Capítulo 42
Olga se sintió viva cuando despertó el sábado.
Antes de abrir los ojos, recreó la noche anterior y, de forma automática, casi como un acto reflejo, una sonrisa acudió a su cara.
Cuando los abrió, vio a Jaime a su lado en la cama y se giró hacia el otro lado.
Su rostro se ensombreció y adelantó la cinta de la noche a más tarde, a la conversación con Cecilio.
Hablar con ese hombre la hundía en la miseria.
Y pobre él, que no tenía ninguna culpa más que la de haber estado enamoradísimo de su mujer.
Por poco dada que fuera Olga a plantearse cosas, no pudo evitar preguntarse qué le jodía tanto de oír hablar a Cecilio de Ana.
Volvió a girarse hacia su marido. Hacía tiempo que no se detenía a observarlo. Su pelo recién cortado, con canas en los laterales. Los lunares de su cara. La forma de sus cejas. Las líneas de expresión que más pronto que tarde se convertirían en arrugas.
Supuso que debía sentir ternura, pero sintió pena.
Ya no es que Jaime no fuera para Olga lo que Ana para Cecilio, es que estaban en el extremo opuesto.
Todo lo que alguna vez Cecilio había expresado sobre su mujer y sobre su visión del amor y la pareja se había ido acumulando en el subconsciente de Olga como el agua en una presa.
Ahora, cara a cara con su marido, el dique cedió y esos pensamientos la arrollaron con la misma falta de piedad que tiene el agua desbocada.
¿Estaba Olga convencida de que Jaime era la mejor persona que podía haber para ella? «Si no —decía Cecilio—, siempre estarás tentada de encontrar algo mejor». No lo estaba, no.
¿Le apetecía pasar tiempo a solas con él? ¿Lo echaba de menos cuando no estaba? A lo primero: a veces no le molestaba. A lo segundo: no.
¿Se enorgullecía de él? ¿Se alegraba de sus logros? No y sí.
¿Y él de los de ella? ¿Le animaba en sus retos? ¿Le gustaba verla brillar? Diría que sí. No. Y rotundamente no.
¿Se hablaban bien? ¿Se respetaban? ¿Preservaban sus espacios privados? Pasapalabra. Pasapalabra. Y sí, aunque Olga tampoco daba más opción.
¿Compartían valores? Cada vez menos.
¿Tenían objetivos comunes? ¿Planes, proyectos conjuntos? No y no. Sus vidas eran como dos rectas paralelas: ambas en el mismo plano, pero que nunca se cruzan.
Y la gran pregunta: ¿estaba mejor con él que sola?
Olga sintió que su corazón se saltaba un latido. Se sobresaltó y se incorporó en la cama, y fue corriendo al baño a vomitar. Jaime se despertó con el ruido y apareció en el baño, con cara de sueño.
—Bien de cerveza anoche, ¿no? —dijo mientras se echaba agua en la cara. Olga no contestó y Jaime añadió—: ¿Te traigo un paracetamol?
«Tampoco está tan mal», pensó. «Ni bien, Olga, ni bien».
—Me voy a correr antes de que haga más calor —anunció Olga a su marido.
—Qué moral —le contestó Jaime.
Olga pensó lo que pensó y le preguntó:
—¿Por qué no te vienes?
—¿Yo? ¿A correr? No se me ocurre peor plan —rechazó Jaime.
«Mejor».
Sin darse mucho más tiempo a pensar, Olga se vistió, se recogió el pelo, se puso las zapatillas y se lanzó a la calle. Corrió tan rápido y tanto como pudo, llevando a su cuerpo al límite para tratar de que la extenuación física distrajese su cabeza. Lo consiguió.
Llegada la hora, se fueron al chalé de sus suegros, más bien una finca, en donde se juntarían los tres hijos, Jaime y sus dos hermanas, con las respectivas parejas y los niños. Así como algunos amigos íntimos de la familia.
Olga tenía ganas de ir a la celebración.
Quería a sus suegros con toda su alma. Siempre la habían tratado como a una hija más.
Nunca habían sido de meterse en su vida y siempre se habían mostrado generosos con ella.
Con sus cuñadas no se podía decir que tuviera una relación de amistad, porque no tenía una gran afinidad, pero sí tenía una buena relación cuando se veían y se tenían cariño.
Pero nada como encontrarse con sus sobrinos, que estaban jugando en el césped cuando ellos llegaron.
—¡ Tíaaa ! —Corrieron hacia ella conforme la vieron bajar del coche.
—¡Eh! ¿Y yo qué? —Jaime se abrió de brazos, pero tuvo que esperar su turno después de Olga.
No es que Jaime tuviera nada de malo como tío.
Es que Olga, para sus sobrinos políticos como para todos, era Olga.
Su carácter desenfadado y su vitalidad hacían que le fuera fácil unirse a su juego.
Y aunque ella era la primera en disfrutar de una conversación adulta, no perdía oportunidad de dedicarles un buen rato a sus sobrinos.
Además, para los más mayores, era esa tía.
La tía a la que se le preguntan cosas que no se les preguntan a los padres; la que hace la vista gorda con ciertas cosillas de dudosa legalidad o moralidad; con la que se comparten determinados asuntos vergonzosos o peliagudos y también cotilleos.
Esa tía de la que no te avergüenzas cuando ya empiezas a hacerlo de tus padres.
El único adulto al que medio tienes en consideración cuando te dice «por ahí no».
El jardín resplandecía para la ocasión: guirnaldas, luces, flores…
Había una zona junto a la piscina en la que se habían dispuesto unas mesas para la cena.
Y otra parte en la que había unas cuantas sillas y un arco en donde se llevaría a cabo la celebración.
Los trabajadores del cáterin iban de aquí para allá.
Saludó a sus cuñadas y fue a buscar a sus suegros.
Se encontró, en el salón, a su suegro, a quien dio un gran abrazo y piropeó; y, luego, en la habitación principal, a su suegra.
A Olga se le iluminó el rostro al verla feliz y radiante.
Estaba espectacular. Era una señora a la que Olga siempre había admirado, y así se lo trasladó.
Su suegra, con la emoción a flor de piel, le dio un largo y sentido abrazo.
Al percibir su perfume, Olga pensó que usaba el mismo desde que le alcanzaba la memoria pues podía recordar ese mismo aroma en cada abrazo que le había dado a lo largo de su vida: el día en el que la había conocido, en cada felicitación de cumpleaños, en todas las celebraciones familiares, en su graduación, en su boda, en tantas veces que se habían consolado.
Esa clase de perfume que, lo huelas donde lo huelas, te lleva inevitablemente a esa persona.
Cuando estaba por dejar a su suegra terminar de arreglarse esta la retuvo.
—Olga, cariño, espera. Tengo algo para ti.
—¿Para mí? —preguntó Olga, sorprendida.
Su suegra se acercó al joyero y volvió hacia Olga.
—Sé que siempre te ha gustado —le dijo, sonriendo, mientras le tendía una fina sortija de oro con un montón de esmeraldas y brillantes intercalados.
—¡Carmen! —dijo Olga sin palabras—. No, ni hablar, Carmen.
—Anda, calla —dijo su suegra—. ¡No me vas a dar un disgusto el día de mis bodas de oro!
—Pero, Carmen… de verdad, no te quiero disgustar, pero no puedo… Esto tiene que ser para tus hijas —se excusó Olga.
—Y así es.
Ante la inacción de Olga, su suegra le dio un beso y la acompañó a la puerta, dando por zanjada la conversación.
En el pasillo, Olga miró el anillo, se lo colocó en el dedo con el cuidado de quien está a punto de desactivar una bomba y, al instante, sintió un vacío brusco en el estómago.
Esa sensación la acompañó toda la noche.
La celebración fue preciosa. Las hermanas de Jaime les leyeron a sus padres la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios.
Esa oda al amor cuyo rotundo final —«el amor no pasa nunca»— quedó resonando por unos segundos en la mente de Olga, hasta que los aplausos y ver a su marido levantarse la sacaron de su ensimismamiento.
Jaime no llevaba nada escrito. Subió con total seguridad en sí mismo.
Olga tenía que reconocer lo apuesto que estaba enfundado en ese traje a medida.
Se marcó un discurso impecable: la mezcla perfecta entre gracioso, cariñoso y formal; sin que le temblara la voz ni lo traicionaran los nervios.
Ella lo miraba con una sonrisa en la cara y, de vez en cuando, se le escapaban los ojos al anillo de su suegra.
En un momento dado del discurso, poco antes de terminarlo, él miró a Olga antes de continuar:
—De todo lo que me habéis dado en esta vida, y son incontables las cosas, hay una que, por encima de todas, es valiosa: el ejemplo del amor que os profesáis.
»Más que las muchas y maravillosas experiencias que hemos vivido en nuestros viajes, más aún incluso que los estudios que me permitisteis y que son mi medio de vida y mi pasión.
Porque vosotros, vuestro amor, la forma en la que siempre os habéis tratado, me permiten valorar lo verdaderamente importante de mi vida: la maravillosa esposa que tengo y lo privilegiado que soy de tenerla a mi lado.
« ¡¡¡¿¿¿Perdonaaa???!!! ». Eso es lo que Olga pensó para sus adentros.
Por fuera, trató con todas sus fuerzas de emocionarse.
A falta de lágrimas, y sintiendo las miradas clavadas en ella, se sintió en la obligación de lanzarle un beso con la mano.
A ver qué otra cosa podía hacer. No iba a levantarse a decirle: «pero pedazo de personaje, no hace falta ser así de falso».
Estaba claro que no iban a pregonar sus miserias a los cuatro vientos, pero ese grado de hipocresía le pareció innecesario.
No iba a echarle la bronca por ponerse romántico, pero molestarla le molestó.
Y más le molestaron todas esas miradas de «qué afortunada eres con semejante demostración de amor, amiga».
La comida fue muy amena y agradable, pero a Olga se le cerraba el estómago un poquito más cada vez que reparaba en el anillo de su dedo. Más que una preciosa sortija, parecía que tuviera un lastre que la arrastraba al fondo de un lago y que le impedía salir a flote. Se sintió terriblemente ingrata.