Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 49
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Capítulo 49

Estaban tristes los dos, y con semblantes serios. Sentados en la sala de espera, cogidos de la mano, en silencio, con el corazón en un puño.

Por primera vez, Lola le había pedido a Matías que la acompañase a la consulta. No es que fuera la primera vez que él iba; había ido a todas las que había podido. Era la primera vez que ella se lo pedía, y eso hizo a Matías temblar.

Las últimas semanas habían sido un paréntesis para todos.

Olga había estado muy pendiente de su padre.

Había intentado levantarlo, procurando que no se aislase.

Lo apuntó a unas sesiones grupales de duelo, a las que el hombre se dejó arrastrar.

Allí conoció a otras personas en su situación, personas que acababan de enviudar y que habían estado los últimos años de su vida cuidando de una persona que les dejaba, ahora, un gran vacío.

A la par, estuvo sobrellevando su propio duelo. Tuvo la desagradable tarea de tener que comunicarle la noticia a su hermano, lo que la removió mucho. Y se tuvo que encargar de todo el papeleo, muy apoyada por Jaime y por sus abogados y asesores.

Matías había seguido por pura inercia. La época estival era de menos trabajo en la empresa y también había estado de vacaciones; de las vacaciones que su madre le había permitido, porque cada poco lo llamaba para quedar en la oficina para cualquier cosa que se le ocurriera. Sobrevivía, sin más.

Ester se había ido de vacaciones con sus amigas, pero con la cabeza más en el pueblo que en la playa.

No había podido aclarar nada con Olga y quizá ya nunca podría.

Habiéndose muerto su madre no iba a sacar el tema.

Y cuando ya fuese procedente, habría pasado tanto tiempo que carecería de sentido. Le pareció un tren pasado.

Escuchaba a sus amigas hablar y le parecían todo tonterías en comparación con la crisis existencial que tenía ella encima.

Salió de fiesta, le entraron chicos, se dejó llevar un poco, se intentó divertir y llegó a pasárselo bien.

No les contó nada. No estaba segura de cómo la juzgarían, pues no había terminado de juzgarse a sí misma.

Cecilio había suspendido sus visitas al cementerio casi por completo.

Volvía a fantasear con la idea de morirse.

Se tumbaba y pensaba que, si se concentraba lo suficiente, podría hacer que su corazón se parase, como si bastara desearlo con fuerza para que ocurriera.

Le suplicaba a su cuerpo que claudicara, como ya lo había hecho él.

Pero no. Su corazón seguía bombeando con un entusiasmo casi insultante.

No contactó a Lola, Lola no lo contactó a él. Sí le escribieron todos los demás en un intento por ayudar. A todos los ignoró, con todo el dolor de su alma.

Y Lola… Lola estuvo triste por ver como todo se desmoronaba.

Por Matías, al que veía sufrir; por Olga, por su duelo y por todo lo que tenía que solucionar en su vida y a lo que no estaba queriendo hacer frente; por Ester, porque la notaba distante y hermética, nada propio en ella.

Por Cecilio. Y triste por su obra inacabada que nunca llegaría a ver la luz.

Y, pese a ser tan grande, toda esa tristeza pasó pronto a un segundo plano. Consultas, análisis, pruebas, tratamientos, más consultas, más análisis, más pruebas y más tratamientos habían llevado a Lola a ese momento, a esa sala de espera, a esa angustia.

Hay noticias que nunca se pueden dar bien. Que nunca se pueden recibir bien.

—Gracias a los dos por venir. Es bueno que hayas venido acompañada. —Puñalada—. Necesito que comprendas bien lo que vamos a hablar. —Puñalada—. Preguntadme todo lo que necesitéis. —Puñalada.

Lola y Matías no podían agarrarse más fuerte de las manos.

—Como sabes, queríamos contener la metástasis, pero el tratamiento ha fracasado y se ha extendido. Hemos hecho todo lo posible pero ya no hay nada más que podamos probar. Lo tienes muy difícil, Lola. Lo siento.

Silencio en la sala. Ojos cerrados. Fundido a negro.

Lola traga saliva. De reojo ve a Matías quitarse las gafas.

Lo escucha llorar, en silencio pero amargo.

Respira hondo. Varias veces. Se había preparado para esto, aunque nada de esa preparación parece servirle ahora.

El médico respeta el tiempo que se está tomando Lola. «Al final me muero. Vaya mierda»

—Vaya mierda —dijo Lola, abriendo los ojos—. Vaya mierda… Ven aquí, Mati, hijo —le pidió a su sobrino, más por él que por ella, mientras extendía los brazos.

El resto, rutina. «El tiempo exacto no lo podemos saber», «queremos que tengas la mayor calidad de vida posible», «vamos a estar contigo en todo momento», «sé que es mucho para procesar, podemos ofrecerte ayuda psicológica».

Matías salió del baño del hospital limpiándose las gafas con la camiseta y con los ojos hinchados y rojos. Lola, unos metros alejada, cortó el audio que estaba mandando y se acercó a él.

—Me da igual lo que digan. Siempre puede ocurrir el milagro, tía —dijo Matías, dándose más ánimos a sí mismo que a Lola.

—No hablemos de eso ahora, cariño —contestó ella, agarrándose de su brazo y apoyando la cabeza en el hombro de él mientras caminaban, despacio, hacia la salida del hospital.

No quería que Matías sobrealimentase la fantasía de que la fe es lo último que se pierde, que hay excepciones que confirman la regla y etc., etc. Pero le parecía que tampoco ese era el momento de ponerse cruda. Él tenía que empezar a masticar lo que ella ya llevaba tiempo digiriendo.

—Me está llamando Inés —dijo Matías a Lola, sin cogerle la llamada.

—Normal… estará impaciente. Va, dile que se venga a casa en un rato y, si quieres, a Lucía también. Cuanto antes demos la noticia, mejor.

La pareció una buena decisión que fuese la propia Lola la que les dijera lo que había. Así le quitaba a Matías esa carga y, de paso, se aseguraba de que tuviera esos dos apoyos junto a él. Sabía que se moriría mucho más en paz si no dejara a Matías en el estado en el que lo hacía.

Lola recogía, distraída, la mesa del patio.

Pensaba, una vez pasado el trago, en que era casi peor dar esa noticia que recibirla.

Ahí estaba el trozo de bizcocho al que Lucía no le había podido dar ni un bocado; el cenicero que Inés había llenado de colillas, junto con los dos tercios que se había bebido uno tras otro, a modo de anestesia; y la caja de pañuelos que Matías había vaciado.

Dejó pasar unos días antes de contarle la noticia a nadie más.

Y ya cuando se encontró más despejada llamó a Ester y Olga.

Podría haberlas avisado por separado, pero, por lo que fuese, no lo hizo.

Cuando se vieron en la puerta de casa de Lola, ambas se sorprendieron de la presencia de la otra.

Olga se acercó a darle un fuerte abrazo a Ester.

—¡No sabía que venías tú también! Te hacía de viaje, qué alegría verte —dijo Olga, contenta.

—Lo mismo digo —respondió Ester—. Volví del viaje con mis amigas, pero me fui unos días a casa de mi hermano. Ahora ya me quedo por aquí. —Mirando a casa de Lola, cambió el registro de su voz—. ¿Sabes a qué venimos? No estoy tranquila.

—No, tía. Yo tampoco… —Olga ensombreció el semblante.

Lola las sentó y, sin más preámbulos, les dio la noticia.

Olga calló, comprendiendo de inmediato la repercusión de lo que estaba escuchando.

Ester, sin embargo, comenzó a lanzar peguntas, una tras otra, tratando de comprender las implicaciones exactas de aquello que había dicho Lola de que «los tratamientos no podían hacer nada por ella», porque no podía asimilar que eso fuera un eufemismo de estar muriéndose.

Cuando Lola ya no sabía cómo explicarse sin ser más explícita, Olga tomó la mano de Ester y la llamó para sacarla de su bucle de preguntas.

Cuando logró hacer contacto visual, le mantuvo la mirada y, mordiéndose los labios por dentro, dejó escapar una lágrima.

Esa lágrima de Olga fue toda la explicación que Ester necesitó.

El encuentro no se alargó mucho más, porque de qué iba nadie a ponerse a hablar cuando acababa de recibir esa noticia. Cuando se despedían, Lola le dijo a Olga:

—Mira a ver qué puedes hacer… —Señaló con la cabeza dirección a Ester que, aferrada al clínex, estaba apartada de ellas, inmóvil delante de una vitrina llena de fotos de Lola.

—Descuida. Yo me encargo —respondió Olga mientras le daba un enorme abrazo—. Dame unos días que asimile un poco, ¿vale? Y vengo y hablamos todo lo que te haga falta. —Y añadió—: Vaya puta mierda.

—Una puta mierda, sí. Gracias, linda.

Lola se quedó un poco descolocada y tardó unos minutos en comprender por qué.

Y es que Olga, con sus palabras, había hecho que reparase en algo: se moría y, sin embargo, todas sus preocupaciones habían estado centradas en cómo iban a encajar la noticia todos sus seres queridos sin pararse a pensar en cómo la había recibido ella misma.

Acostumbrada a estar siempre pendiente de los demás, la simple frase de su amiga «Vengo y hablamos todo lo que te haga falta», haciendo por ella lo que ella habría hecho por cualquiera, la dejó pensativa sobre el lugar que ocupaba Olga en su mundo.

En la calle, Olga se acercó a Ester, que se había puesto las gafas de sol y la esperaba, apoyada en la puerta de su coche.

—¿Vas a casa?

—Sí, claro. Dónde me voy a ir así…

—Te veo allí, ¿vale? —dijo Olga, más afirmando que preguntando.

—¿En mi casa? —dijo Ester, dubitativa—. Ehhh , vale.

Ya en casa de Ester, ambas se sentaron en el sofá con los ojos hechos un cristo.

—No me lo puedo creer. —Es lo único que pudo decir Ester antes de echarse de nuevo a llorar.

Olga la atrajo hacia sí y la abrazó mientas dejaba que las lágrimas resbalasen por sus mejillas, mirando al vacío. Esto se alargó muchos minutos hasta que el propio cansancio hizo que el llanto remitiese.

En medio del silencio, sonó el móvil de Olga, quien, sin soltar a Ester, lo miró, vio que era Jaime, colgó la llamada y le mandó un wasap diciendo que no la esperase para cenar.

Ester se deshizo del abrazo para ir al baño, lavarse la cara y sonarse los muchos mocos que tenía. Salió con cara triste y aspecto devastado, y se desplomó de nuevo en el sofá.

—Gracias por cuidarme —le dijo a Olga.

—No me des las gracias por esto, mujer.

—No sabía si querrías volverme a ver —dijo Ester, que no había planeado sacar ese tema y, precisamente por ello, se atrevió a mencionarlo.

—Anda ya —contestó Olga, medio sonriendo—. ¿Por qué pensabas tan mal de mí?

— Nooo , no mal. Yo qué sé… No sé si estás arrepentida… o algo… —dijo Ester, expresando por fin su preocupación.

—¿Arrepentida? No. No flipes. Fue muy guay… Solo que luego todo se complicó —dijo, recapitulando en su cabeza todo lo ocurrido.

—No, no, por favor. No te excuses. No te estoy pidiendo ninguna explicación. Siento si lo ha parecido —se apresuró a decir Ester.

—Tranquila, lo sé. Solo estaba pensando. ¿Y tú? ¿Te arrepientes tú?

—¿Arrepentida, yo? Qué va. He pensado un millón de cosas, pero nunca me he arrepentido. —La pregunta pilló a Ester por sorpresa.

—Un millón de cosas son muchas. —Olga sonrió—. ¿Quieres contarme alguna? —le preguntó.

Ester estuvo pensando en lo que no le diría nunca: nunca le preguntaría hacia dónde iba eso, nunca le pediría repetirlo, nunca le reprocharía o le exigiría algún comportamiento concreto… Pero, a cambio, sí había una cosa importante en la que Olga la podría ayudar más que nadie.

—¿No te ha afectado lo más mínimo el hecho de que sea una mujer?

— Mmm , interesante… —reflexionó Olga—. La verdad es que no. Me pareció una experiencia increíble, superexcitante. Y si la que me removió eso fue una mujer, tú, pues es lo que hay.

—Joder. Quiero ser como tú de mayor… —dijo Ester con cariño.

—No de tan mayor, eeehhh —la cortó Olga. Los músculos faciales de Ester se desentumecieron al esbozar, por primera vez en ese día, algo parecido a una sonrisa.

—No sabes cómo llevo dudando —y siguió hablando en un susurro— de mi sexualidad desde que pasó. —Aun en la más absoluta intimidad, bajar la voz era automático, como estaba mandado en el pueblo, si pretendías criticar o sacar un tema comprometido.

—¿En serio? Joder… pues lo siento mucho. ¿No puedes dejarlo en algo que te pasó y que te hizo sentir bien y ya? —argumentó Olga, como si fuera lo más obvio del mundo—. Yo creo que cuando dejas de analizarlo todo te quitas un peso de encima.

—Supongo… —dijo Ester, no muy convencida de que ella fuera a ser capaz de hacer lo que para Olga era tan fácil.

Se instaló un silencio entre las dos. No era un silencio incómodo, sino fruto de que la mente de ambas estaba vagando cada una por sus derroteros. Unos derroteros que fueron a terminar al mismo sitio.

—No me lo puedo creer, tío —dijo Olga.

—Qué disgusto tengo. No quiero pensar cómo estará Matías —añadió Ester.

— Ufff , ya ves. Pobre… —se lamentó Olga—. Qué vida más hija de puta.