Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 36
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Capítulo 36

—Que dejéis de llamarla bruja. ¿Los cuernos quién me los puso: ella o él? Pues a él le llamáis lo que queráis, pero a ella no.

No es que Ester tuviera un especial interés en defender a la chica con la que su marido le había puesto los cuernos. Ella estaba divorciada y no le debía ninguna lealtad. Punto. El que había mentido, el que había sido desleal e infiel, el que había traicionado había sido Álvaro.

Ester tenía un grupito de amigas de toda la vida a las que quería mucho.

Era verdad que ya no tenían tanto que ver como antes y que a veces sus formas de pensar distaban mucho, pero tenían dos cosas: eran divertidas y eran leales.

Siempre había podido contar con ellas; y, por supuesto, con el tema de Álvaro se volcaron con ella y estuvieron todo lo encima que Ester les permitió.

De vez en cuando, quedaban en la casa de Nuria, que vivía en un ático con una terracita pequeña pero la mar de agradable, con plantas bien cuidadas, con sillones cómodos, con guirnaldas de luces y con unas vistas sobre el pueblo preciosas. Allí, pedían unas pizzas y alargaban la noche.

—Pues yo vi el otro día a Álvaro y está más calvo y más gordo —decía Juana.

—¡Qué maldad más gratuita! ¡No es verdad! —contestó Ester, riendo—. Yo lo vi hace unas semanas y está igual que estaba.

—¡¿Lo visteee ?! ¿Y no dijiste nada? —se indignó Nuria, que no entendía por qué Ester había dejado pasar esa oportunidad de cotillear.

—Sí. De hecho vi a toda la familia feliz, niños incluidos. —Recordó Ester.

—Que fuerrrte me parece —añadió, dramática, Nuria.

—Y yo que no sé quién es la otra… —intervino Silvi.

—¿Cómo que no? ¡Que sí! Espera que tengo a una en Instagram que es amiga suya —se apresuró Nuria a decir mientras desbloqueaba el móvil.

Juana y Silvi hicieron corrillo alrededor de Nuria.

No así Ester, que no tenía ninguna gana ni interés en verle la cara a la tipa.

Aprovechó para consultar su móvil mientras oía el cotorreo de fondo.

Se encontró con un wasap de Olga con una foto de ella leyendo el libro que Ester le había regalado, abierto por la página de la dedicatoria: «Mr. Darcy también está “para un empujón”».

Se le escapó una sonrisilla y, de repente, un grito la sacó de su ensimismamiento:

—¡Eh! ¡Tú estás hablando con alguien, lagarta! —la acusó Nuria.

—¿Cómo? —respondió Ester, sorprendida.

—¡Esa sonrisa! Confiesa. ¿Te han mandado una foto guarra?

Ester rio a carcajada limpia.

—No flipes. Es una amiga que me ha mandado una foto —contestó Ester.

—Una mierda. Esa sonrisa era de tonteo —insistió Nuria.

—Que nooo , pesaaada , mira —le contestó Ester, enseñándole el móvil para que viera la foto.

Con eso fue suficiente para que sus amigas volvieran al Instagram que estaban cotilleando.

Habían podido localizar varias fotos de la otra, aunque Silvi seguía sin conocerla.

El interés sobre el tema decayó, por tanto, y se recolocaron cada una en su respectivo asiento mientras Nuria terminaba de ver las últimas fotos y las demás seguían con la charla.

—¡Por cierto! No os conté lo que me dijo el otro día la imbé… —Y ahí se quedó Juana, porque fue interrumpida sin miramientos por Nuria, que aún tenía el móvil en la mano.

— Eeehhh … no puede ser —dijo esta, con los ojos clavados en la pantalla.

Silvi se asomó al móvil y, al ver la pantalla, se lo arrebató de la mano a Nuria sin poder evitar exclamar:

—¡¿Cómo?! ¿A ver?

Silvi y Nuria se miraron y, ambas, a Ester. Juana, intrigada, no paraba de preguntar qué pasaba.

—No quiero ver nada —dijo Ester, seria—. Pero decidme qué es.

—Se casan —dijo Silvi sin paños calientes.

—¿Cómo coño se van a casar? —preguntó Ester con toda la indignación que cabía en su voz—. ¡Si llevan medio año!

—Medio año es lo que tú sabes… —le contestó Juana.

—Innecesario apunte, Juana —la riñó Silvi.

Ester notó cómo el enfado empezaba a crecer en su estómago como una bola de fuego que se extendió por todo su cuerpo.

Notó cómo tensaba sus puños, cómo apretaba la mandíbula; notó el calor en sus mejillas, presión en el cuello y el pecho oprimido.

Y después de todo eso cayó en la cuenta de que no tenía ningún derecho a enfadarse porque ya no era nadie allí…

y toda esa ira contenida se transformó en tristeza y empezaron a brotar las lágrimas de sus ojos sin que las pudiera contener.

Sus amigas se acercaron a ella para intentar paliar el dolor con calor humano. Poco a poco, el llanto de Ester se calmó hasta que fue capaz de secarse las lágrimas y de articular unas palabras de disculpa. Sus amigas la riñeron por disculparse y trataron de levantar aquello:

—Oye, pues yo también lo he visto más calvo y gordo, no es por nada —dijo Nuria. Ester dejó escapar una sonrisa entre la tristeza.

Una vez calmados los ánimos, Juana tuvo una revelación.

—¡Trae! ¡Dame el móvil! Desbloqueado —ordenó a Ester. Ante la cara de escepticismo de esta, insistió—: Que no voy a hacer nada raro. Fíate de mí, joder.

Ester le dejó el móvil a su amiga y esta empezó a trastearlo y, al poco, comenzó a hablar en voz alta:

—Fecha de nacimiento, aaaquí ; género, mujer; intereses, eso ya lo pones tú; me gustan… los hombres. ¡Venga! ¡Fotos! —dijo Juana, alargándole el móvil para que eligiera algunas.

—Pero ¿qué haces instalándome el Tinder? —Ester se rio.

—Que sí, que te hace falta un poco de diversión y de despejar la cabeza. ¿No te he dicho que te fíes de mí?

A Ester no se le había pasado por la cabeza volver a ligar. Aún no se sentía en el mercado, no se sentía soltera. Para uno con el que se había liado y se había sentido como el culo. Tanto, que ni siquiera se lo había contado a sus amigas.

No tardó en irse a casa porque, aunque agradeció a sus amigas la forma en la que la habían intentado animar, se había quedado un poco chof .

No tenía ganas de seguir de risas y cotilleos.

De lo que tenía ganas era de meterse en la cama con un buen libro.

«¡Un libro!». Recordó el wasap de Olga, que no había llegado a contestar.

Sentada en el coche volvió a abrir la foto:

Ester:

¿Te está gustando?

Olga:

Holaaaaa. Pues la verdad es que sí. No es el tipo de novela que suelo leer pero me está enganchando el culebrón :)

Es muy tú

Ester:

¡Cuánto me alegro!

¿Muy yo por qué?

Olga:

Así, romanticona e ingeniosa.

Tú qué haces?

Ester:

Irme a casa. Estoy en el coche. Estaba con unas amigas pero me ha dado el bajón y ya no me apetecía quedarme

Olga:

Qué te ha pasado?

Ester:

En verdad es una tontería. Ya te lo contaré

Olga:

Una tontería que te ha embajonado lo suficiente como para que te vayas…

Oye, yo estoy sola en casa, que Jaime está de viaje, por qué no te vienes? No es tan tarde.

Tengo vino, helado de chocolate con trocitos de caramelo, patatas guarras. Y no hace falta que no me lo cuentes si no quieres.

Ester:

¿Qué patatas son?

Olga:

Pandilla y boca bits

*Ubicación*

Ester apareció en la puerta de Olga con unos cacahuetes fritos con miel y una bolsa de chuches que había comprado en el 24 horas.

Olga no se había molestado en cambiarse de ropa, por lo que recibió a Ester con el pijama con el que había estado en la cama leyendo.

Siendo fieles a la verdad, llamarlo «pijama» era demasiado.

El look consistía en una camiseta desmangada, larga hasta el culo, de tela fina y muy suelta que, si no era de publicidad, poco le faltaría, y unas bragas negras que asomaban por debajo. Descalza. Cara lavada. Pelo suelto.

Olga saludó a Ester, ilusionada porque hubiera aceptado su invitación, con un cariñoso abrazo que, como siempre, dejó tras de sí un ya familiar pero no por ello menos increíble olor.

Mientras Olga cogía lo que Ester había traído y terminaba de preparar el picoteo, esta última echó un vistazo alrededor y comenzó a descalzarse, a la vista de lo impoluto que estaba ese piso.

Estaba boquiabierta. Qué sitio tan precioso, tan bien decorado, con una iluminación tan reconfortante.

Era enorme y, sin embargo, muy acogedor.

Ester le transmitió esas impresiones a Olga, quien le restó importancia, explicando que era la consecuencia de tener un marido arquitecto, y la animó a sentirse como en casa.

Olga sirvió un par de copas de vino sin preguntar, y Ester tomó la suya, haciendo caso omiso al fugaz pensamiento de que su coche estaba abajo aparcado.

Se dirigieron al sofá pero, en lugar de sentarse en él, Olga lo hizo en el agradable suelo de madera, con la espalda apoyada en el sofá.

Ester la imitó. Brindaron y bebieron y picaron.

Y hablaron de cosas varias. Y siguieron hablando y bebiendo y picando.

Olga mantuvo su palabra de no sacarle el tema hasta que fue la propia Ester la que le compartió lo que había sucedido.

—Pobre Álvaro —dijo Olga.

—Pobre Álvaro que se va a casar con la chica de la que está enamorado —ironizó Ester.

—Pobre Álvaro porque un día se dará cuenta de la cagada tan grande que hizo echándote de su vida —contestó Olga.

—No conoces a la otra. Igual lo hace más feliz, le completa más… —conjeturó Ester.

—No conozco a la otra. Te conozco a ti. Y eres una rara avis —contestó Olga.

Ester, por toda respuesta, se limitó a sonreír y beber, pensando, ella que siempre había sido un poquito sapiosexual, en lo mucho que le gustaba un latinajo bien tirado.

Tuvo la ocurrencia, entonces, de decirle a Olga que sus amigas le habían instalado el Tinder y, como era de esperar, Olga le suplicó que lo sacara para echarse unas risas.

Ester lo hizo con la condición de que no deslizase a la derecha a ningún chico.

Rellenaron sus copas y pasaron un rato muy divertido viendo perfiles, intercambiando opiniones, horrorizándose de las mismas cosas. Hasta que, de repente, llegaron a un perfil ideal:

—¡Que no le des, ¿eh?! —advirtió Ester cuando Olga le arrebató el móvil de la mano.