Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 43
67%

Capítulo 43

— … pues va… a ver, a ver… de unos que se quedan orbitando alrededor de la tierra y no los pueden rescatar…

o algo así —explicó Ester, forzándose a centrar su mirada en la tele y a impostar un tono de voz lo más despreocupado posible, mientras pensaba cómo había llegado a ese punto y cómo narices iba a salir de ahí. O si quería.

Ester y Olga estaban en casa de la primera dispuestas a elegir una película para ver esa noche.

Esa semana no habían tenido ensayo. El martes, Cecilio no había aparecido por casa de Lola, nadie sabía nada de él, ni hablaba en el grupo ni contestaba a los wasaps.

Y, ese viernes, Lola había enviado un mensaje cancelando el ensayo de esa tarde sin dar más explicaciones.

Olga, entonces, propuso a Ester que sería una buena noche para película y pizza . Jaime estaba de viaje otra vez, y Ester tenía pendiente afrontar ese viernes noche de Netflix al que no había plantado cara desde que lo dejó con Álvaro.

Olga:

Hazme caso, Ester. Los recuerdos se sobreescriben

Nos vemos una peli como solías hacer con Álvaro y así la próxima vez que quieras ponerte una peli un viernes noche te acordarás de mí en vez de de él!!!

Mucho mejor, dónde va a parar :D

Cuando Ester recibió la propuesta aceptó sin dudar. Le encantó el plan y la compañía. Luego, por algún motivo, entró en pánico. De modo que invitó a Matías. Y sintió tranquilidad. Y arrepentimiento. Pero Matías declinó la invitación. Y sintió ilusión. Y entró en pánico.

Ester trataba, sin lograrlo, pero sin cejar en el empeño, de encontrar alguna explicación a su propio comportamiento: a qué santo se duchaba, si ya lo había hecho esa mañana; por qué se ponía a limpiar y a cambiar sábanas y toallas cuando no hacía ninguna falta; a cuento de qué esa ropa interior y no otra, por qué justo la crema de Rituals, el esmero que había tenido en escoger ese vestido de botones…

Todo esto lo pensaba mientras lo hacía, pero igualmente lo hacía.

Parecía que todo su día hubiera girado en torno a esa noche.

¿Y por qué? Si Olga solo venía a casa a ver una película y punto.

Nada más abrir la puerta, Ester maldijo el verano.

Apareció una Olga con el pelo mojado, vestida con una camiseta blanca, de tirantes, ajustada, sin más, metida por dentro de unos vaqueros cortos deshilachados y unas chanclas de playa que se quitó nada más pasar el umbral, como si de su propia casa se tratara. Y Ester se sintió un poco boba.

—¡He traído palomitas! —dijo Olga tras descalzarse mientras se acercaba a darle dos besos—. ¡ Eeeyyy ! ¡Qué guapa!

Ester no contestó porque Olga ya había pasado de largo.

Olga dejó lo que había traído en el salón y Ester fue a la cocina a coger agua y un bol para las palomitas. Se apoyó en la encimera, respiró hondo un par de veces, dejó escapar el aire, despacio, como el que se concentra antes de una competición, sacudió la cabeza y gritó, girándose:

—¡Quieres una cer… ¡ay! ¡Qué susto, hosti! —Ester se sobresaltó al ver a su amiga apoyada en el marco de la puerta de la cocina. Luego le dio la risa.

—¡Oye! ¡Que yo no he hecho nada! Estaba aquí tan a gusto viéndote resoplar a la nada —bromeó Olga.

—¿Para qué me sigues? Qué susto, jope. —Ester hubiera preferido guardarse esos suspiros para ella misma.

—¡Pues para ayudarte! Yo qué sé… Venga, sí, dame una cerveza y píllate otra, que se te quite el susto.

Pero no. Ester no cogió cerveza. Necesitaba sus sentidos funcionando a pleno rendimiento. Cuando entró al salón, vio las puertas correderas abiertas y a Olga en la terraza, asomada. Dejó los vasos en la mesita del sofá y fue a unirse a ella.

El piso de Ester quedaba por encima de todos los que estaban alrededor, y delante tenía un gran parque que las separaba por mucha distancia del bloque más cercano, de modo que la vista era bastante despejada y agradable.

Ester se colocó junto a Olga pero mirando hacia dentro de la casa, con los codos apoyados en el murete, dejando caer el peso hacia atrás.

Olga cerró los ojos, respiró, y los volvió a abrir.

—Qué bien que corra un poquito de brisa. Menudo día ha hecho —comentó.

—Se agradece, sí —se limitó a contestar Ester. Y tragó saliva.

—¿Has tenido un buen día? —preguntó Olga, que seguía con la vista en el horizonte.

—Sí, normal —contestó Ester, sin más explicación, absorta como estaba en el perfil del rostro de Olga.

Analizaba sus cejas oscuras y marcadas, su nariz afilada, que se unía a sus gruesos labios. Veía las luces de las farolas reflejadas en sus ojos, sus largas pestañas, las mechas de pelo que le caían a la cara.

—¿Qué me miras? —preguntó de repente Olga, sin apartar la vista de la calle.

—¿Qué te miro? —respondió Ester, descolocada—. No sé… te miro, sin más. —Procuró parecer despreocupada. Olga sonrió. Ester cambió de tema—. ¿Tienes frío?

—¿Por?

—Tienes la piel de gallina —dijo Ester, pasando el envés de su dedo a lo largo del brazo de Olga.

Ese gesto atrajo la atención de Olga hacia esa caricia, que se desvaneció al instante.

Cuando levantó la vista hacia Ester esta estaba haciendo como si nada, apoyada con sus dos codos en la barandilla estirando su espalda hacia atrás, con la cabeza en dirección al techo.

Sin cambiar la postura propuso entrar a ver la peli.

Olga pidió las pizzas mientras que Ester iba buscando películas en Netflix.

Navegaba por la plataforma mientras Olga iba paseándose por el salón, ojeando la decoración, los recuerdos de viajes, las fotos…

Si se ponía de puntillas para ver mejor una foto encima de un estante o giraba la cabeza para leer los títulos de los libros o se agachaba para echar un vistazo a los vinilos, Ester se distraía de su cometido y sus ojos se posaban sin remedio en Olga.

La contemplaba como quien observa una escultura por primera vez, reparando en cada detalle, recreándose en cada recoveco, en cada curva.

Más que mirarla, la admiraba. Y con el corazón latiendo a un ritmo considerable.

Tan concentrada estaba que se dio cuenta tarde de que, por el reflejo de la vitrina frente a la que se había detenido, ella podía ver la cara de Olga y, claro está, Olga la suya.

Sus miradas se cruzaron a través del cristal.

Ester pensó, con pánico, que no sabía cuánto tiempo llevaba Olga viendo cómo la analizaba.

Desvió la vista hacia la tele y siguió con las películas.

Olga se giró y fue a sentarse junto a ella en el sofá.

No. Definitivamente Ester no sabía cómo iba a salir de ahí. Ni si quería.

—¿Orbitando alrededor de la tierra? —contestó Olga—. Ni idea. Pero la puntuación está bien, pon esa misma. Si es una mierda, otro día, otra.

—Okey —contestó Ester. Olga la miró de reojo.

Empezó la película, Olga subió los pies al sofá y se acomodó.

Ester permanecía sentada, con las piernas cruzadas, incapaz de estarse quieta, destrozándose con los dientes la uña del pulgar como cuando años atrás buscaba su nombre en la lista de aprobados de la oposición.

De vez en cuando, se le escapaba algún suspiro.

Olga la seguía mirando de reojo cada poco hasta que, a los minutos, se incorporó, cogió el mando y pausó la película.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué me pasa? No me pasa nada… —contestó Ester, evasiva.

—Estás nerviosa. Te estás mordiendo las uñas y no paras de suspirar.

Y mira qué tiesa estás, parece que te hayan metido un palo por el culo —dijo Olga.

Ester no sabía qué decir, solo respondió con una mirada de inocencia y permaneció callada—.

¿Quieres que intentemos lo de la peli otro día, mejor?

Si lo estás pasando mal dímelo con confianza y lo dejamos estar.

—¡No! No, qué va. Perdona —respondió Ester, a quien de repente la posibilidad de que Olga se marchase la hizo reaccionar.

—No hay nada que perdonar. Pero quiero que estés guay, no incómoda. Si no estás preparada…

—Calla, calla —la cortó—. Será la semana que ya pesa; el cansancio. No te pienses que estoy de bajón por Álvaro.

—Bueno… si tú lo dices… —dijo Olga mientras iba a por el mando. Antes de darle al play se acomodó en el sofá. —Anda, ven aquí —dijo a Ester, atrayéndola hacia ella y pasándole el brazo por encima, provocando que quedara recostada sobre ella. No iba a ser Ester quien se quejara.

Olga estaba a gusto. Uy, sí, qué a gusto estaba Olga, le dio a la propia Olga por pensar. Hasta ahí su intrincado hilo de pensamientos.

La mano de Ester fue a parar —oh, casualidades de la vida— a la pierna de Olga, y todo el sentido del tacto del que Ester disponía se enfocó de inmediato en esa mano: sentía con una nitidez sobrenatural el calor que emanaba Olga, la suavidad de su piel, su consistencia.

Sabía que debía dejarla quieta igual que si hubiera caído, por ejemplo, al reposabrazos.

Pero es que había ido a parar al muslo de Olga; al muslo desnudo de Olga.

La acarició con el pulgar; nada, apenas unos milímetros, en un gesto casi involuntario.

Luego, reacomodó la mano un poco más arriba, un poco más adentro. Cosa que a Olga no le pasó inadvertida.

Ester esperaba no que tener que comentar la película al terminar porque no se estaba enterando de nada.

Al poco rato, sonó el timbre, y por poco le da un infarto.

Para sus adentros, se cagó en la madre del vecino que se hubiese dejado las llaves o en el niño que hubiese tocado y salido corriendo o en el despistado que se hubiese equivocado de timbre.

—¡Las pizzas ! —gritó Olga, levantándose para abrir.

«Ay, claro, las pizzas », pensó Ester.

Olga atendió al repartidor y dejó la cena en la mesita del sofá mientras que Ester, en la cocina, ponía algo para picar.

—¿Qué falta? —le preguntó Olga, uniéndose a ella.

— Ehhh , no sé, pues… coge un par de vasos, digo de platos deee -de ese armario. Bueno, espera, no, de ahí del lavavajillas mejor… sí, sí, del lavavajillas. —Ester parecía más Ozores que otra cosa.