Capítulo 43 #3
Cuando se sintió a punto de explotar, Olga la detuvo, retirándole las manos de su cuerpo.
Ester volvió a la realidad, no entendiendo lo que estaba haciendo Olga.
Pero tampoco le dio tiempo a analizar más porque esta la cogió de la mano, la dirigió al salón y la colocó de rodillas en el sofá, de cara al respaldo.
Ester se dejaba hacer; a gusto, confiada y expectante.
Acomodó sus brazos sobre el respaldo y apoyó la cabeza sobre ellos, cerrando los ojos para, así, aguzar el resto de sentidos.
Ester notó cómo Olga la rodeó desde atrás para comenzar a desabrochar con calma los botones delanteros de su vestido.
Le quitó del primero al último y lo retiró despacio.
Si hubiera mirado hacia atrás, habría podido ver a Olga recreándose en su cuerpo, intuido en la penumbra, en su piel fina y clara.
Notó un agradable cosquilleo mientras le besaba la espalda y se estremeció cuando le desabrochó y dejó caer el bonito sujetador de encaje que llevaba.
Olga posó con suavidad sus manos sobre las tetas de Ester y comenzó a acariciarlas, provocando que arqueara la espalda y se aferrara con fuerza al respaldo.
Las manos de Olga abandonaron el pecho de Ester para tomar con delicadeza su ropa interior y bajársela con una lentitud deliberada, describiendo la perfecta curva de su culo y caderas.
Ester cerró las rodillas para facilitar que le quitara el culotte , pero, en cuanto comenzó a sentir las manos de Olga recorrerle los muslos, abrió de nuevo las piernas, quedando expuesta a ella.
Este gesto de entrega, tan simple pero tan potente, puso a mil a las dos.
A Ester, porque confiaba tanto en Olga y se sentía tan a gusto y segura de sí misma, que la vulnerabilidad de saberse a su merced la excitaba sin remedio.
Y a Olga porque la visión de una Ester desnuda solo para ella, en esa postura, dispuesta a dejarse hacer cualquier cosa le provocó, precisamente, querer hacerle de todo.
Olga llevó los dedos a los genitales de Ester y le excitó comprobar lo lubricada que estaba.
Los movió con facilidad por toda la zona, siguiendo el ritmo que el cuerpo de Ester iba marcando.
Un cuerpo que se relajaba, se tensaba y se removía cuando lo estimulaba despacio, primero; rápido, después; lento, a veces; fuerte, otras.
La respiración de Ester se entrecortaba con jadeos y gemidos.
Cada vez que Olga jugueteaba con introducirle los dedos, quedándose a las puertas, los movimientos de su pelvis eran una clara luz verde, casi una súplica.
Así que, a la tercera vez, no se hizo más de rogar: entró despacio, profundo, concentrada en sentir el interior de Ester, sin dejar de estimularle el clítoris.
Ester, descontrolada, gimió en alto un «Olga», sin reprimirse; sabiendo que la podían oír.
Los movimientos del cuerpo de una y de las manos de otra se acoplaron y fueron cogiendo ritmo.
Ester se sorprendió al pensar que estaba siendo follada por Olga.
Así, tal cual sonaba, con todas las letras de esa palabra tan gorda que ella apenas usaba.
En condiciones normales se habría avergonzado; en ese momento, la excitó más si cabía.
Cuando estaba a punto de correrse, se deshizo de las manos de Olga, se dio la vuelta y le quitó el tanga sin ceremonias.
Se acostó de lado en el sofá, la atrajo para dejarla tumbada frente a ella y le cogió la mano para dirigirla con decisión a su entrepierna mientras ella misma buscaba los genitales de Olga para masturbarla.
Absorta en ello, se encontró, frente a frente, con un precioso pezón, oscuro y erecto, que se movía al ritmo de las embestidas, y no dudó en lamerlo.
Y no dudó en seguir haciéndolo cuando Olga dejó escapar un «hostias».
Ester no se podía creer que tuviese las tetas de Olga en su boca.
Sus tetas en la boca y sus dedos dentro.
Imaginó la escena desde fuera y creyó morir de placer.
Todo ese desenfreno; toda esa atracción animal; toda esa excitación; ese baile de manos moviéndose, labios besándose, cuerpos retorciéndose y músculos tensándose comenzó a llegar a su fin cuando Ester, con los ojos muy abiertos, miró a Olga, asintiendo, lanzando sonidos cada vez más agudos.
Olga se dejó llevar, entonces. Bajó la mirada para ver el espectáculo y se corrió a la vez que Ester, dejando, esta vez sí, escapar unos gemidos, ya casi gritos, irreprimibles.
Y fin. Las manos de ambas descansaron. Los jadeos se tornaron en suspiros, luego en respiraciones. Los ojos se quedaron cerrados y los cuerpos abrazados, hasta que sus pulsos volvieron a la normalidad.
—¡Qué hambre tengo! Nos hemos ganado esas pizzas de ahí. —Fue Olga quien rompió el silencio.
—Estarán frías ya. Voy a calentarlas un poco —replicó Ester, haciendo amago de levantarse.
— Nooo . —Olga se lo impidió—. Un poquito más —imploró volviendo a abrazarse a ella, que, encantada, se dejó hacer.
Al poco, Olga abrió los ojos, miró a Ester con ternura, la besó y, con eso, pareció reactivar su energía habitual:
—¿Una ducha antes de cenar?
Ester siguió a Olga, no queriendo mencionar lo que acababa de pasar. Como no tenía ni idea del tratamiento que darle a lo ocurrido, decidió, desde el mismo momento en el que su orgasmo había concluido, que haría lo que Olga hiciera.
Eso sí, de su cabeza no se iba el pensamiento de la absoluta locura que acababa de cometer.