Capítulo 37
Cecilio se fue, dejando sin contestar el «se te echa de menos» que había recibido por wasap. Y la conversación se había quedado ahí porque no sabía qué responder.
Ya hacía unos meses de la muerte de Ana. Y Cecilio estaba detectando una cosa que le empezaba a incomodar: la gente estaba asumiendo que el tiempo prudencial de luto y aislamiento había pasado.
Cuando alguien acaba de enviudar, nadie con dos dedos de frente insta al viudo a salir, divertirse, bailar…
Hay un consenso general sobre el hecho de que se necesita un tiempo de reclusión, de reflexión, de sobreponerse.
Bien. Parece ser que, de la misma manera, ocurre a la inversa: hay un momento en el que se sobreentiende que ya está bien, que la vida hay que vivirla, que no puede uno quedarse anclado en el pasado.
Eso debió de pensar una antigua compi del grupo de bachata de Cecilio cuando le escribió para quedar con ella y con su hermana.
Eran dos señoras muy divertidas: una divorciada y la otra viuda.
De todos los del grupo, con quienes más afinidad tenían Ana y Cecilio era con ellas.
Habían llegado a hacer amistad y Cecilio podía llegar a entender que le echasen de menos.
Si a Cecilio le hubiese cabido añoranza por alguien que no fuera por Ana, seguramente también las habría echado en falta.
Cuando regresó, ahí seguía la conversación de WhatsApp abierta, y él seguía sin saber muy bien cómo hacerle entender a su amiga, sin herirla, que no; que él no estaba en ese punto y que no lo iba a estar ya más.
Cecilio:
Siento decirte que no soy muy buena compañía ahora mismo
Yo también os echo de menos, pero no puedo, de verdad que lo siento
Cecilio se había quedado satisfecho. Le había costado horas redactarla, pero le había quedado una contestación correcta y amable que, a su vez, no admitía réplica. Casi al instante sonó una nueva notificación:
Amiga de Cecilio:
Anda hombre, cómo dices eso. Siempre eres buena compañía :)
No te hagas de rogar, solo un café. Verte la cara, saber que estás bien…
Vaya. Pues sí que admitía réplica, sí. Mejor sería, pensó para sí, quedar y quitárselo de encima. De modo que accedió a regañadientes a tomar un café al día siguiente.
Dejó el móvil y tomó el guion de la obra.
Y con él bajo el brazo se fue al cementerio a seguir leyéndoselo a Ana y, de paso, a ponerla al día de que iba a ver a sus amigas al día siguiente.
Ya en su banco, leyendo con el trino de los pájaros de fondo mientras disfrutaba de la brisa que corría, Cecilio se imaginó a Lola escribiendo: «Qué mente inquieta la de esa mujer». Era algo que pensaba a menudo.
Le gustaba el texto porque contenía grandes pasajes de amor con los que él se sentía muy identificado. Le llamaba la atención que, precisamente Lola, hubiera escrito algo tan romántico.
—Mira, Ana, lo que le dice Candelaria a Santiago: «Viví una vida porque no me quedó más remedio.
Pero fuiste el amor de mi vida. De esa vida.
No hubo un día en el que no pensara en ti, ni hombre con el que no te comparase.
No me quejo, fui feliz, encontré buenas personas en el camino.
Pero mi recuerdo siempre regresó a ti, todas las veces» —leyó Cecilio.
Tras unos segundos saboreando el sentido de esas palabras, le habló a Ana con voz temblorosa—: Gracias a Dios que te tuve en mi vida, Ana.
Gracias por darme la vida más plena de todas las que podría haber vivido.
Cuanto más pensaba en eso, en lo plena y feliz que había sido su vida, más vacío e infeliz se sentía.
Encontraba cierta calma cuando navegaba en el pasado, cuando dejaba volar sus pensamientos por sus recuerdos, cuando miraba fotos y vídeos con Ana…
Pero esa sonrisa que se le quedaba en la cara siempre se tornaba en una mueca al volver al presente.
Cecilio se sentía raro arreglándose para algo.
Lo único que había hecho fuera de ir al cementerio, desde que había muerto Ana, era ir a los ensayos, y sentía que era por una buena causa; había tenido que vencer su propio egoísmo para hacerlo.
Pero esto era puramente ocio. No sabía cómo se iba a sentir charlando como si nada con dos amigas bromistas y dicharacheras.
Lo habían citado en una cafetería que habían abierto hacía poco en el pueblo.
Nada más entrar, Cecilio reparó en el mostrador y se acercó a ver la gran variedad de repostería que ofrecía.
En eso, escuchó una voz desde un rincón del local y vio que, desde un sillón, la saludaba una de las hermanas, que ya había llegado.
Cuando se acercó, su amiga le dio un gran abrazo, lento y profundo, que expresaba tanto un pésame como la alegría de verlo.
La incomodidad que traía Cecilio se esfumó en ese momento.
No tenía pinta de que su amiga quisiera hacer como si nada, de que pretendiera que bromearan y rieran como solían hacer. Y eso lo relajó.
Lo relajó lo suficiente como para no pensar raro cuando su amiga le dijo que finalmente su hermana no podría unirse a ellos.
Tomaron café, charlaron, se pusieron al día. No lo intentó convencer de que volviera a apuntarse a la bachata, que era una conversación que Cecilio había estado temiendo. De hecho, pensó, fue bastante agradable poder hablar con alguien que también había enviudado.
Tras el café, salieron a pasear y hablaron largo y tendido de la situación de Cecilio. Y fueron enlazando, después, un tema con otro. Cecilio había ido bajando la guardia y se había permitido, sin darse cuenta, sacar un poco de su antiguo él: buena conversación, cortesía, humor inteligente…
Cayendo la tarde, cuando ya regresaban al punto de inicio, la amiga de Cecilio lo cogió del brazo con naturalidad mientras paseaban.
Cecilio se consideraba un señor, con todo lo que, para él, eso implicaba, y nunca habría hecho un aspaviento que la incomodara.
Pero, en lo que a él respectaba, se habría cortado el brazo.
Se puso nervioso, no entendiendo muy bien por qué. También enfadado, no sabiendo muy bien con quién.
Declinó, por supuesto, la propuesta de alargar la tarde con una cena, elaborando una excusa. Llegó a casa, se puso cómodo, cenó cualquier cosa y se cogió su revista de autodefinidos en un intento de distraer a un cerebro que se había revolucionado.
Una notificación de WhatsApp lo sacó de su concentración:
Amiga de Cecilio:
Me lo he pasado muy bien :)
Cecilio entró en pánico y no supo reaccionar mejor que apagando el móvil, cual niño pequeño pensando «si no lo veo, no existe». Cerró los ojos, inspiró y expiró muy despacio.