Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—¡Pero si es genial! Mira qué ortografía, Ester. Y le gusta leer y viajar. Está de buen ver el muchacho, es de tu edad. No es cani. Parece que viste bien y se cuida. ¡Porfa! ¡Déjame darle! —insistió Olga, alejando el móvil de Ester—. ¡Y tiene perro!

—¡Que no se te ocurra! —le gritó Ester, tratando de recuperar su móvil. Tarea harto difícil porque Olga era mucho más alta y tenía los brazos más largos.

Ester, con el equilibro ligeramente afectado por el vino, se abalanzó sobre Olga con tan mala suerte de que le tiró por encima la copa que llevaba en la mano.

Olga terminó de dejarse caer al suelo, empapada en vino y partida de la risa.

Ester sintió alivio al ver que no había hecho un drama y que, además, le devolvía el móvil.

Y reparó, avergonzada, en el desastre que acaba de formar.

Comenzó a agolpar un montón de disculpas, una tras otra, casi sin sentido.

—¿Pero cómo te fías tan poco de mí? —la riñó Olga con cariño, mientras se recogía el pelo con la goma que siempre llevaba en la muñeca—. ¿Cómo le iba a dar cuando te había dicho que no?

Ester no pudo replicar, porque cuando Olga terminó de recogerse el pelo, y mientras le seguía hablando, se quitó la camiseta empapada con total naturalidad.

—Hija, no ha caído ni una gota al suelo. Me la has tirado entera a mí —dijo Olga, sonriendo—. Ayyy sss, qué pringue.

Ester estaba cortocircuitando. Al quitarse Olga la camiseta, su mente había gritado «¡hostia!

». ¿Qué había pasado? ¿Por qué de repente tenía a Olga delante de ella, hablándole, tan tranquila, desnuda, vestida únicamente con unas bragas negras?

Hay personas para las que la desnudez es tan cotidiana y natural que ni siquiera reparan en cómo esta puede llegar a impactar en los demás.

Olga se acercó a la cocina, que estaba integrada en el salón, dejó la camiseta hecha un burruño pringoso en la encimera y cogió papel para limpiarse.

Ester seguía todos sus movimientos con la mirada.

No podía apartar los ojos de Olga mientras se pasaba el papel por los hombros, por el pecho, por la barriga.

Con ese mismo papel, se acercó y se agachó para limpiar el poco vino que había caído al suelo.

Si en su día Newton no hubiera descubierto la gravedad con la manzana, la habría descubierto Ester en ese mismo instante.

Olga pensó que mejor con agua y jabón, y cruzó hacia el baño, pasando de nuevo por delante de Ester.

Esta seguía quieta y callada; cómo le hubiera gustado ser un camaleón capaz de desaparecer de la vista a su antojo.

Necesitaba pasar desapercibida, como si el hecho de moverse o hablar fuera a dar pie a que sus pensamientos se revelasen.

Y en su cabeza, en ese momento, solo había un pensamiento: las tetas más perfectas que había visto en su vida.

Preciosas. Pero preciosas. Grandes, sin ser enormes.

Redondeadas. Con la caída perfecta. Con la orientación perfecta.

Con pezones oscuros que estaban, en ese momento, totalmente marcados.

El movimiento que tenían mientras Olga hacía todas las tareas que estaba llevando a cabo era hipnótico, sutil; un ligero vaivén que terminaba siempre en su sitio. En el sitio perfecto.

En el baño, Olga mojó una toalla para limpiarse el vino de su torso.

Ester observaba su impresionante figura de espaldas, que se veía desde donde ella seguía sentada.

Los hombros torneados. Una espalda tonificada que se estrechaba en una cintura muy definida que hacía aún más llamativa la forma de su culo y sus caderas.

Sus piernas se veían fuertes y fibrosas.

Al salir del baño, Olga se dirigió hacia ella, lo que volvió a sobresaltarla.

Ester, con Olga orbitando a su alrededor mientras ella no movía un solo músculo, se sentía como el árbol solitario que resiste mientras el huracán lo arrasa todo a su alrededor.

Supuso que tendría que devolver la naturalidad que Olga le estaba dando a su propia desnudez dejando de mirarla, pero sencillamente sus ojos no respondían a esa orden de su cerebro.

Ester había visto decenas de cuerpos desnudos en el gimnasio.

Pero eso eran cuerpos. Esto era otra cosa.

Y no porque fuese físicamente un portento, porque al final en el gimnasio había otras chicas con cuerpazos.

Lo que tenía de distinto ese cuerpo, concluyó Ester para su estupefacción, es que era de Olga.

Esta fue hacia Ester y se acuclilló frente a ella para ver cómo estaba su camiseta. «¿Qué hace?». Ester entró en pánico y se obligó a mirar a Olga a la cara.

—Voy a por algo de ropa. No parece que te hayas manchado tú, ¿no?

Ester reaccionó, se miró a sí misma, negó con la cabeza y, con la misma rapidez que había aparecido Olga desnuda ante ella, desapareció por la puerta de lo que supuso que sería su habitación. Salió a los pocos minutos con un pijama puesto y otro en la mano.

—Visto el equilibrio que manejas, querida, te quedas a dormir, ¿no? —dijo Olga, lanzándole un pijama a Ester.

Esta, de puertas para afuera, declinó la oferta, inventando una excusa; de puertas para adentro, huyó como alma que lleva el diablo.

Pese a la insistencia de Olga, pese a que no tenía por qué irse ni nada que hacer ni nadie a quien dar explicaciones, pese a tener que irse andando y dejar el coche allí aparcado, pese a que sus pies parecían aferrarse al suelo de esa casa… huyó.

Le sensación de falta de control que había experimentado la había asustado. Que su cuerpo se hubiera paralizado, que sus ojos hubiesen decidido ir por libre y que su habla la hubiese abandonado la hizo sentirse indefensa. De modo que se fue.