrarlo.

Candelaria se sube la manga, mostrando

la pulsera del sol. Santiago vuelve a ella.

SANTIAGO . —¡Candelaria! No… no puede ser. ¡No sabías que nos volveríamos a ver!

CANDELARIA . — Las almas que están destinadas a estar juntas, encuentran la forma de reencontrarse.

Cae el telón.

Tras un breve silencio, Matías intervino:

—Yo sigo pensando que aquí falta un beso.

—¿Sí? ¡No jodas! La primera vez que lo dices… —dijo Olga.

—Pero es que es verdad. ¡Ester! ¿Tengo razón o no? —preguntó Matías, buscando un apoyo que no encontró porque Ester, con la vista fija en las sillas vacías, que hasta hacía poco ocupaban Candelaria y Santiago, no estaba atenta a la conversación.

—Mati, ¿qué tienes con los besos? —intervino Lola.

—Si quieres te cedo el asiento y besas tú a Cecilio —ofreció Olga.

—¡Eh, eh! ¿Yo qué culpa tengo? —se defendió este—. ¡Bésalo tú!

—¿Estás falto de besos, Matías? —le preguntó Olga, pícara—. Mira que yo te hago un apaño rápido.

Como si alguien la hubiera sacado de su distracción con una colleja, Ester levantó la vista de golpe.

—Venga, venga —los interrumpió Lola—. Vamos al lío. ¡A ver! ¿Qué os ha parecido? Ester, Matías…

Ester aterrizó en Lola, hizo el amago de hablar, calló, reflexionó y, por fin, dijo:

—¿Tú crees eso de verdad?

—¿El qué? —contestó Lola, confundida.

—Que las almas que están destinadas a estar juntas siempre se reencuentran —recitó.

—¡Pero, chica! No te me pongas filosófica otra vez, por Dios te lo pido, que no avanzamos.

—¡Lo siento, lo siento! —reculó Ester—. Mmm , la escena fantástica, muy bonita —añadió con una sonrisa.

—¡Sí! Nada que añadir. Me ha gustado mucho —dijo Matías.

—¡Genial! Vamos a repetir de nuevo, pero, ahora, Olga, necesito que te detengas más en el párrafo largo. Piensa que son ideas difíciles de expresar, que no las llevas escritas en un papel, y son confesiones. ¡Le estás diciendo que es el amor de tu vida! —indicó Lola.

—¿Puedo decir «fuiste el jodido amor de mi vida»? —preguntó Olga, sonriente con su propia ocurrencia—. You turn out to be the fucking love of my life .

— ¡Love actually! —gritó Ester, entusiasmada.

—¡Sí! ¡Me encanta! —exclamó Olga.

—¡Y a mí!

—¡Coño, Ester! Pues ya tenemos peli para el próximo viernes de pelipizza —soltó Olga sin más, con toda naturalidad.

Lola no pudo evitar sonreírse y los redirigió al ensayo rápidamente.

Ester pudo poco más que contestar cortésmente a esa frase con una sonrisa, sintiéndose traicionada por ella misma al notar los nervios y cosquilleo en la barriga que le habían asaltado solo por la mera mención de Olga de repetir el viernes de pelipizza .

Por suerte, pronto les tocó el turno a ella y Matías.

Más tarde, cuando ya todos se fueron y se quedó sola en casa y tranquila, se puso una manguita larga y fina, cogió un pañuelo para echarse por encima y salió al patio de su casa a tumbarse a mirar las estrellas con la fresca.

Últimamente, sentía una necesidad casi visceral de contemplar el cielo, el universo.

Cerraba los ojos, respiraba, centrándose en percibir los aromas de la noche, escuchaba a los perros ladrar a lo lejos, los abría, contemplaba los diferentes brillos de las estrellas, buscaba las pocas constelaciones que conocía…

En medio de esa tranquilidad se acordó de Ester, sonrió y tomó el móvil para escribirle:

Lola:

Hola, linda. Respondiendo a tu pregunta

Sí lo creo, lo de las almas

No es lo que nos han enseñado siempre, pero yo he decidido creer en lo que más me reconforta, y creo firmemente que las almas que somos afines en esta vida, de una forma u otra, volveremos a estar juntas.

Ester, ya en la cama, se quedó pensando en las palabras de Lola que acababa de leer.

No podía concebir esa entereza, no entendía cómo podía estar así de reconciliada con su destino próximo.

Era demasiado joven como para acoger la muerte de esa forma.

Y a ella, a Ester, la aterraba. ¿Podía uno hacer eso?

¿Podía uno decidir creer en lo que más le reconforta y creerlo de verdad?