Me vais a perdonar la encerrona Capítulo 34
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Capítulo 34

« Tíaaa . Que voy volando. Perdona, que se ha retrasado la visita de un cliente y no me he podido escapar antes. En siete minutos estoy allí».

Mientras esperaban a Matías, el resto seguían charlando sobre las dudas que tenían de la obra y los personajes tras haber traído de casa el guion releído.

Lola estaba acomodada en el sillón, sintiéndose un poco débil por la quimio.

La estaba llevando bien, en general. No había perdido el pelo, aunque se había preparado para ello.

Por lo visto, esa quimio no tenía ese efecto.

Sí se le había resentido algo la piel, le había trastocado el apetito y el estómago, y le generaba algo de cansancio. Pero nada que no pudiera sobrellevar.

Ester y Cecilio estaban sentados en el sofá. Cecilio tenía entre sus manos el guion, mientras que Ester había traído una libreta y un bolígrafo para tomar apuntes.

—¡Con libreta y todo! Qué nivel —bromeó Olga.

—¿No sabes con quién estás hablando o qué? —contestó Ester, divertida.

—Ah, perdone usted, ¡no he dicho nada! —le contestó Olga mientras hacía el gesto de cremallera en los labios. Ester le devolvió una sonrisa y Lola entrecerró los ojos, escudriñándolas.

Hicieron un poco de tiempo hasta que llegó Matías, que no tardó. Entró con su llave, y cuando se unió a los demás todos le aplaudieron; imagen que llenó a Lola de felicidad y ternura.

—Perdonadme. Mi madre justo había agendado la visita de un posible cliente hoy y era ineludible.

—Precisamente hoy… —dejó caer Lola.

—Pues ha sido casualidad. No le había contado nada de esto aún —contestó Matías—, pero ahora he sido tan imbécil de decírselo.

—Putada —contestó Lola.

—Sí, putada —reconoció Matías.

El resto escuchaba la conversación sin intervenir y sin entender del todo. Hasta Olga intuyó que debía ser prudente. Matías, al ver el silencio incómodo, trató de explicarse:

—Mi madre es… mmm , cómo decirlo… un poco complicada —expuso Matías.

Y, de la nada, surgió una cancioncilla, un tarareo sin sentido, proveniente de una Lola que se medio sonreía mientras miraba para otro lado.

—Bueno, un mucho —reconoció Matías.

—Es mala como ella sola —sentenció Lola, indignada.

— Tííía —dijo Matías, tratando de calmarla—. Venga, sabes que no sabe ser de otra manera. La culpa es mía por tomármelo tan a pecho.

—Y vuelta con la burra al trigo —dijo Lola, cansada de que esa conversación siempre tomara ese mismo derrotero.

—Mi madre es igual con todos —continuó Matías—, es igual con mi hermana, pero a ella pues no le afecta como a mí porque pasa hasta el culo y ya está. Y el problema es que yo no soy capaz. Pero ¿qué hago? Trabajo con ella y, coño, que es mi madre.

—Discrepo —dijo Lola, rotundamente—. Que es cabrona con todos, sí. Pero no con todos por igual. Es muy maquinadora, sabe con quién puede y hasta dónde.

—Claro que lo sabe —los interrumpió Cecilio.

Lola y Matías cesaron su conversación de golpe para mirarlo.

Lo hicieron casi sobresaltados, como si les sorprendiera no estar solos—.

Es que… perdonad que os interrumpa, que yo no conozco a tu madre, pero sí me conozco ese discurso, Matías, y no es lo mismo ser comprensivo con alguien que justificarlo.

Lola hizo un gesto con la mano hacia Cecilio, asintiendo y murmurando un «lo que yo digo», pero ya el tema quedó ahí, porque Matías no parecía cómodo con el rumbo que estaba tomando la conversación y porque Lola fue capaz de sacarse el veneno que hablar de su cuñada Beatriz le provocaba y de ver que no era el momento ni el lugar.

De modo que redirigió la reunión al punto donde se habían quedado antes de que llegara Matías, que era Ester a punto de preguntar una duda sobre los personajes.

—Mi duda, Lola, como Candelaria joven que soy, es: ¿por qué no le llegué a proponer a Santiago que nos fugáramos? Yo lo quería, lo veía sufrir con su mujer, sabía que le podía dar una vida mejor ¿por qué me conformé?

—¿Fugaros y luego qué? Piensa; pensad, en todas las implicaciones.

—Claro —intervino Olga—, lo estás mirando desde la perspectiva actual.

—Eso es —continuó Lola—. Santiago ya estaba casado, en una época en la que el divorcio era ilegal y la nulidad casi imposible.

Por lo que ¿qué felicidad realmente se iban a poder ofrecer?

Hubiesen tenido que vivir alejados de todo y de todos, simulando ser matrimonio pero sin serlo, sus hijos serían ilegítimos…

—¡Bastardos! —apuntó Matías.

— … y Candelaria habría quedado relegada a ser la otra y siempre vivir oculta.

»Lo que yo pretendo expresar, y esto es importante, es que su amor era tan fuerte y tan auténtico que cada uno eligió renunciar a ellos, a tener una relación, me refiero, pensando que, por separado, el otro iba a estar mejor. ¿Se entiende esto?

Aclaradas las dudas, reubicaron los muebles para dejarlos como estarían en el escenario: a la izquierda, Ester y Matías y un par de sillas; y a la derecha, Cecilio y Olga con el sofá a modo de banco.

Tuvieron un rato largo de ensayo. Lo de grupo de teatro amateur se les quedaba corto: los pobres parecían autómatas reproduciendo sus textos sin gran expresividad y se movían como insectos palo.

Pero, a la vez, o precisamente por eso, se rieron de lo lindo.

El gesto de sorpresa, interpretado por Olga, al encontrarse Candelaria con Santiago veinte años después (que más que a un antiguo amor a quien parecía haberse encontrado era a un atracador), solo fue superado en calidad interpretativa por la escena del joven Santiago, Matías, discutiendo acaloradamente con su mujer por teléfono bajo el atento oído de su secretaria Candelaria.

Todos estuvieron de acuerdo en que Matías aparentando estar enfadado no distaba mucho del Matías normal.

—¡El problema lo tenéis vosotros! Que no sois nada observadores. ¡Estaba claramente frunciendo el ceño!

—Ha sido terrorífico, cariño. No les hagas caso que son mala gente —dijo Lola, divertida.

—¡Cuidado, Lola! ¡No lo enfades, que frunce el ceño de nuevo! —bromeó Olga.

Hollywood no se había perdido nada sin ellos, pero a ilusión y buena predisposición nadie los ganaba.

Después de semejante esfuerzo, Matías pidió pausa para cigarro, a la cual se unió Ester, que no veía el momento de dejar de fumar.

Ambos desaparecieron escaleras arriba. Lola se excusó también y se fue mientras se colocaba los cascos.

Quedaron Cecilio y Olga solos y tranquilos.

Esta dejó su silla para unirse a él en el sofá.

— ¿Qué? ¿Cómo fue la fiesta? —preguntó Cecilio.

—Buah, muy divertida. Nos reímos muchísimo. Lucía es muy maja. Matías estaba dándolo todo. Y Ester fue sorprendente.

Olga le hizo un breve resumen de la noche con las anécdotas más reseñables y, en un momento dado, Cecilio le preguntó:

—¿Y cómo es que no quisiste llevarte a Jaime?

—Para que no me aguara la fiesta —confesó Olga, a quien la pregunta la pilló tan desprevenida que no pudo contestar con otra cosa que no fuera la verdad.

—¿Y cómo iba a hacer eso? —inquirió Cecilio.

—¡Uy! De mil maneras posibles. Tiene un gran repertorio.

Aunque, ¡mira!, finalmente lo hizo vía WhatsApp —dijo, como si nada.

Cecilio optó por callar, pero su mirada estaba cargada de significado—.

Cecilio, no todos los matrimonios pueden ser tan perfectos como lo fue el tuyo.

Las cosas muchas veces no son ni blancas ni negras.

—Solo intentaba entender… —reflexionó Cecilio—. Desde que ya no tengo a Ana a mi lado lo único que me consuela es saber que no perdimos el tiempo el uno con el otro, que nos hicimos lo más felices que pudimos y supimos.

—Yo no considero que pierda el tiempo estando con mi marido —dijo Olga, algo molesta.

Cecilio no pudo replicar porque en ese momento se les unieron Matías y Ester, que le hizo un gesto con la mano a Olga para que se acercara.

—Tengo una cosa para ti —le dijo, ilusionada, mientras cogía su bolso de una silla.

—¿Para mí? —Olga, a quien le encantaban las sorpresas, aguardaba con las manos extendidas, incapaz de disimular la intriga. Ester sacó un libro y se lo tendió.

— Orgullo y prejuicio —leyó Olga, pasando los dedos por la preciosa portada ilustrada.

—Mi libro favorito. ¿Lo has leído?

—¡No! —exclamó Olga, contenta, sin disimular su asombro por el detalle.

—¡Menos mal! Porque te lo he dedicado, y ya no se puede cambiar. Espero que te guste, ya me contarás.

Olga abrió la portada, leyó la dedicatoria y soltó una carcajada.

—Muchas gracias, perla —dijo mientras se acercaba a darle un abrazo que terminó con un beso en la mejilla.

Luego, Olga se dirigió hacia Lola, que acababa de bajar. Ester se quedó durante dos segundos parada en el sitio en el que Olga la acababa de abrazar, como aturdida, sin saber muy bien qué hacer.

—Lola, una cosilla —le comentó Olga, no en secreto, pero sí dirigiéndose en exclusiva a ella—. Si quieres, si te apetece, si te encuentras bien, vente a casa de mis padres el miércoles que viene, nos tomamos un cafetillo, como solíamos hacer, y ves a mi madre. Porque… bueno… está empeorando mucho.

La expresión de Lola se demudó. No ya por la noticia en sí, porque podía ser esperable, aunque no dejase de darle infinita pena.

Sino porque se percató de lo que había abandonado a Olga.

Esta, por supuesto, no lo sentiría así; era a la propia Lola a la que, de repente, le parecía imperdonable no haber estado más encima.

Desde que Lola había empezado con la quimio, y a encontrarse más débil, se había pedido la baja laboral, por lo que ya no se veía tanto a solas con Olga como solía.

Sí lo hacían a menudo, pero en los ensayos.

Se dio cuenta, al proponérselo Olga, de cuánto echaba de menos ese café de los miércoles y de que no sabía de su vida últimamente.

Tenía tanta pinta de ser tan autosuficiente que, si no estabas atenta, se te llegaba a olvidar que era una persona compleja, debajo de su fachada, y con problemas, debajo de su despreocupación.

Lola aceptó ese café e, ipso facto, se puso a hacer repaso mental y a comprobar si no tendría a alguien más desatendido.