Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 38
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Capítulo 38

Matías expiró muy despacio, dejando escapar el humo muy poco a poco, disfrutando del momento presente. Con los ojos cerrados, leeentamente , dio una calada profunda y, tras unos segundos reteniendo su respiración, tiró el humo y se quedó mirándolo de forma hipnótica.

Tras tres caladas así, y yendo a dar la cuarta, Inés le arrebató el porro de la mano al grito de:

—¡¿Dónde vaaas ?! Que te va a dar una pájara, hombre.

— Shhh , calla, que soy tu hermano mayor y sé lo que hago —respondió Matías.

—Sí, ya veo. Tienes todo claro en la vida, por eso estás aquí.

Inés hacía referencia al mensaje que le había mandado su hermano diciendo «o tiro a mamá por un puente o me tiro yo».

—¿Qué ha hecho esta vez? —preguntó Inés.

—Cagarla. Y joderme por el camino.

—¿Y cuál es la novedad? Para que ahora la quieras tirar por un puente, digo —bromeó Inés.

— Mmm … a ver, si la novedad no es lo que ella ha hecho, sino que yo estoy llegando al límite —dijo Matías.

—Ah, pues mira, sí, eso sí que es nuevo —reconoció Inés—. No sabía yo que tú tenías de eso.

—¿De qué? —preguntó Matías.

—Límite.

Beatriz estaba donde estaba y había llegado hasta ahí echando muchísimas horas, haciendo grandes esfuerzos por hacer y conservar contactos, gracias a algún que otro golpe de suerte, por conocer el sector, y por estar atenta y ser avispada.

Era el prototipo de jefa de toda la vida.

Con los rasgos de jefe cabrón aún más acentuados por ser mujer en un mundo de hombres.

Su discurso, en cuanto a los trabajadores, había sido siempre el mismo: que eran gente ingrata y desleal, que en cuanto podían se iban a escaquear, que solo sabían pedir y nunca iban a reconocer lo que hacía por ellos, que no tenían ganas de trabajar, que bien que se acogían a la ley pero solo para lo que les interesaba y un largo etcétera.

Matías reconocía que alguno puntual había así, y que otros, a base de tener esa mala relación con Beatriz tanto tiempo, habían terminado malográndose. Pero no todos eran así, ni siquiera la mayoría y, desde luego, menos aún los más jóvenes, que no habían llegado a quemarse.

Había una trabajadora, en concreto, por la que Matías sentía especial afinidad.

En su día, él le había pedido expresamente a su madre que la contratara, pues era espectacular: una excelente formación, entró con muchísima motivación y fue asumiendo cada vez más responsabilidades por propia iniciativa y de forma impecable.

Cometió dos pecados para que Beatriz empezase a tenerla en el punto de mira: pedir salir puntual, por tema de conciliación familiar; y preguntar, cuando hospitalizaron a su madre, cuántos días le correspondían.

—¿Con esas estamos? Si quiere hilar fino, vamos a hilar fino —dijo, amenazadora.

Y, una vez en el punto de mira de Beatriz, ya no había vuelta atrás.

Ahora, todo lo que hiciera iba a ser tergiversado por ella para que encajase en su perfil de «mala trabajadora»: «Cada vez que vengo estás en el aseo» (el día que un virus de estómago le hizo ir más de lo habitual); «últimamente te estás equivocando mucho» (ni siquiera era cierto, pero, a base de repetirlo, conseguía magnificarlo cuando ocurría); «esta mañana no estabas a las 8:00 en tu mesa» (el día excepcional que había llegado a las 8:02); «aquí venimos a trabajar, no a hablar» (ante un comentario dicho entre compañeras sin dejar de teclear), etc. , etc.

Matías vio cómo la chica comenzó a pasarlo mal, a estar triste y angustiada. Beatriz empezó a reprocharle a Matías haberse empeñado en contratarla, achacándole el error.

Trabajo de Matías. Junio 2023

—Tú verás cómo te las apañas para que se vaya —le espetó un día.

Angustiado y enfadado, Matías pensaba en cómo le iba a comunicar el despido.

—Bueno, ahora hablaré con el asesor, a ver cómo lo tenemos que hacer —dijo, agobiado.

—¿Con el asesor? ¿Qué tienes que hablar con el asesor? —preguntó, impaciente, Beatriz.

—Pues tendrá que preparar el despido, lo que quiera que tenga que hacer —contestó Matías. Beatriz rio despectivamente.

—De despido, nada. Apáñatelas pero no le pienso pagar un duro.

—Pero ¿qué dices, mamá? Hay que despedirla y pagarle lo que le corresponda —se indignó Matías.

—Sí, claro. Ya hemos perdido bastante dinero con ella, Matías. Que te empeñaste en subirla de grupo y luego no dio la talla —reprochó. Antes de que Matías pudiera replicar, Beatriz continuó—: Pero no pasa nada. Te engañó y ya está, esas cosas pasan. Solo hay que solucionarlas.

—Pero ¿que me engañó a mí de qué? —se exasperó Matías.

—Lo hemos hablado un montón de veces: llega tarde, no tiene compromiso, cobra demasiado para lo que hace y encima va de legalista —argumentó.

—«Lo hemos hablado». Que tú hables y que yo me calle porque no dejas hablar a nadie ni te molestas en escuchar otras opiniones no significa que lo hayamos hablado —replicó, enfadado.

—Si yo sé que a ti estas cosas te cuestan —contestó, condescendiente, Beatriz; lo cual enfureció más a Matías—, pero tienes que aprenderlas también.

Ahí se terminó la conversación.

Lo que Beatriz no era capaz de ver, lo que ni se había planteado comprobar, era el enorme y valioso trabajo que hacía la chica.

No pensaba que un trabajador pudiera marcar la diferencia y, por tanto, no consideraba que mereciese la pena luchar por ninguno de ellos.

En su cabeza, cualquiera de ellos sería fácilmente sustituible.

La reunión con la trabajadora fue desagradable y descorazonadora.

Matías se comió el enfado de esta, su sorpresa, sus lágrimas y su decepción.

Se comió todos los reproches que le quiso hacer, porque en todos tenía razón, así como la amenaza de demandarlos.

Y, por último, las descalificaciones hacia la empresa, hacia Beatriz y hacia el propio Matías.

Este terminó por los suelos, devastado y asqueado.

Casa de la hermana de Matías. Junio 2023

—¿Y a ti qué más te da? —le preguntó Inés a Matías.

—La verdad es que ahora me da todo un poco más igual.

Qué maravillosas son las drogas… —bromeó Matías.

Su hermana esperaba su respuesta, por lo que este añadió—: Pues…

es que no lo sé, Inés. Pero me da. Me ha dolido.

No puedo estar más en desacuerdo con mamá.

Y me parece rastrera. Siento que no es mi sitio…

me hace infeliz y no quiero aguantar más.

No quiero. No tengo fuerzas. Ni le veo sentido.

—No me extraña —se limitó a responder Inés.

—¿Y tú cómo haces para que te dé igual decepcionar a mamá o enfrentarte a ella? —preguntó Matías de corazón.

Esta vez fue Inés la que dio una gran calada antes de contestar. Cerró los ojos. Dejó volar su pensamiento hacia lugares y tiempos lejanos mientras expulsaba poco a poco el humo. Matías aguardaba, paciente. Abrió de nuevo los ojos y posó su mirada tierna sobre Matías mientras negaba con la cabeza.

—Lo siento. No te puedo ayudar. Y mira que me encantaría. Pero por algún motivo nunca me importó. Y después de divorciarse de papá disfruté de cada segundo en el que podía enfadarla y hacerla sufrir.

—Joder. No creas que no te envidio —se sinceró Matías.

—No, qué va. Creo que estamos fatal de la cabeza los dos, pero cada uno de una forma. ¡Gracias, mamá! —ironizó Inés.

—¡Gracias, mamá! —la siguió Matías.

De nuevo, Matías le arrebató el porro, al que ya le quedaba poca vida, a su hermana, y sintió una cosa parecida a la felicidad por dentro; una especie de descanso, algo como alivio.

Le atribuyó propiedades mágicas a la marihuana, pero, no, no era eso.

Se dio cuenta de que la maquinaria había empezado a moverse en su interior: todo lo que antes había sido un muro de impedimentos, de repente ahora parecía mucho más fácil.

Había tomado una determinación: iba a dejar el trabajo.

Por primera vez en mucho tiempo, la expectativa de ir al día siguiente no lo angustió porque Matías sentía que tenía los días contados allí. Ahora solo le faltaba ser valiente.