Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Cuando terminó, Ester se puso en pie para aplaudirla con todas sus fuerzas con los brazos en alto. Olga la alcanzó y se dieron un gran abrazo de complicidad. Ester le susurró al oído —«¡eres enorme!»—y besó su mejilla.

Tres canciones después, Lola llamó la atención de su sobrino que estaba distraído hablando con Ester y Olga.

—¡Te toca!

MATÍAS

LA BACHATA

MANUEL TURIZO

Matías hizo la correspondiente carrerita hacia el escenario, arropado por los vítores del grupo y cogió el micro.

¡Ester! —la llamó. La aludida lo miró con extrañeza y Matías añadió—: ¡Saca a Cecilio!

Ester se quedó parada, pero, antes de que se diera cuenta, la mano de Olga estaba tirando de ella y acercándola a Cecilio. Todas las cabezas estaban giradas hacia ellos.

Cecilio maldijo a Matías y Olga para sus adentros, y hubiera rechazado sin remordimiento a esta o a Lola, pero no a Ester y a esos ojillos muertos de vergüenza. De modo que le tendió la mano y la acompañó mientras ya estaba empezando la música.

Olga se sentó al lado de Lola para mirar juntas la estampa irrepetible que tenían ante sus ojos.

—Qué malos sois.

—¡Yo no he hecho nada! —Olga fingió sorpresa.

—Cállate, que os he visto antes cuchicheando a Mati y a ti. —Olga sonrió por toda respuesta—. No tenía ni idea de que Ester bailaba.

—Porque no te viniste de fiesta con nosotros —contestó—. Pues sí que baila, sí. Ahí donde la ves… es tremenda. Mírala… ¡Oye! —dijo de repente— ¿Qué hace Cecilio? ¡No baila! ¿Por qué se mueve solo Ester? —Olga entró en pánico.

—Espérate a ver. Mira, hombre, algo hace… —dijo Lola, no muy convencida.

—¡La va a dejar tirada! —exclamó Olga.

—¿Qué la va a dejar tirada? —A los pocos segundos, cuando llegó el estribillo, gritó— ¿ves? ¡Ahí va, ahí va! —seguido de un gran aplauso y un—: ¡ Wooow !

—¡ Adiooos ! —Olga flipó lo más grande. Y exclamó a Lola—: Pero ¡¿qué locura es esta?!

Las mandíbulas de ambas cayeron al suelo al ver cómo se movía Cecilio, cómo lo hacía Ester y cómo bailaban en conjunto.

—No entiendo nada. ¿Cómo saben qué tienen que hacer sin hablar antes? —preguntó Olga.

— Mmm , yo creo que es como hacer el amor —contestó Lola—. Te comunicas de otra forma.

—¡Ah! Ya lo entiendo. Tiene sentido. Eso sí sé hacerlo —reconoció Olga, haciendo reír a Lola.

El baile fue digno de ver. Ester y Cecilio se transformaron en otra cosa. Se miraban a los ojos como si no hubiera nadie más alrededor. Sonreían, ponían caras de sorpresa o asentían ante movimientos o pasos del otro. Y se movían, por supuesto, de la forma sensual que tiene la bachata.

—Cecilio no parece Cecilio —le dijo Olga a Lola.

—¡No! Estaba pensando lo mismo. Está como… —Lola se quedó pensativa.

—Como… ¿ sexy ? —terminó Olga, poniendo una cara rara al decir eso en voz alta.

—¡Algo así! —Ambas rieron mientras los seguían observando. Lola añadió—: Pues yo creo que este era el Cecilio original.

—Pues qué pena porque míralo… brilla —reconoció Olga.

Cuando terminaron de bailar se dieron un gran abrazo y volvieron a sus asientos, sonrientes y sudando.

La ovación del local se dividió entre Matías y la pareja de baile y Ester quiso hacerse pequeña e invisible en su silla.

Cecilio dio un trago largo de cerveza como si no tuviera ninguna importancia el hecho de que se acabara de desnudar ante sus amigos.

Ester fue al baño a refrescarse y Olga aprovechó para ir ella también.

—Lo has dado todo, ¿eh? —le dijo Olga.

—Ay sí, qué divertido, tía —le contestó Ester mientras se quitaba el sudor con papel de secarse las manos.

—Sí o sí, me tienes que enseñar eso —le pidió Olga.

—Habría sido un buen momento —dijo Ester, riendo.

— Nooo , mucho mejor así. A mí, ya si eso, me enseñas en la intimidad, que no te creas que soy yo una gran bailarina.

Ester, aún con las endorfinas por las nubes, se colocó detrás de Olga, que estaba terminando de lavarse las manos y, poniendo las suyas en las caderas de esta, se asomó por detrás de ella para decirle a través del reflejo del espejo:

—¿Me vas a decir que estas caderas no saben moverse? No te creo.

Al decir «estas» las manos de Ester habían presionado, firmes, las caderas de Olga, dejándola desubicada.

Mientras Ester salía del baño, Olga la miró irse, preguntándose qué acababa de pasar.

Terminó sonriendo para sí, pensando en que podía entender la amistad íntima que Ester y Lola habían llegado a forjar, porque también ella echaría de menos, si la perdiese, a esa rara avis —como en su día le dijo— que era Ester y que ponía color a su vida.

Cuando Olga llegó a la mesa pudo observar lo resplandeciente que estaba Ester, cómo brillaba su piel y sus ojos, lo natural que era su sonrisa, lo guapa que estaba. También Cecilio le parecía, de repente, atractivo. Iba a tener razón Lola en que bailar era como hacer el amor.

Lola anunció que, en cuanto cantara Ester, se iría.

—Pero vosotros quedaos, que está to pagao .

—¿Cómo que to pagao ? Pero ¡bueno! —exclamó Olga.

—¡Ha sido mi idea! El día que otro proponga otra cosa pues que la pague —dijo Lola sin admitir réplica.

—Muchas gracias, Lola —dijo Cecilio—. Yo también me iré en breve.

—Yo no tengo prisa —dijo Ester—, ni nadie que me la meta. —Y aclaró—: La prisa, digo.

—Claro, claro, la prisa —bromeó Matías.

Ester confiaba en que su papelito se hubiera extraviado.

Pero no. De repente, su cara demudó y se tapó la cabeza con ambas manos para ver si así pasaba inadvertida.

Consiguió lo contrario, porque Matías y Olga empezaron a corear su nombre hasta que, por fin, salió al escenario.

Fue entonces cuando repararon en lo que ponía en la pantalla:

ESTER

SOMEONE LIKE YOU

ADELE

Al leerlo Olga dijo:

—Hostias. Con dos cojones.

—Joder, Adele. Ya hay que ser valiente —añadió Matías.

En la tarima, Ester tenía apoyado su culo en el borde del taburete. Cerró los ojos mientras sonaban los primeros acordes y comenzó cantando con voz suave y melodía entonada, sosteniendo el micro en la mano.

Matías, Olga y Lola se lanzaron una significativa mirada al escuchar el inicio de la canción. Cecilio (ventajas de no saber inglés) permaneció felizmente ajeno a ese triste relato de la chica que descubre que el chico ha rehecho su vida con otra que lo hace más feliz.

Conforme avanzaba la canción, su voz se fue tornando más fuerte y segura.

Los cuatro en la mesa ni aplaudían ni silbaban ni cantaban ni siquiera sonreían.

La miraban, boquiabiertos. Cuando llegó al estribillo se levantó, colocó el micro en el soporte y un chorro de voz, más grande que ella misma y su propio cuerpo, estalló.

Olga no podía despegar los ojos de Ester.

Cuando terminó la última frase, volvió corriendo a su silla, sin esperar a que terminase la música, rapidito y con la cabeza gacha, queriendo evitar las felicitaciones de la gente y la aclamación más entusiasta de todas las de la noche.

Cecilio, Lola y Matías comenzaron a alabarla mientras que Ester les quitaba importancia a todas sus palabras.

Olga tuvo la sensibilidad suficiente como para ver la incomodidad en Ester y, por una vez, se guardó sus palabras.

También porque tenía una sensación extraña dentro: como si ella se hubiera mostrado sin filtros ante Ester y, de pronto, al descubrir algo tan inesperado a la vez que los demás, dudara de que esa transparencia hubiera sido recíproca.

Se sintió poco especial. Se sintió rara. Se sintió… ¿celosa?