Capítulo 41
Cecilio no se quitaba esa bachata de la cabeza.
Tras despedir a Olga se duchó sin dejar de pensar en lo bien que se lo había pasado: en cuánto se había reído dedicándole esa canción a Lola; en cómo había disfrutado animando y aplaudiendo a todos; en cómo le había sorprendido Ester cantando.
A su mente venían las caras de Lola, Matías, Olga y Ester felices: sus carcajadas, las expresiones en sus caras, sus voces, la forma en que gesticulaban al contar algo…
Pensaba, por supuesto, en la bachata. En esa sensación de burbuja que había sentido al mirar a Ester a los ojos; en lo que era dirigir a una pareja de baile y compenetrarte con ella.
Esto lo llevó, indefectiblemente, a acordarse, ya en la cama, de él bailando con Ana.
Donde unos minutos antes estaba el rostro de Ester, este se difuminó y apareció el de su mujer.
Los recordó bailando en el salón de esa misma casa para terminar, como una sucesión natural, haciendo el amor en el sofá.
Su sonrisa se desdibujó conforme comenzó a pensar que en la mesa esa noche debía haberlos acompañado Ana.
Que con quien debía de haber estado bromeando debía haber sido con Ana.
Que los ojos que le habían mirado al bailar tendrían que haber sido los de Ana.
La canción se la tendría que haber dedicado a Ana, y la mujer que tendría que haberse tomado la cerveza en su sofá al final de la noche tendría que haber sido Ana.
Ni Lola, ni Olga, ni Ester, ni Matías. Ana.
Ana.
Ana.
Cecilio se dio cuenta, como un rayo que de golpe ilumina la noche cerrada de tormenta, de que no se había acordado en toda la noche de Ana.
Había bailado por primera vez desde que ella había muerto y ni siquiera le había venido a la cabeza su mujer hasta horas después.
Dio varias vueltas en el colchón, buscando la postura, giró la almohada porque la notaba ardiendo y acabó lanzándola por ahí.
Se bebió el vaso de agua de la mesilla de un trago y se levantó a abrir la ventana. Empezó a agobiarse.
En ese agobio, recapituló, sin poder evitarlo, su vida desde que había enviudado, recordándose a sí mismo después de la muerte de Ana.
Empezó a asquearse de lo que vio. Y después, a enfurecerse.
Se vio sereno, ya no llorando a todas horas y ya pudiendo apreciar pequeñas cosas: leyendo el periódico tranquilo, disfrutando de un rayo de sol, saboreando su café mientras hacía crucigramas.
Se recordó conociendo a Lola, hablándole casi en exclusiva de Ana y, finalmente, apeteciéndole hablar de otras cosas que no eran Ana.
El teatro, el sótano de Lola, sus nuevos amigos.
Esa sensación de pertenencia, de disfrute, de motivación por algo.
Empezó a verse riendo, actuando, haciendo el ridículo.
Y ya se precipitaron todas las últimas imágenes: él paseando con su amiga del baile agarrada del brazo, cenando por ahí con amigos, cantando, bailando…
Teniendo una vida. Teniendo una puta vida sin Ana.
Teniendo la vida sin Ana que le juró y perjuró a su tumba que nunca tendría.
«Cómo me mola el nuevo Cecilio». Las palabras de Olga fueron un disparo al corazón. Un enorme sentimiento de traición le subió por la garganta. Estalló en llanto. Un llanto no de pena, sino de ira.
Se levantó, fue al baño y se miró al espejo. Vio sus ojos rojos, su mandíbula tensa. Acercó su rostro al cristal.
—Eres lo peor. Eres un mierda. Eres un traidor de mierda. Eres ruin. Me das asco.
Cuando ya no soportó más su propia mirada, abandonó el baño y deambuló por toda la casa, ido, insultándose. Una vez, no se sabe cuánto tiempo después, descargada esa ira, pasó a un llanto más profundo sin parar de repetir al aire:
—Lo siento, Ana, lo siento. No te merezco. Lo siento, Ana. Te he fallado, Ana. ¿Qué hago, qué hago?
Con un sufrimiento casi tan grande como el del propio día en el que se había muerto Ana, se durmió Cecilio.
Y lo hizo odiándose a sí mismo, a Lola y, de rebote, a todos los demás.
El peor sentimiento que podía tener en su vida, el de defraudar a Ana, se había generado gracias a ella y al maldito día en que había decidido aceptar participar en su teatro de los cojones.
Se sentía traidor y mala persona. Sentía, sencillamente, que no merecía estar vivo.