Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 44
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Capítulo 44

—¡Qué locura! —gritaba el padre de Olga a esta, mientras veían el concurso que estaban echando por la televisión—. ¡Se ha jugado todo el bote, Olga!

Olga adoraba la intensidad con la que su padre vivía los concursos de la tele. Había pasado a verlos para llevarles crema de verduras que le había sobrado de la comida y que su madre se comía de maravilla.

Una vez terminado el concurso, el padre de Olga salió a tirar el reciclaje y, de paso, a dar una vuelta y estirar un poco las piernas. Olga lo animó a que se tomase su tiempo.

Nada más salir por la puerta vio que se había dejado en la mesilla el móvil y las llaves. No tardó en sonar el timbre y, sonriendo para sí, cogió ambas cosas y fue a abrir, gritando, cual madre, desde el pasillo:

— Ayyy , Señor, la cabeeeza no sé dónde la tenemos.

Cuando abrió, la voz al otro lado de la puerta le replicó:

—¿Hablas sola?

—Pero ¡bueno! —se alegró y sorprendió Olga a partes iguales al ver a Lola—. ¿Qué haces tú aquí? Pasa, pasa —dijo mientras entraban al salón.

—Pues de visita. He pensado en ver a tu madre y ver si tu padre necesitaba algo —contestó.

—Vaya bajas te tomas tú —la riñó Olga.

—No vengo en calidad de enfermera, sino de amiga de la familia —rebatió Lola. Y, despojándose del bolso y acercándose a la madre de Olga para saludarla, continuó hablando con ella—: ¿Estáis contentos con mi sustituta? —se interesó.

Enseguida, se liaron a charlar. Olga la puso al día del empeoramiento del estado de su madre que, aunque lento, era paulatino. Estuvieron hablando un poco de todo hasta que recalaron en ellos y en la obra.

—Mira. No me hables de la obra, que se va a ir al traste —se lamentó Lola.

—¡Anda! ¿Y eso por qué? —preguntó Olga.

—Principalmente por Cecilio —contestó Lola.

—¡Eso digo yo! ¿Qué le pasa a este? —exclamó.

—No sé qué le pasa, pero algo le pasa. Pero es que no me contesta a los wasaps ni me coge las llamadas —le explicó Lola, entre enfadada y rayada.

—¿Cómo? ¿En serio? No entiendo nada. Pero si estaba mejor de lo que nunca lo hemos visto —se sorprendió Olga, que no había pensado hasta entonces que la cosa fuera para tanto.

—Ya. Yo pensé exactamente lo mismo. Pero el martes, como sabes, no vino al ensayo y no avisó a nadie; y fue cuando le escribí preguntándole y no me contestó.

Le volví a escribir el miércoles y tampoco.

Lo llamé y no me lo cogió y lo llamé otra vez y me colgó.

Le mandé un audio y nada. Y ya el viernes le escribí bastante enfadada, que por lo menos tuviera consideración con todos los demás para no haceros ir al ensayo para nada y le pregunté si pensaba ir y me contestó que no —relató Lola—. Que fue cuando lo anulé.

—Vaya tela… cómo están las cabezas. A saber… —dejó Olga en el aire.

—Y, luego, por otra parte, a Ester la veo rarilla —continuó Lola. Olga se puso alerta.

—¿A Ester? —preguntó como quien no quiere la cosa.

—Sí, no sé. Me dijo que estaba regular, pero que no era nada, que tenía mucho estrés ahora con el final de curso y que cuándo íbamos a retomar los ensayos, que confiaba en poder ir pero que tal… No sé, nada muy concreto, pero me olió raro.

Olga se quedó callada, pensando, valorando si contarle a Lola. Desde que se liara con Ester había asumido que eso quedaría para ella para siempre sin pensarlo más. Pero ahora tenía la oportunidad de contarlo y se dio cuenta de lo mucho que le apetecía compartir esa aventura con ella.

— Eeehhh . —Se le escapó una sonrisa, desvió la mirada y la volvió a centrar. Se rascó la cabeza. Lola le prestó atención—. Igual yo sé lo que le puede estar pasando. —Torció los labios al decir eso.

—¿Sí? ¿Te ha contado algo? —se interesó Lola.

—Tanto como contarme… —Olga soltó una carcajada y Lola frunció el ceño.

—¿Qué sabes tú que yo no sepa? —preguntó Lola, directa.

— Pufff, mucho, mucho.

—Pues tú dirás.

—Ya, ya. Si es que estoy tratando de ver cómo te lo digo —contestó Olga, divertida.

—Pero ¡chica! Qué intriga… —le exhortó Lola.

La madre de Olga estaba tumbada en el sillón reclinable, dormitando, con el ventilador a ritmo suave refrescándola. Lola se había acercado una silla a su lado y le tenía tomada la mano. Y Olga, que estaba sentada en el sofá enfrente de ambas, hablaba bajito para no despertarla.

—A ver, sí. ¿Te acuerdas el viernes que anulaste el ensayo? —Olga esperó que Lola contestase, pero esta solo asintió, por lo que continuó—: Pues Ester y yo quedamos en su casa para ver una peli y cenar unas pizzas .

—Sí.

—Pues, tía, nos liamos —soltó Olga a bocajarro.

Lola se sobresaltó, apretando sin querer la mano de la madre de Olga, que dio un respingo.

— Shhh —le dijo Olga a Lola mientras, con las manos, la conminaba a no formar revuelo.

Ambas se fijaron en la madre de Olga y, cuando verificaron que no se había despertado, continuaron la conversación. Lola la soltó y acercó la silla un poco más a Olga, para poder cotillear en condiciones.

—Pero ¿cómo que os liasteis? ¿Qué dices? —Es lo único que acertó a preguntar entre susurros. Olga asintió. —Venga ya… Me estás vacilando.

—Ya… se nos fue un poco de las manos —reconoció.

—Pero, pero… ¿cómo fue? ¿Qué pasó? —Lola estaba boquiabierta.

—Hostia. ¿También quieres detalles? —preguntó Olga, cachondeándose.

—¡Pues no! Si te parece me sueltas esta bomba y te quedas tan ancha. ¡Cuenta, cuenta!

—Pues a ver. Es difícil de explicar —se excusó Olga.

—Pues lo vas a intentar, querida —la animó.

—Que sííí , voy. Déjame recapitular. —Olga se tomó unos segundos para pensar—. En realidad, no tendría por qué haber pasado nada; vamos, que yo iba tan normal. Pero Ester estaba rara, como supernerviosa todo el rato. Me miraba mucho y de forma como muy intensa, ¿sabes?

—Ay, Señooor —intervino Lola, viéndoselas venir.

—No se puede explicar si no se vive, Lola. Había muchísima tensión. Pero, por resumirte, la pillé mirándome las tetas y cogió la tía y huyó.

—¿Huyó? —preguntó Lola.

—Sí, tal cual. Solo le faltó irse corriendo. Y ahí me cuadraron todas las piezas. Vi que ella estaba sintiendo algo superfuerte y no sé si fue eso que me removió o si venía de antes y yo no me había dado cuenta, pero, en ese momento, la miré y me dije: «Yo no me quiero quedar con esta duda».

—¡Olga! ¿Y qué pasó? —Lola parecía una quinceañera preguntándole a su amiga.

En ese momento, la madre de Olga comenzó a toser y, antes de que Olga se pudiera mover, Lola, con naturalidad y familiaridad, se levantó y cogió la jeringuilla que había en la mesa con agua. La incorporó y se la ofreció poquito a poquito hasta que la señora se la bebió entera.

—Pues el caso es que le dije de irme, porque ya te digo que estaba como queriendo pero a la vez en pánico.

—¿Tú? —preguntó Lola, confusa.

—No, Ester —aclaró—. Pero me dijo que no, que me quedara. Y como a esas alturas mi cara estaba como a esto de la suya —dijo Olga, haciendo el gesto con sus dedos— pues le di un beso. —Estas últimas palabras las susurró.

—¡Ay, me muero! —intervino Lola.

—¡Pero un beso inocente! Te lo prometo. Y paré. —Antes de que Lola pudiera empezar a hablar, Olga continuó—: Peeero luego ya ella me devolvió el beso, un beso nada inocente, y de ahí ya te puedes imaginar. Bueno, no. —Olga rio—. Mejor no te lo imagines. —Lola abrió muchísimo los ojos.

—Pero ¿es que no se quedó la cosa ahí? Ay, Dios míooo . —Lola se escandalizaba, divertida.

—Qué va, qué va. Para nada. Seré elegante, ¿vale?, pero solo te digo que tuvimos, las dos —en este punto, Olga volvió a bajar la voz hasta un susurro casi inaudible— tremendos orgasmos.

—¿Cómo, cómo? —Lola abrió la boca, sorprendida, y así se quedó unos segundos—. Jodeeer , Olga. Vaya tela contigo.

—¿Conmigo? Será «vaya tela con Ester», que llevaba la ropa interior a juego.

—¿Y? —preguntó Lola, que se había perdido.

—Joer, pues que lo tenía planeado. Nadie se conjunta la ropa interior si no espera pillar. De toda la vida, Lola.

Lola sonrió con ese argumento definitivo.

—¿Y ahora qué?

Olga se encogió de hombros y torció el gesto.

—¿Qué de qué?

—Pues qué de tu marido y qué de tu amiga —contestó Lola, sin rodeos.

—De mi marido nada de nada. No sabe nada ni lo va a saber. No tiene por qué afectarnos en nada —contestó, tranquila.

Lola se guardó para sí la réplica que le habría lanzado, porque sabía que Olga necesitaba sus tiempos y espacios y presionándola no conseguiría más que alejarla.

Y, además, tampoco era ella quién para hacer a nadie enfrentarse a sus mierdas si no quería o no estaba preparada, por muy amiga que fuera.

—Y de Ester… —continuó hablando Olga— no te sé decir.

Olga estaba pensando en cómo había acabado la noche.

Ella se había dado una ducha rápida mientras Ester recalentaba las pizzas ; Ester había hecho lo propio mientras Olga las llevaba a la mesa.

Habían cenado y terminado de ver la película, acurrucadas en el sofá.

Ester había sacado un licor de cerezas superrico que le habían regalado unos amigos y lo habían estado bebiendo a sorbitos mientras charlaban hasta las tantas.

Olga, adrede, intuyendo una fragilidad en lo que acababa de pasar, no había mencionado el irse a casa ni el quedarse hasta que Ester, con naturalidad, propuso que se fueran a dormir. Ya en la cama, tranquilas, volvieron a besarse con cariño antes de caer rendidas.

A la mañana siguiente, Olga se había despertado echando de menos las zapatillas de correr.

Pero qué sabía ella que iba a amanecer allí…

Se había levantado, se había hecho un café, tratando de no hacer ruido, y se lo había tomado tranquilamente en la terraza, disfrutando de la ligera brisa matinal.

No había querido irse de casa sin ver a Ester.

Se había sentido tranquila, en paz, a gusto. Había disfrutado de las vistas del cielo y el sol saliente iluminando el parque, del calor de la bebida en sus manos y pasando por su garganta, del sonido de los pájaros y los primeros vehículos.

Ester la había sorprendido en el salón, ya estirando, después de su rutina mañanera de ejercicio, y se había metido un poco con ella para camuflar la envidia que sentía por esa pasión y predisposición que tenía Olga por el deporte.

Se había ofrecido a prepararle el desayuno mientras Olga se daba una ducha rápida.

Habían desayunado juntas y ese punto en el que habían terminado de recoger habría sido un momento crucial.

Habría sido un momento revelador. Un «¿y qué te apetece hacer?

» por parte de cualquiera de las dos habría supuesto una cosa; un sacar a relucir y conversar sobre lo ocurrido la noche anterior habría supuesto otra cosa; un «bueno, tía, tengo un lío tremendo hoy, nos vemos en el ensayo»…

pues habría supuesto otra cosa diferente; una despedida con dos besos en las mejillas habría marcado un abismo entre una despedida con uno en la boca.

Cualquiera de esas cosas habría dejado la puerta abierta al cómo proceder o al qué esperar de ahí…

Pero el padre de Olga la había llamado con cierta urgencia para que fuera a casa a ayudarlo porque su madre se le había escurrido hasta el suelo y no podía levantarla, de modo que Olga se había excusado con Ester, se había calzado rápidamente sus chanclas, le había dado un rápido abrazo y se había despedido con un «¡te debo unas bragas! ».

Después de eso, no habían sabido nada la una de la otra en todo el sábado (nada fuera de lo normal). Y por la noche, en la cama, Olga había pensado en escribirle, pero no sabía qué.

Aunque el sexo había sido maravilloso, no era menos cierto que Ester había llegado al momento insegura y nerviosa.

Olga había empezado a dudar de que hubiera sido lo correcto para Ester y no sabía si debía sacar el tema si ella no lo hacía.

Pero tampoco quería que pareciera que desaparecía o que había cambiado algo por su parte.

Olga:

Buenas noches!! Qué tal tu sábado?

Ester:

¡Hola! Bien, tranquilo. ¡Y con calor!

Olga:

Ufff ya ves. Ha hecho peor día que ayer

Ester:

¿Y tú, qué tal?

Olga:

Bien también. He ido a ver a mis padres, luego de recados y por la tarde en el cumple de mi sobri

Qué cosa más infernal los parques de bolas

Ester:

Bueno, un día completo entonces :)

Olga:

S iii…

Bueno perla, me voy a dormir que mañana madrugo, que me toca con mi madre

Se vendrá Lola a media mañana, si te apetece pasarte invitada estás

Ester:

Oye, pues aceptaría encantada, pero no puedo mañana.

Que descanses, besos.

Olga:

Un besooo

— Mmm —dijo Lola, pensativa, devolviéndole el móvil a Olga, que se lo había dejado para que leyera la breve conversación—. Yo tampoco te sé decir.