Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

En esas estaba Olga, agachada cogiendo platos, cuando Ester se acercó al lavavajillas a por las tijeras.

¿Acaso pudo moverse? Ahí, justo ahí, a nada de distancia de ella, estaba el escote de Olga llamándola a gritos.

Constató que debajo de esa camiseta no había sujetador que valiera, cosa que había intuido nada más verla.

El incidente del vino invadió su mente, que comenzó a vagar todo lo que su cuerpo permanecía estático.

Y en su cabeza ya estaba metiendo las manos por ese escote y agarrando con suavidad y firmeza las dos perfectas…

«¡Mierda!». Reaccionó al encontrarse con la mirada clavada de Olga que, ante la parálisis de Ester, había levantado la cabeza y la observaba. «Joder, joder, joder».

Ester cogió las tijeras, casi llevándose el cestillo de los cubiertos detrás, y huyó al salón.

No sabía qué hacer. No podía sentarse en el sofá como si nada.

«Joder, joder, joder». Salió a la terraza a respirar algo de aire de la calle.

Se le salía el corazón por la boca. Literal.

Porque lo notaba en la garganta. «Eso se podía oír desde fuera seguro», pensaba.

Olga entró en el salón, dejó con toda tranquilidad los platos en la mesa y comenzó a recogerse el pelo, maquinando.

Desde el centro de la estancia miraba a Ester, apoyada en el murete.

Olga sonreía y se mordía el labio, pensativa.

Entre Ester pensando y actuando pasaban semanas.

Entre Olga pensando y actuando, minutos.

De modo que se acercó a la terraza y, desde la puerta, tanteó a Ester.

—¿No tienes hambre?

— Eeehhh , tengo el estómago raro.

—Estás toda tú un poco rara, me parece a mí —dijo Olga mientras se acercaba y se ponía a su lado.

—¿Sí?

—¿No?

Ester guardó silencio, quizá demasiado tiempo.

—Lo siento —se limitó a decir. Y giró la cabeza hacia otro lado, hacia algún punto lejano de la calle. El pulso le iba a mil.

—¿Me vas a decir qué te pasa? —preguntó Olga. Pero Ester mantenía su cara girada hacia el lado opuesto y no contestaba—. ¿Ester?

Ester resopló y volvió la cara hacia Olga.

Tragó saliva. Estaba seria. No era capaz de aguantar la mirada de Olga.

Esta le levantó suavemente la barbilla buscando sus ojos, pero fue en vano, porque Ester desvió los suyos.

Le puso un mechón de pelo detrás de la oreja y le habló con todo el cariño de que fue capaz.

—Ester, ¿quieres que me vaya?

Centró al fin su mirada en Olga, pero no respondió nada. Olga se le acercó un poco más.

—¿Me voy? —volvió a preguntar, paciente.

Ester, por toda respuesta, respiró hondo, nerviosa.

Olga cerró el espacio que las separaba, la cogió de los hombros y giró su cuerpo hacia el de ella.

Sus caras estaban casi pegadas. La de una ligeramente levantada; la de la otra, agachada.

Ambas podían sentir el aliento cálido. Olga, con sus dos manos, apartó el pelo de la cara de Ester hacia atrás y las dejó unos segundos sobre sus mejillas antes de retirarlas.

—¿No me dices nada? —Olga esperó unos segundos. Nada—. Tranquila. Me voy, entonces —dijo con dulzura, poniendo fin a esa cercanía de rostros y dándole un beso en la mejilla.

Antes de iniciar el movimiento de irse, antes siquiera de separar sus labios de la mejilla de Ester, la voz de esta saltó como un resorte:

—No. —Silencio. Olga se quedó quieta con su cara a pocos centímetros de la de Ester—. Quédate. —Cerró fuerte los ojos—. Porfa… —añadió mientras abría uno de ellos.

Olga sonrió, en parte por la cara, en parte por la respuesta. Y, sin pensárselo un solo segundo, la besó.

Fue un beso dulce, limpio y breve. Ester estaba temblando. Permanecía con los ojos cerrados, esperando. Pero no pasó nada más. Los abrió para ver por qué y vio a una Olga que, con esa sonrisa en la cara, le estaba diciendo que ya no se lo iba a poner más fácil.

Ester tendría que sacar arrojo o dejarla ir.

Sin poder controlar su temblor, acercó su rostro al cuello de Olga, inspiró y, con más valentía de la que había tenido en su vida, deslizó su boca desde el cuello hasta los labios.

Fue un beso mucho más húmedo. Y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

Y la volvió a besar, dejando que sus lenguas se entrecruzaran.

Según esto pasó, sintió no ya el deseo sino la necesidad animal de comérsela entera. Y fue mutuo.

Se recrearon, sin prisa, en ese momento.

Un baile de lenguas, mordiscos, jadeos contenidos…

Sentían la urgencia de acercarse más aun cuando no había espacio entre ellas, lo que las llevó a cogerse del pelo, a abrazarse con fuerza, a entrecruzar sus piernas, a aferrarse a la espalda, a la nuca, a la cintura… Sin separar sus labios.

Amparadas por la oscuridad de la noche, no les importó encontrarse en la terraza. La ligera brisa compensaba el calor brutal que emanaba de sus cuerpos. La ropa interior de ambas comenzó a humedecerse.

El interruptor racional de Ester estaba a nada de apagarse. En todo ese frenesí, sus manos deslizaron hacia abajo los tirantes de la camiseta. Y Olga liberó sus brazos.

Un pensamiento lúcido cruzó la mente de Ester, que dejó de besarla. Si paraba ahí, todo se quedaría en nada, en una anécdota, en aquella vez con treinta y pico años en la que se había besado con una mujer. Eso era algo que, más o menos, podía asumir en su tradicional y ordenada vida.

Pero miró a Olga a la cara y luego bajó la vista hasta su pecho.

Estaba a un tirón de camiseta de cruzar un umbral.

Estaba a un tirón de camiseta de encontrarse cara a cara con lo que había hecho que temblaran sus cimientos.

Quizá su cerebro albergaba dudas, pero su cuerpo no tenía ninguna.

Sus manos actuaron solas, agarrando la camiseta de Olga.

Un segundo. Un segundo de tensión. Ese segundo en el que valoras si confiar en las cuerdas que te sujetan y saltar del puente al vacío.

Y saltó. Bajó la camiseta, destapando poco a poco el pecho de Olga y liberándolo, por fin, cuando la dejó enrollada en su cintura. Ester miraba las tetas de Olga. Olga miraba cómo Ester miraba sus tetas. Nadie ahí sabía qué iba a pasar.

Ester puso las manos en la cintura de Olga y la volvió a besar.

Esta reaccionó, alzando los brazos alrededor del cuello de Ester, que subió las manos por el torso de Olga hasta encontrar su pecho.

Sintió que las piernas le iban a fallar de un momento a otro.

Nunca habría pensado qué hacer con unas tetas.

Por suerte, unos instintos más primarios y animales tomaron el control.

Al rozar por primera vez las tetas de Olga, notó cómo esta suspiró.

Cuando sus manos comenzaron a moverse, a agarrar y soltar el pecho, a acariciarlo, a pasar sus dedos por los pezones, escuchó un sonido ahogado.

Y ya al detenerse a pellizcarlos suavemente, un gemido mucho más agudo se escapó entre los besos.

Olga, sin poderlo soportar, cambió los besos por mordiscos: en los labios, en el cuello, en los hombros…

Ester le desabrochó los vaqueros y los dejó caer, llevándose con ellos la camiseta, que seguía enrollada en su cintura.

La propia Olga terminó de sacarse la ropa por los pies hasta quedarse solo con un tanga.

Su piel morena quedaba iluminada por la luz de la luna y las lejanas farolas resaltaban la perfección de su cuerpo.

Ester dirigió su mano a la entrepierna de Olga, que le facilitó el acceso, subiendo uno de sus pies a lo primero que encontró.

Le apartó la ropa interior y, nada más tocarla, se empapó los dedos, que volaron alrededor de su clítoris.

Olga no pudo más que abrazarse a ella y dejarse masturbar, ahogando sus gemidos contra el cuello de Ester.