Capítulo 51
—Qué huevos tienes de plantarte aquí —dijo Lola cuando abrió la puerta.
—Lola… —comenzó a decir Cecilio, parado bajo el umbral. Pero no supo cómo continuar, y se calló.
—Cecilio —contestó Lola secamente.
—Yo… no te odio —logró articular Cecilio, frotándose con el pulgar la palma de la otra mano.
—Vaya. Gracias.
—Joder —refunfuñó Cecilio, por lo mal que se le estaba dando—. ¿Puedo entrar? —pidió, casi suplicando.
—¿Igual que me dejaste tú entrar en tu casa? —le reprochó ella.
—Los dos sabemos que tú eres mejor persona que yo —contestó, en un torpe intento por rebajar la tensión. Lola se limitó a contestarle con una mirada significativa—. No me voy a ir, así que tú verás —dijo Cecilio, cambiando de estrategia.
—¿Qué quieres? —preguntó Lola.
—Entrar, soltar un discurso y que me perdones. Y, si puede ser, antes de una hora —dijo Cecilio del tirón.
—¿Antes de una hora? —preguntó Lola.
—Chica. Déjame entrar y que te explique —pidió Cecilio.
Lola se dio la vuelta sin contestarle ni sí ni no, dejando la puerta abierta tras de sí, y fue hacia el salón. Se sentó en el sofá, sin invitarlo a entrar.
—Tú dirás —le dijo Lola cuando Cecilio tomó asiento a su lado.
Cecilio se atrevió a cogerla de las manos, y la miró a la cara. Tal gesto de intimidad descolocó a Lola por breves segundos hasta que cayó en la cuenta.
— Ahhh , amigo. Tú ya sabes que me muero. Ya decía yo que a qué se debía este honor.
Por toda respuesta, Cecilio se aferró a Lola en un abrazo profundo, sin prisa, dejando reposar su cabeza en el hombro de ella. Lola se dejó abrazar, se dejó querer y se permitió compartir su amor.
—¿No hay nada que hacer? ¿De verdad que no? —preguntó Cecilio, buscando una respuesta diferente a la que él ya sabía.
Con el murmullo del ventilador de fondo, Lola le estuvo explicando cómo estaban las cosas y qué cabía esperar, y Cecilio le relató, no sin esfuerzo, todo lo que había estado viviendo.
A Lola le hizo falta poco para que su corazoncito se ablandara; había albergado el deseo de esa reconciliación mucho más que la esperanza de que sucediera.
Lola reconoció enseguida la sensación de odiarse a uno mismo: la había experimentado en sus propias carnes cuando había muerto su hermano Carlos.
Por eso, entendía que lo que más necesitaba Cecilio era perdonarse y sabía que, para eso, era de gran ayuda, si no vital, tener un apoyo que estuviera ahí, que metiera cordura, que no lo dejara caer, que le asegurase, cuando era incapaz de verlo, que volvería a encontrar motivos para vivir.
Lola, 32 años. 2000
—No me hables de Dios. Prefiero pensar que no existe a pensar que existe y ha consentido esto —dijo Lola, enfadada.
—Vale. No hablemos de Dios.
—¿Por qué no me muero ya? ¿Qué más puedo hacer? —preguntó Lola a modo de súplica.
—No te vas a morir, porque yo no te voy a dejar —contestó con voz calmada.
—Ya te veo, ya —replicó Lola—. ¿Y por qué no?
—Mujer, soy cura. Estaría mal visto.
—Molabas más antes de ser cura —lo increpó Lola—. Mira que justo volver al pueblo cuando mato a mi hermano… —se lamentó. Él respiró profundo y soltó todo el aire, cansado, antes de continuar.
—Y dale, Perico, al torno. Veeenga , por enésima vez —le dijo a Lola.
—No —respondió, enfadada—. Vuélvete a las misiones y déjame tranquila.
—Sí. Claro que sí —respondió su amigo, ignorando el estufido—. Mientras sigas diciendo esa tontería, lo volveremos a hacer —añadió con paciencia.
— Queee nooo —le respondió Lola.
—«No maté a mi hermano» —dijo el cura, y esperó a que Lola repitiera. Pero Lola callaba—. Tengo tooodo el día, Dolores. —Con ese apelativo se ganó una mirada de odio.
—Me cansas —lo atacó Lola.
—Mira, pues ya somos dos cansinos… Venga: «No maté a mi hermano» —volvió a intentar.
—No matééé a mi hermaaano —respondió Lola con hastío.
—«Fue un accidente» —continuó.
—Fue un accideeente —repitió Lola.
—«Merezco vivir» —concluyó el cura.
—Merezco viviiir . —Y añadió por su cuenta—: Aunque mi hermano esté muerto y yo aquí.
—Eso es. Aunque tú hayas sobrevivido, aunque tú conducías, incluso aunque hubiera sido culpa tuya, que no lo fue, merecerías vivir —razonó.
— Chsss —chistó Lola, dando a entender que le parecía una chorrada monumental lo que decía el otro—. Pues no veo por qué.
—Pues no lo veas. Yo sí lo veo. Y todas las personas que te quieren, a las que ayudas y alegras la vida, también. Así que, venga, come un poco, anda.
Casa de Lola. Agosto de 2023
Cecilio estaba abatido. Por primera vez desde que había enviudado había dejado de mirar su propio ombligo para mirar afuera; había dejado de autoconmiserarse para preocuparse por alguien que no fuera él; había sentido la necesidad de cuidar.
La fase terminal de Lola lo había puesto en su sitio: su amiga merecía morir igual de poco que Ana.
El universo no había confabulado. Estas desgracias pasaban, era así.
Y no obedecían a nada; al menos no a nada que se pudiese entender en vida.
—¿Me has perdonado? —preguntó Cecilio.
—¿Me has pedido perdón? —contestó Lola.
— Eeehhh … —Se puso a repasar la conversación.
—« Eeehhh », no, ya te lo digo yo —atajó ella, sacándole una sonrisa.
—Perdóname, Lola —le pidió, formal.
—Con una condición —dijo ella, y Cecilio levantó una ceja—. La de que tú te perdones a ti mismo.
—Estoy en ello, Lola. —Cecilio intentó esbozar una sonrisa.
—Vale. Pues me avisas cuando lo tengas para yo saberlo. Tengo todo el tiempo del mundo —ironizó.
Lola iba a continuar hablando cuando, de repente, se quedó parada, aguzando el oído. Conforme fue distinguiendo voces, miró a Cecilio como la madre que pilla a su hijo haciendo una travesura.
—¡Uy! ¿Ya ha pasado una hora? Qué rápido. —dijo Cecilio, forzando inocencia en su voz.
Cecilio había buscado la manera de redimirse y, a la misma vez, de hacer lo más feliz posible a su amiga el tiempo que le quedara. De la mejor forma que se le había ocurrido.
Había comenzado por Olga, que había aceptado fácilmente porque echaba de menos a sus amigos, ese rato de distensión, y empezaba a necesitar volver a la normalidad tras la pérdida de su madre. Además, todo lo que fuera pasar tiempo con Lola le parecía necesario para su alma.
Matías había sido un hueso duro de roer.
No ya porque no quisiera volver a la obra, que lo estaba deseando, sino por el resentimiento que albergaba hacia Cecilio.
Había visto a su tía muy triste por su culpa, y no había perdido oportunidad de reprochárselo.
Cecilio se lo había comido; qué otra cosa podía hacer.
Tenía toda la lógica: es mucho más fácil perdonar una ofensa en las propias carnes que en las de un ser querido.
Pero, aun con ello, Matías no era rencoroso y, además, sabía cuánta ilusión le había puesto su tía a la obra y cómo de triste se había quedado porque no viera la luz. Así que había terminado aceptando.
Acercarse a Ester le costó lo mismo que le había costado en su día autoconvencerse de que la odiaba.
Y si ya enfrentarse a eso le había dejado mal cuerpo, peor aún se sintió cuando ella acogió con un cariño y una compasión inmerecidas su disculpa.
A la hora de retomar la función percibió cierta duda, pero, finalmente, accedió y Cecilio no indagó más allá, porque lo que más le preocupaba era lograr levantar aquello de nuevo y tratar de contrarrestar con ilusión, en la medida de lo posible, el daño que le había infligido a Lola.
Lola abrió un palmo la puerta de su casa y vio asomarse, por esa rendija, tres cabecitas que suplicaban entrar. Cuando terminó de abrir del todo, su sobrino la levantó en alto de un abrazo, seguido de sendos abrazos por parte de Ester y Olga.
—¡Venga! —Cecilio tomó la iniciativa— ¿Os habéis acordado de las pulseras del sol? ¡No podemos ensayar sin las pulseras del sol! —dijo, imitando la voz de Lola, que estalló en una carcajada.
— Chiiicos . —Lola les habló como a niños pequeños—.
Chicos, a ver, a ver, sentaos. Me emocionáis, de verdad.
Y os lo agradezco, y sobre todo a ti, Cecilio —dijo, mirando a este—, por haberlo movido.
Pero no voy a poder. No tengo la cabeza para estar planificando los ensayos, ni las fuerzas para acudir a ellos, para dirigiros…
—confesó Lola—. Estoy tan cansada… —dijo con tono de derrota y resignación.
El jolgorio cesó de golpe. Ester miraba al suelo. Olga, a Lola, seria. Matías, a su tía y a Cecilio. Se palpaba la decepción. Sin embargo, Cecilio miraba a Lola con una media sonrisa que acompañaba a un gesto de negación con la cabeza.
—Lola, cariño: las obras trascienden a sus autores. —Lola sonrió ante la ocurrencia—. Puedes dimitir de directora si quieres. No pasa nada, yo te cojo el testigo. Pero no puedes impedir que la representemos.
—¡Uy, mira cómo me usurpa el puesto! —bromeó Lola.
—¡No! Yo prefiero que la dirijas tú, pero, si no puedes, esta obra no se va a quedar sin representar —afirmó Cecilio, firme y seguro—. Eso sí, estaría bien que nos sigas dejando tu casa para ensayar…
Lola se quedó pensando un rato. El resto se miraban entre ellos, esperando el veredicto.
—Supongo que puedes ser mi Sancho Panza —dijo, reflexiva.
—Hombre, puestos a elegir, prefiero ser tu Watson —negoció él. Lola lo miró de reojo.
—No tenses la cuerda, Sancho Panza —intervino Olga.
—¿Esto es un sí? —dijo Matías, esperanzado.
—Bueno… dejémoslo en que lo podemos intentar. —cedió Lola.
Pero ese día no se ensayó. Ese día se sacaron unas cervezas, que empalmaron con picoteo, que siguieron con unas hamburguesas y que culminaron con infusión, para algunos, y gintonics para otros.
—¿Ahora un cubata? —se alarmó Cecilio.
—¿Y tú? ¿Una manzanilla? ¡Que es viernes, por Dios! —le contestó Olga.
—¡Ey! Cada uno lo que quiera —pacificó Ester—. Esto es un espacio seguro donde nos queremos y aceptamos sin juzgarnos.