Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 52
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Capítulo 52

Esa idea del espacio-seguro-donde-nos-queremos-y-aceptamos-sin-juzgarnos se quedó resonando en la cabeza de Ester y empezó a engendrar una idea.

Ese mantra, que le había salido casi de carrerilla de tanto que lo había usado, no era otra cosa que el término que tuvieron que acuñar en un momento dado las amigas de Ester por pura supervivencia del grupo.

Unas amigas que, de forma habitual, como mucha gente hace, vertían las unas de las otras opiniones, juicios y consejos a discreción, sin mesura y sin que nunca pasara nada. Hasta que pasó.

«¡¡Ni “Silvi, por favor” ni pollas!!». «¿Pero tú sabes cómo lo pasé yo para que me vengas ahora con estas?

». «No le haces ningún favor defendiéndola, Ester, que era un puto maltratador psicópata».

«A ti lo que te gusta de ayudar es luego poder echarlo en cara».

«¡¿Te reproché yo cuando abortaste por tu cabeza de mierda?

!». «¡Tendrán que ver unos cuernos con esto!

Por favooor… ». «¡Hipócrita!». «¡Egoísta!

». «¡Que te den por el culo!». «¡Que te jodan! ». «A la mierda todo».

Tan desagradable fue aquel episodio como enriquecedora la reconciliación.

Ni fácil ni corta ni alegre, pero sí enriquecedora.

Porque, al final, tras mucho hablar y mucho más escuchar, tras dejar la defensiva a un lado y asumir errores e incluso miedos; después de un capazo de empatía y de disculpas, pero de las buenas (con su acto de contrición y su propósito de enmienda), entendieron que no podía ser que, por temor a las consecuencias, se tuvieran que guardar cosas que, en silencio, pesaban un quintal mientras que compartidas se aligeraban y se hacían, al menos, llevaderas.

Y de ahí surgió el concepto de «espacio seguro», bajo cuyo paraguas se podía compartir cualquier cosa con el aviso de que era un tema delicado, difícil de hablar y que, bajo ningún concepto, podía ser juzgado.

Todo cabía bajo ese paraguas. Y si todo cabía, pensó Ester, cabía también su affaire con Olga y la consiguiente crisis de identidad sexual y existencial en general.

— … pues fue bien la reunión. Tanto miedo que tenía y al final no me sacó el tema —explicaba Nuria.

—¿Ves, tía? —le decía Silvi—. Tres semanas toda agobiada para nada. Qué afición le tienes a sufrir.

La primera abrió la boca para rebatir a su amiga cuando Ester, que había estado absorta en sus pensamientos y se había estado debatiendo los últimos minutos, y horas, y días, en contarlo o no contarlo, interrumpió abruptamente la conversación.

—¡Necesito el espacio seguro! —dijo superfuerte y superrápido, tapándose la cara, a continuación, con ambas manos para no ver las caras de sus amigas.

Se hizo el silencio. Las otras tres se reacomodaron en sus asientos y la miraron.

Si todos los momentos de espacio seguro eran sagrados, el de Ester lo era más, por infrecuente.

Porque Ester no era impulsiva, por lo que no acostumbraba a hacer nada que no estuviera muy meditado y, por tanto, no solía arrepentirse de sus actos y decisiones.

Además, era muy perfeccionista y era raro que no tuviera bien atados todos los cabos antes de dar ningún paso, por lo que era de extrañar que se le torciera lo previsto.

Así que lo que todas pensaban y ninguna decía era: «¿Qué le puede pasar a la prudente, cuadriculada, tradicional y tranquila Ester? »

Era una cálida noche de sábado. Estaban, como tantas otras veces, en la terraza de Nuria.

Las cajas de pizza estaban tiradas por el suelo, con algunos restos de bordes de las del « team sin bordes»; los botellines de Estrella Galicia separados para reciclar.

Y sobre la mesa ahora había unas copas y chucherías.

A Ester le iba el corazón a mil. No sabía qué pretendía al contarlo ni qué esperaba ni qué necesitaba.

—Claro, Ester. Cuéntanos —dijo Silvi, ceremoniosa. Pero Ester no hablaba.

—No, no. Mejor no —respondió, al cabo de unos segundos, arrepentida—. Dejadlo, dejadlo.

—¡Anda ya! ¿Cómo no? —le replicó Juana.

—Que no puedo, que es muy fuerte. Y… y yo sé que no juzgamos, pero en vuestro fuero interno lo vais a hacer. Seguro —expresó con sincera preocupación.

—Pero, Ester, cariño. Sabes que no. Espacio-seguro-donde-nos-queremos-y-aceptamos-sin-juzgarnos —le recordó Silvi—. Te queremos infinito.

—No te puedes quedar con eso dentro —le dijo Nuria—. Precisamente tú no puedes haber hecho nada que sea tan malo.

—¡Y si lo has hecho, seguro que estaba justificado! —añadió Juana, por si acaso.

Ester se quedó pensativa, reflexionando, pero sus amigas no le dieron mucho tiempo.

—¡Ya sé! Estás urdiendo planes para chafar la boda de Álvaro con la camarada —dijo Silvi para tratar de relajar el ambiente.

—Uy, no. ¿Estás intentando recuperar a Álvaro? Le has escrito, le has llamado, ¡le has asaltado por la calle! —se aventuró Juana, siguiéndole el rollo a Silvi.

—Qué tontas sois —dijo Ester, sonriente, agradecida.

— Diooos . ¡Estás preñada! —se le ocurrió a Nuria. Ester rio.

—No, a ver. Ehhh … —dudó—. No es nada de Álvaro ni… ni en realidad es nada malo. Me he liado con… alguien —murmuró por fin. Las amigas esperaron, pero Ester no continuó.

— Ufff , me está costando no juzgar —bromeó Juana.

— Mmm —pensó Ester—, es… es una chica. —Aguantó la respiración.

—Una chica —repitió Nuria, queriendo confirmar haber escuchado bien.

—Sí. Una chica, una mujer, vamos —aclaró Ester, mirando al suelo, retorciendo las manos y sintiendo la cara arder.

Luego, levantó la mirada para comprobar cómo sus amigas digerían la noticia.

Ellas trataron de que sus rostros no mostrasen ninguna emoción que pudiese incomodarla.

Como ninguna decía nada, añadió—: Ah, y está casada.

—Vale. Bueno, pues ya está. ¿Hay algo más? —preguntó Silvi tras unos intensos segundos de silencio.

—¿Te parece poco? —respondió Ester, haciendo una mueca.

—Oye, que no juzgamos está claro, pero cotillear sí se puede, ¿no? —preguntó, prudente, Nuria.

La propuesta desarmó a Ester y logró colar una risotada entre las lágrimas que le habían venido a los ojos en el último momento.

Estas, sin embargo, no cesaron, pero sí se transformaron en otra cosa: en lágrimas de alivio, de gratitud.

Mordiéndose el labio, Ester miró a una a una a sus amigas y, viendo que se morían por saber más, accedió:

—Venga, vale, se puede… Pero sin pasarse, que os conozco —aclaró al ver el entusiasmo que se había desatado.

Eso supuso el pistoletazo de salida para que sus amigas comenzasen con el tercer grado. Y lo hicieron, para sorpresa y alivio de Ester, exactamente igual que si de un tío se hubiera tratado. Y lo pudo sacar, por fin, todo.

Soportó estoicamente, con media sonrisa en la cara, el bombardeo de preguntas que enseguida se desató: «pero ¿quién es?», «¿de dónde ha salido?», «¿es del pueblo?», «¡una foto!», «¿cómo es?», «¿cuántos años tiene?», «¡una pista solo!».

La amenaza de quedarse sin cotilleo fue suficiente para que dejaran de insistir en averiguar la identidad de Olga, cuya intimidad, por descontado, Ester salvaguardó.

Contó cómo se había sentido atraída por ella casi desde que la había conocido y cómo esa sensación había ido in crescendo hasta que había terminado por perder el control sobre sí misma.

Llegado el relato al día D, buscó la forma de contarles todo lo ocurrido sin ser soez pero sin dejarse nada en el tintero.

Les habló de la atracción irrefrenable, de la excitación brutal.

Respondió, si no a todas, al menos sí a un buen puñado de las preguntas que las morbosas de sus amigas le lanzaron.

—Es curiosidad científica —se defendió Nuria.

—¡Cientifiquísima! —le replicó Juana.

—Pues es verdad. Yo no sabría por dónde empezar si me liase con una tía —reconoció Nuria.

—¿Y te crees que yo sí? —contestó Ester—. Pero, ¿sabes?, no fue tan difícil. Al fin y al cabo, como mujer, sabes cómo siente placer el cuerpo de una mujer —razonó—. Y, por tanto, cómo darlo.

— Mmm , sí y no. Porque lo que me gusta a mí no es lo mismo que te gusta a ti. Literal —dijo Nuria.

—Ya, eso es obvio. Pero los cuerpos hablan. ¿No crees que los cuerpos hablan? —replicó Ester.

—Claro que sí —intervino Silvi—. Que no se puede ser tan plana, Nuri. A ver si por eso llevas un año sin follar…

—¡Perdona! ¡Diez meses! —replicó Nuria, toda digna—.Entonces, ¿no me vas a decir cómo…?

—¡Que ya te ha dicho que no! Joer, qué pesá eres. —saltó Silvi en defensa de Ester.

—¿Y hubo sexo oral? ¡Eso sí se podrá contar, ¿no?! —Silvi desistió y se echó la mano a la cara.

— Nooo , no, no. —Hubo una decepción general, seguida de gran algarabía cuando añadió—: Pero, la verdad, habría estado bien.

De vez en cuando, se iban por los cerros de Úbeda en disertaciones sobre sus propias impresiones y experiencias.

—Yo nunca me he liado con una tía, pero sí que he fantaseado. —Nuria estaba sentada en el borde del sillón bajo de ratán, con la espalda echada hacia delante, rellenándose su copa—. Que igual a la hora de la verdad me rajaría, pero en mis fantasías se me da muy bien.

—Pero tú siempre has sido así un poco sin filtro, ¿no?

—la chinchó Juana. Ester se atragantó de la risa y le dio tos, lo que inintencionadamente animó a su amiga en su discurso—.

O sea, que, si yo me tuviera que liar con alguno de los elementos con los que te has liado tú, elegiría mujer mil veces antes. Desde el cariño te lo digo.

—Pero ¡qué zorra eres! —le respondió la primera.

—No, no, no. Esos insultos los hemos desterrado, os lo recuerdo —intervino Silvi.

—Ay, joder. Pues… ¡cabrona! —remató Nuria.

—Abro melón —intervino Silvi, redirigiendo la conversación—.

¿Creéis que con los padres que tuvimos podíamos jugar a probar lo que nos gustaba y lo que no?

Porque yo me imagino con dieciséis años llegando a casa con una chica, y al Excelentísimo Señor Alcalde —dijo en referencia a su padre, que lo había sido años atrás— le habría dado tal soponcio que se habría tragado el puro.

—Continuó su exposición—: Antes, o eras lesbiana «del todo» —dijo, entrecomillando con los dedos— o hetero. No había medias tintas.

—Cien por cien —contestó Juana—. Con lo mal que lo pasaba mucha gente saliendo del armario como para jugártela si no estabas segura. Si sentías algo raro lo mejor era seguir con tu vida.

—Pues a lo mejor por eso ahora pasa lo que pasa. Porque como Ester, un montón de gente. ¿Os acordáis de Marta, la de clase? ¿Martita? Toda la vida con Fran y ahora está con una chica.

Tras hacer un repaso de las no pocas personas del pueblo que, después de toda una vida hetero, estuvieron con alguien del mismo sexo, llegaron a la conclusión de que el refrán «nunca digas de esta agua no beberé» lo inventó una persona a quien se le cruzó en su vida alguien sin esperarlo.

—Es que tú lo has dicho —dijo Ester—: ese «alguien». Ni antes ni después he vuelto a mirar a una sola mujer con atracción. Es ella… —El resto la miraban, comprensivas—. Pero es muy fuerte. Te tiene que pasar para entenderlo.

—Pues fíjate que yo creo que es precioso esto que te ha pasado. Y que te permite un autoconocimiento brutal —reflexionó Silvi.

—Y, bueno, si de paso amplías un poco la oferta, pues mejor. Que el mercao está muy mal —añadió Juana.

Toda esa conversación dio pie a Ester para hablarles sobre su crisis, lo mal y perdida que se había sentido; esa sensación de, de repente, no reconocerse.

—El ChatGPT dice que esto no cambia quién soy, que es un capítulo más de mi historia, que no intente controlarlo todo… y no sé cuántas chorradas más —relató Ester.

—Odio a ChatGPT. Le pedí ayuda para quitar unos documentos de la cola de impresión y terminé desinstalando la impresora y luego me decía no sé qué de unos drivers —se quejó Nuria.

—Bueno, la informática nunca ha sido tu fuerte. No culpes ahora a ChatGPT. Pues un poco de razón tiene, Ester —dijo Sivi, mirando a esta—, aunque te pese.

—¡No salgas otra vez con la dicotomía de control, que me tiro balcón abajo, por Dios! —bromeó Juana.

—¡Pues si es que la dicotomía de control es todo en esta vida!

¡¿Qué quieres que le haga?! —respondió Silvi—.

De hecho, Ester, ¿no viene toda esa angustia de pretender controlar lo que no puedes?

¿De querer saber qué va a pasar de ahora en adelante?

¿De pretender adivinar cómo habría sido todo si esto lo hubieras experimentado antes o nunca?

— Uuuhhh , te está mirando con el mismo odio que miraba a ChatGPT —bromeó Juana.

—No, tonta. Solo estoy reflexionando sobre sus sabias palabras. ¡Lo tendrías que probar alguna vez! —respondió Ester, guasona.

Y así, entre copas y gominolas, en la cabeza de Ester comenzó a brotar el germen de algo revolucionario: que aquello no era ningún drama.

Comenzó a desestigmatizar su situación y a comprender que, para quienes la querían de verdad, sería la misma Ester pasara lo que pasara; que su esencia no estaba, ni de lejos, en con quién se liara ni en de quién se enamorara.

Bien visto, era cierto que su vida no se parecía en nada a lo que ella tantos años atrás había planeado, pero empezaba a entender que eso no tenía por qué ser malo.

Quizá podía dar miedo, pero la vida era para los valientes.

Cuando llegó a casa, cogió el móvil y le escribió a Olga:

Ester:

Ey. Te echo de menos. A ver cuándo nos tomamos un cafetillo.

Olga:

Buenas noches, señorita. Qué trasnochadora :P

Ester:

¡Perdón! ¿Te he despertado?

Olga:

No, tranquila. Estaba leyendo en la cama.

*Foto*

Ester:

¿Novela histórica? ¿en serio?

Tú me quieres provocar

«Uy, uy, uy, estoy tonteando», pensó Ester para sí mientras miraba el chat abierto, con una sonrisa boba, pendiente de los tres puntos suspensivos en movimiento.

Olga:

Jajajajajajaja

¿Y lo he conseguido?

Ester:

Jajajaja

Te dejaré con la intriga

Olga:

Asumiré que sí!!

Ester:

^_^

Bueno, te dejo con tu lectura.

¡Perdón por la interrupción!

Olga:

A ti te lo perdono todo!

Buenas noches!!

Ester se lavó los dientes y la cara, y se echó su cremita.

Se cepilló el pelo y se puso su pijama favorito.

Se metió en la cama y se tapó con la sábana por primera vez en meses, disfrutando de la brisa propia de las noches del final del verano que entraba por la ventana.

Se sintió ligera, con el cerebro en calma en vez de a mil por hora.

Se sintió dichosa. Y se durmió, por primera vez desde hacía semanas, en paz con la vida.