Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 48
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Capítulo 48

—No tengo más remedio, Matías —se lamentaba Lola con su sobrino.

—Pero ¿cancelarla? Seguro que podemos encontrar alguna solución —propuso.

—Sin Cecilio, con Olga de luto y… —se quedó a medias sin saber cómo continuar, porque Matías no sabía nada de lo de Ester y Olga.

—¡Eso digo yo! ¿Y Ester? ¿Por qué no ha venido?

—Pues no sé… no me ha dicho nada. Luego la llamaré —respondió Lola, y continuó para desviar la atención—. Pero no iba a decir Ester, iba a decir que… y yo tan floja como me encuentro a ratos, no me encuentro con fuerzas de arrastrar a todo el mundo, Mati.

—Pues me jodes, tía. Me jodes mucho —dijo, triste, Matías.

Lola guardó silencio. Más le jodía a ella, y no era su culpa. Por lo que poco podía contestar a su sobrino. Estuvieron callados unos minutos, cada uno en su mundo. Hasta que Matías habló, momento en el cual Lola se dio cuenta de que estaba llorando.

—Joder —dijo, sorbiéndose los mocos.

—Pero ¡cielo!, ¿qué pasa? —preguntó Lola, mientras se cambiaba de sitio para sentarse a su lado en el sofá.

—¡Que todo es una mierda! ¡Qué asco de vida, macho! —dijo con más tristeza que ira.

Lola abrazó a su sobrino. Se dio cuenta, enseguida, de que se había perdido algún capítulo de su vida.

Estaba claro que eso no era una pataleta por haberse quedado sin teatro.

Tenía toda la pinta de que esa decepción fuera justo la gota que rompía la tensión superficial del agua que, hasta entonces, mantenía la ilusión de que todo se sostenía.

Matías le contó a su tía cómo todo lo que había construido en su cabeza había resultado ser una quimera. Cómo nada había sido tan fácil como él había imaginado, lo iluso que había sido, lo inconveniente de que Lucía se hubiera quedado sin trabajo en ese momento.

Por cada argumento, esperanza o salida que le daba Lola, Matías contraponía un problema, un escollo, un muro de piedra.

La cueva en la que estaba encerrado era tan profunda, oscura y húmeda que, aunque supiera que afuera brillaba el sol, tenía asumido que él nunca lo vería.

Como si una vida sin sufrimiento fuera posible, sí, pero solo para los demás.

—Mati, mi vida. Tú no lo sabes, porque no te puedes ver como yo te veo. Pero tengo la certeza de que, llegado el momento, serás capaz de hacer lo que tienes que hacer —concluyó Lola, cariñosa.

—Si tú lo dices yo te creo, tía —se consoló Matías—. En fin… qué pena que la obra se vaya a quedar a medias…

—Vaya que sí… Me habría encantado que le hubieseis dado vida. Se me van a quedar ahí Santiago y Candelaria separados para siempre —bromeó Lola.

—Ay, pobres… Toda la vida amargados…

—¡No! Ya sabes que no vivieron amargados. Fueron felices y plenos, cada uno por su lado. Que no se olvidaran no impidió que fueran felices —continuó Lola con la reflexión—. Si yo he sido capaz de ser feliz sin tu padre… sin mi hermano del alma…

—Cuántos años ya, tía… ¿Sabes?, siempre me ha pesado el pensamiento de que no estuve ahí para ti. Lo de que tuviste una depresión tan grande que por poco te dejas morir es algo que entendí muchos años más tarde —confesó Matías.

—Es que no eras tú quien tenía que estar ahí para mí. Bastante drama tenías con haber perdido a tu padre como para sufrir por mí. Yo tuve un ángel de la guarda, no te preocupes — recordó Lola—. Lo pasamos mal, ¿eh?

—Lo pasamos muy mal…

—¡Bueno! —dijo Lola, queriendo coger fuerzas—. Voy a redactar el dichoso wasap.

Lola:

Queridos todos:

En la vida a veces hay que tomar decisiones dolorosas, pero correctas.

Vamos a cancelar la obra. Hay cosas que no se pueden forzar. Y está claro que no es el mejor momento vital de la mayoría de nosotros.

Os quiero a todos. A todos.

Lola lo releyó varias veces antes de darle a enviar. Lo mandó y se acurrucó con su sobrino en el sofá, triste. Tristes los dos.