Capítulo 40
—¡Estás celosa! —dijo, riendo, Ester.
—¡Hombre! A ver por qué en todos estos años no me habías dicho que sabías bailar así… —respondió Lola—. Me tengo que enterar como si fuera la chusma…
Se despidieron en la puerta del bar reconvertido a karaoke.
—Tía, van a cambiar cosas —le dijo Matías a Lola mientras la abrazaba.
—¡Bueno! Esto me lo tienes que desarrollar con un café con toña de por medio —le contestó Lola, feliz de escuchar eso.
Matías y Ester aún alargaron un poco más, compartiendo un cigarro. Y Cecilio pidió a Olga si le podía llevar a casa. Nada más cerrar Cecilio la puerta del coche, Olga fue al ataque:
—¡Bueno, bueno, Cecilio!
— Shhh , a callar —le contestó este.
—No pretenderás que pase por alto lo que ha pasado ahí dentro —preguntó, socarrona, Olga.
—Hombre, y tanto que lo pretendo. Qué cabrona Lola. Y vosotros. ¡Sois todos unos cabrones! —dijo, riendo.
—Pero en el fondo nos quieres. —Olga soltó el volante para hacer un corazón con sus manos.
En el corto trayecto hasta casa de Cecilio no les dio tiempo más que para hablar un poco de la noche. Cuando llegaron, Cecilio titubeó antes de preguntarle a Olga:
—¿Madrugas mañana? ¿Subes un rato a mi casa?
—¡Cecilio! ¡Proposiciones indecentes a estas horas!
—¡Ya te gustaría a ti! —rio Cecilio—. Que no, mujer; solo quiero hablar contigo.
—Joder, eso es peor. No tendrás cáncer tú también…
—Humor verde y humor negro. Tienes toda la gama cromática tú. ¿Subes o no?
—Claro, hombre. No me puedo quedar mucho, que mañana tengo celebración familiar. ¡Las bodas de oro de mis suegros! Ni más ni menos. Pero subo, subo —accedió Olga, quitándose el cinturón del coche.
Olga tuvo la sensación de estar entrando a un santuario.
A un lugar donde poca gente había entrado tras la muerte de Ana.
Y tenía razón. Era un pisito muy agradable, con muchas macetas muy bien cuidadas y que tenía pinta de ser muy luminoso.
Veía a Ana en toda la decoración a su alrededor: las velas, los cartelitos de madera, los espejos, los cojines, los cuadros, los papeles pintados…
Sintió, de repente, el peso de ese piso en Cecilio.
Este sacó dos quintos y los dejó en la mesita del sofá, excusándose con Olga:
—Solo tengo sin alcohol.
—Perfecto. La noche ya ha tenido demasiadas emociones. —relajó Olga el ambiente.
Tomó la cerveza y se sentó en el sofá junto a Cecilio, que se estaba haciendo el remolón para iniciar la conversación. Finalmente, él le preguntó:
—¿Estamos bien?
—¿Cómo que si estamos bien? ¿Por qué no íbamos a estar bien? —se sorprendió Olga.
—Eres una facilona —le contestó Cecilio.
—Sí. Lo soy. No sé qué tiene que ver, pero sí —le siguió la corriente Olga.
—El otro día te ofendí sin querer —reconoció Cecilio. Olga se quedó mirándolo con cara de no saber muy bien por dónde iba—. Cuando hablamos de tu marido… de tu relación.
—Hostia, Cecilio. «El otro día», dice… —contestó Olga—. ¿Te refieres a lo que me dijiste de que perdía el tiempo con él? ¡Hace semanas! No me creo que le estés dando vueltas desde entonces.
—¡Eh! —saltó Cecilio en su defensa— ¡Yo no dije eso!
—Prácticamente —contestó Olga—. Patinaste un poco, sí, pero no pasa nada.
—Yo hablaba de mí… No pretendía referirme a vosotros. Me chocó que no quisieras llevártelo a la cena porque te iba a joder la noche porque es totalmente opuesto a lo que era mi realidad. Pero que no quiero volver a eso. Yo te quería pedir disculpas si me metí donde no me llamaron.
—Tranquilo. Si te sirve de consuelo, no eres el único. Lola también me dio cera con lo mismo. Al menos tú tuviste un matrimonio perfecto y estás legitimado, cosa que Lola… —bromeó Olga.
—Bueno… no sé si perfecto, pero sí fue genial —Cecilio se quedó pensativo—. Pero ¿sabes que casi la cago una vez?
—Cuenta, cuenta —cotilleó Olga.
Cecilio le relató la ocasión en la que había entrado a trabajar en el banco una empleada, subordinada de él, de la que el propio Cecilio se erigió como mentor. Una buena persona, una chica despierta, interesante y atractiva.
—Era una cara nueva, aire fresco. Distintos temas de conversación. Una persona entera por descubrir y a la que mostrarte. Alguien a quien podía impresionar, que me admiraba. Una mujer que no era la mía con la que estaba construyendo una intimidad: confesiones, bromas propias, complicidad.
—¿Y qué pasó? ¡No te creo, Cecilio! —se alarmó Olga, adelantándose a los acontecimientos.
—¿Qué pasó? Que Ana vio el peligro antes que yo.
—¿Y? —preguntó, expectante, Olga.
—Nada. Me puso sobre aviso. Nada de celos, nada de escenas.
Cecilio adulto. 1992
—Cuidado con ella, Cecilio.
Ana cogió un paño y se colocó junto a su marido disponiéndose a secar las sartenes que este estaba fregando.
—Tranquila, no tiene ningún peligro —le quitó importancia Cecilio.
—No lo digo por ella, lo digo por ti —dijo Ana bajando el tono de su voz y poniéndose de puntillas para darle un breve beso en la mejilla.
Cecilio, sartén y esponja en mano, detuvo por un momento su tarea para mirar a los ojos a Ana al contestarle:
—¿Por mí? ¿Dudas de mí? ¿Cuándo te he dado yo motivos? —replicó Cecilio, mitad ofendido, mitad extrañado.
—Cecilio. No dudo de ti. Hay cosas que pasan y no se pueden evitar.
Hay cosas de las que te das cuenta cuando ya es tarde.
—Ante la mirada escéptica de su marido se explicó—: Es normal: ¿cuántos años llevas besando los mismos labios?
; ¿cuántos años llevas tocando el mismo cuerpo?
; ¿acostándote y levantándote con la misma persona? —razonó Ana.
—Sí, con la persona que más quiero en el mundo —atajó Cecilio, dolido.
—Y no lo dudo, tesoro —trató de apaciguarlo Ana—.
Pero nuestra relación nunca va a poder competir con una nueva si te dejas llevar por el cuerpo en vez de por la cabeza y el corazón.
Yo nunca te voy a poder dar la ilusión, las mariposas en el estómago, la curiosidad, la emoción…
que te puede dar una mujer nueva —concluyó con tranquilidad.
—¡Ana! —se quejó Cecilio, que no quería oír hablar de aquello.
—¡Cecilio! Ni yo a ti, ni tú a mí. Y cuanto más lo niegues, peor. Cuanto antes asumas que te puede pasar, más prevenido estarás —zanjó Ana.
Junio de 2023
—¡Pero tu mujer era una crack ! —se sorprendió Olga.
—Era increíble —dijo Cecilio con orgullo.
Ese orgullo fue una punzada en el estómago para Olga. Le hizo pensar en el tiempo que hacía que no hablaba con ese sentimiento de su marido; del tiempo que hacía que, directamente, no se enorgullecía de él.
La conversación estaba siendo muy agradable.
Olga se tuvo que reconocer que el nuevo Cecilio molaba.
Esa bachata le había quitado diez años de encima y le había devuelto un encanto que ni Olga ni ninguno de los otros tres había conocido.
Había salido a la luz lo que se intuía en él y tanto había luchado por ocultar.
—¿Y tuvo razón? —curioseó Olga.
—Tuvo razón —reconoció Cecilio.
—¡O sea que llegaste a sentir algo por la otra! —se sorprendió.
—Tanto como sentir, no sé si diría tanto.
Pero me sorprendí no rehuyendo ciertos acercamientos, complaciéndome con sus insinuaciones y, por qué no reconocerlo, fantaseando con ella.
Estaba seguro de que se habría quedado en una fantasía, de que nunca lo habría llevado a la práctica…
Pero qué quieres que te diga, Olga, me fie más de mi mujer que de mí.
—E hiciste bien —intervino Olga.
—Sí, hice bien. Cambié a la chica de puesto y me volqué en Ana aún más si cabía —recordó Cecilio.
—¿Lo llegó a saber? —preguntó Olga.
— Pfff … sí y no. Yo no se lo dije, pero lo supo, seguro. Supongo que hice lo correcto y ahí se quedó.
—¿Qué edad tenías? —siguió interrogando Olga.
— Mmm , rondando los cuarenta, calculo —respondió Cecilio tras echar cuentas.
—Pues tampoco debió de ser fácil. Eras joven pero ya llevabas mucho tiempo con ella. Es muy jugoso sentirse y saberse deseado. —La mente de Olga vagó por unos segundos y, cuando volvió, añadió, con una sonrisa nostálgica—: Es tentador.
—Lo fue, sí. Sé que es obvio, pero yo hasta entonces daba por hecho mi matrimonio, daba por hecho que mi mujer siempre iba a estar ahí y, además, bien —dijo Cecilio. Olga no dijo nada y este añadió, sonriendo—: Perdona por el rollazo, hija. No lo puedo evitar.
Olga, que se había quedado pensativa, le preguntó:
—¿Siempre te gustó todo de ella? ¿Cómo hicisteis para superar el paso del tiempo?
Cecilio rio antes de responder:
—¡No! Anda y que no tenía manías que me desquiciaban. Igual que yo. Pero sí me gustaba todo lo fundamental, lo importante. Y eso es difícil de encontrar.
—Hostia si lo es… —le dio la razón Olga.
—Pues eso es lo que hicimos. Valorar que lo que teníamos no era lo común. Y, respondiendo a tu otra pregunta, regarlo. Regarlo y regarlo. Si tuviera que dar una sola receta para superar el paso del tiempo es esa: enamorarse todos los días.
Olga y Cecilio se despidieron con un abrazo sincero.
—Buenas noches —dijo Olga—. Cómo me mola el nuevo Cecilio. Que sepas que esta noche voy a tener un sueño guarro contigo si no me quito esa bachata de la cabeza.