Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Dejó vagar sus pensamientos y, para cuando volvió a la Tierra, tenía el postre delante y la conversación en torno a ella, entre Jaime y un par de amigos de sus suegros, se había vuelto casposa. Entre risas y complicidad se jactaban de qué rápido y de forma efectiva arreglarían el país.

—¡Claro! ¡Es que lo hemos hecho mal! Lo que hay que hacer es venir en patera. ¡Ahí, así sí que te dan de todo! ¿Cómo se nos ocurre trabajar? —bromeaba Jaime.

—¡Eso tendremos que hacer! ¡Porque gitanos ya no podemos nacer!

Reían a carcajada limpia.

Olga se levantó de la mesa, sin mirar a nadie, sin decir nada, controlando el impulso de montar un gran pollo, por deferencia a sus suegros, más que otra cosa. Paseó la mirada por el espacio y localizó a sus sobrinos, que estaban ensayando un baile de TikTok.

—¡A ver, a ver! ¡¿Qué se cuece por aquí?!

—Tía, ¡qué bien! Nos falta una. ¿Nos ayudas? —le pidió su sobrina.

—¡Claro! ¿Qué tengo que hacer?

Olga se sorprendió de que sus sobrinos intentaran enseñarla a bailar Barbie Girl de Aqua, que se acababa de volver a poner de moda gracias al estreno la película.

Más se sorprendieron ellos de que ella se supiera toda la letra y una coreografía noventera que nada tenía que ver con lo que le pretendían enseñar.

—¡ Nooo ! ¡Así no! —la corregía su sobrino, riéndose.

—Pero ¡¿cómo que no?! Pero ¿no habíamos dicho pierna, mano, pierna, mano, nos cogemos y corazón? —decía, a la vez que repetía los pasos.

— Nooo , tía. Pierna, pierna, mano, mano y corazón con esta… no, trae, con esta mano. Así —le enseñó su sobrino.

Estaba tan enfrascada intentando aprenderse la coreografía que no vio acercarse a su marido. Jaime miró a su mujer descalza y luego de reojo los tacones unos metros más allá y, con un tono a medio camino entre la condescendencia y la burla, dijo:

—Pero, bueno, ¡mi mujer! Que no se acuerda de que los cuarenta ya no los cumple.

Jaime sonrió con su propia ocurrencia y Olga, no queriendo replicar delante de sus sobrinos, lo ignoró y siguió a la suya.

—¿Te quieres unir, tío? —le propuso uno de los pequeños.

—¿Yo? ¡No tengo nada mejor que hacer! —contestó—. De verdad os lo digo, si supierais la pérdida de tiempo que es esto…

—Bueno, es divertido —se atrevió a responder una de sus sobrinas.

—¿Divertido? Divertido es un libro, un programa de radio, una película.

Pero ¿hacer el tonto para grabarse y que os vean un montón de desconocidos?

—replicó Jaime. Y, como nadie supo qué responder y, sabiéndose escuchado, continuó sermoneando—: Hacedme caso, que yo ya sé un poco de qué va la vida, creo que algo he aprendido. Cuando tengáis mi edad veréis que…

—¡Cuando tengan tu edad ya que te pregunten si eso!

—le interrumpió Olga—. Anda, ¿por qué no vas y me buscas un café y me lo dejas en la mesa, porfa?

Ahora enseguida voy yo. —Olga no le dejó opción, pues, con un impulso leve de los brazos, lo animó a caminar hacia las mesas—.

¡Gracias! —añadió cuando este ya se iba alejando mientras les guiñaba un ojo a sus sobrinos—. ¿Seguimos?

Al poco rato, Olga se unió a Jaime en la mesa y le habló sin ningún atisbo de sonrisa en sus labios ni efusividad en su voz:

—Tu mujer no se acordará de que los cuarenta ya no los cumple, pero mi marido no se acuerda de que no es un racista de mierda, fíjate tú.

—¡Coño, Olga! Qué palabra más gorda —contestó Jaime.

—No tan gorda como las burradas que has soltado por la boca —le recriminó Olga.

—Por lo de antes, ¿dices? No me jodas, nena. Son Rafael y Arturo, les estaba siguiendo el juego, ya sabes cómo son. —Jaime estaba tan tranquilo.

—«Siguiendo el juego», dice. Lamentable. —Olga chistó—. Pero, además, ¿qué interés ni necesidad tienes tú en quedar bien con esos dos? —Olga levantó las cejas—. Es casi peor; no tengo un marido racista, tengo un marido hipócrita. De puta madre —dijo entre enfadada y derrotada.

—No vamos a montar el espectáculo aquí, Olga —le dijo Jaime.

—No, mira. En eso sí que estamos de acuerdo. —Olga zanjó así la conversación para, acto seguido, darse la vuelta e irse. Jaime puso los ojos en blanco.

La celebración siguió su curso hasta llegar al momento baile, que para Olga fue agridulce.

Porque divertirse tanto con esa bonita familia, que sentía como propia, no impedía que le persiguiera el mismo pensamiento insistente: tenía un marido bienqueda, soberbio con sus sobrinos, hipócrita en su discurso y que la había intentado dejar mal.

¿Estaba sobreanalizando cada palabra y comportamiento de Jaime? ¿Lo aguantaba cada vez menos? ¿O era él que se estaba volviendo cada vez más rancio? Podía ser. Al parecer sí. Y sí.

La estampa de uno de sus cuñados, con ese puntillo gracioso que te da el alcohol antes de arruinarte la fiesta, dirigiéndose hacia ella con decisión, mientras el resto iban en comitiva detrás, la sacó de todos sus pensamientos.

—¡Te reto! —le dijo, decidido.

—¡Acepto! —contestó Olga, divertida—. ¿A qué?

—A ver quién aguanta más haciendo la plancha —contestó, convencido—. No tienes nada que hacer.

Olga estalló en carcajadas y lanzó una mirada cómplice a la mujer del susodicho.

—¡Es que lleva dos meses yendo al gimnasio, hija! —dijo esta, excusándolo—. Y dice que está más fuerte que nadie.

—¡Y a mi hermana se le ha ocurrido decirle que tú estás más fuerte! ¡Para qué quieres más! —añadió Jaime, riendo.

—Pero ¿esto es en serio? —preguntó Olga a su cuñado.

—¡Y tan en serio! —replicó él, muy digno. Los demás estaban deseando presenciar el duelo.

—Ale, pues cuando usted quiera —dijo Olga, quitándose los zapatos y las pulseras mientras su cuñado se quitaba el reloj.

Ambos se tumbaron en el suelo con los antebrazos apoyados y, a la de tres, se pusieron en posición de plancha. Olga levantó la mirada y le preguntó a su cuñada, haciendo un gesto con la cabeza hacia su hija la pequeña:

—¿Qué pesa la peque?

— Ehhh , doce kilos más o menos —contestó su cuñada. Olga calibró rápidamente en su mente.

—¡Oli, ven aquí! ¡Túmbate en la espalda de la tía! Y no te muevas, ¿eh?

La niña, encantada, se tumbó sobre su tía, abrazándola.

La sobrada de Olga calentó aún más a su cuñado.

Acercándose al minuto, este, rojo como un tomate, empezó a temblar.

Ella mantenía la posición. En un momento dado, levantó la cabeza, y viendo que a su cuñado estaba por darle algo, le dio un golpe de risa, que provocó una mirada de furia de este y una carcajada generalizada.

Al muy poco, el cuñado comenzó a dar un grito que marcaba el inicio de su derrota. Cuando cayó al suelo, muerto, miró a Olga que, sin signo de agotamiento y aún en posición, le dijo con una sonrisa:

—Lo dejamos ya entonces, ¿no?

Olga bajó a su sobrina con cuidado. Su cuñado se levantó, se le acercó, le tendió la mano admitiendo la derrota y, cuando le devolvió el apretón, aquel la cogió cual saco de patatas y se fue corriendo a la piscina.

Pese a los gritos de su mujer, y los pocos que le salían a Olga, que no podía parar de reírse, saltó al agua.

—Pero ¡¿cómo tienes tan mal perder?! —Olga nadó hacia su cuñado para hundirlo. Se lo impidió una avalancha de sobrinos saltando en bomba, uno de los cuales arrastró a su madre de la mano. El resto de adultos comenzó a despojarse de sus móviles y zapatos.

Olga, rodeada de los suyos, se sentía feliz, acallando cualquier otra sombra que pudiera orbitar alrededor.