Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 47
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Capítulo 47

Lola:

Te aviso cuando estén en el tanatorio

Lola avisó a Matías, a Ester y, tras mucho pensarlo, también a Cecilio. Seguía igual de desaparecido. Y lo siguió después del doble check azul. «Al menos —pensó Lola— sé que no me ha bloqueado».

Lola llegó al tanatorio; había aún poquita gente. Encontró a Olga cogida de la cintura de su padre frente al cristal, tras el cual se encontraba el féretro de su madre, todo rodeado de flores. Aguardó, no queriendo interrumpir el momento.

Cuando un empleado del tanatorio comenzó a trajinar en torno a la fallecida para colocar más coronas que iban llegando, Olga y su padre se soltaron y, al girarse, Lola y Olga se vieron y, sin decirse nada, se fundieron en un gran abrazo.

Olga se permitió llorar; calmada, serena. Y así estuvieron las dos: abrazadas y dejando correr las lágrimas, lo que el cuerpo les pidió. Luego, Lola dio un sentido abrazo también al viudo y se sentó junto a él en el sofá.

Desde ahí, vio cómo en ese momento aparecía Jaime y le indicaba a Olga que todo estaba en orden.

La abrazó con cariño y, abrazados como estaban, tomaron asiento en el sofá de enfrente.

Hablaban, tranquilos, recordando a la madre de Olga.

Sonriendo de vez en cuando. Emocionándose otras veces.

Besándole la frente a Olga estaba Jaime cuando apareció Ester por la puerta de la sala.

Dentro de lo triste del momento, Lola no pudo evitar pensar en el salseo que estaba a punto de presenciar. Ester se quedó, primero, parada. Después, se acercó con tiento. No iba a irse una vez allí, cuando ya la habían visto. Además, ¿qué esperaba?, ¿que no fuese a estar Jaime?

Olga se levantó y fue a su encuentro. Se dieron un intenso abrazo que, a juicio de Lola, parecía tan sincero como el de Olga y Jaime segundos antes. Intercambiaron algunas palabras y algún abrazo más, hasta que Jaime las interrumpió:

—Perdonad —dijo muy correcto al acercarse, mirándolas a las dos. Y añadió, dirigiéndose a su mujer—: Olga, voy a por un café, ¿te apetece algo?

—No, no, gracias —contestó.

—¿Seguro? ¿Estás bien? —insistió.

—Sí, no te preocupes, tengo el estómago cerrado. Trae una botella de agua, si acaso. Mira —dijo, abriéndose hacia Ester, que fijó en ellos la mirada que tenía hasta entonces desviada— te presento a Ester, del grupo de teatro.

—Hola, Ester —saludó Jaime mientras se acercaba a darle dos besos—. Encantado.

—Igualmente —contestó Ester con poca voz—. Lo siento mucho.

—Bueno, esto es así… —Se lamentó Jaime—. En fin, ahora vuelvo, nena.

Ester se giró y miró a Jaime mientras se alejaba.

Pensó que olía muy bien, que era guapo y que tenía una voz bonita.

Luego se giró de nuevo y miró a Olga con una cara indescifrable.

Esta no pareció reparar en su expresión, la tomó de la mano y acercó unas sillas para que pudieran sentarse al lado de su padre y de Lola.

A esta solo le faltaban palomitas parar observar la escena.

Sabía que no estaba bien, pero no podía evitar sonreírse por dentro.

Jaime regresó y se sentó junto a su suegro, a quien trataba con mucha dulzura. Ester se estaba sintiendo muy fuera de lugar. Lola podía palpar esa incomodidad. Olga, sin embargo, era ajena a ello.

Pronto, aparecieron los amigos de Olga, que la abrazaban como si fueran familia, y un montón de gente que volcaron en ella y su padre infinito cariño. Lola y Ester optaron por irse y se cruzaron con Matías y Lucía, que acababan de llegar.

—Mati —dijo Lola a su sobrino sin que la escuchase nadie más—, luego, cuando os vayáis, me dices si ha venido Cecilio.

Ester se fue de allí sintiéndose ridícula por haber pensado que podía ser alguien en la vida de Olga.

Pero, al mismo tiempo, le sirvió para quitarse nervios e incertidumbre: entendió cuál era su sitio y este era, con suerte, el mismo que venía ocupando hasta ahora.

Ni más ni menos. Y Lola, por su parte, se fue de allí muy cabreada con Cecilio. Y decepcionada.

Por la noche, Ester, viendo embelesada por enésima vez cómo Anthony Bridgerton le decía a Kate Sharma que era la ruina de su existencia y el objeto de todos sus deseos, se sorprendió al recibir un wasap de Olga:

Olga:

Gracias por venir hoy. Tenerte cerca ha sido muy reconfortante.

Ester:

No hay nada que agradecer, faltaría más.

Lo único que siento es no poder ir mañana al entierro.

Olga:

No te preocupes. Solo quiero que pase rápido y descansar…

Ester:

Estarás agotada imagino. Había una barbaridad de gente.

Olga:

Sí, estoy muy cansada.

Mucha gente, demasiada. Me sobraban casi todos, si te soy sincera.

Habría preferido pasar más tiempo con vosotras.

Ester:

A nosotras nos tienes cuando quieras, ya lo sabes

Cuando tú quieras nos vemos

Olga:

Gracias por estar ahí ❤

Ester:

Descansa

Tras eso, Olga se fue a dormir. Ester, en cambio, releyó la conversación de arriba abajo y le dio una lectura diferente cada una de las mil veces.

A la mañana siguiente, Lola fue al entierro y no vio a Cecilio. Por lo que, al terminar, fue, decidida, al cementerio a por él, pero no lo encontró en el banco. Enfadada y preocupada a partes iguales, venció su propia resistencia a invadir la intimidad ajena y se dirigió a su casa.

Tocó al timbre. Cecilio descolgó, la vio por la cámara y volvió a colgar.

Lola insistió varias veces. Nada. Se quedó en el portal, dudando sobre qué hacer.

Aprovechó que venía un vecino para colarse en la finca y subió hasta la puerta de su casa.

Tocó a la puerta con los nudillos. Volvió a tocar y, por fin, escuchó pasos y una voz desde el otro lado de la puerta:

—Vete, Lola.

—No me voy.

Cecilio chistó.

—Que te vayas.

—No.

—¿No te ha quedado claro que no quiero saber nada de ti? —dijo lo más hiriente que pudo, mientras abría la puerta.

—Me da igual lo que quieras de mí. No tienes vergüenza ni la conoces —le espetó ella.

Él la miró con ojos de odio y se defendió, atacando:

—No es la primera persona a la que se le muere una madre.

Lola se quedó callada, sosteniendo la mirada de Cecilio.

Él sostenía la de ella. Era un duelo silencioso.

Lola contestó un millón de cosas en su cabeza, pero no pensaba que ninguna de ellas fuese a hacer reaccionar a Cecilio.

De modo que dejó que ganara el duelo, bajó la mirada, frunció los labios y le contestó:

—Muy bien. Ya sé lo que hay.

Se giró y se fue. La puerta tardó unos segundos en cerrarse a su espalda.

Al otro lado de la puerta, Cecilio lloraba.

Se acercó a la ventana, y vio a Lola cruzar la acera, pegándose una pequeña carrera para refugiarse en la sombra del edificio de enfrente.

Se apoyó contra la fachada y Cecilio se retiró un poco por si miraba hacia arriba, pero no.

Rebuscó en su bolso, sacó un pañuelo de papel, se limpió los ojos, se puso las gafas de sol y siguió su camino, desapareciendo tras una esquina. Y Cecilio lloró más.

Renunciar a quienes le habían hecho traicionar a Ana era la única forma de resarcir a su mujer, de dejar de sentirse una mierda de persona. Pero, entonces, si había decidido odiarlos, ¿por qué no estaba funcionando?, ¿por qué se sentía aún peor?

Lola reflexionaba mientras caminaba a casa. El desprecio con el que la había tratado Cecilio le dolía, qué duda cabía, porque había visto una intencionalidad de querer hacerle daño: ya no solo un propósito, sino una conciencia detrás. Y eso, viniendo de una persona a la que aprecias, duele.

Pero Lola hacía tiempo que había aprendido a ver más allá de la superficie, y lo que había pasado ahí no tenía nada que ver con ella.

Le encogió el corazón darse cuenta del enorme sufrimiento de Cecilio y sentía impotencia porque sabía de buena tinta que no se puede ayudar a quien no quiere dejarse ayudar.

Le costaba mantenerse al margen, pero no tenía más remedio.