Capítulo 39
—¡Venga! ¿Quiénes van a ser los valientes que empiecen? —preguntó Lola, mirando a las respectivas parejas de Candelarias y Santiagos.
—Venga, nosotros. —Olga se levantó con decisión y tiró de Cecilio.
Lola se acercó a la mesa y cogió dos sencillas pulseras de cuerda negra con un colgante plateado de un sol. Le colocó una a Ester y la otra a Cecilio. Los cuatro la miraron, expectantes.
—Esta escena es importante. La pulsera que lleva Ester se la va a dar el joven Santiago a la joven Candelaria cuando se separan.
Y la joven Candelaria la conservará todos esos años y se cerrará la función con la Candelaria adulta, volviéndosela a poner en la muñeca al Santiago adulto cuando deciden estar juntos —explicó Lola.
—Jo, ¡qué bonito! —exclamó Ester. Lola le sonrió—. ¿Y el sol por algo en concreto?
—La pulsera representa que, en el fondo, Candelaria y Santiago se estuvieron pensando toda la vida. Y el sol viene a significar algo así como «iluminaste mi vida» o «trajiste luz a mi vida».
—Yo no sé cómo te dejó el Curro Jiménez, con lo romántica que eres —bromeó Olga.
—A ver si vas a tener un fetiche con las patillas tú, ¿eh? Que no te lo quitas de la cabeza —le contestó Lola, retadora—. ¡Además! Él no me dejó… —añadió, fingiendo gran dignidad.
Estuvieron un buen rato ensayando las nuevas escenas y repasando algunas otras.
Cecilio y Ester eran los alumnos estudiosos y aventajados, mientras que los pobres Matías y Olga se peleaban aún por recordar el texto.
A menudo, Matías se quedaba en blanco y Lola tenía que apuntarle las líneas.
Por su parte, Olga no consentía quedarse callada y rellenaba sus lagunas mentales con cualquier cosa, aunque ello supusiera desmayarse en medio de la escena, fingir una llamada al móvil en los años setenta o sustituir un romántico «si pudiéramos huir juntos» por un «ay, si voy, con lo que te doy».
Lola dio por concluido el ensayo un poco antes de lo habitual, ya que ese viernes, por fin, habían podido cuadrarse todos para salir a cenar después.
Cecilio, que había ido a casa de Lola andando, se fue al bar en el coche de Matías y, de camino, le compartió una preocupación que le rondaba la cabeza.
—Creo que ofendí a Olga el otro día.
—¿Qué hiciste? Porque mira que veo difícil ofender a Olga —se extrañó Matías.
—Sin querer, insinué que su relación de pareja… —no supo cómo terminar.
— … es una mierda —completó Matías.
—Bueno, no quería ser yo tan tajante —se disculpó Cecilio.
—Es increíble, ¿eh? Una tía como Olga que podría tener a quien quisiera…
—O sea, que tú también lo piensas, ¿no? —preguntó Cecilio, aliviado.
—Yo y cualquiera que la conozca —aseguró Matías—. En cualquier caso, habla con ella.
—No sé… —dudó Cecilio.
—Seguro que te lo pone fácil. —Matías le dio una palmada en la espalda.
Pronto, llegaron al bar, en cuya puerta ya estaban Ester y Olga, charlando del libro que la una le había regalado y que la otra ya se había terminado.
Los cuatro esperaron a Lola que, aparcada, hablaba sola dentro del coche.
Entraron al bar bromeando sobre el hecho de que parecía una adolescente con sus idas y venidas de audios.
Visto desde fuera, nadie acertaría a adivinar qué clase de relación uniría a esas cinco personas que cenaban juntos, cada una de su padre y de su madre.
Sea como fuere, tan diferentes, todos quedaron de repente en silencio y expectantes al apagarse, ya con el postre en la mesa, las luces del bar y encenderse una iluminación discotequera.
En una pequeña tarima al fondo del local (en la que si Cecilio hubiera reparado al entrar habría salido por patas), los trabajadores del bar colocaron dos micros y dos taburetes, a la vez que se encendían un par de focos que alumbraban el pequeño escenario y una pantalla grande.
Lola juntó las yemas de los dedos y dejó asomar una sonrisa malvada en su rostro al más puro estilo Señor Burns.
Matías, que ya se conocía ese gesto de su tía, disfrutó de las expresiones de los demás: Ester enseguida gritó «¡ay, madre!
»; Olga masculló algo parecido a « pfff » pasándose las manos por la cara; y Cecilio, manteniendo la seriedad, miró a Lola y levantó las cejas.
Si las expresiones faciales hablasen, esa habría dicho «ni lo sueñes».
Al poco, un camarero se acercó a la mesa con unos papeles en los que debían escribir sus nombres y las canciones y unos libros de hojas plastificadas y algo pringosas con cientos de temas para elegir.
Olga y Matías se lanzaron a por un libro y lo fueron hojeando juntos.
Ester cogió papel y boli y se puso a pensar.
Cecilio dio un trago a su cerveza, como si lo que allí estuviera pasando fuese totalmente ajeno a él, y Lola, a su lado, lo rodeó con el brazo, como pidiéndole perdón por la pequeña emboscada, y le dijo al oído: «¡Si te avisaba no ibas a venir!
». Cecilio solo la miró de reojo y sonrió de medio lado.
El camarero pasó de nuevo para recoger los papeles y cada uno, Cecilio incluido, le dio el suyo.
Una mezcla de nervios, con un pelín de adrenalina, acudió al estómago de todos.
Por suerte, no les tocó de los primeros y, viendo que subía de todo ahí arriba, con tan poca vergüenza como calidad, se les fue quitando presión de encima.
La primera de su grupo que apareció en pantalla fue:
LOLA
RUFINO
LUZ CASAL
Lola se levantó con una enorme ovación por parte de sus amigos. Ester y Cecilio aplaudían mientras que Matías y Olga silbaban con todas sus fuerzas. Cuando comenzó la música, Lola se transformó en una rockera de las mejores.
A mitad de la segunda estrofa Lola se dio cuenta de que no tenía quien le hiciera los coros masculinos, de modo que empezó a otear el local hasta que localizó a un señor que cantaba con la efusividad de un auténtico groupie y le hizo un gesto para que subiera al escenario.
Tuvo buen ojo, porque el hombre no solo no dudó en acompañarla, sino que lo dio todo, robándole incluso el protagonismo a la propia Lola al contonearse provocativamente mientras le coreaba si lo encontraba atractivo.
Ester atendía a la canción con la fascinación que provoca lo surrealista, animada por la música e intrigada por la letra.
—¿Asumimos que bailar como un pingüino es un piropo?
Lola terminó cansada del esfuerzo pero feliz y le dio un abrazo al desconocido que la había ayudado antes de volver a su mesa. Todos la felicitaron al llegar, pero no hubo tiempo para recrearse porque, justo a continuación, apareció en la pantalla el nombre más esperado de la noche:
CECILIO
LA LOLA
CAFÉ QUIJANO
—Pero ¡esto qué es! —le gritó Lola, en tono acusatorio, a Cecilio.
—Mi venganza —respondió, poniéndose en pie y subiéndose, con chulería, el cuello de la camisa.
Fue un verdadero espectáculo. Cecilio trasladó al escenario su humor ácido y sacó una seguridad en sí mismo y un desparpajo que, hasta entonces, todos desconocían.
Solo con la forma en la que comenzó a cantar que la tal Lola de la canción tenía una historia digna de poema, todos abrieron los ojos, y a Ester incluso se le escapó un «¡ hostiii ! ».
Lola mantuvo casi todo el rato una mueca, resultado de querer aguantarse la risa y aparentar cara de enfado, pero sin éxito alguno porque se le reían los huesos cada vez que Cecilio se recreaba con toda la intención en aquellas frases que hablaban de la soberbia de la protagonista de la canción, y de sus paseos de una cama a otra.
Así que no dudó en lanzarle un «¡qué cabrón!
» articulado con sus labios cuando se cruzaron sus miradas.
Sintió como un triunfo que Cecilio se perdiera en varias líneas de la canción a causa de las carcajadas que le dieron.
Este volvió a la mesa entre fervientes aplausos y se sentó al lado de Lola, triunfante, como quien toca un timbre y se va corriendo sin que le pillen.
—Entonces, ¿no te ha gustado mi venganza?
—¡Sinvergüenza! Mira que aún te la devuelvo… —amenazó Lola.
Todos se dejaron llevar por la fiebre del karaoke. Matías se vino arriba y sacó a bailar a su tía Y viva España , cantada por un Manolo Escobar con veinte años menos y cinco copas más. Entre toda esta vorágine, a Olga le pilló desprevenida su nombre en la pantalla:
OLGA
RATA DE DOS PATAS
PAQUITA LA DEL BARRIO
Cruzó con seguridad el bar y subió al escenario con una gran sonrisa. Como siempre que iba a meterse en faena, se recogió el pelo con la goma que solía llevar en la muñeca. Cogió el micro y, con voz clara y firme, mientras sonaban los primeros acordes de la ranchera, dijo:
—Dedico esta canción a todos los que ponen cuernos. Gracias por enseñarnos lo pedazo de mierdas que sois.
Se escuchó una enorme ovación y Ester puso cara de sorpresa, que se tornó en carcajada cuando Olga le guiñó el ojo desde el escenario.
Sacó toda la artillería para interpretar, porque lo que estaba haciendo Olga era más que cantar, el papel de despechada que soltaba por su boca toda una sarta de magníficos y sonoros insultos.
Ester dejó que su mente vagara por los últimos acontecimientos.
Pensó en Álvaro casándose y teniendo una familia que, muy probablemente, ella ya no tendría.
¿Qué era ahora Ester? ¡Una divorciada sin hijos!
¿Estamos locos? ¿Qué opciones tenía para tratar de medio seguir con su plan?
¿Inseminarse o adoptar y ser madre soltera?
Eso era aún más transgresor que su situación actual.
Odiaba a Álvaro, no tanto por haberla traicionado como por haber roto sus esquemas.
Había muchísima vida y oportunidades en su nueva situación, pero el cóctel de ser algo cuadriculada, algo tradicional y algo insegura no la dejaba ver más allá.
El estribillo, coreado a pleno pulmón por todo el local, sacó a Ester de esos pensamientos y la devolvió al presente, a lo que sí tenía, y se permitió disfrutar del resto del espectáculo de Olga.