Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 50
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Capítulo 50

—Qué vida más hija de puta. —Olga dio un respingo al escuchar una voz grave a sus espaldas.

—Hostia, qué pintas me llevas —dijo ella nada más girarse.

Desde que había muerto su madre, Olga acudía de vez en cuando al cementerio para limpiar la lápida y ponerle flores frescas. Y el día anterior había caído una de esas lluvias de verano que para lo único que había servido era para levantar el calor del suelo y para ensuciarlo todo.

Así que allí estaba Olga: cubo y trapo en mano, el pelo recogido de aquella manera y con una bolsa llena de flores secas cuando se sobresaltó al escuchar a Cecilio.

—Toma, aguanta. —Olga le dio la bolsa de basura, sin esperar a que este la aceptase, mientras seguía trajinando.

Esa familiaridad hizo que Cecilio se emocionara. Y también hizo que se quedara, en contra de la que había sido su voluntad inicial: ir, no encontrar a nadie, con suerte, dejarle una maceta a la madre de Olga y volverse por donde había venido.

—¿Eso es para mi madre? —preguntó Olga, señalando la alhábega.

— Eeehhh , sí.

Olga colocó la maceta de Cecilio y redistribuyó el resto de flores. Luego se alejó un poco y sonrió, satisfecha con el resultado.

—Queda bonita. Gracias. No sé si compensa que te perdieras su entierro, pero está chula —ironizó Olga.

—Olga… —dijo Cecilio. Pero no supo cómo continuar—. Nada… me lo tengo merecido —añadió finalmente.

—Pues sí —dijo Olga, aunque ya no quedaba mucho del tono de reproche en su voz.

—Lo siento —dijo Cecilio.

—Gracias.

Cecilio sintió, entonces, la necesidad de explicar, que no excusar, lo que había motivado todo su comportamiento.

Estuvieron paseando y hablando largo y tendido por las calles del cementerio, mientras el sol terminaba de esconderse tras las montañas.

Cecilio le explicó a Olga, cuando esta no la interrumpía (sorprendida por encontrar algún muerto nuevo del que ella no se había enterado o para leer algún epitafio que le llamara la atención), todo ese sentimiento de traición hacia Ana que lo había embargado solo por el hecho de sentir felicidad junto a sus nuevos amigos.

Y cómo eso lo había llevado a odiarse a sí mismo.

—Tú estás de psicólogo. Lo sabes, ¿no? —le dijo Olga.

—Puede ser…

—Mi padre está yendo a una terapia grupal de duelo —le comentó Olga. Cecilio se detuvo a observar a un pajarillo que bebía agua del plato de una maceta y no contestó hasta que alzó el vuelo.

—No sé si me sentiría cómodo con más gente.

—¿Quieres que le pregunte a la psicóloga de mi clínica? —ofreció Olga.

—¿Qué clínica? —se extrañó Cecilio.

—Cecilio —dijo Olga, fingiendo ponerse seria—, ¿a qué me dedico yo?

—Joder, Olga. —La miró a los ojos, sin poder creerse la respuesta que le iba a tener que dar—. No tengo ni idea.

—Yo te mato, de verdad.

Cecilio se sintió renacer por dentro. Cada broma de Olga le llegaba al corazón, igual que la forma en la que había acogido su pobre disculpa y, con su comportamiento, había logrado borrar de un plumazo el tiempo y la distancia entre los dos.

Tras mucho hablar de él, pasaron a hablar de ella: de su duelo, de su padre, de su vida. E, inevitablemente, y con pesar para Cecilio, porque estaba muy avergonzado, terminaron hablando de todos los demás. Y, en ese momento, Olga reparó en algo.

—Espera, espera… tú no has hablado con Lola, entonces, claro. ¿Sabes algo de ella?

—No. Soy lo peor —se lamentó Cecilio.

—Ven, Cecilio. Vamos a tu banco —propuso Olga.

Al oír la noticia, Cecilio asintió una sola vez, como quien integra una instrucción, y fijó la vista en un punto del suelo sin pestañear.

Olga esperó. Lo llamó en voz baja. Esperó.

Luego, un poco más alto. Cecilio parecía una escultura de piedra; las pupilas inmóviles, sin foco.

Olga se acuclilló delante de él, interponiéndose entre sus ojos y el vacío, y puso las manos en sus mejillas.

Tensó la izquierda para abofetearlo. Justo entonces, Cecilio parpadeó al fin.

Apartó las manos de Olga, dándoles un apretón antes de soltarlas con cuidado y se levantó.

Dio unos pasos hasta alcanzar la lápida y se sentó en ella mirando la foto de Ana.

—Yo pensando que debía de estar odiándome, y… qué imbécil —reflexionó Cecilio.

—No creo que te odie, Cecilio. Ninguno de nosotros lo hacemos —contestó Olga, sentándose a su lado.

—Olga. Yo no me puedo enfrentar a esto otra vez. Es que no puedo —confesó—. Yo quiero mucho a Lola, la quiero mucho, joder. ¡Qué injusto, coño!

Olga no respondió. Permanecieron unos minutos callados, pero no en silencio porque el estruendo de las chicharras lo llenaba todo. Luego, Olga miró la foto de Ana y retomó la conversación.

—Imagina que te hubieras muerto tú en vez de tu mujer —comenzó a relatar, captando la atención de su amigo—.

Y que, desde donde estuvieras, pudieses verla.

¿Qué te gustaría ver? ¿A una Ana hecha una mierda, desperdiciando la vida y con estas pintas?

—Señaló a Cecilio, sacándole una media sonrisa—.

¿O a una Ana fuerte, tirando para delante e intentando ser feliz?

—Está claro, Olga.

—¿Verdad que no te decepcionaría desde el más allá ver que rehace su vida? —Olga puso su mano en la espalda de Cecilio.

—No. No, claro que no.

—Solo digo, Cecilio, que tenemos que ser valientes. Tirar la toalla es fácil… y tentador muchas veces. Pero para vivir una buena vida a pesar de haber muerto un ser querido… para eso, perla, hay que echarle huevos.