Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 45
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Capítulo 45

—Pues no te sé decir… pero, vamos, que sorprenderme no me sorprende —dijo Lola a su sobrino, en referencia a Beatriz, cuando este terminó de relatarle todo lo ocurrido con la trabajadora.

El disgusto que tenía Lola encima con Cecilio se había visto en parte mitigado por lo contenta que estaba por su sobrino. Desde que Matías le dijera la noche del karaoke que se avecinaban cambios, Lola había estado deseando hablar con él.

Matías le contó todo lo que ese desagradable episodio le había hecho sentir, las conclusiones a las que había llegado y las determinaciones que había tomado.

—Me he puesto a actualizar el currículum, estoy casi terminando —le relataba Matías, con los ojos brillantes por la emoción, mientras devoraba el pollo al horno con patatas que le había cocinado su tía—.

En cuanto lo tenga listo, empezaré a mirar ofertas y a apuntarme a las que vea más interesantes.

Bueno, siempre que Lucía esté de acuerdo, claro.

—¿Aún no le has comentado nada de esto? —se interesó Lola.

—No, aún no —contestó Matías—. Pero no creo que me ponga problemas.

Me quiero esperar un poco a decírselo. No sé…

cuando tenga algo que contarle, ¿sabes? Que no sea oootra vez la conversación que hemos tenido mil veces de «sí, sí, tengo que hacer algo», «sí, sí, no puedo seguir así, tienes razón» pero sin hacer nada.

Cuando hable con ella quiero poder decirle las cosas que ya he hecho y las que voy a hacer, presentarle un plan.

Se había puesto unos plazos en su cabeza.

Primero, buscaría ofertas con un salario similar al de su trabajo actual.

Si en dos meses no encontraba nada interesante, iría bajando el listón y barajaría, junto con Lucía, que ella ampliase horas de su jornada.

El hecho de ponerse fechas le hacía sentir que eso tenía un fin, una cuenta atrás que ya había comenzado.

—Y he estado pensando, tía, que si me voy y finalmente se cierra yo creo que los trabajadores jóvenes no tardarían en encontrar algo y los más mayores… pues quiero pensar que con tanta experiencia…

—Mati, no es tu responsabilidad —lo cortó Lola.

—Que ya, que ya. —Matías ya se sabía el discurso de su tía—. Pero me da cierta paz pensar que no le arruino la vida a la gente. Con eso ya me quedo medio conforme. Lo único que no sé —continuó— es cómo coño decírselo a mi madre. No lo quiero ni pensar.

En realidad, lo que pensaba y no dijo era que no sabía cómo iba a soportar la decepción de su madre al decírselo. Beatriz, al fin y al cabo, tenía planes para él y para la empresa.

—Sé que va a creer que estoy tomando una decisión terrible y que soy un ingrato egoísta.

—Ya, cariño. Si tu problema es el mismo desde que tienes uso de razón —dijo Lola—. ¡Pero fíjate la trampa! Tratar de complacer a semejante…

—Tía —le llamó la atención Matías.

— … elemento —reculó ella—. Pues eso, es un suicidio querer complacer a tu madre.

—Es que tengo un nivel de asqueo tal, y me veo tan fuera ya de allí, que me da ansiedad solo de imaginarme que me quedo. No… la decisión está tomada.

Matías estaba feliz. Ya sentía la liberación. Y una vez que decidió que no habría vuelta atrás comenzó a darse cuenta de lo mucho que había estado soportando y de cómo había llegado a normalizar lo infeliz que había sido. Tan grande fue el alivio como tremenda la hostia que vino después.

A los pocos días de esa conversación, la ilusión y motivación de Matías fueron decayendo conforme vio que en ninguna oferta de trabajo parecía encajar.

Le dio por pensar que sí, que él había hecho muchas cosas en su empresa, de acuerdo, pero que a la hora de la verdad nadie pedía ningún perfil como el suyo.

«¿Qué esperaba encontrar?», se preguntaba, sintiéndose absurdo. «¿Un puesto a medida para mí?».

De la mitad de las ofertas que encontraba no entendía ni los nombres. Se pedía una formación específica que él no tenía; unos idiomas a un nivel que él no alcanzaba; una experiencia en puestos concretos de la que carecía.

A menudo, tenía conversaciones consigo mismo que no hacían más que alimentar ese pesimismo: ¿quién se iba de la propia empresa familiar? ¿Qué imagen iba a dar aquello? Que no te quieran en tu propia casa, malo; que tú no seas capaz de aguantar allí, peor.

Pensó, entonces, que quizá debía de buscar trabajo de otra forma más tradicional, preguntando, con el boca a boca. O que quizá podría emprender. Se preguntaba qué talentos tenía, qué habilidades. Pero en ese momento no era capaz de verse válido para nada.

—¡Hola, mi amor! —saludó Matías a Lucía cuando llegó a casa mientras se acercaba a darle un beso.

—Hola, cari. —Lucía puso la mejilla sin dejar de mirar la pantalla del ordenador—. Mati, estoy flipando.

—¿Qué pasa? —preguntó este, preocupado, al percibir el tono de su mujer.

—Pues es que estoy hablando con Itziar a ver si sabe de qué va esto. Mira, lee.

Lucía giró el portátil hacia Matías y este leyó un comunicado de su empresa por el cual anunciaba el cese de un montón de puestos de trabajo.

—Pero ¿y esto? —preguntó Matías. Lucía se limitó a encogerse de hombros mientras seguía wasapeando con su encargada—. ¿No sabías nada?

—No, claro que no. Peor es que Itziar tampoco. Estamos todos flipando. Vaya tela… —Entonces dejó el móvil y miró a su marido—. Pues qué putada.

Eso fue para Lucía: una putada, un inconveniente, un imprevisto… A ella le incomodó tener que ponerse a buscar de nuevo. Se planteó ponerse a estudiar, actualizarse un poco. Se planteó opositar. Se planteó mil cosas con la tranquilidad de que ahí estaba Matías.

—No te preocupes, cariño. Estas cosas pasan. Mañana, tranquilos, nos sentamos y vemos qué hacer, ¿vale? —le dijo Matías mientras la rodeaba con el brazo y le besaba la mejilla—. Me bajo a comprar tabaco, que se me ha olvidado. Vengo enseguida.

Cogió su mochila amarilla de hilos y, al entrar en el ascensor iluminado, notó una mota negra que flotaba en su campo de visión.

Mientras bajaba, rebuscó con ansia el paquete de tabaco, golpeteando el suelo con el pie a un ritmo incontrolable, y sacó un cigarrillo que ya tenía en los labios cuando pisó la calle y que encendió con la mano temblorosa nada más cerrarse la puerta a sus espaldas.

Caminó por su avenida cuesta arriba y luego un poco más allá, en donde ya solo había descampados que algún día serían edificados.

Encontró, en lo alto del todo, un banco bajo una farola fundida, perfecto para huir del mundo, y se sentó en él, contemplando las luces del pueblo a lo lejos y más allá las de los polígonos industriales y todavía más allá las de la autovía y los pueblos vecinos.

Le costó recuperar el aliento y que sus pulsaciones, que le ametrallaban las sienes, volviesen a la normalidad.

«Tengo que dejar de fumar, estoy hecho un trapo».

Pensó. A continuación, sacó otro cigarro y se lo encendió con una lenta calada, contemplando por unos segundos la llama del mechero antes de retirar el dedo para dejarla ir.

Pasó un coche con una pareja, que dejó la calle para meterse por un camino sin asfaltar. Sonrió para sus adentros, pensando en la época en la que Lucía y él buscaban sitios recónditos para tener intimidad. «Qué fácil era todo entonces. Sin niños, sin hipotecas, sin responsabilidades».

Dejó que su culo se escurriera al borde del banco, apoyando su cabeza en el respaldo y así, mirando las estrellas, permitió que salieran todas las lágrimas que había estado reprimiendo, sin secárselas siquiera.

La consciencia de su propia insignificancia, en comparación con el vasto firmamento, lo relajó.

Las lágrimas se llevaron consigo la mota flotante, permitiéndole volver a ver con claridad.

«Va, va, va, Matías. No es para tanto. Tu mujer tiene salud, tus hijos tiene salud.

Eso es lo más importante. Ya está, ya no tienes que ser valiente».

Matías sintió de nuevo la losa sobre sus hombros lo que, paradójicamente, le proporcionó un extraño alivio: ya no tendría que salir de su zona de confort, ya no tendría que enfrentarse a nadie. Solo aguantar a su madre. Solo eso.

Volviendo a casa y, una vez llorado todo lo llorable, pasó por el 24 horas para comprar el tabaco que, en teoría, se le había acabado y se le ocurrió coger unos kebab del local de al lado.

Una vez en la puerta de casa, tomó aire, lo expulsó un par de veces, metió la llave en la cerradura y se colocó una enorme sonrisa en la cara.

—¡¿Quién quiere cenar kebaaab ?!

—¡ Yooo ! —gritaron sus hijos al unísono.

Esos gritos de alegría, junto a la sonrisa cómplice de su mujer, tendrían que ser a lo que se aferrase a partir de entonces.

Esa misma noche, Matías volvió a despertarse con pesadillas.

Aprovechó para beberse un vaso de agua e ir a orinar.

Se miró en el espejo del baño porque sentía que el párpado le palpitaba.

Eso no se apreciaba, pero sí reparó en la velocidad a la que se le estaba cayendo el pelo.

Quiso fumar, pero se obligó a no hacerlo.

Lo invadió una aguda sensación de hormigueo en las manos que lo tuvo comiendo techo lo que restó de noche hasta que el despertador tuvo a bien sonar.

«Bienvenido a tu vieja normalidad». Y puso el piloto automático para poder continuar.